La zona fantasma
Nunca había tardado tanto en volver a un sitio y a una casa en los que viví, de donde de hecho proceden la mayoría de mis primeros recuerdos. Desde el curso 1955-56, es decir, más de medio siglo. Para que se hagan mejor idea, entonces habían transcurrido sólo diez años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, algo hoy tan remoto y conmemorable que más parece ficción que realidad. En España aún no había televisión, y faltaba un lustro para que Kennedy fuera Presidente, o para que empezara la historia de la serie televisiva Mad Men, que hoy vemos como una tarea arqueológica de reconstrucción de los sesenta. En aquel curso yo tenía cuatro años y vivía en New Haven, Connecticut, con mis padres, mis tres hermanos y un amigo de la familia que nos acompañó, Don Heliodoro Carpintero, encargado de enseñarnos (a mí, en concreto, a leer y escribir), ya que mi madre prefirió que no asistiéramos al colegio por temor a la mucha polio existente en aquella época en los Estados Unidos. Mi padre había sido contratado por la Universidad de Yale, que tiene sus sedes, o parte de ellas, en esa pequeña ciudad de New Haven. Era la segunda estancia de la familia entera en ese país (la primera, al poco de nacer yo, en 1951-52, en Wellesley, Massachusetts). Luego vendrían incontables más de mi padre solo, así se ganó en buena medida la vida, al haberle prohibido el régimen de Franco enseñar en la Universidad española. Algunos lectores sabrán ya todo esto, pero otros no. Me disculpo con los primeros por la repetición.
Ahora, durante una reciente estancia en Nueva York, un día debí desplazarme hasta Yale, para dar allí una charla. Me acompañaba mi editora, la encantadora y estimulante Barbara Epler, de New Directions. Llegamos con algo de tiempo y yo sabía las señas de la casa en la que se iniciaron mis recuerdos: el 240 de Lawrence Street. Así que le preguntamos al amable chófer si esa calle nos apartaba mucho de nuestro camino. “Oh no”, contestó, “no nos desviará apenas, está aquí mismo”. Según nos íbamos acercando, todo me resultaba familiar, y la casa de dos pisos, aunque parecida a otras muchas de la zona y aun de Nueva Inglaterra en general, me fue mucho más que familiar: durante unos minutos, volvió a ser mi casa, o lo que allí llaman “home”. Era reconocible el porche con sus escalones, y el jardín trasero, y las amplias ventanas iluminadas (estaba a punto de ponerse el sol), y sólo tengo la duda de si su color era el mismo, puede ser, ahora estaba pintada de un gris oscuro. También un grueso y enorme árbol ante su fachada. Estuve allí un breve rato, mirándola. Yo dormía en una habitación del piso de arriba, elevé los ojos, pensé: “Podía ser ahí, tras esa ventana”. Barbara me sugirió llamar al timbre y preguntar a los inquilinos si podía entrar: “La gente hace eso”, me dijo. Pero no me atreví.
Más tarde, al comentar esta visita con los profesores de Yale, me preguntaron si conservaba recuerdos de aquella estancia, esperando más bien que les dijera que no. Pero claro que lo recuerdo casi todo, y las imágenes se me agolparon. Me vi en mi alcoba de New Haven, mirando unos avioncitos que colgaban del techo y que era lo último que veía antes de dormirme, recortándose contra la tenue luz nocturna del exterior. Incluso utilicé esa imagen en una novela, hace tiempo. Supongo que ocupábamos la casa de algún profesor que estaba de sabático aquel curso, y que tendría algún hijo, al que pertenecían los avioncitos. Me veo caminando sobre la nieve, muy abrigado, el sonido de mis pequeños pasos sobre ella no lo he olvidado jamás. Veo el garaje que había al fondo del jardín trasero, donde según mi hermano Miguel se ocultaba un hombre con gabardina, y por eso nos daba miedo acercarnos hasta allí. Veo a Álvaro jugando con unas manzanas muy rojas y a Fernando (no el novelista Marías Amondo, sino el historiador del arte) a punto de atrapar una ardilla –o eso creíamos, son bien escurridizas– que trepaba por el árbol grande la víspera de nuestra marcha. Siempre nos lamentamos de eso, pues nuestra idea era habérnosla traído a Madrid. Me veo sentado al pie de la escalera, un día en que me castigaron sin almorzar por negarme a comer lo que había, gritando como teatral alma en pena: “¡Me muero de hambre! ¡Que me muero de hambre!” Nos veo a mis hermanos y a mí echando carreras, valla por medio, con el perro de una niña vecina cuyo nombre supe alguna vez. Me veo escribiendo mi nombre del revés, al ser zurdo, y siendo corregido por Don Heliodoro para mi indignación, porque yo había puesto primero la X, luego la A, la V, etc, pero lo que se leía, me decían ante mi incomprensión, era “SAIRAM REIVAX”, mi madre me bautizó con X. Sé que también esto lo he contado, y me vuelvo a disculpar. Pero es que ahora no fue un recuerdo, sino una visión. Siempre he dicho que el espacio es el verdadero depositario del tiempo, el que permite su compresión y la reaparición momentánea del que ya se ha ido. Durante años, mis hermanos y yo preguntábamos a nuestros padres: “¿Y cuándo vamos a volver a New Haven?”, en la creencia infantil de que todos los lugares vividos están siempre a mano, están ahí. No pensaba entonces que tardaría cincuenta y cuatro años en regresar, muy brevemente. Pero ahí he estado, y el día ha llegado. Aunque estuviera solo y tanto Don Heliodoro como mis padres hayan muerto, los he vuelvo a ver en el 240 de Lawrence Street, en New Haven. La casa y el árbol son testigos, permanecen en pie.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 27 de diciembre de 2009
Una de las actitudes que parece haber pasado a mejor vida en el mundo occidental, y desde luego en nuestro país, es la que engloba una serie de antiguas virtudes que, por lo visto, ya nadie considera tales. Llámenlas sobriedad, discreción, elegancia, austeridad, aversión a la histeria, al exceso y al pataleo, deseo de no importunar y de no crear más complicaciones de las existentes, de no dar la lata ni entorpecer las tareas de los demás. Llámenlas aguante, entereza, capacidad de encaje ante los reveses y los contratiempos, ganas de no desorbitar las cosas ni sacarlas de quicio, y por supuesto asunción de la propia responsabilidad. Todo eso, que era fundamental para la convivencia y para que cada cual realizara su trabajo con cierta eficacia y sin presiones inmerecidas, ha desaparecido de la faz de nuestras tierras. España, me temo, es el país que en mayor medida lo ha desterrado, de cuantos conozco, y sus ciudadanos se han convertido en los más exigentes, quejicas y despóticos, unos individuos (ya sé, hay excepciones) que creen tener derecho a todo y ningún deber; que, cuando cometen imprudencias a las que nadie los obliga, claman contra el Gobierno de turno si éste no se apresura a sacarles las castañas del fuego, espoleados por una caterva de periodistas, eminentemente televisivos, a los que nada gusta tanto como despotricar y exigir responsabilidades a quienes no las tienen.
No sé. Toda desgracia es lamentable, sentimos compasión por quienes las padecen, se las hayan buscado o no (ejem), y deseamos que logren salir de ellas. Pero, la verdad, yo no entiendo por qué el Estado -es decir, “los demás”- tiene o tenemos la culpa de que unos turistas naufraguen en aguas egipcias y no todos logren salvarse. Tampoco que sólo “los demás” la tengamos de que un atunero que faenaba fuera de la zona protegida haya sido capturado por piratas y sus tripulantes retenidos durante mes y medio. Ni que las familias de esos pescadores -que trabajan en el sector privado- se pongan de inmediato a “exigir” y “reclamar” cosas, algunas tan caprichosas como “una sala VIP” en el aeropuerto de Bilbao. Probablemente se la habrían brindado de todas formas para el encuentro con los secuestrados, pero, ¿de qué mentalidad proviene la idea de la “reclamación”? No hablemos de las nevadas de cada invierno: se anuncian, se desaconseja a los conductores que se echen a las carreteras. Éstos no hacen ni caso, luego se quedan atrapados durante horas, y quienes se la cargan son los meteorólogos, Protección Civil y el Gobierno, más o menos por no haber impedido la caída de copos desde el cielo. Si hay una riada y se inunda un pueblo, en seguida se ve a ciudadanos coléricos, azuzados por las televisiones, exclamando: “¿Dónde están las autoridades? Nos hemos quedado sin luz ni teléfono, y las tuberías están atascadas. ¿Cómo es posible que no se remedie todo al instante?” Pocos parecen capaces de razonar y decirse: “Hombre, con la tromba es normal que todo se haya ido al carajo. A ver si escampa y lo arreglan cuando puedan, buenamente”.
Asimismo ha desaparecido, o menguado, el sentimiento de gratitud. Si yo perteneciera a alguno de los cuerpos que echan una mano a la gente en apuros (si fuera bombero, policía, militar o reparador de desperfectos), estaría desesperado al comprobar que casi nadie da las gracias por las duras tareas o rescates que llevan a cabo, sino que lo normal es que los afectados se solivianten porque uno no ha actuado con la suficiente rapidez o -lo que es más cómico y más trágico- no ha adivinado que se iba a producir un incendio, una inundación, un atraco, un secuestro, un atentado, y no los ha impedido. Y qué decir de los médicos y las enfermeras. Suelen ser personas admirables, que hacen lo indecible por salvar vidas y curar enfermedades. Y, cuando nada pueden, son seguramente los primeros en lamentarlo. Pues bien, cada vez es más frecuente que los pacientes y sus familiares, lejos de facilitarles su tarea y sentir agradecimiento hacia ellos, se pongan hechos unos basiliscos cuando se les anuncia que por desgracia no hay remedio. “¿Cómo que no?”, gritan enfurecidos, y no es nada raro que peguen a la doctora o al enfermero. “Usted tiene que curar a mi padre de ciento dos años, y si no, es una inepta y se le va a caer el pelo, a usted y a la clínica entera”. En cuanto a los maestros y profesores, que se encargan de la noble y paciente misión de desasnar a los asnos (todos lo somos inicialmente), no sólo no reciben a menudo la gratitud de los progenitores de asnos, sino que les llegan sólo sus quejas, su ira e incluso sus agresiones, porque en el fondo esos padres están a su vez deficientemente desasnados y les debe de molestar que sus vástagos se hagan más civilizados que ellos.
Nuestros Gobiernos suelen ser pusilánimes y no se atreven a poner freno a esta creciente creencia, por parte de la población, de que todo le es debido; aunque sea ella sola, por su cuenta y riesgo, la que se meta en un berenjenal o se exponga a una estafa, “los demás” estamos obligados a salvarla o a resarcirla. Todavía estoy esperando a que algún dirigente se plante y lance este sencillo y razonable mensaje: los ciudadanos son libres siempre, luego deben hacerse responsables de sus actos y decisiones.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 20 de diciembre de 2009
Me ha vuelto a ocurrir. Lo he vuelto a hacer, y esta vez me ha dado rabia. Al fin y al cabo, si no otra cosa, uno espera madurar con los años y dejar atrás las puerilidades. De poco me sirve que el mundo sea cada día más deliberadamente infantil, yo procuro no seguir su paso cuando el paso me parece idiota y un atraso, una regresión al primitivismo. Los lectores memoriosos quizá lo recuerden: hace más de un año, hablé aquí de dos figuras de madera policromada que hay en mi casa, y conté cómo una de ellas -un gaitero escocés- se coló no porque me gustara, sino por no querer yo separarla de su compañera -una especie de edecán hindú, que sí me había hecho mucha gracia-, con la que habría compartido escaparate durante largo tiempo en la vieja tienda madrileña de la que las rescaté. Primero me llevé al edecán, y a las pocas fechas volví por el gaitero, no lograba quitármelo de la cabeza, pensaba en su “soledad” repentina y para él incomprensible. Quizá sean arraigados reflejos de quienes de niños hemos jugado mucho con soldaditos: durante tantos años hemos atribuido emociones y sentimientos a las figuras que nos cuesta desprendernos de esa superstición. Vaya en mi descargo que tres de los más grandes escritores, Conrad, Faulkner y Proust, poco menos que han hecho “hablar” en sus libros a los barcos, a los muebles y a las ropas colgadas de los armarios, respectivamente. Tal vez no sea tan descabellado imaginar que los objetos inanimados tienen algo de vida. Lo que es seguro es que tienen su historia, aunque ellos no la conozcan.

Al relatar ahora mi nuevo desliz me expongo a no escasas burlas y proporciono munición a los detractores, eso que le preocupa que haga a mi amigo y colega Pérez-Reverte, más experto en blindajes. Bueno. Paseaba hace unas semanas por Cecil Court, en Londres, callejón de las librerías de viejo. Acabé por no entrar en ninguna, pero sí en una tienda de antigüedades modestas llamada Sullivan. Allí vi una figurita, una estatuilla de bronce (13 cms. de altura) que me divirtió sobremanera: un señorín muy trajeado, con levita, chaleco, pechera almidonada y pajarita, en una mano un bastoncillo y en la otra una chistera plegada. Su postura y su gesto tenían algo del dandy y algo del petimetre, un personaje optimista e inofensivo. Su pelo y su bigote me llevaron a acordarme de otro amigo, Eduardo Mendoza (sólo eso, el novelista nada tiene de petimetre); también de Conan Doyle, de uno de cuyos relatos bien podría haber salido, aunque tampoco habría desentonado en el Pickwick de Dickens. Un individuo de finales del XIX o principios del XX. A su lado, sin duda formando pareja -los mismos material, altura y estilo “escultórico”-, una bailarina, lo cual me hizo dudar de si la chistera plegada sería tal o un platillo para recoger monedas, y si no serían ambos, por tanto, gente de la farándula más o menos callejera. El señor Sullivan me confirmó que iban juntos, “pero no me importa venderlos por separado”, añadió, “si sólo le interesa el caballero”. En efecto, así como éste me cautivó al instante, la bailarina, como en su día el gaitero, era mucho más convencional y algo cursi (esos tutús las condenan siempre, hasta en los cuadros de Degas, en la vida real no digamos). El precio era barato para lo bien hechas que están las figuritas, una cantidad por las dos, la mitad por una suelta. Esta vez decidí no dejarme llevar por absurdos sentimentalismos. Sólo me gustaba el señorín, sólo él me compraría. El señor Sullivan me lo envolvió bien, para que no se le rompiera el delicado bastón durante el viaje. Lo metí entre la ropa para protegerlo más, y aquí está ahora en Madrid, junto a tres estatuillas más, una del mismísimo Conan Doyle, mucho más grande (32 cms.), y dos bustos, uno de su criatura Sherlock Holmes y otro de Laurence Sterne de joven, el autor de Tristram Shandy, novela que traduje hace ya más de treinta años.
