Varios
Señor Director:
En el reportaje Léeme o muere, en EP3 del 5 de marzo, el señor Jorge Carrión, en su afán por justificar los megalómanos tráileres promocionales que ha hecho de una novela suya, dice que “Cada cual hace networking a su manera: Javier Marías, por ejemplo, carteándose con celebridades que admira y que después se citan en las solapas de sus libros”.
El señor Carrión no me conoce y no sé de dónde ha sacado semejante infundio. Ni me “carteo con celebridades”, ni nunca le he pedido a nadie una cita para colocarla como condecoración, ni jamás se ha citado en un libro mío ninguna frase de nadie que no se hubiera publicado en prensa con anterioridad. Es más, citar un elogio hecho privadamente, en una misiva personal, me ha parecido siempre una bajeza en la que nunca se me ocurriría incurrir. Sería de desear que el señor Carrión se dé el autobombo que le plazca, aun a riesgo de hacer el ridículo, sin mezclarnos en ello ni atribuirnos falsedades a los demás.
Javier Marías
El País, 9 de marzo de 2010
Un buen día caen en desgracia y nadie sabe muy bien por qué ha sido. La gente deja de usarlas; es la primera denuncia. Después, los académicos, aquellos sabios encargados de la vigilancia de la lengua, las sentencian a morir arrojándolas fuera del diccionario. A nadie le gusta asesinar palabras. Son casos aislados. Aunque también se dan los ejemplos heroicos. Como el de la palabra acercanza.
Resulta que en la comisión correspondiente de enmiendas y adiciones, un buen día se presentó ante las narices de los señores académicos el palabro en cuestión. Moribunda, en la UVI del diccionario, nadie documentaba su uso desde 1494. Es la línea fronteriza. Las palabras que han sido utilizadas desde 1500 deben permanecer porque el diccionario es un instrumento que facilita la comprensión de cualquier texto desde esas fechas hasta hoy. Alguno clamó, con sangre fría, que debía eliminarse. Pero dos escritores presentes en el juicio, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte, y un humorista de raza como Mingote detuvieron en última instancia el aniquilamiento.
Fue un arrojo romántico. Acercanza les sonaba a cercanía, pero con muchas más lecturas. “Con un toque afectivo”, confiesa Pérez-Reverte. En la definición dice: “De acercar. Proximidad, relación”. Y además les mecía ese sonido tan propio, meloso, musical, vivo. Total, que decidieron lo insólito: resucitarla.
“Nos juramentamos allí, nos comprometimos a darle vida de nuevo”, comenta el autor de Alatriste. El procedimiento en estos casos es fácil. Volverla a usar. Como Marías, Pérez-Reverte y Mingote tienen prédica semanal en los diarios y se pusieron manos a la obra. Los escritores la incluyeron en sus artículos y el humorista en su viñeta. Además, Pérez-Reverte la ha utilizado en su nueva novela, El asedio.
Pero ya que ha vuelto a la vida, Marías no ha querido desaprovechar la oportunidad de aumentar su eco, de darle nuevas dimensiones. “Nos pareció que era una palabra bonita por sí misma, sin necesidad de dar muchas explicaciones”, asegura el novelista. “Yo la volví a utilizar con un sentido nuevo, le quité la acepción poética y la coloqué en un uso normal, algo así como: ‘Si alguien prefiere rehuir esa acercanza”. El efecto se consiguió a las mil maravillas. “Incluso tenemos que agradecer a los críticos su labor”, proclama Marías. Muchos atacaron que en la Real Academia se dedicaran a esas cosas. ¿A qué sino?, cabe preguntarse. “Cuanto más utilizaban el ejemplo sea a favor, fuera en contra, más se afianzaba su uso, que era la cuestión fundamental”, dice Marías.
No es muy habitual esta resurrección de palabras enfermas. Los académicos son conscientes de su misión. “Hay que hacer hueco, ésa es la verdad, de todas formas nosotros influimos muy poco en esa selección. Los que de verdad influyen son los medios de comunicación con los usos reiterados”, comenta Álvaro Pombo. También lo dice Emilio Lledó, que estaba en la operación rescate. “Soy muy poco partidario de eliminar palabras”, comenta el filósofo. Más bien prefiere inventarlas. Pero en eso ha corrido una suerte variable hasta el momento. “Hace poco se me ocurrió la palabra aterrorismar, dícese de quien mete miedo a la gente con la excusa del terrorismo. Escribí un artículo dedicado a ella, pero ha tenido poco predicamento”, asegura Lledó.
Hay otros ejemplos de palabras que se han incluido y han perdido vigencia en algunas áreas. Antonio Muñoz Molina recuerda un caso querido. “Cuando se debatió maizena, que era uno de esos nombres de marca comercial que se convierten en sustantivos genéricos, como danone por yogur”. La marca perdió preponderancia y dejó de usarse mucho en España. “Para mí tiene su valor sentimental, porque está asociado a la infancia: a los niños de finales de los cincuenta nos daban maizena para ponernos robustos”, rememora el escritor de Úbeda.
Los criterios pueden parecer caprichosos en casos así. “Ha habido sesiones en las que hemos visto palabras que se arrastraban por el diccionario porque venían de ediciones anteriores, sin ninguna constancia de uso en siglos. De todos modos hay que ser cuidadoso, porque el hecho de que una palabra haya dejado de usarse no indica que no convenga mantenerla en el diccionario”, asevera Muñoz Molina.
El escritor es partidario de ser generoso con las entradas. “Creo que hay que ser cauteloso. Al fin y al cabo, una palabra tampoco ocupa tanto espacio. Eso sí, a no ser que sea una palabra fantasma que en realidad no se ha usado nunca”.
De todas formas hay casos más peliagudos, explica el director de la RAE, Víctor García de la Concha. Los términos más técnicos. “Palabras del dialectismo y de las jergas jurídicas, la medicina, la filosofía que se incluyeron siguiendo un criterio acertado en su época, pero que ya no tienen sentido ni en su propio mundo”, comenta. Muchas de ellas pasan al diccionario histórico y ahí quedan. En los demás casos, cuando se documentan en un texto literario y no se utilizan habitualmente, el DRAE avisa. “En esos casos especificamos que están poco usadas”, asegura García de la Concha.
Sin embargo, la RAE se enfrenta a nuevos tiempos. Quizás ya no urja deshacerse de todas y cada una de las palabras moribundas. La era digital ensancha y destroza la frontera del papel del propio diccionario. Los académicos cuentan con hueco para todas y cada una de las palabras, muertas o vivas. “Es una buena observación”, comenta Víctor García de la Concha. La magia de aquel armatroste de papel que un buen día sorprendió a Pablo Neruda para dedicarle su Oda al Diccionario -”No eres tumba, sepulcro, féretro, túmulo, mausoleo, sino preservación, fuego escondido, plantación de rubíes, perpetuidad viviente de la esencia, granero del idioma”- ya cuenta con un espacio infinito donde saltan sin cesar todas las palabras de todos los idiomas. Como en un babel horizontal de pasado, presente y futuro.
JESÚS RUIZ MANTILLA
El País, Babelia, 27 de febrero de 2010
GAME CHANGE: Obama and the Clintons, McCain and Palin, and the Race of a Lifetime, by John Heilemann and Mark Halperin (Harper/HarperCollins, $27.99.) The inside story of the 2008 campaign, longer on vignettes and backstage gossip than on analysis.
THE PRIVILEGES, by Jonathan Dee (Random House, $25.) In this intelligent novel, a contemporary morality tale, a family stumbles along, rich and dysfunctional, without ethical or moral responsibility.
CHANGING MY MIND: Occasional Essays, by Zadie Smith (Penguin Press, $26.95.) The quirky pleasures here are due in part to Smith’s inspired cultural references, from Simone Weil to “Buffy the Vampire Slayer.”
YOUR FACE TOMORROW. VOLUME 3: Poison, Shadow and Farewell, by Javier Marías. Translated by Margaret Jull Costa (New Directions, $24.95.) In the final volume of Marías’s sui generis novel, his narrator, an uneasy spy, peers into the territory of torture.
DAY OUT OF DAYS: Stories, by Sam Shepard (Knopf, $25.95.) Shepard’s anonymous narrator, his own red-eyed alter ego, drives to forsaken places most travelers never stop, but he’s fine with being nowhere.