Ya he dicho que esta vez me ha dado rabia. “Qué estúpido”, me decía cada vez que -ya lo adivinan- se me cruzaba el pensamiento por la cabeza. “¿Cómo puedo seguir siendo tan pipiolo y tan bobo, a mis años? Así no voy a llegar a ninguna parte. Se nos enseña que en la vida hay que ser duro, y si no soy capaz de serlo ni con los objetos inanimados, aviado voy, a cualquiera le pongo muy fácil tomarme el pelo”. Esto último no es grave, ya que uno de mis lemas, de hecho, como he contado en alguna ocasión, es “A veces un caballero debe dejarse engañar”, esto es, a sabiendas, y en el supuesto optimista de que yo sea un caballero. No me ayudó tampoco una amiga, que al ver al señorín y escuchar mi relato, se apiadó de inmediato de la bailarina abandonada. “Seguramente han estado siempre juntos”, me dijo, “desde que los hicieron. Si quieres yo misma te hago la gestión”. (Otro día hablaré de las amigas de buen corazón, que no contribuyen precisamente a que yo madure.) No hizo falta. El teléfono del señor Sullivan figuraba en su tarjeta. Lo llamé al lunes siguiente, le pedí que me enviara a la bailarina. Debe de estar ya en camino, preguntándose -es un decir, ya me entienden- hacia dónde viaja, por qué la obligan a atravesar el Canal, a salir de su vieja isla. Quizá no sospeche, todavía, que va a reencontrarse con su señorín de bastoncillo y chistera, al que seguramente creía haber perdido para siempre. Espero que no me la extravíe el correo. A estas alturas, tras tanta puerilidad, la verdad es que no me lo perdonaría.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 13 de diciembre de 2009
Como ustedes recordarán, ha empezado a haber una tendencia en verdad alarmante en las últimas elecciones celebradas en nuestro país: en las localidades en que había alcaldes, concejales o consejeros autonómicos acusados de corrupción, esos individuos y sus respectivos partidos (sobre todo si se trataba del PP), lejos de ser castigados, han recibido un mayor número de votos que la vez anterior, es decir, se han visto premiados pese a las fuertes sospechas recaídas sobre ellos. Es cierto que, con la exasperante lentitud de la justicia –que ya casi nunca lo es–, la mayoría no estaban condenados ni tan siquiera juzgados. Así que limitémonos a las apariencias: cuanto más parece un político ser deshonesto, o directamente un ladrón o un rufián, más favorecido se ve por sus electores, más lo admiran éstos y más desean que sea él quien los siga gobernando. Si es evidente que ha mentido y que continúa haciéndolo, como es el caso del Presidente de Valencia Camps, o si se ha valido y se vale de toda clase de burdas marrullerías para acaparar poder, como es el caso de la Presidenta de Madrid Aguirre, su popularidad va en aumento y las encuestas les auguran contundentes victorias en las próximas citas electorales. Los partidos –en especial, de nuevo, el PP– están muy contentos al comprobar que, como ellos dicen, las fechorías o la falta de escrúpulos “no les pasan factura en las urnas”, sino más bien al contrario, y, en consecuencia, han aventado la peregrina idea de que esos hipotéticos pero probables triunfos equivaldrán a una “absolución” de cualquiera de los delitos atribuidos a sus cargos.
Cada vez que un artículo o un editorial se refieren de pasada a esta idea, la tildan de “perversión”. Sin duda lo es, pero también algo más: es aspirar a la abolición de las leyes y de los procesos judiciales por medio de un supuesto y falso plebiscito popular. En realidad el razonamiento subyacente –el sofisma– es este: “Hay una serie de actividades tipificadas como delito, sí; pero si los votantes, a sabiendas de que un político ha incurrido en ellas o tiene todas las trazas de haberlo hecho, deciden que ese individuo conserve su puesto y sus responsabilidades, y lo votan masivamente pese a las sospechas, todo el proceso debería pararse, su caso debería ser sobreseído y el sujeto en cuestión exonerado a todos los efectos. Los electores lo habrán absuelto y limpiado al renovarle su confianza”.
Lo que este razonamiento o sofisma no tiene en cuenta es que hay lugares y épocas en los que no sólo se envilecen muchos políticos, sino también sus votantes, o, si se me apura, el grueso de la población de un país, lo cual no obsta para que quienes rigen sus destinos, toman decisiones y dictan políticas criminales, incurran en delitos de los que tal vez, con suerte, habrán de responder algún día. Es indudable que en la Alemania nazi la inmensa mayoría de los ciudadanos aprobaba y aplaudía al régimen que los gobernaba. Éste contaba, de hecho, con un apoyo casi unánime, y fueron millares los alemanes que participaron de sus atrocidades, más o menos activamente. Otro tanto sucedió en la España de Franco, lo sé porque viví en ella desde mi nacimiento hasta los veinticuatro años. Desde hace ya muchos resulta que aquí nadie era franquista, pero lo cierto es que lo era casi todo el mundo, y que, de haber permitido este régimen la existencia de elecciones, Franco habría arrasado en ellas y habría sido votado con convicción y entusiasmo por la mayor parte de mis conciudadanos de los años cincuenta, sesenta y primeros setenta. ¿Acaso esos apoyos populares habrían “absuelto” a Hitler o a Franco de los innumerables crímenes que cometieron? ¿Les habría valido como defensa aducir que “cumplían el mandato” de sus respectivos pueblos, que no hicieron otra cosa que interpretar y satisfacer su voluntad? No me cabe duda de que hay pueblos enteros que son corresponsables de las salvajadas y barbaridades desencadenadas por sus dirigentes, y de que, en un mundo ideal, merecerían ser juzgados y condenados lo mismo que éstos. Pero, por un lado, la expresión “un pueblo entero” es por fuerza inexacta y exagerada: siempre hay excepciones, y nunca deben pagar justos por pecadores, aunque los pecadores hayan sido muchos más. Por otro, y por fortuna, no se debe ni se puede encarcelar a una nación, por muy criminaloide que se haya tornado temporalmente en su conjunto.
Ahora bien, los políticos tienen que asumir que son los representantes de los ciudadanos a todos los efectos, en las buenas y en las malas, y que hay una serie de delitos que lo seguirán siendo siempre –a menos que a nuestro mundo lo vuelvan enteramente del revés, como le está ocurriendo ya a Italia con la legalización de facto de todos los delitos en que haya podido incurrir Berlusconi–, independientemente de los antojos y veleidades de la población. Ahora hay muchos españoles a los que les parece bien despenalizar la corrupción, sobre todo si caen en ella políticos del PP. Pero, ¿quién nos dice que mañana esos mismos españoles, u otros, no querrán legalizar la violación o el asesinato, la tortura o los campos de concentración? Hay cosas que están por encima de la opinión circunstancial de las personas, no digamos del voto que depositen en una urna. Y, que yo sepa, a esos votos y a esas opiniones aún no se los ha facultado en ningún lugar para sustituir a las leyes, a los jueces y a los jurados, todavía menos para “absolver” a un criminal.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 6 de diciembre de 2009
En algún lugar vi la noticia, un breve, una curiosidad, una anécdota sin importancia. Lamenté que fuera tan escueta, me habría gustado conocer más detalles del asunto, no tan baladí para mí como para quienes lo recogieron. Al parecer, una joven española, aspirante a ganar el certamen “Reina Hispanoamericana 2009″, al preguntársele por el año en que Colón descubrió América, contestó que “en 1780″. Da curiosidad saber por qué diablos eligió esa fecha disparatada, en vez de responder “No lo sé”, que habría resultado más disculpable. ¿Por qué 1780? ¿Cómo creerá la joven que era el mundo en ese año? ¿Sabrá que pertenece al siglo XVIII o ni siquiera le habrán enseñado cómo calcular los siglos? ¿Sabrá lo que es un siglo? Si hubiera dicho “1789″, podríamos pensar que se confundió de fecha célebre. Pero, ¿1780? En verdad un arcano. La noticia añadía algo, quizá más sintomático y revelador todavía: se conoce que a la muchacha le quisieron sacar los colores por su metedura de pata en un programa de TVE, pero ella se defendió con desparpajo y afirmó: “Es irrelevante saber eso”.
Es fácil no conceder importancia a la cosa y consolarse con la asentada idea de que todas las misses y aspirantes a tales son ignorantes por definición y tontas de baba. Sus grititos, sus llantos y sus obviedades han sido parodiados hasta la saciedad en películas y programas de humor. ¿Qué se puede esperar de una miss? Ya se sabe. Pero la joven en cuestión era probablemente una chica normal hasta hace cuatro días. Habrá ido al colegio como cualquiera, y quién sabe si no habrá terminado su bachillerato o su ESO o como quiera que se llame ahora. Habrá llegado a sus dieciocho o veinte años con alguna instrucción, y la prueba es que le viene a la cabeza la palabra “irrelevante”, algo que en nuestro tiempo no está al alcance de todos. Yo me temo que sus dos respuestas, la de 1780 y la de la irrelevancia, las podrían haber dado numerosos jóvenes que nada tuvieran que ver con concursos de belleza y no pocos adultos actuales, entre ellos, sin duda, algunos de los periodistas televisivos que le quisieron sacar los colores, sólo que a ellos no se les hacen esas difíciles preguntas con cámaras delante.
“Es irrelevante saber eso”. En cierto sentido no le falta razón a la candidata a “Reina”, porque lo mismo opinaron, a buen seguro, cuantos profesores tuvo en su vida y los responsables de Educación -gubernamentales y autonómicos- de las últimas dos o tres décadas, que han hecho todo lo posible por convertir a España en una sociedad de iletrados, de ignorantes ufanos de su ignorancia, de primitivos duchos en tecnología; así como un buen número de progenitores, que se han dedicado a exigir a los docentes que enseñen a sus vástagos “cosas prácticas”, que les sirvan para ganarse la vida en el futuro, y no pierdan el tiempo con lo “irrelevante”. ¿Sirve de algo el latín, una lengua cadáver? ¿Sirven las matemáticas, cuando tenemos calculadoras que nos dan el resultado de cualquier operación en el acto? ¿Sirven la gramática, la sintaxis y la ortografía, si da lo mismo cómo se hable y se escriba? ¿Sirve conocer la historia, si basta con buscar en Internet para averiguar al instante quién fue tal personaje o qué pasó tal año? ¿Sirve la geografía, si cogemos aviones que nos trasladan a cualquier sitio en unas horas y nos trae sin cuidado el trayecto? ¿Sirve algo de algo? ¿Y qué es, pues, “lo práctico”? Tal vez sólo aprender a manejar el ordenador y la calculadora. En realidad, ¿para qué es necesario ir a la escuela? ¿Para tener una idea del mundo, del pasado de la humanidad, de la historia del arte y de las religiones, de la evolución de las ciencias, de nuestra anatomía, de los textos que se han escrito, de la multiplicación y la división y la suma y la resta, del círculo y el triángulo? Nada de eso es “práctico” ni ayuda a ganarse la vida, no digamos a ser Reina Hispanoamericana. Y sin embargo…
La educación no son sólo conocimientos y datos. Es parte esencial de lo que solía llamarse “formación”, esto es, la conversión de los individuos en personas, no en seres animalescos que caen en el mundo sin tener noción de lo que hubo antes que ellos, incapaces de asociar dos hechos, de distinguir entre causa y efecto, de articular dos frases inteligibles, de pensar y razonar, de comprender un texto simple. Esta es la clase de ser que cada día abunda más en nuestra sociedad intelectualmente rudimentaria. El problema es que, por algún misterio, a la postre esos seres no resultan “prácticos” ni se pueden ganar la vida, la vieja aspiración de sus ya embrutecidos padres. No es raro ver en la televisión a jóvenes y no tan jóvenes que dicen en estos tiempos de crisis: “Yo no quiero estudiar, lo que quiero es que me den un trabajo para ganar dinero”. A menudo tienen tal pinta de cabestros que me descubro pensando con pena: “Pero, hombre de Dios, ¿cómo te va a dar nadie un trabajo si es obvio que no te han enseñado nada y que aún no sirves ni para pegar un sello? Si yo fuera un empresario, no te contrataría”. Me temo que los que lo sean pensarán otro tanto: “No necesito a un animal tecnológico, que sepa darle a las teclas según se le ordene, pero sin tener ni idea de lo que hace. No necesito a una persona incompleta. Tráiganme a alguien civilizado, con conocimientos irrelevantes, de los que permiten desenvolverse en el mundo”.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 29 de noviembre de 2009
Ustedes me disculparán (o no), porque si yo tengo la sensación de haber escrito ya este artículo, ¿cómo no la van a tener los lectores de haberlo leído? Vaya en mi descargo que los columnistas españoles no siempre nos repetimos por falta de ideas o por machaconería, sino muchas veces porque nuestra realidad es insistente y reiterativa y pesada, y porque se nos da como a nadie fingir que alguien no ha dicho ni argumentado lo que sí ha dicho y argumentado, lo cual obliga a ese alguien a volver a la carga. Ilusamente, desde luego, pues lo más probable es que se haga otra vez caso omiso de sus razonamientos, y así hasta la siguiente. Si se molestan en leer o releer a Larra, por poner un solo ejemplo clásico, verán hasta qué punto casi nada ha cambiado en los últimos doscientos años.
Hace unas noches me encontré en la calle a dos de las hermanas García Lorca, Isabel y Laura, o Yaya y Lauri, como se las llamaba en el colegio al que fuimos, aunque estuviéramos en cursos distintos. Son dos mujeres risueñas y encantadoras, en las que uno cree adivinar la legendaria simpatía que cuantos lo conocieron atribuían a su tío Federico. Apenas hablamos unos minutos, pero las noté agobiadas por las presiones que, desde demasiados flancos (incluido este periódico), están recibiendo, ellas y sus primos y su otra hermana, para que cedan a los insaciables deseos de espectáculo de nuestra sociedad de brocha gorda, en lo relativo a la excavación de la fosa en la que se supone que yace el poeta, junto con tres o cuatro cadáveres más. Los herederos han preferido, durante años, que no se abriera ni removiera esa tumba, pero cuando los descendientes de los otros fusilados han querido lo contrario, y recuperar los restos de sus antepasados, los García Lorca no se han opuesto, claro está, ¿cómo podrían? Ahora, al ir a procederse a la exhumación, han manifestado su voluntad de que no se identifique a García Lorca, al menos en principio, y de que en todo caso no se saquen sus huesos de donde quiera que estén ni se trasladen a ningún otro lugar ni menos aún se los convierta en objeto de pomposidades ni en destino de beata peregrinación. Esta sobria postura indigna a muchos, en este país folklórico, circense, festivalero, oportunista y frívolo. A los políticos, porque les impide fotografiarse junto a la lápida ilustre y soltar vacuos discursos; a algunos jueces, porque atenta contra su lucimiento; a la prensa, porque la priva de un espectáculo más; a ciertos izquierdistas de turismo y manifiesto, porque nada les gustaría tanto como llevar flores y cirios a un sepulcro “como es debido” y dejar allí mensajitos cursis destinados a su propio bienestar, que no al del muerto; a algunos estudiosos, porque ansían satisfacer su curiosidad profesional y su vanidad personal, saber si tenían razón en sus conjeturas y conocer al detalle por dónde le entraron las balas al poeta, cosas así. Uno de ellos ha anunciado melodramáticamente que si no se identifica a éste o no se comunican los resultados, se pensará si coger la maleta y marcharse de España para siempre. A todos nos dan a menudo ganas de largarnos de este país, no le quepa duda al biógrafo, pero aquí los chantajes de este tipo no funcionan, él debería saberlo a estas alturas. La respuesta de los españoles a amenazas así siempre es: “Pues váyase usted”. Eso se lo han dicho a gente mucho más insigne y fundamental a lo largo de nuestra historia.
Lo más desagradable de este asunto es que ya se han empezado a arrojar sospechas sobre los motivos “reales” de las sobrinas García Lorca y los sobrinos Fernández-Montesinos (insisto: sin que este diario, por desgracia, se haya quedado atrás). ¿Qué “ocultan” o quieren ocultar?, se preguntan no pocos de los indignados con su postura. ¿Acaso hace años que sacaron a su tío del barranco de Víznar y está enterrado en otro sitio, y ahora no desean que se descubra la “farsa”? ¿O es que están en contra de la “memoria histórica” y de que el poeta “que es de todos” (otra cursilería, por cierto, amén de otra falsedad: sus versos están al alcance de cualquiera, pero no tienen por qué estarlo sus huesos) sea sepultado con honores?
¿Tan difícil es de entender lo siguiente? a) La “indigna” sepultura de Lorca es un recordatorio necesario de la indigna muerte que sufrió, y no respetarla sería, a la larga, poco menos que “blanquear” a sus verdugos. b) Se puede preferir dejar a los muertos allí donde cayeron, no traficar con ellos ni trasegarlos para complacer a los vivos. c) También no tratar de averiguar hasta el último detalle morboso (y doloroso para los allegados) de un asesinato, ya que basta con saber lo que se sabe, que Lorca fue asesinado vilmente por el bando franquista que el Partido Popular todavía defiende, puesto que se ha negado a condenarlo. d) Que la veneración supersticiosa de las reliquias es una costumbre católica, a la que muchos supuestos izquierdistas laicos están locos por apuntarse, pero por fortuna no todos (los que ven inconsecuencia en ello). e) Que se puede sentir aversión hacia la industria turístico-político-cultural que a menudo se monta en torno a los muertos ilustres, siempre en beneficio de unos cuantos vivos o para endulzar sus autocomplacientes conciencias. f) Que uno tiene derecho a no querer saber lo que juzga superfluo saber. ¿Tan difícil de entender es esta actitud, o es más bien que no interesa entenderla si nos priva de un juguete, de un santuario y de un espectáculo más?
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 22 de noviembre de 2009
Causa sonrojo insistir en las cosas que a uno le parecen evidentes y que hasta hace poco se lo parecían a la mayor parte de la población. Pero vivimos en una época y en un país tan irrazonables que ya nada se puede dar por sentado, ni siquiera la capacidad para asociar las causas con los efectos, o las imbecilidades con sus consecuencias. Es como si hubiéramos perdido –hablo en términos generales– esa facultad fundamental, y con ella la de prever lo que las iniciativas o decisiones o prácticas necias pueden traer consigo. En las últimas semanas he hablado aquí de algunas de ellas: casi nadie asocia la penalización del cachete ocasional a los niños y adolescentes con el vandalismo creciente de muchos de ellos, que son los que al final acaban abofeteando o palizando a sus padres; casi nadie ha asociado el fracaso de la candidatura olímpica de Madrid con el demencial estado de la ciudad, el sistemático destrozo de sus zonas mejores y la imposibilidad de llevar en ella una vida seminormal; los internautas que pronto leerán gratis libros (y que ya oyen canciones y ven películas) se han indignado porque me limité a anunciar que, gracias a sus hábitos que ya nadie va a cambiar (ni yo lo pretendo), llegará un día en que los creadores dejemos de hacer música, cine y literatura, ya que –por lo menos los escritores– sólo ganamos dinero por los ejemplares que vendemos: nadie nos paga una cantidad fija e inamovible por nuestro trabajo, y los anticipos que percibimos son eso, anticipos a cuenta de nuestras previsibles e inseguras ventas.
Pero hay muchas otras cosas que extrañamente no se asocian. En Barcelona hubo consternación el pasado verano porque cada vez más gente se paseaba por sus calles, y aun entraba en establecimientos de todo tipo, con el torso descubierto, lógicamente sudoroso y probablemente apestoso; luego se armó un escándalo al reproducir este diario fotografías de sexo en pleno centro, en los tradicionales barrios de prostitución. Yo no sé por qué los barceloneses se sorprendieron, ni de lo uno ni de lo otro, si en su ciudad está expresamente autorizado el nudismo por decisión municipal. “La gente tiene derecho a ir desnuda por donde le plazca”, sentenció el Ayuntamiento en su ridículo afán por ser “moderno”, “tolerante”, “abierto”, “sensible” y “respetuoso con los deseos de todos”. El resultado inmediato fue que hay un par de individuos que van siempre en bolas y con los que los habitantes están resignadamente familiarizados (uno de ellos, al parecer, suele ir en bici y lleva el pito tatuado, para mayor distinción). El resultado mediato es que, si está permitido circular en cueros, ¿cómo se les van a poner trabas a los que “sólo” llevan el torso o el culo al aire o simplemente se sacan el susodicho pito para que una profesional se lo lleve a la boca junto a la Boquería? ¿A qué viene ahora tanta protesta, si a la ciudadanía le pareció de perlas –no hubo quejas, que yo recuerde– la supertolerante iniciativa imbécil del Ayuntamiento?
Durante muchos años, sobre todo desde que el Gobierno de Aznar decidió que todo el suelo español fuera edificable, los constructores y los Ayuntamientos y las Comunidades han destruido el paisaje, sobre todo el de las costas, arrasadas por monstruosas moles de ladrillo y cemento y convertidas en lugares incómodos y feísimos. Eso ha propiciado que allí ya sólo acudan los turistas más zafios y que menos gastan, los que se conforman con dos o tres noches –ciegas– de cerveza, chiringuito y prostitución callejera, todo en un paquete que les cuesta cuatro perras; y que, paralelamente, se haya ahuyentado a cualquier visitante con un mínimo de exigencia y con gusto por el dispendio. Hasta agosto, la entrada de turistas había caído un 10% este año respecto al anterior, y en los meses que restan se prevé un descenso aún mayor. Nuestros gobernantes intentan achacarlo a la crisis, porque son los primeros interesados en que no se asocien sus políticas imbéciles con sus consecuencias, pero unas y otras están estrechamente vinculadas.
Otro tanto sucede con el llamado Plan E del Gobierno de Zapatero, que consistió, entre otras medidas, en soltarles a los Ayuntamientos –endeudados hasta el peluquín– un montón de millones para que acometieran obras absurdas e innecesarias (para que se las inventasen, en suma), a fin de frenar momentáneamente el paro en las empresas de obras públicas y en las constructoras. A gastar en lo superfluo se lo llama tirar el dinero, y además ha sido a costa de que el conjunto de la población padezca sin motivo y no pueda trabajar ni descansar en sus desventradas y martilleadas localidades. Las consecuencias de esta imbecilidad están a la vista: a punto de acabarse la inyección artificial, tendremos ahora de golpe todos los parados que se intentó “aplazar”, y, a cambio, la productividad general del país se ha resentido, con la gente torturada y fuera de quicio, imposibilitada para moverse y desplazarse por sus ciudades y para rendir en sus tareas.
La mayor imbecilidad, con todo, es la que nos aqueja últimamente a la mayoría: no saber asociar causas y efectos, lo cual, se dan cuenta, equivale a no saber sumar dos y dos. No hace falta explicar cuál será la consecuencia de tamaña ignorancia.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 15 de noviembre de 2009
Leo este periódico a diario, desde su fundación. Además he escrito en él desde 1978, esporádicamente durante muchos años, mensualmente durante unos pocos, semanalmente desde hace casi siete, en este dominical. Es normal que lo que no me gusta de El País me preocupe, no tiene nada de particular. Les sucede a los que son sólo lectores, como demuestran sus Cartas al Director y sus quejas a la Defensora. En los últimos tiempos encuentro cada vez más motivos de preocupación: de tendencia, de estilo, de contenido, de foco o atención. Me fijo en los nombres de quienes firman las noticias, los comentarios, los reportajes, las críticas, las columnas y artículos de opinión. Conozco los de los corresponsales, nacionales e internacionales. Éstos han sido con frecuencia excelentes, y algunos lo siguen siendo. No voy a hablar, sin embargo, de las tendencias ni de los estilos ni de los contenidos ni de los focos o atenciones. Con todo, aún es mucho más lo que me agrada que lo que me desagrada. Y todo ello es subjetivo. Me voy a limitar a señalar un aspecto, el más preocupante de todos y el que más urgiría corregir.
Nunca me había sucedido lo que me sucede a menudo últimamente: leo una información intentando enterarme de lo que ocurre en un lugar determinado, o de cómo está la situación de tal conflicto, o de cuáles van a ser los problemas del libro cuando se generalicen el e-book y similares, o de qué va a pasar con la fosa de García Lorca, y no lo consigo. En el mejor de los casos, me quedo como estaba, y en el peor, han aumentado mi ignorancia y mi confusión. Como he perdido muchas cosas, pero aún no mi capacidad intelectiva (o no enteramente), sólo me queda concluir que con frecuencia no se entiende nada de lo que los nuevos redactores (cada vez hay más nombres nuevos que no se asientan, no sé si son becarios que vienen y se van) intentan explicar. A veces se tiene la impresión de que fingen explicar algo que ellos no han comprendido previamente, lo cual hace su tarea imposible, claro está. En el caso de algunos corresponsales extranjeros, uno detecta con facilidad que se han limitado a mal copiar -es decir, a traducir mal- lo que los diarios o televisiones de cada país han dicho, y nada es más incomprensible que una traducción hecha por alguien que conoce mal la lengua de origen y deficientemente la propia. El resultado habitual es que el lector con ciertos conocimientos se ve obligado a llevar a cabo sobre la marcha una “traducción” de la información, esto es, a “deducir” lo que los redactores habrán entendido o habrán querido decir en realidad. Un juego de adivinación, que va contra las reglas más elementales del periodismo. Lo peor es que, como esto no se da sólo en El País, sino también en todos los demás diarios y sobre todo en las radios y televisiones -con la fuerza divulgadora de estas últimas, y lo de TVE es atroz-, nos encontramos con que también quienes no son corresponsales en el extranjero, y por tanto no tendrían en principio de dónde traducir, adoptan las meteduras de pata, las sintaxis ininteligibles y los innumerables falsos amigos que sus colegas propagan. Es llamativa la resistencia mínima que se opone hoy al continuo destrozo de la lengua. (Ojo, mi preocupación no se debe a ningún purismo, sino al creciente peligro de que no nos entendamos más que “retraduciéndonos” los unos a los otros, si cada cual trufa el español con los disparates que se le antojan.)
Sirva como ejemplo modesto la proliferación de falsos amigos, y eso que hay diccionarios para prevenirnos contra ellos. Obviamente, hay redactores de este diario (y por supuesto de otros) que ni los tienen ni los consultan, porque aún no se han enterado de que en inglés “extravagant” nunca significa “extravagante”, sino “derrochador” o “despilfarrador”; de que “fastidious” es “puntilloso” o “meticuloso”; de que “dramatic“, en bastantes contextos, no es “dramático”, sino “espectacular”; de que “bizarre” no equivale a nuestro “bizarro”, sino, como en francés, a “extraño” o incluso “estrafalario”; de que “to abuse” es “insultar” o “maltratar” muchas más veces que “abusar”; de que “anxiety” no significa “ansiedad”, sino “angustia” (hace poco un crítico de Babelia se congratulaba de que por fin se hubiera traducido “fielmente” el título de una obra que contiene esa palabra, cuando precisamente ahora se ha traducido mal); de que “a stranger” no es “un extraño”, sino “un desconocido” o el viejo “forastero” de las películas del Oeste; de que “miserable” quiere decir “desdichado”; de que “to remove” no es “remover”, sino “quitar” o “sacar”; de que “ingenuity” e “intoxication” no son lo que parecen, sino “ingenio” y “embriaguez”, y así decenas de casos más, que no se dan sólo en el inglés. La mayoría son cosas que los estudiantes de cualquier lengua aprenden en el primer curso. Gente que lleva años o meses viviendo en un país, y que escribe para la prensa, las desconoce y las traduce mal una y mil veces, hasta contagiárselas a quienes jamás han puesto un pie en el país en cuestión. Regalen esos diccionarios a quienes los necesiten en la redacción, por favor. Desearía volver a leer un periódico en el que no tuviera que retraducir a mi lengua las noticias que en él se me dan, y en el que me enterara un poco más.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 8 de noviembre de 2009
Uno de los aspectos del zarandeado caso Gürtel en los que se ha hecho menos hincapié es lo paletos, advenedizos y acomplejados que los políticos involucrados en él parecen ser, algo que quizá resulta tan alarmante como su más que probable corrupción. No se trata sólo del lenguaje entre cursi y soez de las conversaciones grabadas que han salido a la luz, ni de la hortera fascinación por bolsos rojos de marca, aparatosos relojes, automóviles llamativos y talles de pantalones así o asá, como si vivieran permanentemente en una competición de pijos catetos o de narcos mexicanos y ese fuera su mundo, el de la apariencia hiriente y la ostentación. Esto es ya, desde luego, bastante notable: que dirigentes con responsabilidades enormes y múltiples problemas que resolver dispongan de tanto tiempo para mirarse en el espejo, cardarse el pelo, ir de compras (u hojear catálogos y enviar a un mandado con bigotes a hacerlas), probarse trajes y meterle la muñeca con peluco en el ojo a todo el que se les acerque. Pero aún más paleto que todo esto es el afán por figurar en compañía de quienes consideran por encima de ellos y que pueden contagiarles algo de su supuesto prestigio. Eso indica que tienen muy baja opinión de sí mismos y que son propensos a deslumbrarse por la fama, exactamente igual que las groupies que ansían hacerse una foto con su cantante favorito, sólo que peor: al fin y al cabo para ellas se trata de su favorito, mientras que estos políticos valencianos parecen conformarse con cualquiera que suene o reluzca un poquito.
El sueño del Presidente Paco Camps era, por lo visto, hacérsela junto a Obama, pero cuando le comunicaron que su sueño era vulgar, que había unas quinientas mil personas aspirando a lo mismo (incluido Zapatero) y que la cosa estaba imposible, se le antojó, hemos sabido, hacérsela con el Gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, a quien no mucha gente debe de conocer fuera de su Estado o de su país y que si entre nosotros suena algo es simplemente porque, pese a su apellido, es uno de los primeros semihispanos (su madre nació mexicana) con cargos relevantes en los Estados Unidos y con vagas y remotas (y frustradas) aspiraciones a la Presidencia de la nación. Yo, la verdad, ni siquiera entiendo a esas personas “importantes” (diplomáticos, empresarios, escritores, banqueros) que exponen en el salón de su casa la fotografía que les hicieron un día –como a ochocientos más– con el Rey, la Reina o el Papa, con Clinton, Bush padre o hijo o Mitterrand, no digamos con el siempre barbado Fidel Castro o con el constantemente injertado y momificado Berlusconi. Algo más entiendo –pero tampoco– a quienes exponen una en la que se los ve junto a Picasso, Stravinsky, Nabokov u Orson Welles, a no ser que, además de grandes artistas, fueran amigos personales suyos. Cuando veo esos alardes en algunos salones o despachos, siempre pienso del anfitrión: “Ya, estuvo una vez –o dos, o cuatro, tanto da– al lado de este personaje. ¿Y qué? ¿Creerá que ese contacto lo hace a él más valioso o mejor? ¿Que por eso se le pegó o se le pega la “grandeza” de la celebridad? ¿Sentirá que de alguna pobre manera pertenece a su mundo por haber posado junto a ella?” Lamento decirlo, pero esas exhibiciones o trofeos fotográficos me parecen una horterada mayúscula, digna de individuos acomplejados, presuntuosos y papanatas. Y el que anhela verse reproducido en imagen al lado del Gobernador de Nuevo México, y es capaz de remover Roma con Santiago para conseguirlo, es que se considera directamente un mierda a sí mismo, lo cual nunca es bueno en un Presidente, aunque lo sea sólo de una Comunidad Autónoma española.
De la trascendencia otorgada a este encuentro de Camps con Richardson –válgame Dios–, da cuenta una de las conversaciones que hemos podido leer, entre Álvaro Pérez, el admirable El Bigotes, y el poco menos admirable Pedro García, entonces director de la Televisión Valenciana. Cuando éste le revela a aquél que la codiciada cita ya está pactada y Bigotes descubre que, tras sus abnegadas gestiones para procurársela a su “amiguito del alma”, él ha sido puenteado, se enfurece como un Otelo y maquina un pérfido plan: “Lo que voy a hacer es irme el martes a EEUU para que cuando Camps llegue allí, estar en la reunión, y para que no pueda entrar Nuria Romeral, ni Ana” (lo lamento, no tengo el gusto de saber quiénes son), “ni nadie, nada más que él y yo. Y cuando esté allí la hija de puta esta decirle: ‘¿Cómo que si estoy aquí? Si viene por mí y lo va a ver por mí’” (el mindundi de Camps al gigante de Richardson, se entiende). El admirable García le desaconseja ese movimiento intrépido, y Bigotes explota admirable y homéricamente: “Entonces qué le digo. Si lo único que le puedo decir es” (obsérvense el desgarro y la ira, obsérvense las confianzas): “‘Oye Paco, eres un cerdo, ¿cómo coño haces esto sin decirme nada?’ Va a conseguir la foto gracias a mí y el hijo de puta no me dice nada. Es un mierda”.
Que, como he dicho antes, es exactamente lo que el Presidente Camps ha de pensar de sí mismo, para mover cielo y tierra, como el mayor paleto, a fin de hacerse una foto con el Gobernador de Nuevo México.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 1 de noviembre de 2009
Entre los muchos síntomas de enloquecimiento que en los últimos tiempos presenta el Gobierno de Zapatero (en España deberían prohibirse las segundas legislaturas, porque en ellas todos los Presidentes pierden el norte, cuando no el juicio, como Aznar), hay uno al que se presta poca atención y que a mí me parece de los más graves, por lo que significa y deja traslucir: nada menos que el más absoluto desprecio por la democracia.
Como saben, hace unos años el Gobierno y el Parlamento aprobaron una ley antitabaco que puso considerables restricciones a los fumadores, a los que ni siquiera se permitió disponer de un espacio cerrado, en sus trabajos, para echarse un pitillo de vez en cuando. A los bares y restaurantes se los obligó a separar tajantemente las áreas de fumadores y de no fumadores si sus locales sobrepasaban los cien metros cuadrados, lo cual les supuso a muchos hosteleros costosas obras y reformas. En cuanto a los de menos de cien metros, se dejó, lógicamente, que los dueños decidieran si los suyos eran espacios libres de humo o no, es decir, se les concedió cierto grado de libertad. Ahora Zapatero planea acabar con esa libertad, y promulgar una nueva ley que prohíba fumar en todos los bares y restaurantes sin excepción y sin que, absurda e injustamente, los propietarios puedan opinar ni decidir al respecto. Así, la libertad que Zapatero y su entonces Ministra de Sanidad Salgado otorgaron en su momento para elegir, ha resultado ser una libertad de quita y pon, falsa y condicionada. Como el uso que la mayoría de los hosteleros hicieron de esa libertad no fue del agrado del Gobierno (que deseaba que prohibieran fumar), entonces se les retira sin más.