TRUE CONFECTIONS, by Katharine Weber (Shaye Areheart, $22.) This novel’s heroine, an unhappy daughter of repressed New England Protestants, finds her destiny with a family of immigrant candy makers.
MARCHING FOR FREEDOM: Walk Together, Children, and Don’t You Grow Weary, by Elizabeth Partridge (Viking, $19.99; ages 10 and up.) Pivotal civil rights victories through the eyes of young participants.
ONE CRAZY SUMMER, by Rita Williams-Garcia (Amistad/HarperCollins, $15.99; ages 9 to 12.) A novel of three sisters, their mother and the Black Panthers.
ROSIE AND SKATE, by Beth Ann Bauman (Wendy Lamb, $15.99; ages 12 and up.) On the Jersey Shore, teenage sisters cope with an alcoholic father.
The New York Times, Sunday Book Review, January 21, 2010
Todas las almas (1989), de Javier Marías
Tengo muchas dudas en relación con la novela española de los últimos decenios, que conozco de manera muy insuficiente. Todas las almas me parece, sin embargo, un verdadero tour de force constructivo y un mundo novelesco muy atrayente. Todo un ejercicio de inteligencia y de sabiduría narrativa. Javier Marías es tal vez el novelista español más brillante surgido en los últimos tiempos.
ANDRÉS SÁNCHEZ ROBAYNA
Tu rostro mañana (2002-2008), de Javier Marías
A esta novela le llega la corriente eléctrica de dos generadores que redoblan la potencia anterior del escritor: la intuición experimental de un novelista insatisfecho con cada uno de sus anteriores narradores morosamente reflexivos y la intuición civil o ética de un novelista más y más dispuesto al autoanálisis y la meditación sobre un pasado colectivo del que quiso huir a todo trance en sus primeros libros y al que ha regresado para aceptarlo ya también como casa propia y no sólo mera residencia accidental.
JORDI GRACIA
Fiebre y lanza (2002), de Javier Marías
Ahora ya no se puede leer como una obra autónoma, pero yo lo hice cuando apareció. Muy diferente al resto de las novelas de su autor, cuenta varias historias de la Guerra Civil, como la del asesinato de Andreu Nin, que ya había obsesionado a Juan Benet, y de la Segunda Guerra Mundial, relacionadas con el silencio y el “no contar”. La búsqueda por las fosas improvisadas de Madrid de un cadáver es espeluznante.
FÉLIX ROMEO
Letras Libres, enero de 2010
100 Libros, discos, películas e inventos de la década
2000-2009. Los expertos eligen los mejores
1. La fiesta del chivo. Mario Vargas Llosa
2. Tu rostro mañana. Javier Marías
3. La carretera. Cormac McCarthy
4. Las benévolas. Jonathan Littell
5. La reina en el palacio de las… Stieg Larsson
6. Cometas en el cielo. Khaled Hosseini
7. Ébano. Ryszard Kapuscinski
8. Suite francesa. Irene Nemirovsky
9. Brooklyn Follies. Paul Auster
10. Expiación. Ian McEwan
La selección ha sido realizada por: Arcadi Espada, Lorenzo Silva, Ana S. Pareja, César Antonio Molina, Ángel Méndez, Blanca Berasategui, Santos Sanz Villanueva, Ymelda Navajo, Agustín Pery y Antonio Lucas.
Magazine, El Mundo, 3 de enero de 2010
Hay muchos escritores geniales actualmente: Don DeLillo, Coetzee, mi esposa Siri Hustvedt. Y también me gustan autores españoles, como Javier Marías o Vila-Matas.
El Mundo
Sobre la literatura, dijo que le gusta la contemporánea y, en cuanto a escritores españoles, destacó a Javier Marías, con quien participó en un recital en Nueva York, y Enrique Vila-Matas.
Diario Vasco
En los últimos días he consultado casi una veintena de listas de los “mejores libros del año” publicadas en algunos de los principales suplementos y revistas culturales extranjeros. Si quieren hacerse una idea de su proliferación vayan a Google y compruébenlo en un par de golpes de tecla. La “retórica de la enumeración” (consúltese el muy navideño libro de Umberto Eco El vértigo de las listas, Lumen) se apodera de las páginas culturales de muchos medios en este diciembre tan tradicionalmente propicio al balance. Algunas listas no se conforman con consignar los mejores libros del año y, aprovechando que se acaban los noughties (los años con cero en las decenas), proponen a sus lectores un interesante ejercicio acerca de qué libros (o qué películas, o qué música) “definen” mejor el espíritu de esta década que ahora finaliza y en la que el terrorismo, la guerra, la crisis, el cambio climático y la apoteosis de la cultura de la celebridad han colonizado las primeras de periódicos serios y tabloides. Las listas de los “mejores” (o más “importantes”) libros sirven para poco más que para registrar el coyuntural y momentáneo estado de opinión (y a veces de ánimo) de quienes las elaboran: son un juego útil y abierto a la polémica, al recuerdo, a la reflexión, al contraste. Para componerlas algunos periódicos recurren no sólo a escritores, críticos y periodistas culturales, sino también a celebridades mediáticas, a cuyas opiniones y gustos se atribuye un enorme valor suasorio (los interesados en la mecánica de la celebridad consultarán con provecho La fama. Iconos de la religión mediática, de Margarita Rivière, publicado por Crítica). Las listas tienen la obsolescencia inscrita en su mismo ADN metodológico (¿se acuerdan de cuando El acorazado Potemkin era la mejor película de la Historia del Cine?), pero ayudan a sugerir “ideas” para que cada cual se oriente/desoriente en la orgía general de consumo que se nos viene encima, por eso son útiles para el engrase del mercado. Sobre todo en un año como éste, en el que el negocio librero no está siendo como para lanzar cohetes y quedarse arrobado contemplando su estela.
Esperando con auténtica ansiedad la lista que publicará Babelia en un par de semanas, abro boca con las extranjeras que van cayendo en mis manos. Bolaño y Marías son los autores hispánicos más citados en las listas anglófonas (2666, Los detectives salvajes y el último volumen de Tu rostro mañana han recibido auténticos ditirambos en la prensa británica y estadounidense). Entre los otros géneros, me llama la atención lo muy citadas que están las biografías literarias de John Cheever, Raymond Carver y Somerset Maugham (publicadas respectivamente por Knopf, Scribner y John Murray), y la recopilación de correspondencia The Letters of Samuel Beckett, 1929-1940 (Cambridge). Más cerca de nosotros, la mejor biografía publicada en Francia este año, según los redactores y críticos de la revista Lire, ha sido Gabriel García Márquez: una vida, de Gerald Martin (en español en Debate). Por lo demás, los editores españoles también han elaborado sus propias listas (interesadas): las encuentro cada día puntualmente en la bandeja de entrada de mi correo electrónico, que rebosa de mensajes (”urgentes”) con el asunto “apuestas de Navidad”, o similar. Y es que aquí quien no lista, vuela.
Celebridades
Confiesa el crítico y biógrafo Pietro Citati (de quien jamás me cansaré de recomendar su espléndido El mal absoluto: en el corazón de la novela del siglo XIX, Galaxia Gutenberg) que lo único que le interesa retener de las vidas de los escritores de los que se ha ocupado (y lo ha hecho de muchos, de Kafka o Tolstói a Goethe o Katherine Mansfield) son aquellos episodios que pueden ser considerados simbólicos para entender su obra literaria (¡si Barthes -reléase, por ejemplo, S/Z, de 1970- y demás partidarios posestructuralistas de la teoría de la muerte del autor levantaran la cabeza!). Llevado a sus últimas consecuencias, y desprovisto de toda consiguiente “ganga” biográfica, tal propósito llevaría a tratar a los escritores estudiados como si fueran personajes de ficción, lo que, sin ir más lejos, constituye el fundamento de esa estupenda colección de brevísimas biografías de “individuos calamitosos” -todos ellos autores, por cierto- que componen las Vidas escritas (1992 y 1999), de Javier Marías.
Estos días de avalancha libresca prenavideña he recibido dos nuevos volúmenes que tratan de explotar ese pequeño filón editorial que son las colecciones de (breves) relatos biográficos de las celebridades literarias. El primero es Póquer de ases (Alfaguara), de Manuel Vicent, un volumen en el que se reúnen (ilustradas por Fernando Vicente) una treintena de “radiografías” de escritores españoles y extranjeros de primera fila, tratadas desde un peculiar punto de vista de insider, de colega más o menos irónico y distante que conoce bien los abismos y cumbres del oficio. El otro es 44 escritores de la literatura universal (Siruela), de Jesús Marchamalo (caricaturas del pintor Damián Flores), una muy entretenida colección de viñetas biográficas de escritores europeos y norteamericanos de los siglos XIX y XX que se leen como relatos instantáneos y cuyo hilo conductor es ese “rasgo” peculiar y siempre diferente que, según el autor, define a cada persona. Ambos libros, compuestos desde la cercanía del periodismo, son también, a su modo, sugestivas (e irresistibles) invitaciones a ulteriores lecturas.
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
El País, Babelia,12 de diciembre de 2009
Los escritores ingleses eligen los mejores libros del 2009
My book of the year is Javier Marías’s conclusion to his Your Face Tomorrow trilogy. Although an unashamed novel of ideas, Poison, Shadow and Farewell (Chatto & Windus) possesses an astonishing tension which makes it hard to put down. Marías’s observation in exquisite detail has prompted many comparisons to Proust, but his themes, including human corruption through state secrecy and power, could hardly be more contemporary. It is probably the most powerful and important novel to appear in European literature for some time.
ANTONY BEEVOR
The Guardian, Books, 28 November 2009
En la primera de sus Prosas apátridas (1975) Julio Ramón Ribeyro se hacía, verdaderamente angustiado, una pregunta parecida a la que había obsesionado a Cyril Connolly en Enemies of Promise (1938): “¿Qué cosas hay que poner en una obra literaria para durar?”. El autor británico había escrito su influyente ensayo para dilucidar -en una época en la que la producción editorial era muy inferior a la actual- cómo escribir un libro que durara diez años. No es demasiado tiempo. Y, sin embargo, ¿quién se acuerda de la inmensa mayoría de las novelas publicadas en español -aquí y allá- en la última década? En 2007, con motivo del IV Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Medellín y Cartagena de Indias (el cónclave académico que elevó al trono de Cervantes -con una puesta en escena digna de Busby Berkeley- a García Márquez como dios vivo del Olimpo literario hispánico), la revista colombiana Semana publicó una interesante lista de las “100 mejores novelas de la lengua española de los últimos 25 años”. Releída ahora, la nómina, construida a partir de los votos de “81 escritores, editores, periodistas y críticos literarios”, adolece de la obsolescencia inevitable de todo periodismo. Las cinco primeras novelas eran latinoamericanas (1ª: El amor en los tiempos del cólera, de GGM; 2ª: La fiesta del Chivo, de MVLL; 3ª: Los detectives salvajes, de Bolaño; 4ª: 2666, de Bolaño; 5ª: Noticias del Imperio, de Fernando del Paso), y la sexta era Corazón tan blanco, de Javier Marías. Ignoro cuáles de esas 100 novelas aguantarían hoy en una segunda edición puesta al día (y a la moda, y a los pasajeros entusiasmos) de ese catálogo. Quizás Bolaño (del que se siguen publicando “sobras completas”) se estabilizara en los primeros lugares con sólo una de sus novelas más extensas.
Y tal vez Corazón tan blanco se vería superada por Tu rostro mañana, alabada por The Guardian como “quizás la primera auténtica obra maestra literaria del siglo XXI”. En todo caso, algunas de las que entonces se citaban han soportado con dignidad la prueba de la década, y en estos tres años se han publicado otras (por ejemplo, La noche de los tiempos, de Muñoz Molina) que hoy entrarían en una lista renovada. Lo que sí parece haberse extendido es la convicción de que la literatura hispanoamericana es un único territorio por el que todos transitamos. Eso también tiene su reflejo en algunas (buenas) editoriales españolas, en las que casi la mitad de los títulos de ficción en castellano publicados en los últimos años corresponden a autores nacidos al lado de allá. América -”la bella nadadora entre dos océanos suntuosos”, la llamó Huidobro con imaginería hollywoodiana- está ahora mucho más cerca. Y quizás, en las orillas de esos mares lejanos, y gracias a la literatura que compartimos, ya no tenga sentido la pregunta, sorprendentemente unamuniana, que se hacía Paz en 1965: “¿Recobraremos un día nuestra parte perdida, el gran fragmento de nuestro ser que se llama España?”.
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
El País, Babelia, 28 de noviembre de 2009

La web magazine norteamericana Bookslut ofrece, en su número de noviembre, una entrevista con la traductora de las obras de Javier Marías al inglés Margaret Jull Costa en la que habla de los autores a los que ha traducido.
En estos días me llegaron, por caminos distintos, dos textos curiosamente parecidos. Se parecen en forma y en color –dos cuadernillos de color hueso–, pero además son ambos discursos, y además los pronunciaron dos escritores estrictamente contemporáneos. Uno se titula Sobre la dificultad de contar, y es el discurso de entrada a la RAE de Javier Marías; el otro es la lección magistral que hace poco dio John Banville en el marco del segundo Premio Vallombrosa, y su título es Las personae del verano. Ambos son breves comentarios –o mejor diré aproximaciones, y añadiré cautelosas– al extraño oficio de escribir ficción. O, para ser más preciso, ambos son declaraciones de extrañeza y al mismo tiempo de fascinación por esta actividad humana que es contar las tribulaciones de gente que nunca ha existido; y, si bien parten de lugares muy distintos (y a muy distintos lugares llegan), ambos mencionan en algún momento el carácter más que lúdico, casi pueril, del escritor de ficciones.
Marías lo hace recordando esos versos de Stevenson que tantas veces ha recordado: “No digáis de mí que, débil, decliné / los trabajos de mis mayores, y que huí del mar, / de las torres que erigimos y las luces que encendimos, / para jugar en casa, como un niño, con papel”. Banville usa un poema de Stevens (Wallace), con lo cual sólo un par de letras lo separan del de Marías: “Las máscaras del verano son los personajes / de un autor inhumano”. Luego recuerda cómo, para el novelista principiante, la creación de personajes es la cosa más natural del mundo. “Qué fácil parecía entonces crear aquellas personitas de papel”, escribe de ese principiante. “Todo el día lo pasaba en su estudio, como un juguetón Frankestein en su crepuscular laboratorio.” Y los dos, Marías y Banville, pasan entonces a recordarnos que no, que no es fácil ni natural; que, de hecho, el pacto de la ficción (por el cual los lectores deciden creer en lo que leerán, incluso a sabiendas de que todo es una gran fabricación) es la cosa más rara que existe.
Pero, ¿por qué dedicamos entonces nuestro tiempo, como lectores y novelistas, a estos personajes, estos mundos nacidos de algo tan parecido al capricho? Es la pregunta más recorrida que existe, y sin embargo no hay novelista o lector digno de ese nombre que no se la haya hecho alguna vez. “La obra de arte es un objeto redondeado, bruñido, terminado, se yergue en el mundo completo e inviolable”, dice Banville, “y por eso nos satisface”. “Ese novelista que inventa es el único facultado para contar cabalmente”, dice Marías, y añade que vamos a él porque “necesitamos saber algo enteramente de vez en cuando”. He dicho antes que Marías y Banville llegaban a lugares distintos, pero tal vez no sea así. Ambos desembocan en una misma idea: la búsqueda –humana, demasiado humana– de certezas. Pero no hablamos aquí de certezas morales, que para eso están la religión o la autoayuda, sino de algo mucho más misterioso: la profunda satisfacción que nos dan los mundos cerrados, autónomos y perfectos, de las grandes ficciones. Esos mundos que, precisamente por haber nacido de la imaginación libre y soberana, dan a la realidad un orden y un significado que ésta, por sí sola, no logrará jamás. Esos mundos donde, precisamente porque no han precedido nunca, las cosas seguirán sucediendo para siempre.