No sé si ustedes se dan cuenta de la gravedad del asunto y de lo antidemocrática que resulta la actitud zapateril o gubernamental. Denota el mismo desprecio por la voluntad de los individuos que si se les dijera: “Miren, estamos en un sistema democrático y por lo tanto ustedes pueden votar y elegir a sus representantes cada cuatro años. Ahora bien, si no eligen como nosotros esperamos y deseamos (esto es, si no nos votan a nosotros), entonces cambiaremos las leyes, suprimiremos ese derecho y no les permitiremos acudir más a las urnas, ya que en ellas no depositan el papel que nos gusta. Ustedes disponían de esa libertad, pero sólo en la medida en que nos complacieran con ella, en que supieran interpretar nuestros deseos y los satisficieran. Si no es así, se acabó tal libertad”. ¿Verdad que ante semejante mensaje la ciudadanía se rebelaría (o eso espero; con las cada vez más amplias tragaderas de la gente, y su mayor indiferencia ante las injusticias y la corrupción, ya no lo sé)? Pues lo que se proponen Zapatero y la actual Ministra de Sanidad Jiménez es, a escala reducida, el mismo atentado contra la democracia y las libertades.
La principal razón que estos políticos aducen para el endurecimiento de esa ley antitabaco es que España debe amoldarse a lo que rige en los países “de nuestro entorno”. Que yo sepa, los Estados Unidos, el histérico e hipócrita propulsor de estas campañas, no es precisamente de nuestro entorno. Pero lo que nuestro trivial y adocenado Gobierno no se para nunca a pensar, mostrando su increíble falta de personalidad, es si una ley es en sí justa o no, independientemente de las injusticias cometidas “en nuestro entorno”. Los no fumadores fundamentalistas se quejan de que no pueden entrar en muchos bares, por lo que exigen que sean los fumadores los que a partir de 2010 no puedan entrar. Según esa argumentación, podrían exigir que no hubiera locales topless aquellos que no quieran ver tetas sobre un mostrador, o que no haya billares los que detesten su ambiente, o discotecas los que no soporten el ruido, o casinos los que ven con malos ojos el juego o temen caer en él. La gente, simplemente, se abstiene de entrar o de llevar niños a ciertos sitios, pero no exige que esos sitios dejen de existir, como se pretende ahora con los espacios en que se puede fumar.
Yo no tengo coche, y me gustaría que cuantos lo tienen dejaran de utilizarlo y de atentar contra mi salud en mucha mayor medida de lo que lo hacen los fumadores, pero no se me ocurre pedir que no se circule en automóviles particulares y que se use sólo el transporte público o la bici. En cuanto a los Gobiernos, su grado de hipocresía salta a la vista si se recuerda que casi todos ellos, mientras dicen proteger la salud de la gente con sus leyes antitabaco, se dedican a vender armamento por doquier y al por mayor, incluido el de Zapatero. Por lo demás, es fácil prever lo que traerá la nueva ley, y que ya ha ocurrido en Italia: los bares y restaurantes instalarán más terrazas (para beneficio y recaudación de los Ayuntamientos), en las que en invierno pondrán calefactores, para que la gente se siente en ellas a fumar. En un país tan bullanguero, ruidoso y vociferante como el nuestro, lo más probable es que los no fumadores fundamentalistas pasen a ser insomnes perpetuos. Al escándalo permanente de los botellones habrá que añadir el de los fumaderos al aire libre. Creo que, más daño que el humo para los que lo elijan, harán la falta de descanso y los nervios de punta para todo el mundo. Suele ocurrir: el desprecio por las libertades trae más males que remedios.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 25 de octubre de 2009
El pasado 2 de octubre, día en que se decidía la ciudad que organizaría los Juegos Olímpicos de 2016, una tertuliana de la Cadena SER empezó su intervención más o menos así: “Yo, como todos los españoles salvo Javier Marías, deseo que Madrid sea elegida”. Vaya fama me he creado, sin duda por el artículo que saqué aquí hace cinco meses, titulado “Tengo un razonamiento”, en oposición al equivocado “Tengo una corazonada” con que políticos, gente de renombre y particulares nos han dado la matraca. Lo curioso –y algo preocupante– es que en aquella pieza yo no expresaba deseo alguno respecto a la candidatura, sino que me limitaba a no llamarme a engaño y a vaticinar su fracaso, y lo argumentaba. “Lejos de una corazonada”, escribí, “lo que yo tengo es un razonamiento según el cual es imposible que a Madrid le otorguen esos Juegos”; y, tras mi exposición, concluía: “Lo siento por el 90% de mis conciudadanos, pero no puede haber Juegos Olímpicos en Madrid”. Ya sé que es inelegante citarse a uno mismo, y más aún incurrir en la antipática actitud que se resume en la frase “Te lo dije”. Pero qué quieren: la lata que se nos ha dado con la famosa, carísima e inútil candidatura ha sido tal que justifica casi cualquier reacción por parte de quienes la hemos padecido. En todo caso me disculpo con los que crean que, pese a todo, carezco de justificación.
Hay una contradicción evidente –pero apenas percibida por nadie– entre las inmensas ansias de albergar unas Olimpiadas aquí, pregonadas por los políticos locales y nacionales, los deportistas, los Reyes y la población en general, y lo que se hace por conseguir traerlas. No basta con las infraestructuras, las instalaciones deportivas, la red de transportes, la seguridad o la adecuación de las normas antidopaje a las de la comunidad internacional, cosas sobre las que se ha hecho tanto hincapié. Tampoco con la ilusión. Hay algo mucho más esencial, que sin duda los miembros del COI tendrán en cuenta a la hora de votar: la vida en la ciudad aspirante. Y es de todo el mundo sabido que, desde hace veinte años (desde Álvarez del Manzano en adelante: recuérdese que se lo llamaba “el alcalde topo”), Madrid es un lugar invivible por culpa de sus autoridades, dedicadas a desventrarla permanentemente sin necesidad ni ton ni son, a destruir los pocos parajes bonitos que le quedan, a violentarla sin pausa para jamás mejorarla, a tenerla como mero escenario de sus extraños negocios con empresas de obras públicas y constructoras, a enviar el mensaje de que nada de lo realizado aquí a lo largo de la historia vale la pena y que todo se puede destrozar. El vídeo que la delegación madrileña presentó en Copenhague era una sarta de mentiras. Se decía, por ejemplo, que la capital era “una ciudad verde”, cuando todos sabemos que uno de los mayores afanes del Ayuntamiento es talar árboles por doquier o construir una monstruosa “Ciudad de la Iglesia” donde hasta ahora había los preciosos jardines de las Vistillas; o que era “un espacio para pasear”, cuando todos nos las vemos y deseamos para dar cuatro pasos sin toparnos con zanjas, vallas, andamios, agujeros, ruidosas planchas metálicas, perforadoras, excavadoras, cascotes, grúas y demás. Al Presidente Zapatero, que últimamente donde pone el ojo nunca pone la bala, sólo se le ocurrió calificar dicho vídeo de “muy sincero”. Santo Dios.
Lo lamento de veras, pues se trata de mi ciudad, pero la fama de Madrid como sitio impracticable, sucio, chapucero, urbanísticamente criminal y con un centro a mitad de camino entre una favela y Beirut en guerra, es universal. ¿Acaso creen nuestras autoridades que los millones de turistas que intentan atraer no hablan luego del manicomio hostil con que se han encontrado, un año tras otro, un lustro tras otro? Cada vez que salgo al extranjero, la gente me pregunta a qué se debe el encarnizamiento con Madrid, que no se la deje nunca en paz y que sea imposible transitar por ella o disfrutarla. Esa reputación nos persigue con razón, y seguirá haciéndolo durante mucho más tiempo, porque ya será difícil zafarse de ella aun cuando este alcalde o sus sucesores vieran un día la luz y se decidieran a respetar y no tocar algo de lo que nos queda (el Paseo del Prado, la Plaza Mayor ahora también amenazada, las Vistillas ya condenadas) y permitieran que esta fuera una ciudad normal, en la que no hubiera más obras que las imprescindibles. París, Londres, Roma, Barcelona, Estocolmo, Berlín son lugares más o menos conformes consigo mismos, en los que no se saca continua tajada a costa de sus poblaciones, o en los que no se somete a una plaza emblemática como la Puerta del Sol a seis años –seis– de tortura para al final dejarla convertida en un adefesio inhóspito y vergonzoso. Si tanto desean unos Juegos Olímpicos, prueben a hacer lo que nunca han hecho, y tal vez tengan suerte a la próxima: dejen la ciudad en paz, déjenla vivir, respirar, estar limpia, trabajar, descansar. Acaben con su estrépito, cierren todos sus boquetes de una vez, quiten de en medio los martillos neumáticos y las tuneladoras, y entonces quién sabe. De momento, me reafirmo, no hay ninguna posibilidad. Los de la corazonada errónea pídanles cuentas a los responsables y exíjanles, como primera e indispensable medida, que Madrid vuelva a ser una ciudad presentable y no un infierno disuasorio y ahuyentador.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 18 de octubre de 2009
(Continuación del pasado domingo)
No puedo jurar, así pues, que en mi juventud no habría caído en la tentación de robar con el ordenador, de haber existido éstos entonces. Yo ni siquiera tengo uno, pero lo cierto es que conozco a numerosas personas esencialmente honradas que se descargan sin ningún problema de conciencia cuanto les apetece ver, oír, y de aquí a poco leer. Que no se dé tal problema de conciencia –sabiéndose que no sólo se hurta a la “industria cultural”, a menudo abusiva, sino también a los creadores, a diferencia de lo que ocurría con los robos artesanales del pasado de que hablé hace una semana– se debe sobre todo a dos creencias disparatadas, desvergonzadas y nuevas, a saber: que “la cultura es de todos” y que “debe ser gratuita”. A arraigarlas han contribuido más que nadie los demagógicos Gobiernos actuales, con los españoles a la cabeza (nuestro país es, tras China, el segundo del mundo en número de descargas ilegales): Aznar y Zapatero han contraído una monstruosa deuda con los artistas en general. La práctica de bajarse lo que a uno le plazca, sin peligro, sin coste las más de las veces, está ya tan arraigada, en efecto, que difícilmente tiene vuelta atrás. No es sólo que los Gobiernos no hagan nada para proteger la propiedad intelectual, o que, si toman tímidas medidas (como en Francia), los jueces se las echen abajo. Es que si a estas alturas lo intentaran –castigaran con fuertes multas las descargas, por ejemplo, no digamos el almacenamiento en los discos duros–, habría una rebelión. Ya muchos internautas se ponen como fieras en cuanto se habla de regular o controlar un poco ese no-mercado. Se ha permitido que la gente se acostumbre a lo que no lo estuvo ninguna generación anterior: a disfrutar de los productos culturales sin soltar un céntimo, a apropiárselos con impunidad y a que además esa gente crea, incomprensiblemente, que tiene “derecho” a ello. Es seguro que ya no se va a desacostumbrar.
Por tanto no veo solución al problema, que nuestros irresponsables Gobiernos han dejado madurar hasta la pudrición. Pero sí preveo lo que, puestas así las cosas, puede pasar. Quienes hacemos obras artísticas, buenas o malas (escritores, músicos, cineastas), ya hemos estado discriminados siempre respecto al resto de la sociedad: lo que creamos o inventamos, lo que es más nuestro que cualquier bien adquirido por cualquiera, tiene fecha de caducidad y pasará a ser del dominio público un día, a diferencia de lo que ocurre con las propiedades de todos los demás: la gente lega sus casas, tierras, fortunas, negocios, de generación en generación. A nosotros, en cambio, se nos impone un límite –un extraño castigo–, sin recibir en vida por ello ninguna compensación. Ahora se pretende que ni siquiera cobremos, mientras estamos aún en el mundo, de muchos espectadores o lectores que disfrutan de nuestras obras nada más aparecer éstas. Pero no vivimos del aire: como todo vecino, pagamos un alquiler, la comida, el calzado y la ropa, el transporte y todo lo que los internautas abonan sin rechistar y sin considerar que tienen “derecho” a ello gratis. La mayoría empezamos a escribir o a componer por lo que antes se llamaba “vocación”, sí, pero no vamos a seguir haciéndolo tan sólo por vanidad. Hay internautas que preguntan a los creadores damnificados por sus hurtos: “Pero, ¿no te halaga que centenares de millares de personas quieran ver tu película u oír tu canción y que por eso se las descarguen?” Es como preguntarle a un jamonero si no lo halaga que las masas le sustraigan sus jamones de bellota, de tan ricos que están. Lo más probable es que, a la larga si no a la media, ese gran jamonero cerrara el negocio y ya no hubiera jamón.
Esto es lo que seguramente va a pasar con la cultura y el arte. Dejarán de hacerse. Llegará un día en que ya no habrá más canciones ni películas ni series de televisión ni novelas nuevas, porque a ninguno nos compensará dedicar el larguísimo tiempo y el enorme esfuerzo que supone crearlas para recibir muy poco a cambio. Los internautas no van a variar ya sus costumbres, bien está; pero conviene que sepan que son como los cazadores insaciables que extinguen una especie o como las empresas sin escrúpulos que deforestan y emiten CO2 sin cesar, y amenazan los recursos de la tierra. Poco a poco condenan a muerte lo que tanto aman, la cultura y las artes, sobre todo las independientes. Tal vez la única solución sea que los Estados asuman su irresponsabilidad y acaben por financiarlas, y ofrezcan al pueblo gratis lo que éste ya se toma del sector privado, que también desaparecerá. Pero, ¿qué clase de cultura será la que dependa de los políticos? Ellos decidirán quiénes la hacen y quiénes no, y también sus contenidos, más pronto o más tarde. Un modelo soviético, o en el mejor de los casos mexicano. Un modelo dirigido, burocrático, politizado, funcionarial, en el que se premiará a los dóciles y a los amigos del Gobierno de turno, los únicos facultados para escribir libros y hacer cine o televisión. Dudo que los internautas deseen bajarse mucho de semejante producción. Nadie les va a alterar ya sus costumbres adquiridas y consentidas, pero no está de más que sepan hacia dónde nos llevan, más que nada para que luego no se les ocurra quejarse ni protestar.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 11 de octubre de 2009
No voy a fingir estar libre de pecado. Hace treinta y tantos años, durante una estancia de un mes en París que coincidió con una de las épocas más desdichadas y desesperadas de mi vida, robé algunos libros y discos –de vinilo, claro, es decir, de gran tamaño, incluidas una o dos cajas o coffrets–. La verdad es que a día de hoy no comprendo cómo lo hacía, qué rara habilidad desarrollé. La mayoría de las sustracciones, además, las llevé a cabo en unos grandes almacenes culturales, con mejores sistemas de seguridad que las tiendas de música y las librerías. A veces pienso que fue consecuencia de mi estado de ánimo, tirando a autodestructivo por aquel entonces; que todo me daba lo mismo y que buscaba empeorar las cosas, crearme más problemas y arriesgarme a ser detenido. De perdidos al río, se llama eso en español. Bien es cierto que lo que robé –poco por fuerza– me interesaba de veras, no iba a jugármela por tonterías. Que aun así me daba cuenta de que aquello estaba mal lo prueba mi reacción la única vez que me pillaron, en una tienda de discos del Boulevard St Michel. El dueño me dijo: “Si usted se hubiera salido con la suya, yo me habría quedado sin este LP y además habría perdido los X francos que me habría reportado su venta. Así que no sólo conservo el disco, sino que me tiene que pagar esos X francos además, a cambio de nada. Ha jugado usted, ha perdido, lo lógico es que asuma el mismo perjuicio que, de haber tenido éxito, me habría ocasionado a mí”. “C’est juste, vous avez raison”, le respondí, y así lo veía (supongo que también ayudó que la alternativa era que el hombre llamara a un gendarme, no lo voy a negar). “El problema es que no llevo encima la cantidad entera”. Me aceptó lo que tenía en el bolsillo y quedé en pasarme otro día para saldar el resto. Podría no haber vuelto a aparecer por allí y el comerciante no habría tenido manera de encontrarme. Pero a la mañana siguiente me presenté y le pagué religiosamente lo que faltaba, quedándome a la vez sin disco y con X vitales francos menos. Las deudas de juego son sagradas.