Fragmento del libro de Juan Gabriel Vásquez, El arte de la distorsión, Alfaguara, 2009
Hubo un tiempo en que el Premio Nobel de Literatura tenía una vocación decididamente universal. Pero en los últimos 15 años, los miembros de la Academia Sueca han decidido convertirlo en una suerte de premio para escritores europeos. Es cierto que en esta década lo ganaron Coetzee, Naipaul y Xingjian, y también Pamuk (Turquía es una nación euroasiática), pero los otros 11 han sido europeos. De esos, algunos han sido nombres acertados, como Wislawa Szymborska, Günter Grass o Seamus Heaney; otros, sin embargo, son escritores de rango más limitado, como Imre Kertész, Le Clézio o Darío Fo. Europa ha dado origen a muchas de las mejores páginas de la literatura universal y hoy varios de sus escritores mantienen el listón muy alto, pero eso no debería hacer pensar a los que otorgan el Nobel que en los otros continentes ocurre poco o nada.
En sus mejores momentos, este galardón nos descubre a un escritor minoritario, incluso a una literatura de la que no sabíamos mucho. Pero, cuando uno ve sus últimas elecciones, parecería que, más allá del talento individual de sus escritores, con el Nobel de Literatura Europa se premia a sí misma. ¿Por qué nos sorprendemos? Porque, pese a sus equívocos y omisiones, este galardón se había forjado una legitimidad universalista que está comenzando a resquebrajarse. Incluso si hablamos de europeos, la literatura universal no pasa hoy por Kertész o Elfriede Jelinek, escritores que le hablan a una parroquia limitada, sino por Javier Marías o Ismail Kadaré, cuyas propuestas estéticas son renovadoras y abren puertas para la literatura de este siglo.
De lo que se trata es de abrir el mapa, de ampliar la mirada. No es necesario premiar a un escritor muy conocido, como Murakami, Roth o Vargas Llosa. Si les dieran el premio a algunos menos conocidos, como Adonis o Assia Djebar, también estaríamos felices. Nos haría sentir que el Nobel puede acertar en grande, y no sólo mirándose a su propio ombligo.
EDMUNDO PAZ SOLDÁN
La Tercera (Chile), 9 de octubre de 2009
James Wood, crítico británico de The New Yorker, en una entrevista concedida a Gabriel Pasquini para el número de septiembre de 2009 de la revista Letras Libres, comenta sobre la literatura en castellano:
Gabriel Pasquini: ¿Y qué hay de la literatura en español?¿Lees algo?
James Wood: No leo tanto como debería.
G P: ¿Qué opinas, por ejmplo, de Roberto Bolaño?
J W: Mi impresión es que es más fuerte en sus nouvelles, como Nocturno de Chile. Es que me gusta la forma y me gustan las nouvelles. Y hay otro escritor, Javier Marías, que me pareció realmente interesante en Mañana en la batalla piensa en mí.
El escritor angloindio Salman Rushdie, conocido por su controvertida obra Los versos satánicos, cree que actualmente los artistas lo tienen muy difícil para expresarse con libertad. Rushdie está amenazado por el mundo islámico tras la publicación de Los versos satánicos en 1988, debido a la supuesta irreverencia con que se trata a la figura del profeta Mahoma.
En una entrevista en el programa Asuntos Propios (Radio Nacional), Rushdie se ha comparado con Roberto Saviano, el escritor amenzado por la mafia italiana por su publicación Gomorra. “Me siento muy unido a Saviano en un sentido”, pero “la situación de Saviano es peor que la mía”, ha asegurado. Aunque sólo han coincidio unas 3 ó 4 veces, “le he dado todas las recomendaciones posibles”. Desde que publicó su libro sobre la Camorra napolitana Saviano vive oculto y no puede hospedarse durante más de dos noches en un mismo lugar.
Rushdie se ha referido varias veces a la globalización actual. Considera que “el mundo cada vez es más pequeño” por lo que es importante contar historias que interconecten a las personas. “No vivimos en cajas aisladas sino interconectadas”, ha asegurado. Y en ese mundo de interconexión Rushdie cree que es posible preservar la identidad nacional y las raices culturales. “India sigue siendo India”, al igual que España o el Reino Unido tienen sus propias identidades.
La relación entre Oriente y Occidente es una de las temáticas más recurrentes de su literatura, como en su última obra La encantadora de Florencia, publicada en nuestro país el pasado febrero.
Rushdie, que se ha mostrado como un hombre optimista, cree que desde la publicación de Los versos satánicos “el mundo ha mejorado para mí”. No obstante, cree que en la actualidad los artistas tienen dificultades para expresarse con libertad ya que muchos han recibido ataques últimamente. Pero ha asegurado mantenerse unido a sus principios.
Pero los 35 años como escritor también le han dejado un hueco para el sentido del humor. Rushdie ha mostrado su lado cómico y ha bromeado con sentirse como un “miembro extra” de la banda de música U2. Rushdie ha escrito para ellos la letra de la canción The Ground Beneath Her Feet, algo que los irlandeses no habían permitido hasta entonces.
Preguntado por la literatura española ha confesado conocer más la latioamericana. Aunque es un admirador de Gabriel García Márquez, Rushdie recomendaría al escritor español Javier Marías; “es un gran escritor”, ha asegurado.
Rushdie se encuentra en A Coruña para inaugurar el X Congreso de Semiótica que reunirá a un millar de profesionales.
Pero actualmente, está trabajando en el guión cinematográfico de su obra Hijos de la medianoche, que se adaptará al cine y cuyo rodaje podría comenzar en el plazo de un año.
Salman Rushdie, uno de los escritores más brillantes de la últimas décadas, ha recibido muchos premios pero no ha conseguido el Nobel, el máximo galardón internacional. Rushdie guarda una premisa cuando le preguntan por los premios: “Es muy agradable recibirlos, pero nunca debes esperarlos”.
TVE, 22 de septiembre de 2009
La temporada editorial barcelonesa se inició la semana pasada con la fiesta ofrecida por RBA con motivo de la concesión de su premio internacional de novela “negra”. La bolsa -125.000 eurillos- se la llevó Philip Kerr, de quien recuerdo con especial agrado su entretenido thriller Una investigación filosófica (Anagrama, 1996), en el que la adorable inspectora Jakowicz perseguía a un asesino de nombre Wittgenstein cuyas víctimas se llamaban Locke, Kant, Spinoza o Bertrand Russell. Kerr también tiene el mérito de haber imaginado al estupendo sabueso Bernie Gunther, que deshace entuertos en la Alemania nazi y a cuya serie de aventuras pertenece la novela ahora premiada Si los muertos no resucitan, que pronto llegará a las librerías. Del mismo modo que hace un par de años parecía que sólo se vendía la novela histórica, hoy resulta que la narratividad más jaleada parece refugiada casi exclusivamente en la llamada novela “negra”, que es la que se lleva la parte del león del exiguo presupuesto familiar destinado a la compra de ficciones de papel (incluida la prensa). En la fiesta coincidí con el profesor Rico, que además de ser personaje de las novelas de Marías, es un ente muy entenimentat (juicioso) de carne y hueso y de cuya conversación siempre me enriquezco. Hablome ante unas ahumadas maltas de las Highlands (en la fiesta de RBA la crisis sólo se notó en lo referente al alimento sólido) acerca de una colega petrarquista que en su todavía próxima juventud había militado en las Brigate Rosse. No entiendo por qué el profesor Rico -cuya fortuna personal ha aumentado considerablemente gracias a su dedicación a lo literario- no ha comprendido el potencial novelesco que encierra un personaje semejante. A mí me gustaría leer una novela negra -negrísima- escrita por Rico con una detective hecha a medida de esa nueva Madonna Laura profesoral y (previsiblemente) alocada de la que enseguida me sentí secretamente enamorado. El motor de la trama podría ser el espantoso asesinato de un académico, de un erudito o de una agente literaria. En la intriga -que transcurriría entre Florencia y Barcelona- estarían implicados periodistas (asalariados de Berlusconi) y un nacionalista catalán cuyo padre trabajó a las órdenes de (y fue humillado por) Galinsoga (el fascista de “tots els catalans són una merda”, que dijo en castellano). Saldrían putas (finas) de la Bonanova y tiradas de la Boquería, velinas de Bari y promotores inmobiliarios de Caserta y Platja d’Aro. Y hasta Javier Marías tendría un cameo en un avión rumbo a Estocolmo. Una autoría como la de Rico afianzaría sin duda la tendencia al Professorenroman tan apreciable en la actual producción novelesca española. Si se da prisa podría quizás obtener el próximo RBA de novela negra. Y, de paso, persuadir a los organizadores de la conveniencia de restablecer la mesa con pinchitos de cocina que faltaba este año.
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
El País, Babelia, 12 de septiembre de 2009
Cuando Colón emprendió su segundo viaje al Nuevo Mundo, en 1493, le acompañaba Fray Bernat Boil, nombrado vicario apostólico de las Indias Occidentales por el papa Alejandro VI. Había sido ermitaño en Montserrat: lo recuerdan seis relieves de bronce con escenas del descubrimiento y evangelización de América que en 1892, cuarto centenario, se colocaron en los púlpitos de la basílica y que ahora están en la puerta de la sacristía. En ese viaje dieron a una de las islas entonces descubiertas el nombre de Montserrat (periódicamente se habla de ella cuando un volcán que hay allí entra en erupción). También descubrieron, entre otras islas, una que fue llamada Santa María la Antigua, y entre ésta y la de Montserrat una des escasos tres kilómetros cuadrados, que por su forma llamaron Redonda. Durante siglos sólo era un refugio ocasional de contrabandistas y corsarios, pero modernamente se comenzó a explotar el guano, el fertilizante resultante de la acumulación de excrementos de las aves marinas, y entonces los ingleses la anexionaron a la vecina Antigua, que era colonia suya.
Un hombre de negocios de la isla de Montserrat, Matthew Dowdy Shiel, contemplando el islote vecino de Redonda tuvo la idea de constituirlo en reino para su hijo primogénito, Matthew Phipps. En 1880 lo hizo coronar rey de redonda por el obispo de Antigua. M. P. Shiel fue un escritor notable, alabado por autores tan famosos como Henry Rider Haggard, Edgar Allan Poe, Dashiell Hammett y Lawrence Durrell. Shiel quiso que este reino tan pintoresco tuviera un contenido positivo que sería el de crear una nueva aristocracia basada en el mérito del espíritu, y no en la sangre. Obtuvo del gobierno inglés el derecho de crear títulos nobiliarios, a condición de no perjudicar la política colonial británica. Shiel transmitió la realeza a su discípulo John Gawsworth, nacido en 1912. En la Segunda Guerra Mundial fue piloto de la RAF, pero llevaba una vida tremendamente desordenada. Se pasaba la vida en las tabernas de Londres y otorgaba títulos nobiliarios a todo el mundo que realizaba una acción que él tuviera por meritoria, o simplemente le hacía un donativo. Como resultado de esta vida irregular, cinco o, según algunos, nueve personas aseguraban haber recibido de él la realeza. En 1970 la BBC le dedicó un reportaje, siguiéndolo de taberna en taberna, completamente borracho. Murió después en un hospital público.
En 1984 el famoso escritor Javier Marías fue a Oxford como profesor de lengua española. De los dos años de aquella experiencia resultó la novela Todas las almas, donde habla de Gawsworth. Los lectores pensaban que era uno más de los personajes ficticios, pero era real. Las discusiones entre los pretendientes del trono de Redonda no se acababan nunca, invocando todos abdicaciones, herencias y compras. Gawsworth cedió todos sus derechos a Jon Wynne-Tyson, que tomó el nombre de Juan II, editor y también novelista. Había luchado por desautorizar los competidores, pero estaba ya harto. Leyó Todas las almas de Javier Marías, con las referencias a Gawsworth, y le ofreció la corona. Con el nombre de Xavier I de Redonda, desde 1997, Marías ha podido retomar lo que había de mejor en la idea original de Shiel y de Gawsworth: un reino no político basado en la nobleza intelectual. Su lema es ride si sapis, que yo traduciría por “ríete si lo entiendes”. Bajo la parafernalia de nombramientos pintorescos está el noble propósito de homenajear a personalidades culturales y hacer asequibles obras remarcables. Los títulos otorgados son extravagantes, y los agraciados tienen que escoger un pseudónimo o sobrenombre. He aquí algunos duques: Pedro Almodóvar, duque de Trémula; Antony Beevor, de Stalingrado; Guillermo Cabrera Infante, de Tigres; Pietro Citati, de Remonstranza; Francis Ford Coppola, de Megalópolis; Umberto Eco, de Isla del Día de Antes; John Elliot, de Simancas; Eduardo Mendoza, de Isla Larga; Mario Vargas Llosa, de Miraflores; Fernando Savater, de Caronte… También ha nombrado a un “emisario infiltrado en las Naciones Unidas”, con el sobrenombre de Philby, embajadores en distintos países y, con gran sorpresa mía, me ha designado embajador en la abadía de Montserrat, con el sobrenombre de Bernardo Boil. Bromas aparte, Javier Marías ha creado el sello editorial Reino de Redonda, que, sin ánimo de lucro, publica en español obras que considera importantes, muy bien traducidas, con excelentes introducciones suya o de algún especialista y pulcramente editadas.
HILARI RAGUER
(Monje de Montserrat e historiador)
Catalunya Cristiana, 30 de julio de 2009
Me llamo Rodríguez, un apellido que comparto con otros 926.100 españoles (ostentamos el tercer nombre de familia más común en nuestro país). De manera que cuando me hago la célebre pregunta de qué hay en un nombre paso de largo por el mío. De pequeño pensaba que un apellido tan corriente supondría una desventaja para una carrera luminosa en el mundo de las letras. Mi padre me animaba diciéndome que eso no era un impedimento, y me ponía como ejemplo a Federico García, o a Benito Pérez (todavía no era conocido Gabriel García). Los que tenemos primer apellido copioso solemos utilizar también el segundo: nos individualiza (moderadamente). De manera que siempre me han fascinado los nombres poco frecuentes. En el sector editorial abundan: los de Tiziana Bello o Isabel Passion están entre mis preferidos. Adoro también el mestizaje onomástico, como el de la dirigente indígena peruana Daisy Zapata o el del rejoneador benidormino Andy Cartagena (¡lo que yo hubiera dado por llamarme así!), del que recientemente he descubierto su verdadero nombre (Andrés Céspedes, que tampoco está mal). También me llaman la atención los nombres de los personajes de las novelas (excepto los de las del realismo social, demasiado “colectivos”, como el mío). Javier Marías impone a sus personajes estupendos apellidos -Deza, Baringo, Custardoy, Ruibérriz de Torres-, a menudo inspirados en, o tomados de, los secundarios de su propia familia. Acerca de Tu rostro mañana, por cierto, acaba de publicarse en Holanda (por Rodopi) Allí donde uno diría que ya no puede haber nada, un reader o libro colectivo (editado por Alexis Grohman y Maarten Steenmeijer) que reúne algunos de los más interesantes textos críticos (en español) en torno a la trilogía mariesca. El único problema es que los interesados (y hay que estarlo mucho) tendrán que pagar por él 74 eurillos (rústica, 370 páginas): cosas de la edición académica. Marías, que también es editor, publicará en septiembre dentro de su sello Reino de Redonda, y con nota previa de Francisco Rico (uno de los personajes de la mencionada trilogía), Las Vísperas Sicilianas, de [Sir] Steven Runciman, un estupendo relato de la rebelión (1282) contra el dominio angevino que abriría paso a la posterior influencia en la isla de la Corona de Aragón. El libro, publicado originalmente por Alianza, era inencontrable. Al contrario que mi apellido.
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
El País, Babelia, 29 de agosto de 2009
Hay pocos escritores vivos que admiro más que Mario Vargas Llosa y Javier Marías. He leído toda su obra, he escrito sobre ellos, los he enseñado. Cuando me piden que mencione mis libros de cabecera, siempre incluyo títulos como Conversación en La Catedral o Mañana en la batalla piensa en mí. Creo entender las pulsiones principales que subyacen en sus novelas, incluso en muchas de las ideas que no comparto de sus ensayos.