No era esta una práctica que los jóvenes izquierdistas de mi generación viéramos como muy condenable. Educados en el antifranquismo, considerábamos justificado robarle a un sistema explotador e injusto, el capitalismo. Y teníamos en cuenta tres factores que hoy no observan, en modo alguno, quienes roban canciones y películas –y pronto libros– desde sus cómodos ordenadores: a) sabíamos que perjudicábamos a la tienda y a la editorial o casa discográfica, pero nunca al escritor, compositor o intérprete, ya que, al menos en la teoría, éstos percibían su pequeño porcentaje lo mismo por un ejemplar hurtado que por uno vendido; b) sabíamos que, por mucho que robáramos, siempre era muy poco, y que esas sustracciones no arruinaban a nadie; es más, las pérdidas derivadas de esa práctica estaban ya presupuestadas por los comerciantes, luego “contaban” con ellas como gaje del negocio; c) sabíamos que nos arriesgábamos a un buen disgusto, que nos la jugábamos y que nuestro delito podía tener consecuencias; no actuábamos con garantía de impunidad.
No hace falta que diga que todas estas semijustificaciones no me sirven hoy, y que lamento aquellos pecados míos de hace treinta y tantos años. El daño al librero no tiene perdón, ni siquiera a los grandes almacenes culturales (con posterioridad les he comprado tantos libros, DVDs y CDs que creo haberles compensado con creces, y también con las ventas que han hecho de mis propios libros). El daño a la editorial o a la casa discográfica es menos grave, ya que no han sido pocas las que han estafado y sisado a los creadores que las hacían ricas, ni las que lo siguen haciendo. Me doy cuenta de que, inverosímilmente, son muchísimas las personas que aún ignoran que los escritores, por ejemplo, llevamos sólo un 10% del precio de venta. Esto es, de los veinte euros que el comprador paga por un libro, a nosotros nos llega la ridiculez de dos, y el porcentaje es aún menor en las ediciones de bolsillo y de club. El editor que encima engaña al autor, y le esquilma sus exiguas ganancias, ese sí que no tiene perdón de Dios.
Al confesar mis ya remotos delitos quiero decir que entiendo –cómo no– la tentación que supone para los internautas descargarse gratis –es decir, robar– música, películas, series de televisión enteras y dentro de poco libros. No puedo jurar que yo no hubiera caído en ella en mi juventud, de haber existido entonces Internet, de habérseme brindado la oportunidad de hurtar fácilmente, sin complicaciones ni riesgo alguno, sin pasar un mal rato, sin desarrollar ninguna habilidad y –lo que es tan importante como lo anterior– sin tener la menor conciencia de estar obrando mal y de estar estafando a un montón de gente, incluidos los creadores que nos dan tanto placer, y que siempre han sido, como acabo de explicar, la parte débil de la cadena, la más expuesta y explotada y la que obtiene menos beneficios de su invención, sin la cual nada existiría: ni música ni cine ni series de televisión ni literatura, nada.
(Continuará)
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 4 de octubre de 2009
Parece que cada nueva generación de jóvenes tenga la piel más fina y sea más pusilánime, y que cada nueva de padres esté más dispuesta a protegérsela y a fomentar esa pusilanimidad, en un crescendo sin fin. Los adultos, luego, se alarman ante los resultados, cuando ya es tarde: se encuentran con que tienen en sus hogares a adolescentes tiránicos que no soportan el menor contratiempo o frustración; que a veces les pegan palizas (sobre todo a las madres, que son más débiles); que zumban a policías, queman coches e intentan asaltar comisarías (oye, qué juerga) porque se les impide prolongar un ruidoso botellón más allá de las tres de la madrugada, como acaba de ocurrir en la acaudalada Pozuelo de Alarcón; que, en el peor y más extremo de los casos, violan en grupo a una muchacha de su edad o más joven, como sucedió en un par de ocasiones en Andalucía hace unos meses; y que por supuesto abandonan tempranamente los estudios, cuando aún no tienen conocimientos para trabajar en nada ni –con el galopante paro– oportunidad para ello. Esos adolescentes pusilánimes y despóticos no suelen provenir de familias marginales o pobres (aunque, como en todo, haya excepciones), sino de las medias y adineradas. Son aquellos a los que se ha podido y querido mimar; si no afectiva, sí económicamente.
Los estudiantes de la Universidad inglesa de Cambridge aún pertenecen, en su mayoría, a estas clases más o menos desahogadas, y su piel es finísima a tenor de lo que han pedido y conseguido: nada menos que acabar con una tradición de doscientos años. Han decidido que la colocación en tablones de las listas con los resultados de los exámenes finales (exámenes públicos, así se llaman) es algo “demasiado estresante” para ellos, que les provoca “angustia extra e innecesaria” y les supone una “humillación”, ya que permite a terceros enterarse de si han suspendido o aprobado, y además, si no se da uno prisa en ir a verlas, antes que los interesados. El protector profesorado ha atendido a su petición, así que a partir de ahora recibirán sus notas por e-mail o podrán consultarlas online (está por ver) cuarenta y ocho horas antes de que sean expuestas. No es difícil pronosticar que a la siguiente generación esto le parecerá insuficiente, y que exigirá que esas listas no se cuelguen en absoluto, aduciendo que esa información sólo concierne a cada cual. Los adultos, al paso que vamos, no se atreverán a contrariarlos, con lo que se perderá otra de las motivaciones de los estudiantes para aplicarse, a saber: la vergüenza de quedar ante sus colegas como burros, vagos o incompetentes.
Mientras los niños y jóvenes se tornan cada vez más caprichosos, arbitrarios, quejicas y dictatoriales, los Gobiernos intervienen para convertir en delito el cachete que los padres solían dar a sus vástagos cuando había que ponerles límites o enseñarles que ciertos actos acarrean consecuencias y castigos, es decir, lo que todo el mundo ha de aprender más pronto o más tarde, pues, que yo sepa, los castigos no han sido abolidos en nuestras sociedades. Toda la vida se ha distinguido sin dificultad entre eso, un cachete ocasional, y una paliza en toda regla por parte de un adulto a un niño, algo condenable y repugnante para casi cualquiera que no sea el palizador. Quienes han prohibido el cachete no siempre se oponen, sin embargo, a enviar a la cárcel a menores de edad si éstos cometen un delito de consideración. Es el reino de la contradicción: a un chaval no se le puede poner la mano encima bajo ningún concepto, aunque haga barbaridades y no entre en razón (su piel es finísima), pero sí se le puede meter una temporada entre rejas para hundirle la vida y que se acabe de malear. Nada es seguro, claro está, pero es posible que ni los violadores juveniles ni los fascistoides de Pozuelo hubieran llegado tan lejos si hubieran recibido, en anteriores fases, alguna que otra torta proporcional y hubieran aprendido a temer las consecuencias de sus actos incipientemente delictivos. El temor a las consecuencias sigue siendo –lo siento, ojalá no fuera así– uno de los mayores elementos disuasorios, también para los adultos. Hay muchos, entre éstos, que no roban ni pegan ni matan tan sólo porque saben que los pueden pillar y que les caerá un castigo. Si esto, como digo, ha de aprenderse antes o después, no veo por qué dicho aprendizaje se retrasa ahora hasta edades en las que a veces es demasiado tarde: ¿cómo va a aceptar un joven que no puede hacer esto o aquello si a lo largo de sus quince o dieciocho años se lo ha educado en la creencia de que siempre se saldría con la suya, de que a todo tenía derecho a cambio de ningún deber, y de que sus acciones más graves no acarrearían más consecuencia que el rollo que le soltaran los plastas de sus padres o profesores?
Ya sé cómo algunos leerán este artículo: como una mera reivindicación de la bofetada. Miren, qué se le va a hacer. Puestos a ser tan simplistas como esos posibles lectores, prefiero que un muchacho se lleve alguna de vez en cuando a que se lo arroje a una celda demasiado pronto, sin capacidad para entender de golpe por qué diablos está ahí, o a que viole a una compañera en manada y se vuelva a casa creyendo que eso no tiene mayor importancia que ponerse ciego de alcohol en las felices noches de botellón.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 27 de septiembre de 2009
Es curioso que en una sociedad tan desvergonzada y falta de escrúpulos como la española la mayoría de la gente siga confiando en la gratitud, y, lo que es aún más llamativo, siga observándola en general. Por supuesto hay numerosas excepciones, y no es raro el caso en que alguien es dejado en la estacada por otro a quien hizo favores o sacó de un apuro. Menos raro es todavía que aquellos a quienes ayudamos, o prestamos dinero, a quienes conocimos en una situación penosa o practicando un servilismo extremo, no quieran ni vernos cuando las cosas ya les van bien o han alcanzado un puesto de importancia, sea político, empresarial, social, periodístico o literario, tanto da: somos incómodos testigos de su pasado, de los individuos menesterosos que fueron, de la coba que daban a quien se terciara, de su reptar inicial. No sólo no es esto infrecuente, sino que en realidad es la norma, reflejada por frases hechas como “Qué, ya no nos acordamos de los amigos” o “Quién te ha visto y quién te ve”. Que aquellos con quienes mejor nos hemos portado nos den la espalda no tiene nada de particular.
Y sin embargo, a pesar de eso, se sigue confiando en el agradecimiento y por ello se busca a menudo, no pocas veces interesadamente y con malas artes, con el único propósito de recibir una recompensa o de que se nos devuelva el favor, o al menos de que los ya rendidos sean tenidos en cuenta y no se vaya contra nosotros. Uno puede rehuir al que nos echó una mano en nuestra época de penuria mayor, pero se nos hace difícil ponerle la proa y arremeter contra él. La gratitud surte efecto, aunque sólo sea para inhibir la animadversión. Y no es casual que toda sociedad mafiosa esté basada en ella tanto como lo está en la amenaza, de hecho esos son los cimientos de todo crimen organizado, de toda asociación delictiva. Quien recibe una gracia del poderoso se siente obligado hacia él, no sólo a guardarle lealtad, sino a cumplir con lo que éste le pida, cuando se lo pida, en recuerdo de aquel lejano favor. Y el poderoso, a su vez, se siente también algo obligado, eso es sin duda lo mejor.
Una de las maneras más sencillas y directas de granjearse la gratitud son los regalos, por eso hay que llevar cuidado con ellos. Cualquier persona medianamente educada sabe que algunos no se pueden aceptar, por su procedencia, por su cuantía, por lo que simbolizan, por no venir a cuento, porque uno va a sentirse en deuda con quienes se los hacen. Éstos saben que rechazarlos es delicado: puede parecer un desprecio, una muestra de desconfianza o una acusación velada de interés espúreo. (Paréntesis para los puristas: sí, ya sé lo que dice el diccionario sobre “espúreo”, pero a mí me gusta escribir esa palabra como antes lo hicieron, entre otros, Baroja y Galdós.) Pero a veces no hay más remedio que arriesgarse a ser descortés, sobre todo si uno no recibe el obsequio por amor ni por amistad, ni por ser un médico que no cobró, ni por ser guapo o encantador, sino por ejercer un cargo público de responsabilidad.
Lo más sangrante de la sentencia de los asombrosos jueces valencianos que han exonerado al Presidente Camps, a su subordinado Costa y a algún político más del delito de “cohecho pasivo” en que tal vez habían incurrido al recibir abundantes trajes y zapatos de una trama de corrupción, es que dichos jueces han determinado que las dádivas en cuestión, de haberlas habido, no las habrían recibido los sospechosos en virtud de sus cargos públicos. ¿Ah, no? Es muy fácil saber por qué se le hace un regalo costoso a un político. Bastaría con que la señora Barberá, por ejemplo, respondiera si antes de ser alcaldesa de Valencia los regaladores la agasajaban también con carísimos bolsos de Vuitton o no, y lo mismo Camps y Costa respecto a sus trajes de figurín. Todos ellos son personas con buenos sueldos, no especialmente necesitadas. Esos obsequios, por tanto –si no se los hacían ya antes de ocupar sus respectivos cargos–, sólo podían tener por objeto granjearse su gratitud y esperar favores directos o indirectos de ellos, a través de sus subordinados. Y si resulta que los regaladores obtuvieron contratos poco explicables de adjudicadores a las órdenes de esos políticos, todo parece indicar que la generosidad surtió algún efecto y que funcionó la gratitud. ¿Cómo se le va a negar esto a Fulano, que es tan amable y tiene detalles hasta con mi mujer y mi hija? Al fin y al cabo está capacitado para organizar esta Feria como el que más, y es tan atento…
No se entiende cómo a esos políticos no les incomodaban las dádivas, a menos que ni siquiera estén medianamente educados (lo más probable). No sé, cada vez que un lector me manda un obsequio, aunque sea un libro suyo que ni voy a tener tiempo de leer, me siento obligado a corresponderle, por lo general con un libro mío que le envío dedicado. Sí, es difícil resistirse al agradecimiento, aún lo es más sentirse en deuda y no tratar de saldarla. Por eso ningún cargo público debería aceptar regalos que no recibiera ya cuando era un mindundi, un don nadie. Los inefables jueces valencianos han dictaminado que los de los corruptos de su Comunidad se deben tan sólo al encanto de sus representantes. Lo del encanto es un decir.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 20 de septiembre de 2009
Desde el mirador del piso que tengo alquilado en Soria se ven dos nidos de cigüeñas durante las épocas que pasan en la ciudad estas aves: uno en el campanario de la Iglesia de San Francisco, el otro en el mucho más bajo de la Ermita de la Soledad, dentro del bonito parque llamado la Dehesa. A veces hay un tercero visible, construido en la copa de un árbol alto del mismo parque y por lo tanto más inestable que los dos primeros. Quien me mantiene informado de todo esto, y de las andanzas de las respectivas familias, es Carme, que tiene pavor a cualquier animal con plumas si se le acerca -y en particular detesta a las palomas, esas ratas dañinas y aladas con absurda buena prensa-, pero a la que gusta y divierte observarlos a distancia, con un telescopio que se trajo al efecto, sobre todo a las curiosas cigüeñas de estos nidos cercanos, que ya son parte del paisaje, por no decir la ridiculez de que son como de la familia. Su interés la ha llevado a comprarse y leer, incluso, algunos libros sobre estas aves, y cada vez que hace una pausa en su trabajo aprovecha para echarles un vistazo y comprobar cómo les van las cosas y en qué momento están de su ciclo: si aún aguardan a su pareja, si están edificando, si están incubando, si les han nacido ya las crías, si las están alimentando o enseñando sus primeros aleteos.
Cuando entré en ese piso el pasado 2 de agosto, tras mes y medio de ausencia, ella ya había llegado de Barcelona unas horas antes. En la escalera había notado un olor raro, malo, y se lo comenté nada más saludarla. “No te lo vas a creer cuando veas de lo que es”, me dijo, y me condujo hasta una ventana que da a un patiecito interior, de un metro por dos o menos, en el que guardamos bidones de gasóleo. Había allí una cigüeña muerta, desde hacía quién sabía cuántos días o semanas. Aunque seguramente era una cría, éstas adquieren en seguida un tamaño parecido al de las adultas, de gran envergadura. En fin, no era un gorrión ni una asquerosa paloma ni una simpática urraca ni un ruidoso mirlo, que podríamos haber recogido sin problemas -bueno, yo; desde luego no ella-. Supusimos que el animal habría tenido la mala suerte de caer en sus vuelos de tanteo, y la pésima de haberlo hecho justo en nuestro diminuto patio, del que no habría podido salir, cuando en la casa no había nadie para echarle una mano. Las defecaciones blanquecinas a su alrededor indicaban que el pobre bicho no habría muerto en el acto. ¿Qué hacer? ¿Cómo sacarlo? ¿Dónde depositar el cadáver?