La parte en la que ambos me pierden es su incapacidad para entender los cambios tecnológicos de la época, la forma que tienen de concluir que gracias a esos cambios la literatura se empobrece. Hace algunos meses Marías atacó los blogs, a los que llamó esa “región ocultamente furibunda” debido a la cantidad de insultos y veneno que uno encuentra en la sección de comentarios. El escritor español declaró que no entendía que hubiera tantos escritores que llevaran blogs, y mucho menos el lado interactivo de los blogs: “¿Cuál es la gracia de estas tertulias escritas? ¿Ver que uno provoca reacciones? ¿Tener la comprobación inmediata de que lo que expone no cae en el vacío?”.
En cuanto a Vargas Llosa, el hispanoperuano se declaró hace poco ferviente defensor del papel, que “infunde un respeto casi religioso al escritor”, y dijo, contundente: “Si la literatura se hace sólo para las pantallas se empobrecerá, porque la pantalla hace que pierda profundidad y riesgo”. Vargas Llosa terminó creando una falsa dicotomía entre el libro y la máquina: “La gran amenaza son las máquinas que puedan acabar con el libro. No sabemos qué va a pasar con ese desafío para la literatura que es la pantalla”.
Es curioso ver cómo la introducción de una nueva tecnología produce tanta ansiedad en la cultura libresca y hace que aparezca un tono apocalíptico en sus defensores. Para citar un ejemplo emblemático: cuando en 1895 los hermanos Lumière inventan el cinematógrafo, el escritor mexicano Amado Nervo señala que el cine, junto al fonógrafo, producirá como resultado “no más libros; el fonógrafo guardará en su urna oscura las viejas voces extinguidas; el cinematógrafo reproducirá las vidas prestigiosas”.
Un nuevo medio produce siempre desplazamientos en la ecología de medios preexistente. Para la literatura hay un antes y un después del cine, de la televisión, de Internet. Eso no significa que las cosas tengan que ir para peor. ¿Qué hubiera pasado durante el siglo veinte si los escritores se hubieran cerrado a las posibilidades creativas de los nuevos medios? Por hablar sólo del cine, es extensa la lista de escritores que registran en su obra el impacto, tanto en la forma como en el contenido: Joyce, Dos Passos, Cabrera Infante, Puig, etcétera. La misma relación de Marías y Vargas Llosa con el cine es fundamental.
Marías tiene razón: los bloggers deben lidiar con el veneno de los comentarios. Pero eso no es nuevo en la literatura: lo que hacen los blogs es explicitar esa mala leche que siempre está ahí, en algunos lectores y colegas. Eso no significa que haya que eliminar de cuajo al blog; se trata de un nuevo género literario, y más temprano que tarde hablaremos de grandes bloggers, así como lo hacemos de grandes ensayistas o cuentistas. Vargas Llosa tiene razón: no sabemos qué pasará con la literatura ante los nuevos desafíos tecnológicos. Lo que sí es seguro es que hay niños y adolescentes que algún día serán escritores y que hoy tienen “un respeto casi religioso” por la pantalla. Concluir que no habrá “profundidad y riesgo” en la literatura escrita por ellos es, cuando menos, apresurado. Y cuando más, arcaico.
EDMUNDO PAZ SOLDÁN
El País, Babelia, 22 de junio de 2009
- Reino Unido-Irlanda-Australia-Nueva Zelanda (Harvill/Chatto and Windus/Vintage/Canongate)
- Francia-Bélgica-Suiza (Rivages/Gallimard/Folio)
- Alemania-Austria-Suiza (Piper/Klett-Cotta/Heyne/dtv/Wagenbach)
- Estados Unidos-Canadá (Harcourt Brace/New Directions/Believer)
- Holanda (Meulenhoff)
- Italia (Donzelli/Einaudi/Passigli)
- Portugal (Quetzal/Relógio d’Agua/Dom Quixote)
- Brasil (Martins Fontes/Campanhia das Letras)
- Grecia (Zajaropoulos/Medusa Selas/kastaniotis/Livani/Kedros)
- Polonia (Muza/Proszynski i Ska/OHU Sonia Draga/Rebis)
- Rusia (Amphora/Eksmo)
- Hungría (Europa Kiado/Park)
- Noruega (Gylendal)
- Suecia (Forum/Bonniers)
- Dinamarca (Gyldendal/Forum/Tiderne Skifter)
- Finlandia (Otava)
- Corea (In Hwa/Yeamon/Moonji)
- Japón (Kodansha)
- Taiwan (Eurasian Publishing House)
- India (Confluence International)
- Serbia (Narodna Knjiga/Evro Giunti)
- Croacia (Knozor/Profil International/VBZ)
- Eslovenia (Cankarjeva Zalosba)
- República Checa (BB Art/Argo)
- Bulgaria (Obsidian/Prozoretz/Colibrí)
- Rumania (RAO/Univers/Polirom)
- Albania (Albin)
- Turquía (Gendas/Sistem/Alia/Metis/Can Yayinlari)
- Siria (Dar Al Ma ‘ ajem)
- Egipto (EVN)
- Líbano (Naufal)
- Cataluña (Funambulista)
- Israel (Babel/Ivrit)
- Lituania (Alma Litera)
- Letonia (Alberts XII)
- Estonia (Varrak)
- China (Shangai 99 Readers Culture Co.)
- Vietnam (Bach Viet Books)
- México (ediciones propias)
- Argentina (ediciones propias)
37 lenguas y 47 países
Países a los que se ha traducido, o se va a traducir, Tu rostro mañana
- Italia
- Alemania-Austria-Suiza
- Holanda
- Brasil
- Estados Unidos-Canadá
- Reino Unido-Irlanda-Australia-Nueva Zelanda
- Polonia
- Eslovenia
- Grecia
- Turquía
- Francia-Bélgica-Suiza
- Rusia
- Portugal
- Rumania
- Bulgaria
- Croacia
Dentro de la recientemente inaugurada Biblioteca Digital de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo se encuentra una intervención de Javier Marías:
Sobre el origen de su literatura
Hoy 31 de marzo, a las 19.30, en la Boutique del Libro de Palermo Viejo, Thames 1762, Palermo, Javier Marías conversará con Silvia Hopenhayn.
Marías y las novelas del corazón
Javier Marías es un escritor que nos hace oír lo que no siempre se puede o se debe decir.
Sus libros, de un estilo inigualable, susurro de una lengua que enlaza y deshace, provoca y reúne, anuncia y desmiente, nos convierte en lectores testigos de lo impronunciable.
Desde sus primeros títulos, Mañana en la batalla piensa en mí, Todas las almas, El hombre sentimental, Negra espalda del tiempo, hasta Tu rostro mañana, nos envuelve en tramas casi musicales, con variaciones que desembocan en un final siempre emotivo, veraz, tal vez irónico. De visita por primera vez en Buenos Aires, el escritor español viene acompañado de una nueva edición de su novela Corazón tan blanco, en la que sobrevuelan Shakespeare, Nabokov y Jerry Lewis.
La historia comienza con un feroz suicidio frente a un espejo, en el baño, de una mujer que se hunde una bala en el corazón, durante una cena que no contaba con dicha escena. Los testigos callan lo que no comprenden. Y en ese acto indescifrable se constituye el secreto del protagonista que, no en vano, es traductor e intérprete de varias lenguas.
Durante toda la novela este enigma irá cobrando vida -sin poder develarse, traducirse. Y el amor estará signado por lo que se cuenta o se deja de contar. No sólo con respecto a lo que se dice, sino a la forma en que se escucha. Así, una frase de renuncia puede ser oída como una inducción.
Por eso, algunas conversaciones son obras de arte irrepetibles, entregas inmediatas que permanecen intactas en la memoria que las enmarca. Javier Marías logra mostrar ese instante de conversación único, que no estaba antes ni después, lo impredecible.
En esta novela, -aunque también en las últimas- lo que se cuenta es aquello que se dijo sin precaución alguna. Pero también las estrategias que van velando el efecto de ciertos dichos. Negaciones que afirman, por ejemplo: “No vi razón para no decirle la verdad, y sin embargo tuve la sensación de no hacerlo al hacerlo.” O: “Cuántas cosas se van no diciendo a lo largo de una vida o historia o relato, a veces sin querer o sin proponérselo. Yo no sólo había callado?”
La historia de amor entre Juan y Luisa prospera en lo que van contándose. “Contar parece tantas veces un obsequio, el mayor obsequio que puede hacerse, la mayor lealtad, la mayor prueba de amor y entrega”. Y concluye, con fervor: “la lengua en la oreja es también el beso que más convence.”
Esta idea de oír y contar, en las novelas de Marías, lleva implícitos la mentira, el equívoco, la confianza, la dulzura, la prepotencia, el desquite, pero sobre todo, lo incontrolable. Y lo incontrolable es lo que finalmente ocurre. De allí que la novela tenga suspenso, pero un suspenso que radica en no saber lo que fue dicho antes de que algo tremendo ocurriese. Como arguye el protagonista, “quizá por eso se cuenta tanto o se cuenta todo, para que nunca haya ocurrido nada, una vez que se cuenta.”
SILVIA HOPENHAYN
La Nación, 25 de marzo de 2009
De siempre es sabido que el cerebro es como un músculo, mientras se ejercita mejor funciona. Pero esta no es la única evidencia a la que no enfrentamos día a día: en un mundo de diestros, a los zurdos les toca esforzarse más.
Zurdos hay muchos ¿pero y si hoy les planteásemos que más de un deportista, político o actor tienen esta peculiaridad en común?, ¿quienes son los zurdos más famosos de la historia?.
Importantes deportistas como Raúl o Iker Casillas, ex presidentes de Estados Unidos como Bill Clinton, George Bush o Ronald Reagan, o míticos actores como Charlie Chaplin, Tom Cruise, Matt Dillon o Robert de Niro, usan su mano izquierda para firmar acuerdos, lanzar balones o coger su guión en la lectura final.
Realmente un zurdo pasa desapercibido, solo pensamos en esas posturas algo complicadas que adoptan a la hora de escribir, por lo demás todo marca normalidad. Sin embargo son muchos los que les consideran personas especialmente talentosas, buenas para las matemáticas, los negocios y las artes.
Se ha dicho además que las personas zurdas son buenas para dibujar, para componer música y hasta en su manera de reflexionar, y a las pruebas nos remitimos cuando encontramos tantos personajes que han marcado leyendas históricas, y que ejercían sus quehaceres con su mano izquierda.
Los zurdos más famosos de la historia
Esta es la realidad, los máximos maestros del Renacimiento fueron zurdos. Leonardo Da Vinci, fue uno de los genios más completo de todos los tiempos, Miguel Ángel pintó su Capilla Sixtina a punta de izquierda, al igual que el maestro Rafael o el alemán Durero, principal artista renacentista en este país.
Pero en lo que respecta al mundo del entretenimiento también tenemos una larga lista que destacarles, Greta Garbo, Judy Garland, Cary Grant, Ginger Rogers o Fred Astaire son algunos de los rostros del ‘espectáculo zurdo’ que nos han dejado sin palabras. Quizá sus trabajos no hubieran sido tan visualmente sublimes de no ser por esta peculiaridad.
Pero hoy hay ofertas para todos y también para los amantes del rock. Importantes exponentes de estos potentes ritmos forman parte de nuestras listas, Charly García, Gustavo Cerati, Paul Mc Cartney o Bob Dylan, son algunos de los maestros que han resultado ser zurdos también… ¿habrán tenido que tocar alguna vez con la mano derecha? En cualquier caso son estrellas, aunque no toquen.
Y de ritmos imponentes a relajantes violines o pianos. Bach, Beethoven o Mozart también formaban parte de este grupo, al que antiguamente se consideraba como el de los siniestros, y es que antiguamente se consideraba a los zurdos como personas oscuras con antecedentes de brujos o demoniacos, además muchos de ellos en la época de la inquisición terminaban sus vidas en la hoguera.
En lo que respecta a la política, Alejandro Magno, Adolf Hitler o Napoleón Bonaparte también fueron zurdos. Para más inri hemos encontrado personajes que no solo son izquierdos de ideología sino también físicamente, Fidel Castro o Hugo Chávez son algunos de ellos.
Tenemos tanto que aprender de ellos, grandes logros han traído a nuestro mundo o sino atentos a nuestros siguientes candidatos al Óscar de los zurdos: Albert Einstein y Ghandi pertenecieron a este grupo que tan sólo ocupa el 10% de la población mundial.
Ahora si lanzamos una pregunta al aire ¿son mejores, más hábiles o más dotados para la política o los deportes?. No es fácil desenvolverse en un mundo pensado para diestros, sin embargo les ofrecemos dos nuevos rostros que sin duda darán que hablar a lo largo de la historia. ¿Qué tienen en común Barack Obama y Rafael Nadal? ambos son zurdos.
En el Congreso de los Diputados también encontramos casos. Hasta el momento sólo han aflorado los socialistas Juan Fernando López Aguilar, Leire Pajín y Joan Herrera de Iniciativa per Catalunya.
Muchos personajes más nos sorprenderían, sin embargo dos de los cuales no podemos dejar de lado, son el escritor Javier Marías o el rey Juan Carlos, con ellos concluimos de forma majestuosa ya que bien podrían encabezar nuestra lista, si de jerarquías se tratase.
DAVID LÓPEZ DEL MORAL
Terra, 10 de marzo de 2009
Y es que la historia del cine está plagada de desencuentros entre escritores y guionistas. En la pasada década, Javier Marías y los Querejeta (Elías como productor y su hija Gracia como directora), mantuvieron una agria disputa por El último viaje de Robert Rylands, una película inspirada en la novela de Marías Todas las almas. El escritor les denunció por incumplimiento de contrato y los tribunales le dieron la razón en 1998 porque no se le garantizó “el respeto de la adaptación cinematográfica al espíritu de la obra”. Hoy, el escritor defiende que él había firmado un contrato para la adaptación de la novela entera, “no de una página o incluso una frase”. Desde entonces, ha rechazado las ofertas de llevar al cine otras obras suyas, como Mañana en la batalla piensa en mí o Corazón tan blanco. “Creo que no se prestan mucho porque son novelas en las que la voz narrativa es tan importante como la historia, como el argumento, y creo que sería imposible llevarlas al cine”, explica.
En su opinión, uno de los principales problemas de la adaptación de novelas es que se pierde material. “El planteamiento suele ser cómo empequeñecer la obra, cómo reducir y, por tanto, es un empobrecimiento. Eso no quiere decir que las películas adaptadas sean peores; a veces es al revés: de una novela mediocre sale una gran película. De lo que sí soy partidario es de que se guarde fidelidad al espíritu de la obra literaria. Pero eso es algo evanescente y, ¿quién lo define? Quizás los propios autores. Yo creo que al cabo del tiempo se olvidan los argumentos, pero lo que quizás permanece es una especie de clima, una atmósfera”, dice. El último viaje de Robert Rylands fue la única experiencia de Gracia Querejeta en la adaptación y ésta “se abstiene de hacer comentario alguno”.
“Comprendo que Javier Marías se enfadase tanto”, dice Antonio Muñoz Molina, que ha visto varias obras suyas adaptadas al cine: El invierno en Lisboa, Beltenebros, Plenilunio… […]
ISABEL LAFONT
El País, 29 de enero de 2009
Artículo completo
Todo por la pasta
Crítica de la Argentina presenta un relato inédito del escritor norteamericano J. D. Salinger, maestro de la literatura moderna, traducido por Javier Marías.
[...] El último jueves [a Antonio Mingote] lo felicitamos todos, anticipadamente, por esta llegada triunfal a los noventa y, en el curso de la sesión, analizamos y discutimos la palabra acercanza, que aparece en el DRAE como voz antigua con el significado de «proximidad, relación» y, efectivamente, desapareció a finales del siglo quince, su última aparición escrita es de 1494. Toda voz que no haya llegado al siglo dieciséis, que no esté documentada en los clásicos, debe ser tratada por el diccionario histórico, claro esta, pero desaparecer del actual para aligerarlo, para hacer sitio a la riada de neologismos que van llegando y se van haciendo usuales en el intercambio cotidiano. Lo recuerdo y propongo su eliminación, pero los escritores presentes (Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Francisco Brines, Emilio Lledó) se han enamorado de ella, les parece sugestiva y susceptible de ser usada, de entrar en competencia con cercanía o proximidad e introducir algún matiz diferenciador que ahonde en el significado y piden su indulto. Si ellos son capaces de revitalizarla, de reintroducirla en la lengua en las próximas semanas, sus textos la justificarán y, por supuesto, la salvarían. Se aplaza, pues, la ejecución de la sentencia. Antonio, que también está con ellos y dispuesto a cooperar en la conservación, me dice: «¿Cómo estamos tú y yo? En acercanza. ¿En qué se ha apoyado nuestra amistad de años? En la acercanza académica». Me convence.