Como en general inspiran confianza, se me ocurrió llamar a los bomberos locales. Expliqué el caso al que me cogió el teléfono, que me preguntó acto seguido: “Pero, ¿la cigüeña está viva?” “No”, le contesté sorprendido, “acabo de decirle que debe de llevar tiempo muerta”. Entonces comprendí que su absurda pregunta tenía tal vez como fin desentenderse. “Ah, es que entonces no es cosa nuestra. Si estuviera herida, sí, trataríamos de rescatarla. Pero muerta, eso ya no nos toca”. “¿Y a quién podría recurrir?”, le pregunté. “Ah, no tengo ni idea”. La siguiente tentativa fue con la policía municipal, algunos de cuyos miembros sorianos son amables y otros de una llamativa antipatía, según mi experiencia. Expuse el caso al que me respondió, que era más bien de estos últimos. “Pero, ¿la cigüeña está en la vía pública?”, fue la sorprendente pregunta de turno. “No, le acabo de decir que está en un patiecito interior de la casa”. “Ah, pues si está en un inmueble ya no es cosa nuestra. Si estuviera en la calle, sí, la recogeríamos”. Y al consultarle asimismo a quién podría dirigirme, su respuesta fue aún más chocante que la del bombero: “Ah, no tengo ni idea. Lo mejor es que la cojan ustedes, la metan en una bolsa y la tiren a un contenedor de basura”.
Menos mal que no le hicimos caso. Probamos con Protección Civil, que nos pasó con la Guardia Civil y ésta, a su vez, con Seprona, el Servicio de Protección de la Naturaleza de este cuerpo. Creo que empecé así: “No le voy a hablar de una cigüeña viva ni de una muerta en la calle, que al parecer tienen quienes se encarguen de ellas, sino de una que está cadáver en mi casa…” Los de Seprona se portaron como caballeros competentes y a la mañana siguiente se personó un agente a retirar al infortunado bicho (necesitó dos enormes bolsas, que quedaron respectivamente atravesadas por el pico y las patas) y a interrogarnos minuciosamente, al ser la cigüeña una especie protegida: “Pero, ¿seguro que estaba ya muerta? Etc”. Cuando esa tarde el húngaro Zoltan nos hizo el favor de venir a desinfectar el patio lleno de moscas y le comentamos el asunto, nos dijo con razón: “Hicieron bien en no seguir el consejo de la policía. Si esta misma los hubiera visto salir con unas bolsas camino de la basura, pico y patas asomando, lo mismo los habría detenido, creyendo que se la habían cargado”. No en balde el agente de Seprona que me atendió por teléfono me había hecho una pregunta enternecedora, pese a saber desde el principio que el animal estaba muerto: “Bien, dígame entonces, ¿cuál es la dirección de esta cigüeña?” Como si fuera una persona, y además domiciliada.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 13 de septiembre de 2009
La relación entre justicia y tiempo es tan evidente, y aun tan cotidiana, que no solemos pararnos a pensar mucho en ella. En los países en que está felizmente abolida la primitiva pena de muerte y en que no se aplica esa primitiva ley aberrante llamada sharía, damos por sentado que los crímenes se pagan con eso, con duración, con el tiempo mayor o menor que el criminal pasa entre rejas, privado de libertad y apartado de la sociedad a la que ha ofendido. Estamos acostumbrados a medir la gravedad de un delito en esos términos, y por eso nos escandalizamos a veces ante las frecuentes reducciones de penas –por muy estipuladas que estén legalmente– o nos sorprendemos, por el contrario, al enterarnos de que delitos que no nos parecen demasiado dañinos acarreen muchos años de cárcel para quienes incurran en ellos. La prensa hace a veces sus cálculos: un etarra que ha asesinado a veinte personas, por ejemplo, cumple dieciocho años de prisión efectivos y sale a la calle, luego en la práctica, se dice (otra cosa es la sentencia, que no deja de ser siempre simbólica, sobre todo cuando habla de centenares de años), al etarra en cuestión cada asesinato le ha salido barato: menos de un año por cada vida segada.
En realidad no tenemos otro modo de calibrar la dimensión de los crímenes: este equivale a un mes, este a tres años, aquel otro a treinta, que es el máximo real que el mayor asesino puede pasar aislado. De haber podido ser juzgados y condenados en nuestro tiempo, Hitler o Stalin, Pol Pot o Pinochet, Ceaucescu o Franco habrían vuelto a la vida normal al cabo de tres decenios. Por así decir, se habrían reincorporado a nosotros con sus cuentas saldadas, legalmente “limpios” aunque no moralmente: no existe tal cosa como un “ex-asesino”, por mucho que la prensa idiota esté a punto de crear esa figura, habiendo ya creado las casi igual de ridículas de “ex–golpista” y “ex-dictador”. (Aunque haya abandonado nominalmente el poder, Fidel Castro será un dictador hasta el fin de sus días; aunque después haya ganado elecciones, Hugo Chávez será un golpista hasta el término de los suyos.)
Estamos, pues, acostumbrados a esa relación entre justicia y tiempo, pero rara vez nos preguntamos por ella, y menos aún por qué el tiempo también se computa –pero a favor de los delincuentes– cuando éstos no han sido apresados. Como saben, y con excepción de algunos crímenes considerados especialmente odiosos –los de guerra, los que van “contra la humanidad” (definición bien vagarosa), los de genocidio–, los delitos prescriben, y así nos encontramos en ocasiones con la paradójica circunstancia de que, para quien logró eludir la acción de la justicia, el tiempo que transcurre lo va “exonerando” lentamente de su crimen, mientras que para quien fue capturado y condenado ese mismo tiempo que transcurre es el de su castigo. Si pensamos en Anglés y Ricart, los dos sujetos que, según todas las trazas, asesinaron a tres adolescentes de Alcàsser en 1992, tras torturarlas y violarlas, resultaría que los diecisiete años transcurridos para Ricart, que está en la cárcel, se sumarían de la misma manera que los diecisiete de Anglés, que tal vez sigue libre y que en modo alguno ha pagado por sus actos: el tiempo avanza en ambos casos –que no pueden ser más opuestos– hacia la misma consecuencia: cuando Ricart haya cumplido su condena completa, quedará libre; cuando quiera que expire el plazo para la prescripción de ese delito, a Anglés ya no podrá juzgárselo y también será libre. O, si se atiende a una noticia reciente de otra índole, tal vez sea “absuelto”, lo cual resultaría aún más llamativo.
Lejos de mi intención asociar el caso de las niñas de Alcàsser con ningún otro delito, sobre todo si no es de sangre. Pero lo cierto es que leí en este diario que el actual Presidente de Telefónica, Alierta, y su sobrino Plácer habían sido “absueltos” del llamado “caso Tabacalera” al entender el tribunal que su delito ha prescrito. Ese tribunal, sin embargo, “considera probado que dicho delito, castigado con pena de uno a cuatro años de cárcel, fue cometido, y que entre los acusados existió un concierto común para sacar un provecho económico … en una operación que les reportó 1,86 millones de euros”. Pese a ello, el señor Alierta, que yo sepa, sigue siendo Presidente de Telefónica nada menos, del mismo modo que el señor Berlusconi sigue siendo Primer Ministro de Italia pese a habérsele probado la comisión de más de un delito que –oh casualidad, oh gran suerte– ya ha prescrito. He sostenido en novelas que tal cosa como la justicia es imposible y que en realidad llamamos así a algo que en puridad no existe. Pero lo que así llamamos para entendernos, es además un disparate, porque, si bien castiga a quienes caen en sus manos, premia a quienes logran burlarla. ¿O acaso no nos envía el siguiente mensaje? “Si usted comete un delito y es lo bastante hábil o listo para escapar de mí durante el suficiente tiempo, se verá recompensado y se encontrará con la maravilla de que su crimen ya no lo es, o quizá con algo aún más loco y milagroso: con que sí lo será, pero saldrá usted absuelto”.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 6 de septiembre de 2009
Lo vi en dos medios de comunicación que no se cuentan entre los más frívolos y sin escrúpulos, TVE y este periódico, luego cabe suponer que habrá aparecido en infinidad de ellos más. El tratamiento dado en estos dos no era parco –un buen rato en la televisión y un cuarto de página en El País, que titulaba “Obsesiva, insegura y discreta” y luego subtitulaba “La revista británica Psychologies publica una entrevista a Penélope Cruz y la actriz la desmiente de forma tajante”–. No entendí nada: si desde el primer momento se sabe que una entrevista es apócrifa y ni siquiera ha sido concedida, ¿qué hace la prensa dando pábulo a su contenido? Es probable que el problema sea el tajante desmentido de la actriz y el anuncio, por parte de sus abogados, de que “estudian qué medidas legales tomar”. De no haber dicho nadie nada, es casi seguro que esa entrevista inventada habría pasado inadvertida y pocos se habrían enterado de su existencia. Lo curioso del caso es que, al ser denunciada su falsedad, todos los medios no sólo acuden a ver en qué consiste esa falsedad, sino que además la reproducen una y otra vez con detalle. ¿Por qué, si ya se está al tanto de que nada de lo que ahí se atribuye a Cruz ha sido dicho por Cruz y, por lo tanto, ya no debería contar en un mundo seminormal? A lo sumo, la noticia tendría que haber sido el mencionado subtitular de este diario y nada más.
Dije aquí hace un par de semanas que a una gran parte de la población mundial la verdad ha dejado de importarle. Me temo que me quedé corto y que lo que ocurre es aún más grave: una gran parte de esa población es ya incapaz de distinguir la verdad de la mentira, o, más exactamente, la verdad de la ficción. Y por ello, el antiguo dicho español “Calumnia, que algo queda” ha perdido sentido y se oye cada vez menos. Para empezar, si ustedes se fijan, el verbo “calumniar” se emplea ya rara vez, y hasta su significado ha empezado a desvaírse y difuminarse, como suele ocurrir con los vocablos que definen algo anómalo –un quebranto de la regla– cuando la anomalía pasa a ser normal y la regla. (Si todo el mundo mintiera y además lo hiciera sin cargo de conciencia ni temor a las consecuencias, el concepto mismo de mentira quedaría privado de sentido y ésta quedaría tan sólo, probablemente, como “una forma más de ejercer la libertad de expresión”: camino de ello vamos, no se crean.) Hoy el dicho debería ser: “Calumnia, que nadie lo va a notar”, o “Calumnia, que tus calumnias acabarán nivelándose con la verdad”.
La velocidad y la facilidad con que cualquier patraña o rumor se expanden hoy por Internet y a través de los SMS hacen casi imposible atajar los bulos y las informaciones falsarias. Para cuando alguien avisa de que, por ejemplo, Harrison Ford no ha muerto en un estrafalario accidente en Europa, como se corrió por la red, habrá mucha gente que ya habrá “archivado” esa noticia en su cerebro y que será incapaz de borrarla del todo aunque a los pocos días vea a Ford con aspecto saludable en un estreno. Pensará: “Ah, pues no ha muerto en Europa”, y a la siguiente vez que lo vea es fácil que por su cabeza cruce rápidamente la idea: “Mira que contar que había muerto en Europa …” El dato inventado, cuanto más llamativo más, aparecerá y reaparecerá, aunque sólo sea para descartarlo como disparate.
En mi novela Tu rostro mañana hablé de la muerte de la actriz de los años cincuenta y sesenta Jayne Mansfield, una rubia platino mucho más exuberante que cualquier otra que ustedes puedan conocer o recordar. Sufrió un accidente de coche cuando iba de Biloxi a Nueva Orleans, y la peluca rubia que llevaba puesta salió disparada hasta el guardabarros, lo cual dio lugar a que corriera la voz de que había muerto escalpada, o bien decapitada y que su hermosa cabeza había rodado por aquella oscura carretera de Louisiana. La verdad ha sido incapaz de imponerse, y para la mayoría de sus aún numerosos y nostálgicos admiradores la idea de su muerte está teñida de una truculencia de la que careció. Si la fuerza de la leyenda era ya tan grande en 1967, imagínense cuarenta y dos años después, cuando los rumores y las invenciones vuelan; cuando no se les puede poner freno o si se les pone es peor, como en el reciente caso de Penélope Cruz y su anodina entrevista de paripé; cuando hasta los novelistas (bueno, los demagógicos) “permiten” que los lectores “intervengan” en la trama y “decidan” el final, negando así la esencia misma de las ficciones, que justamente no se pueden enmendar ni contradecir; cuando tanta gente no está dispuesta a prescindir de una historia si ésta es conspiratoria o macabra, por mucho que se haya comprobado su falsedad. En la época en que más medios hay para contrastar y verificar las informaciones, mayor es la indistinción entre lo verdadero y lo falso, confundidos en una especie de magma, y cada vez va teniendo menos sentido decir y saber la verdad. ¿Total, para qué, si ya casi pesa lo mismo que la mentira y apenas cuenta?JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 26 de julio de 2009
La zona fantasma cierra por vacaciones en el mes de agosto
Reconozco que me da reparo hablar de anuncios de televisión. Algunos escritores y columnistas anticuados tienen a gala decir que son lo mejor que se puede ver en las pantallas y que la programación debería estar dedicada a ellos, con breves intervalos de películas, series y fútbol (en realidad no sé por qué piden eso, puesto que la televisión ya es así). Estos escritores y columnistas no hacen sino repetir, con gran retraso, una boutade que hace veinticinco años debimos de soltar en alguna ocasión cuantos escribíamos en prensa y buena parte de los que no. Como a estas alturas ya no estoy para “deslumbrar” ni para dármelas de “original” –todo el que se las da de tal resulta indefectiblemente antediluviano, es algo comprobado–, tengo los anuncios televisivos por una de las más acabadas y concentradas expresiones de la imbecilidad, la cursilería y la zafiedad humanas, con alguna rarísima excepción. Tan mal los soporto que grabo cuanto quiero ver, desde un informativo hasta un largometraje, para así poder pasar acelerados los monstruosos bloques de spots con que se idiotizan deliberadamente –es decir, se idiotizan aún más– dichos escritores y columnistas idiotas.
Pero toda precaución es poca y es inevitable ver algunos, y he llegado a la conclusión de que si yo fuera una mujer de mi edad, o aun diez o veinte años más joven –en suma, si fuera mujer–, estaría enormemente ofendida por algo de lo que jamás protestan ni las protofeministas, ni las feministas andaluzas hipersubvencionadas, ni el Instituto de la Mujer, ni la protoMinistra de Igualdad ni nadie, mientras que todas ellas ponen el grito en el cielo cada vez que se ve a una mujer provocativa tirada encima de un coche, o a una secretaria sexy, o a una enfermera un poco escotada (bueno, aquí el grito también es de las enfermeras), o a una congénere guisando o anudando los cordones de los zapatos de un varón o de un niño. No sólo consideran tales imágenes y mensajes machistas o sexistas, sino que además creen, con alarmante primitivismo, que la publicidad configura la realidad o, aún peor, que la publicidad equivale a la realidad. Por fortuna no es así, y cualquiera sabe distinguir entre esta última y la ficción –salvo, tal vez, los escritores y columnistas y las protos ya mencionadas–. Pero, si fuera como éstas sostienen, yo estaría indignada con la imagen de conjunto que se da en esos anuncios de las mujeres maduras y de las que no lo son tanto. Según nuestra publicidad, son seres llenos de lacras más bien desagradables: sufren pérdidas de orina o incontinencia, no lo sé muy bien; utilizan dentaduras postizas que no se les sujetan a las encías, por lo que se dedican a buscar adhesivos que se las fijen; padecen de hemorroides y, cansadas de “sufrir en silencio”, lanzan a los cuatro vientos que ya hay un alivio ideal; se deben de poner gordas y aun gordísimas, porque se pasan la vida comprando productos para adelgazar; tienen terribles problemas de “tránsito intestinal” y andan a la caza de yogures especiales que se los resuelvan; se arrugan a lo bestia y, ya desde bastante jóvenes, andan untándose toda clase de ungüentos para evitar o retrasar la aparición de los surcos; la piel se les estría, o se les pone “de naranja”, la celulitis las acecha desde temprana edad; y por supuesto se desvencijan y derrumban de tal manera que se operan de todo en centros especializados que jamás sacan la imagen de un varón; hasta se les cae el pelo, pese a haber sido esta una desdicha clásicamente viril; a las más jóvenes les sale acné y a las medianas herpes, escoceduras varias y hasta callos en los pies, que deben ocultar con unas tiritas que además son curativas. En suma, la visión que los anuncios ofrecen de la mujer es la de un ser tirando a grimoso, acosado y asaltado por múltiples tachas oprobiosas. Quitando el olor de pies y el colesterol, la publicidad de cuyos remedios la protagonizan hombres, son ellas las que dan siempre la cara en las ignominias.