[...]
GREGORIO SALVADOR
Abc, 17 de enero de 2009
La primera vez que supe de Javier Marías fue en torno a 1970 y estábamos en el bar que había frente al diario Madrid, luego dinamitado. El bar se llamaba Dickens, y a él acudían, entonces y más tarde, los amigos de Juan Benet. Alguien citó a Javier, que era habitual, pero no había ido esa noche, estaba en París. Había ido a ver películas.
Eso es mentira. Yo no estaba en Dickens entonces, ni escuché hablar de Javier Marías en ese lugar en ese momento que además fue inexistente. Por entonces conocí, eso sí, a Juan Benet, que estaba con algunos amigos en ese sitio, pero ni estaba Marías ni yo sabía demasiado de lo que estaban hablando aquellas personas que rodeaban al maestro. Hablaban riendo, y de vez en cuando daban grandes voces, que en la distancia en la que yo estaba me resultaban sarcásticas pero inaudibles. En uno de esos instantes, Benet se levantó y dijo, a voz en grito:
-¡Pues yo no le abono!!
Muchos años después, cuando ya conocí más de cerca a Juan Benet, cuando pude ser amigo suyo, le pedí que rememorara aquel momento, y me lo explicó. El camarero se había insolentado con un mendigo, y a él le pareció esa actitud cruel y desconsiderada, y por eso le gritó eso:
-¡Pues yo no le abono!!
¿Y por que, no estando allí Marías, me inventé la historia del principio, esa que afirma que Javier estaba en París viendo películas y que por esa razón estaba ausente de la famosa tertulia de Benet?
Es por una razón que tiene que ver con las novelas de Marías, con su estilo, y con mi manera de verlo, que comienza con un malentendido.
Hace muchos años leí en un artículo de Cuadernos para el Diálogo, revista extinta desde hace tantos años, que Javier Marías estaba pasando una temporada en parís, viendo películas. El artículo lo firmaba Javier Marías, y por esa fijación que a la letra le da el tiempo se me quedó la impresión de que el escritor de Los dominios del lobo (yo creo que ya había publicado Los dominios del lobo) se pasaba la vida en París, viendo películas.
Cuando ya conocí a Javier Marías le referí este recuerdo, que él desmontó por completo. Y lo desmontó como él lo desmonta, en sus libros y en sus artículos, todas aquellas cosas aprendidas con alfileres con las que la gente hace artículos, opiniones o política. Me dijo (eso creo recordar, y probablemente esto es mentira, también) que jamás había escrito en Cuadernos, o que en todo caso jamás había escrito un artículo contando confidencias de sus por otra parte hipotéticos viajes a París a ver cine.
¿Y de dónde me lo había sacado yo? A veces uno sueña cosas que anticipan el conocimiento de las personas, o uno adivina cosas; de hecho, en la última trilogía de Javier Marías (que es una novela sola, de casi dos mil páginas) un personaje adivina el rostro que tendrá mañana la gente que conoce de primeras. Yo no conocía a Marías, y lo identificaba con un recorte que jamás tuve porque él jamás lo produjo.
Pero así es la vida, como la literatura, y sobre todo (en el ámbito de la construcción de la soledad que son los libros) en las novelas de Javier Marías que es un adivino y un arquitecto, que construye constantemente para darse el placer de reconstruir. Y esa anécdota nunca ocurrida (Javier no escribió en Cuadernos, no estuvo en París para ver cine…, etcétera) sigue presente en mi memoria y surge cuando digo “Marías” o cuando le veo y le abrazo, y me voy sentando ante la mesa del restaurante donde hemos quedado.
¿Y por qué no me quito de la cabeza ese detalle insignificante que no tiene otro valor que el valor de un recuerdo equivocado? Imposible saberlo. Lo que sé ahora es que me he fabricado un artilugio mental para darle carta de naturaleza a la memoria de ese instante falso y es el que aparece en el frontispicio de este texto sobre el hombre, ya famoso, genial autor de Tu rostro mañana.
Me lo imagino escribiendo, claro, porque lo he visto escribiendo, físicamente, con su mano zurda, suavemente, con su pluma azul más bien oscuro, sobre las páginas rugosas de sus libros; le he visto escoger, luego, sus portadas; lo he visto ser escritor, editor, columnista, porque para cada una de esas facetas, que son suyas, y de pleno derecho, Javier Marías mantiene el rigor de la especialidad, y no es que sea una especialista sino que pone la actitud del que sabe, de aquel a quien nadie se le va a dar con queso: porque entiende la materia de la que está hablando, y porque nadie sabe más que él (lo mismo, acaso, pero más…) de aquello en lo que decide entrar…
Su carrera ha sido la de un meteoro; lo tuvo claro desde muy joven, y de hecho fue el joven Marías hasta hace poco, cuando, en su ingreso en la Academia, su ya colega (y personaje de ficción) Francisco Rico le dijo, entre carrasperas, que el joven Marías “ya no es joven, Marías”.
El secreto de Marías, me parece, ha sido el trabajo; conozco pocas voluntades más férreas, y mentes más voluntariosas; de su disciplina se contagia su conversación, y esa disciplina no le ha dejado (nunca) aceptar la frívola propuesta de una conversación menor o casual; y aunque esta lo sea, menor y casual, él siempre le da, con las ganas de un intelectual de mano suave pero de mente implacable, la altura necesaria para que sea inquietante, una experiencia inolvidable para el interlocutor habitual o casual.
Esa disciplina es filosófica, y no sé si es porque Javier es hijo de Julián, el filósofo mayor de este país, el discípulo bien querido de Ortega. Es filosófica, dubitativa a veces, pero siempre limpia: no acepta, cuando no debe aceptar, y acepta siempre razonando. Es un radical de lo dicho y de lo escrito: ni en su voz ni en su pluma verás a Javier Marías aceptar nada que no sea adecuado para el marco de su entendimiento. Nunca te dará la razón por dártela. Eso lo sé desde hace muchos años: en lugar de aceptar como buena (o como regular) mi memoria de un texto que nunca escribió, desmontó pieza a pieza los supuestos de mi recuerdo y me dejó allí, con el papel mojado, buscando donde secar mi extraña insistencia en el descuido.
Últimamente lo vi rodeado de gente que sabía mucho de él, unos especialistas; por la tarde de aquellas jornadas (en Santillana del Mar), se unió a otros apasionados futboleros y estuvimos viendo el Francia-Italia del campeonato europeo. Él iba por Italia, Marío Vargas Llosa iba por Francia. En un momento determinado se hizo un silencio en la sala, en la que no todos eran amigos íntimos ni siquiera cercanos de Marías, pero éste se vio en la obligación (como decía Cortázar que había que hacer con los silencios) de rellenar esa almohada vacía preguntándole a alguien que no me parecía de su inmediata predilección una pregunta que recuerdo:
-¿Y tú por quién vas?
Al día siguiente yo moderé un coloquio en el que él estaba (con Vargas Llosa, con Arturo Pérez-Reverte), y yo creo que puse mal un micrófono, y él, que estaba a mi lado, pero a cierta distancia, alargó su brazo y lo puso en su sitio, como si sintiera él en ese momento la necesidad de sentir que yo me sintiera culpable por desubicar aquel útil de trabajo. Yo sentí ese gesto, tan mínimo, pero tan íntimo y tan oportuno, ayudar a alguien que en ese momento lo necesita, como si fuera un silencioso abrazo.
Luego me quedé pensando en eso, y me dije: “Un día tendré que escribir que este tipo que parece arisco, o elusivo, o ajeno a la contingencia de los demás, siempre se está fijando, y se fija siempre para hacer el bien”.
Por eso he escrito hoy de él, para decir eso.
JUAN CRUZ
Cuadernos Hispanoamericanos, número 697-698, julio-agosto de 2008

