Si ustedes se fijan, son casi siempre mujeres, en efecto, las que aparecen como portavoces de lo desagradable. Supongo que en parte se debe a los estudios de mercado, los cuales deben de inferir que los varones son capaces de llevar la dentadura bailándoles en la lengua, o de fastidiarse con las hemorroides, o de engordar como gansos, o de sufrir interminables atascos intestinales, antes que acercarse a comprar cualquier producto que los ayude, y que por lo tanto son las mujeres (o sus mujeres) quienes se encargan de hacer esas embarazosas adquisiciones por ellos. Puede que así sea, pero si yo fuera una feminista de grito en el cielo, lo pondría, mucho más que por la “utilización del cuerpo femenino como reclamo comercial”, por la utilización de la figura femenina como compendio de todas las lacras habidas y por haber. Por fortuna, como he dicho, la publicidad no equivale a la realidad, y en ésta conozco a muchas mujeres de mi edad, más jóvenes y más viejas, que tienen un aspecto estupendo, incluyendo la dentadura, el cutis y el tipo, y que no parecen necesitar nada contra las pérdidas, las hemorroides ni los atascos innobles de ninguna clase.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 19 de julio de 2009
Se ha escrito ya mucho acerca de la actitud del electorado de derechas en las aún no lejanas elecciones europeas. En aquellas Comunidades Autónomas en las que hay dirigentes del Partido Popular más o menos involucrados en tramas de corrupción, o sospechosos de ello, ese partido ha mejorado sus resultados de manera notable, como si, en lugar de castigarlo por el insoportable tufo a podrido, los votantes hubieran decidido recompensarlo. Como si, en vez de indignarse con quienes han cometido abusos de poder o parecen haberlo hecho, con quienes han utilizado sus cargos para enriquecerse o se han apropiado directamente de dinero de los contribuyentes, la furia se hubiera volcado con quienes han descubierto el pastel, han investigado los posibles apaños y cohechos y han alzado el dedo acusador contra los presuntos ladrones y estafadores. Es cierto que hay un elemento sorprendente en esta actitud, o que al menos lo habría sido hace no demasiados años, y no conviene pasarlo por alto. ¿Qué significaría esto? ¿Que a los votantes del PP les parecen bien la corrupción, el soborno y el latrocinio disimulado? ¿Que, si no bien, les parecen normales en política, una especie de “impuesto bajo mano” que nos cobran quienes nos gobiernan? ¿Que, por lo tanto, cada uno de esos electores obraría de la misma forma -corruptamente- de tener un cargo en un ayuntamiento, una diputación, una Junta, una Generalitat o el Gobierno central? ¿Significaría que cuantos han votado al PP, al menos en sitios como Madrid o Valencia, son timadores en potencia, puesto que aplauden y dan el beneplácito a quienes tienen todas las trazas de serlo? ¿Que son gente intrínsecamente inmoral, y que en el fondo envidian a los listillos que han sabido aprovecharse de la política para engañar, rapiñar, colocar a parientes y hacer y recibir favores ilícitos o en todo caso sucios, muy sucios? ¿Que una considerable parte de los españoles son aspirantes a ladrones y admiran y premian a quienes ya han alcanzado esa meta?
De ser esto así, resultaría que vivimos rodeados de individuos que, si creyeran contar con altas probabilidades de impunidad, nos levantarían la cartera al menor descuido, aunque nos hubiéramos portado bien con ellos y no les hubiéramos hecho nada. Estaríamos en una sociedad llena de chorizos vocacionales, lo cual sería muy preocupante y grave hasta la médula. Yo no lo descarto, y además incluiría entre ellos a numerosos votantes de otros partidos: pertenezcan al que pertenezcan los alcaldes y concejales a los que en cualquier localidad se acusa de corrupción, la reacción de los vecinos suele ser de apoyo incondicional al encausado -o ya condenado- y de ira contra el fiscal, juez, periodista o policía que hayan destapado el caso. Una de las argumentaciones más frecuentes para explicar este comportamiento es que dichos alcaldes o concejales “han traído riqueza al lugar”, sin que a casi nadie le importen los orígenes ni el modo de conseguir esa riqueza, si es legal o ilegal, si con ello se han destruido monumentos o paisajes históricos, si el “enriquecedor” ha arramblado por el camino con parte del dinero de los “enriquecidos”, que también serían, por lo tanto, estafados.
Cuando lo propio está en juego, qué más dan las banderías, esto se sabe. Pero lo propio no siempre está en juego, por fortuna, y aun así se vota al corrupto cuyas actuaciones no nos benefician personalmente. Creo que el motivo por el que esto sucede es aún más grave que si se debiera a la proliferación de chorizos vocacionales, y que está muy extendido, más allá de nuestras fronteras y desde hace tiempo. Si recuerdan el juicio a O J Simpson, el famoso jugador de fútbol americano que tenía toda la pinta de haber asesinado a su mujer y al amante de ésta, a la mayoría de la gente de su raza -negra- le traía sin cuidado saber si era o no culpable. Deseaba que fuera exonerado simplemente porque era negro. Y no han sido pocas las ocasiones en que las feministas más brutas y antediluvianas han “exigido” la condena de un acusado de violación, aunque no hubiera pruebas contra él y sí hubiera llamativos indicios de que la acusación era falsa. Con demasiada frecuencia la cuestión es ya sólo “que gane el mío”, sea por negro, por mujer, por blanco, por varón, por derechista o izquierdista. A una gran parte de la población mundial la verdad ha dejado de importarle. De hecho ha elegido no verla aunque se la pongan delante, si no le conviene. Ha decidido de antemano cómo quiere que sean las cosas, y niega cuanto no le gusta o le molesta. Vivimos cada vez más en un mundo en el que la gente no soporta lo que le desagrada, ni lo que le crea dudas, ni lo que la obliga a retractarse o a reconocer que se ha equivocado. Es lo propio de muchos niños y de muchos ancianos: niegan la realidad adversa y prefieren no enterarse. Aún es más: precisamente para contentarlos y no darles disgustos, los adultos tienden a ocultarles las malas noticias y a engañarlos. Para los políticos no existe nada mejor ni más cómodo que esto: un electorado infantilizado o ancianizado, que pide a gritos que se le mienta y anuncia que se creerá las mentiras.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 12 de julio de 2009
Decía Richard Ford, el viajero inglés que en el siglo XIX recorrió toda España a caballo y en diligencia y cuya magnífica serie de libros al respecto se ha reeditado hace poco aquí sin la alabanza que merece, que una de las más invariables características españolas, desde tiempos de Viriato y aun más atrás, era la de tener pésimos reyes, generales, caudillos, mandatarios eclesiásticos, gobernantes y jefes: indignos de confianza, abusivos, despóticos, engreídos, soberbios, incompetentes y metepatas. Ford celebraba que, de vez en cuando, a este o al otro sus subordinados hubieran acabado pasándolos por las armas tras rebelarse contra ellos, pero lamentaba que tan sabia y justa decisión llegara siempre demasiado tarde, cuando el dirigente había cometido todos los estropicios posibles y había dejado inservible o arruinado lo que quisiera que tuviera a su mando.
Es llamativo que esta característica se mantenga al cabo de los siglos, más aún cuando desde hace tres décadas los responsables políticos son elegidos y no nos vienen impuestos, como sucedió casi siempre a lo largo de nuestra historia. Basta echar un vistazo desapasionado a quienes mandan en los partidos, en el Gobierno, en las Comunidades Autónomas y en los Ayuntamientos para comprobar que poco ha cambiado. La mayoría rivalizan en decir y hacer estupideces dañinas. Pero la cosa va más lejos y alcanza a casi todos los ámbitos, de manera que ya no se sabe qué fue antes, si el huevo o la gallina, esto es: si los que tienen poder o podercillo, los que mandan algo en cualquier sitio, sea un Ministerio o una oficina, están ahí colocados por su inoperancia e imbecilidad, o si bien todo el mundo se vuelve inoperante e imbécil en cuanto se le da algún poder o podercillo. Pero miren a su alrededor, cuantos tengan jefes o eso aún más terrible llamado “jefes intermedios”, o cuantos conozcan a personas que los padezcan, y díganme cuántos sienten un mínimo aprecio por ellos, o admiración si es posible.
Cierto que yo no he tenido apenas, y que, de hecho, a la pregunta de las entrevistas “¿Por qué escribe usted?”, a menudo he respondido: “Para no tener jefe y para no madrugar”. Tuve dos en los años en que di clases, uno en Inglaterra y otro en España. Tal vez fue casualidad, pero el inglés (bueno, galés) era un tipo estupendo y eficaz, respetuoso, con sentido del humor y en absoluto autoritario; jamás se metía en lo que no lo concernía y procuraba que su departamento fuera lo mejor posible. El español, en cambio, fue subdirector durante un tiempo en que, por razones burocráticas, no hubo director, luego era él quien lo dirigía todo en la práctica. Bastó con que de pronto se lo nombrara oficialmente director –nada cambiaba de hecho– para que se hinchara, actuara como una madre superiora y se hiciera celoso de sus subordinados, hasta el punto de preferir que su departamento empeorara con tal de que ninguno destacara.
El jefe español –incluidos subjefes o jefes intermedios– se levanta todas las mañanas no pensando en cómo hacer bien su tarea o sacar mejor rendimiento a quienes tiene a sus órdenes (sin explotarlos), sino diciéndose: “Soy jefe, a ver cómo lo hago hoy notar”. Para él, lo importante no es que las cosas funcionen bien gracias a su trabajo, sino saberse por encima de otros y que esos otros dependan de sus decisiones. Por eso está mucho más atento a sus subalternos que a su quehacer. Les da órdenes arbitrarias y contradictorias para pillarlos en falta, y por supuesto jamás admite, cuando sobreviene el desastre, que éste tenga nada que ver con él, de la misma manera que si alguien de su equipo alumbra una buena idea, se apropiará inmediatamente de ella y acabará creyendo que fue suya. Al jefe español le gusta perorar ante sus empleados, les hace perder el tiempo y los abronca luego por los retrasos que él causa. Nada más ser ascendido y aterrizar en su puesto, decidirá que el mundo empieza con su advenimiento y lo cambiará todo, incluido lo que hasta entonces marchaba. Piensa que debe notarse su aparición al instante, y el ejemplo más nítido de esto lo encontramos en los Ministerios, cuyo cada nuevo inquilino despide a todos los cargos del anterior y deshace cuanto éste hubiera emprendido, fuera acertado o no. El jefe español es incapaz de limitarse a administrar, conservar y mejorar: está siempre lleno de peligrosas iniciativas y de ideas imbéciles, que a menudo sólo anuncia –si puede, a la prensa–, para luego no dar palo al agua. Algunos sí se ponen manos a la obra y el resultado es aún más catastrófico: si, por ejemplo, mandan en un Ayuntamiento, deciden erigir un innecesario polígono industrial junto a las ruinas de Numancia y cargarse un paisaje bimilenario; o excavar túneles y aparcamientos superfluos que destrozan las ciudades; o descatalogar los Jardines de las Vistillas (!) para que la Iglesia construya en su lugar mamotretos (algo tan grave como permitir edificar en el Retiro o en el jardín Botánico, que serían solares apetitosísimos). A Ford no le faltaba razón: llegamos siempre tarde.
Por supuesto que hay excepciones, y que esta descripción de los jefes españoles es una generalización, una caricatura y una exageración. Lo malo de nuestro país es que la realidad siempre acaba imitando a su caricatura, y aun la deja pálida.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 5 de julio de 2009
En un país como España cuesta sobremanera tomarse en serio la actual crisis económica, no digamos las políticas encaminadas a combatirla, sean la del Gobierno o la de la oposición, aunque la de esta última ni siquiera sepamos en qué consiste. Lo cierto es que no se habla de otra cosa desde hace diez meses y sin embargo, en conjunto, nada cambia ni se prevé que lo haga. Claro que hay muchos más parados, y que a bastantes se les están ya acabando las ayudas al desempleo y se ignora qué será de ellos. Pueden añadir las dificultades de numerosas empresas, el previsto desmoronamiento de las inmobiliarias salvajes (contra cuyos abusos no hizo nada ningún político, pese a las incontables advertencias de quienes no somos políticos ni economistas, era una cuestión de mero sentido común), la falta de escrúpulos de la banca y lo que ustedes prefieran. Pero no hay manera de tomarse en serio esta crisis cuando yo me siento a escribir esta pieza el jueves 11 de junio y resulta que en mi Comunidad vuelve a ser fiesta, lo cual invitará a muchos ciudadanos a tomarse libre mañana, viernes –es decir, a hacer puente–, y a no reincorporarse a sus tareas hasta el lunes 15. Esto no es algo excepcional, sino la norma. En Madrid, en menos de tres meses, fue festivo el 19 de marzo, jueves, con el consiguiente puente hasta el lunes 23; a continuación, el viernes 3 de abril se inició la “operación salida” de Semana Santa, la cual terminó aquí el lunes 13, pero en muchas zonas del país el martes 14; el viernes y sábado 1 y 2 de mayo volvieron a ser fiesta, y de nuevo lo fue el viernes 15 de mayo, San Isidro; y, como si todo esto no bastara, hoy otra vez, Corpus Christi (?). Esto significa que entre el 15 de marzo y el 15 de junio, han sido más o menos inhábiles 39 fechas, contando sábados, domingos y la Semana Santa entera (pero no el Lunes de Pascua). O, lo que es lo mismo, el 43% de los días, cerca de la mitad de los transcurridos.
¿Es esto serio? ¿Es aconsejable? ¿Es propio de una sociedad inmersa, según se nos repite a diario con cabellos mesados y vestiduras rasgadas, en la más grave emergencia económica desde la Segunda Guerra Mundial? ¿Tiene algún sentido que la producción y la actividad se interrumpan a lo bestia, cada dos por tres? (Y ya verán cómo en verano ninguna población suspende sus jornadas de holganza y ruido llamadas “fiestas patronales”.) Entre las medidas contra la famosa crisis, ¿cómo es que ni a un solo político se le ha ocurrido revisar el disparatado calendario y alterarlo temporalmente? (Confesaré al instante, para los suspicaces, que, al ser yo autónomo, lo normal es que trabaje todos los días, sábados, domingos y Semanas Santas incluidos, cuando me lo permiten las procesiones de los desocupados.)
Tampoco ayuda a tomársela en serio saber que mucha gente que gana al mes 1.500 euros de media está acudiendo a Cáritas a pedir comida porque necesita el dinero para pagar la hipoteca y las letras del coche. Y uno se pregunta quién diablos obliga a nadie a tener un piso en propiedad o a poseer un coche, o quién lo ha convencido de que esas dos cosas se cuentan entre las necesidades básicas e irrenunciables. Igualmente, cada vez que alguien va al paro y sale en televisión contando la miserable situación en que se queda, no suele dolerse de la falta de dinero para comer, o para vestir a sus hijos y llevarlos a la escuela, o para pagar la luz y el agua, sino que, machaconamente, se lamenta de las dificultades que lo aguardan para cumplir con la hipoteca y con los plazos del automóvil. Y vuelvo a preguntarme quién lo obligó a meterse en la adquisición de tales bienes prescindibles. Bueno, los bancos, que ahora escatiman los créditos, fueron los grandes tentadores hasta hace cuatro días, desde luego, pero no obligaban. (También para los suspicaces, me apresuro a decir que vivo en régimen de alquiler y que jamás he tenido coche.)
La morosidad se ha multiplicado en los últimos años, mucho antes de la crisis. ¿Qué clase de sociedad es esta en la que se considera normal vivir permanentemente por encima de las propias posibilidades, y solicitar créditos no para lo esencial ni para lo excepcional, sino para cualquier chuminada o capricho, para celebrar por todo lo alto la comunión de la niña, como si fuera una miniboda, o irse de vacaciones no aquí cerca, sino a Cancún o a Bali? Parece haber, además, una absoluta incapacidad para bajar de las nubes. ¿Cómo voy a renunciar a esto y aquello, si ya lo he tenido?, piensa casi todo el mundo, y, con el habitual espíritu pueril de nuestra época, se vuelve hacia el Estado, como si fuera el progenitor, para que ponga remedio a sus frustraciones particulares. Y el Estado, pusilánime e imbecilizado, da ayudas para que la gente siga comprándose coches (sólo de lujo y contaminantes, si se trata de esperanzaguirreños) y continúa manteniendo todos los improductivos y demenciales puentes que jalonan nuestro calendario. ¿Cómo pretenden los políticos, los economistas, los banqueros, los empresarios y los sindicatos que nos los tomemos en serio?
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 28 de junio de 2009
Hace unos pocos días, Paloma Varela, hija de Soledad Ortega, me hizo llegar una carta de mi madre y otra de mi padre a su madre, “encontradas entre las cosas personales de ésta que quedaban en el campo”, pensando que yo querría conocerlas y conservarlas. Son cartas con sesenta años encima, fechadas el 6 de agosto de 1949, algo más de dos años antes de que yo naciera y unos cinco meses antes de que lo hiciera mi hermano Fernando (el historiador del Arte, no ese novelista con sus mismos nombre y apellido y con el que no tenemos que ver). Según dice mi padre a la amiga, en ese día han transcurrido sólo cuarenta y dos desde la muerte de su primogénito, al que llamaban Julianín, a la edad de tres años y medio. Sobre la desaparición de ese hermano mayor al que no conocí y que se quedó para siempre como hermano menor o hermano-niño, escribí algunas páginas hace más de un decenio en mi libro Negra espalda del tiempo, e intenté aproximarme un poco a lo que su inesperada y rápida y casi inexplicable muerte pudo suponer para mis padres. Pero la imaginación se queda siempre corta en estos casos.
Mis hermanos Miguel (el único que coincidió con él en el mundo, pero no lo recuerda), Fernando, Álvaro y yo supimos desde pequeños de aquel hermano que se había perdido. Un retrato suyo, hecho a partir de una fotografía, colgaba del salón de la casa, con su mirada despierta y su pelo liso y rubio, y había en el sótano unos juguetes que, como es natural, codiciábamos y con los que sin embargo no se nos permitía jugar, porque “eran de Julianín”, se nos decía. No nos costó respetar esa prohibición, ni tampoco asumir y aceptar que el mejor de todos había muerto, lo cual no nos llevó en ningún caso a tenerle celos retrospectivos ni nada que se pareciera a eso. Ni siquiera pensábamos que fuera “el mejor” -vaya por delante que jamás lo expresaron así nuestros padres, pero esa fue la idea a la que nos hicimos- porque hubiera muerto tan pequeño, sino que dábamos por sentado que era así y basta, o si acaso intuíamos que era precisamente por ser” el mejor”, por haber sido un niño tan precoz y maduro como se nos contaba, por lo que se había ido del mundo, como si éste no aceptara de buen grado lo excepcional o lo excelente. En cierto sentido nos sentíamos afortunados. Más tarde, siendo yo ya un joven, cuando murió mi madre y me dio por pensar en ella de manera distinta de como lo había hecho mientras estuvo viva -uno llega casi siempre tarde a las cosas, sobre todo a los conocimientos-, supuse que en su última hora debió de tener a Julianín más presente que a ninguno de los que allí estábamos, seguramente porque él había sido el único de sus hijos que no le había dado disgustos, ni se le había puesto arisco en la preadolescencia, ni enigmático en la adolescencia, ni despectivo y rebelde en la juventud primera. No le había dado tiempo a hacerla sufrir, al menos no conscientemente.
No se sabe bien de qué murió. Mi padre, en sus memorias, Una vida presente, apunta una serie de posibles enfermedades veloces y difícilmente detectables entonces, y añade: “No sé”, como si en el fondo, ante el hecho irrevocable y tan triste, le resultara indiferente la causa. En la carta escrita a su amiga que ahora leo, mi madre habla de la inquietud que sintió pese a que el niño sólo tenía 37 de fiebre, que la llevó a convocar a tres médicos, uno de ellos su hermano, mi tío Ricardo, y menciona “cuarenta y ocho horas de enfermedad que parece sin importancia”. “Después de haberlo cuidado como no creo lo haya sido más niño alguno”, dice, “aún me queda la angustia de que esta contención a que tendemos nosotros, por repulsa al gesto excesivo, me hiciera perder un tiempo en que acaso se hubiera podido hacer algo” . Es decir, se reprocha la pobre no haber cedido más a su aprensión, al oscuro presentimiento, no haber armado más alboroto, por mucho que hubiera parecido injustificado dada la aparente levedad de la dolencia. Eran otros tiempos, en los que a alguna gente la avergonzaba carecer de entereza y mostrarse histérica por cualquier cosa. Más o menos como ahora, ante la nueva gripe. “Cada día que pasa”, dice por su parte mi padre, “es más honda y total la pena, mayor el afán de tenerlo, la necesidad física de su cuerpo querido, la imposibilidad de seguir viviendo sin verlo y oírle la voz y la risa, y sentir su cariño y encontrarlo al llegar a casa, y llevarlo por la calle señalándole las cosas y viéndolo todo como por primera vez, pensando lo que diría al ver cada cosa”. Y dice mi madre: “Es verdad que no le he desperdiciado nada de lo que ha vivido, pero también es verdad que ahora ya no sé vivir sin él… Y no puedo más de nostalgia de su voz, del movimiento de sus manos, de la expresión de sus ojos, del contacto de su piel y de su pelito suave…” Ahora yacen los tres en la misma tumba.
Desde la Ilíada sabemos que un padre o una madre no deberían enterrar nunca a un hijo. También que los demás, los que venimos luego, no podemos sustituir al que ha muerto, no hay sustitución posible. ¿Cómo podría, si al leer unas cartas de hace sesenta años el dolor se hace todavía tan vivo? Espero no haber incurrido yo en” el gesto excesivo”; pero es que algunas cosas nunca terminan.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 21 de junio de 2009
Entre diciembre de 1984 y octubre de 1989, por razones sentimentales que no vienen al caso, volé a Venecia catorce veces, desde España o desde Inglaterra y en una ocasión desde los Estados Unidos. Mis estancias en esa ciudad fueron variables, desde los agitados cuatro días de la primera hasta los setenta de la más estable y prolongada; lo cierto es que a lo largo de aquellos cinco años pasé allí, repartidos, un total de nueve meses, tiempo suficiente para sentir que era un sitio en el que “vivía” parcialmente, mi segunda ciudad, siempre presente, a la que iba y de la que volvía y a la que siempre pensaba que regresaría. En ella escribí buena parte de mis novelas El hombre sentimental y Todas las almas, y llegué a tener una cotidianidad que en modo alguno era la del turista, ni siquiera la del viajero. Me incorporé a la rutina de quienes allí me albergaban generosamente, dos mujeres que compartían casa y que se llamaban Daniela, las distinguía añadiéndole el apellido a una de ellas y poniéndole –por escrito– una doble l a la otra. Las dos trabajaban y salían temprano, por lo que yo quedaba encargado a veces de fregar los platos, hacer la compra (en la medida de mis torpes posibilidades) y otros recados domésticos, ya que disponía de más tiempo. Lo tenía también para escribir esos libros y para pasear la ciudad por mi cuenta, casi siempre sin rumbo, iba viendo lo que encontraba a mi paso, poco a poco, con calma, sin el apresuramiento de los visitantes ni la programación que éstos suelen hacerse cuando cuentan con unas jornadas. Hubo un momento en que estuve a punto de quedarme, hasta había conseguido un trabajo. La última de aquellas catorce veces ignoraba que fuera a ser la última, o –mejor dicho, ahora– que pasarían veinte años hasta la vez siguiente, en este mayo de 2009.
Cuando uno ha vivido en una ciudad lo suficiente, más aún si lo ha hecho intensamente y a edades que resultan ser cruciales en la vida de casi todo el mundo (entre mis treinta y tres y mis treinta y ocho, en este caso), se puede decir que, por mucho tiempo que pase, uno no pierde ese lugar de vista. Lo lleva consigo, incorporado, y no es infrecuente tener la extraña sensación de que uno puede salir de su casa en Madrid, o en cualquier parte, y dirigirse al instante a un punto concreto de esa ciudad alejada, a una iglesia, a una tienda, a una plaza, a le Zattere o a San Trovaso si es Venecia, a St Giles o a Blackwell’s si es Oxford, a Cecil Court o a Gloucester Road si es Londres. No me parecía que hiciera veinte años de mi última estancia, y sin embargo era eso lo que había transcurrido: como quien dice, media vida. Uno está instalado en una realidad muy distinta de la del pasado, y en modo alguno la pierde por la repentina visitación de lo remoto. Pero en más de una ocasión he escrito que el espacio es el único verdadero depositario del tiempo, del tiempo ido. Por eso, cuando uno regresa a una ciudad familiar, se produce una momentánea compresión del tiempo entero, y el que anteayer era lejano en Madrid hoy se hace falsamente cercano en Venecia. Tras unos primeros pasos titubeantes, esos mismos pasos lo llevan a uno automáticamente por los itinerarios olvidados un día antes y de golpe recuperados. Por aquí se va a tal sitio, piensa uno sin apenas pensarlo, y aquel otro queda en esa dirección, y no se extravía ni se equivoca nunca. Aquí estaba la casa, y de ella tuve llave, la dirección era San Polo 3089, ya no puedo entrar, no sólo porque carezca de llave sino porque ya no viven aquí las dos Danielas. Sentado en los escalones que separan el agua –Rio de le Muneghete– de la espalda de la Scuola di San Rocco que yo veía desde la terraza cuando me asomaba haciendo un alto en la escritura de esas novelas ya viejas, fumo un cigarrillo y miro hacia esa casa y esa terraza. Era blanca y sus nuevos dueños la han pintado de color arcilla, pero me digo: es esa, no puede ser otra, ahí estuve yo muchas tardes, ahí dormí yo muchas noches, ahí me levantaba y veía el agua y los escalones en los que ahora me siento, veinte años más tarde.
Por suerte a Venecia no se le permite cambiar apenas, y ahí siguen las barcazas llenas de fruta junto a Campo San Barnaba, por donde hacía la compra torpe; ahí sigue San Giovanni e Paolo, en una plaza que los turistas desdeñan y que en cualquier otra ciudad sería su centro y estaría abarrotada. Y siguen las personas, para mi gran fortuna, y además estoy en paz con ellas. Ceno una noche con las dos Danielas y con Cristina, apenas están cambiadas como si hubieran hecho pactos con algún diablo menor y bastante inofensivo. En su compañía, de pronto, no es que no hayan transcurrido nuestros respectivos tiempos (ya lo creo: se casaron, una se separó, otra está a punto de hacerlo, una tiene hijas, otra se fue a vivir a Florencia y ha venido sólo a encontrarme). Pero la charla y las risas son inverosímilmente parecidas, durante un rato, a como solían ser cuando aún éramos jóvenes. Cuánto alegra comprobar que hay personas y sitios que siempre están, aunque permanezcan lejos o parezcan perdidos. Seguramente sólo se pierde de veras lo que uno olvida o rechaza, lo que prefiere borrar y ya no quiere llevar consigo, lo que no queda incorporado a la vida que se cuenta uno a sí mismo.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 14 de junio de 2009
Si ustedes se fijan y hacen memoria o repaso, es probable que conozcan a poca gente que no anteponga algo más bien impersonal y abstracto a sus relaciones con las personas. Hay una frase que se repite con naturalidad en todos los ámbitos y que no sólo es aceptada, sino que por lo general “queda muy bien” y suscita admiración. Quien la pronuncia suele recibir aplausos y es visto como ejemplo de entrega, de abnegación, de altruismo y hasta de lealtad. Con sus obligadas variantes, se puede escuchar lo mismo en boca de un futbolista que de un político que de un guerrillero, no digamos ya en las de un nacionalista o un clérigo de cualquier religión, que cifran en ella su razón de ser. Yo la encuentro, sin embargo, una frase inquietante si no aberrante, que me lleva a desconfiar inmediatamente de todo el que la haga suya bajo cualquiera de sus infinitas formas. La frase en cuestión viene a decir que algo casi siempre inexistente –o cuando menos inaprensible, o intangible, o amorfo, o invisible– “está por encima” de todo lo demás, y desde luego de las personas: Dios o la Iglesia, España o Cataluña o Euskal Herría, la empresa, el partido, la ideología, el Estado, la revolución, el comunismo, el fascismo, el sistema capitalista, la justicia, la ley, la lengua, esta o aquella institución, este colegio, este periódico, este banco, la Corona, la República, el Ejército, el nombre de cualquier cosa, la cadena tal o cual de televisión, una marca, el Barcelona o el Real Madrid, la familia, mis principios, mi pueblo. Desde lo más ampuloso hasta lo más baladí, todo puede “estar por encima” de las personas y no hay ningún inconveniente en sacrificar o traicionar a éstas en aras de lo que para cada cual sea “sagrado” o “la causa”, ya se trate de ideales, entelequias o quimeras; de imaginarios incorpóreos las más de las veces.
No hay apenas diferencia entre lo que gritan los suicidas islamistas en el momento de inmolarse (“Alá es el más grande”, si no me equivoco) y el primer mandamiento de los cristianos (“Amarás a Dios sobre todas las cosas”, tal como yo lo estudié). El resto son variantes o copias de esta absolutista afirmación, aplicadas a lo que se le ocurra al cenutrio de turno, desde el “Todo por la patria” que ignoro si todavía corona en España los portales de los cuarteles hasta la “Revolución Socialista Bolivariana” o como quiera que llame Hugo Chávez a su proyecto totalitario en Venezuela, pasando por “el ancestral pueblo vasco”, el Rule Britannia, el Deutschland über alles, “la gran patria rusa”, o bien Hacienda, The Times o Le Monde, el Manchester United o la Juventus, la monarquía, la Constitución, la BBC o la RAI o TVE, el Papado o la revolución cultural, por supuesto “el pueblo soberano” y el nombre de cualquier empresa multinacional o local.
La frase en cuestión es a menudo rematada por otra similar, pero aún más explícita: “Las personas pasan, las instituciones permanecen”, como si estas últimas no fueran, desde la Iglesia hasta el Athletic de Bilbao, obra e invención de las personas, y en realidad no estuvieran al servicio de ellas, sino al revés. Lo cierto es que a lo largo de demasiados siglos se ha logrado hacer creer eso a la gente, que todos estamos al servicio de cualquier intangible y que somos prescindibles en aras de su perpetuidad. No es, así, tan extraño que esas afirmaciones categóricas y vacuas gocen de tan magnífica reputación, ni que quien deja de suscribirlas sea tenido por un apestado. ¿Cómo, que no está usted dispuesto a sacrificarse por la empresa, Fulánez? ¿Un soldado que no se apresta a morir por su país en toda ocasión? ¿Un revolucionario que no delata a sus vecinos? ¿Un fiel que pone reparos a hacerse saltar por los aires si con ello mata a tres infieles? ¿Un creyente que no abraza el martirio antes que abjurar de su fe? ¿Un futbolista que no rechaza una jugosa oferta económica para seguir con el club que lo forjó? He ahí ejemplos de un egoísta, un cobarde, un desafecto, un traidor, un apóstata, un pesetero. El que no pone algo por encima de sí mismo, de las personas y de sus afectos sólo se hace acreedor al insulto y al desprecio.
Y sin embargo… Yo me siento mucho más seguro y tranquilo en la compañía de quienes carecen de toda lealtad “superior”, de quienes nunca anteponen ninguna abstracción al aprecio por sus allegados, de quienes sólo se volverán contra mí por mis actos y no por ningún dogma ni creencia ni ideal. Es más, son esas las únicas personas en las que confío, y en cambio nunca podría hacerlo en un religioso ni en un político ni en un militar ni en un nacionalista, tal vez ni siquiera en un creyente ni en un militante ni en un patriota oficial, porque sé que cualquiera de ellos estaría presto a traicionarme o a sacrificarme. Llegado el caso, serían vasallos de lo que hubieran colocado “por encima”, e incondicionales de ello aunque reprobaran el proceder de quienes lo encarnaran. Por eso no me fío enteramente de casi nadie, tan extendido está el sentimiento que da lugar a esa frase. Y si ustedes se fijan y hacen memoria o repaso, verán también, bajo este prisma, de cuán poquísimos se podrán fiar.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 7 de junio de 2009
Durante unos días de hace unas semanas, todas las autoridades de mi ciudad, y parte de las del país, se disfrazaron de felpudos para que pasaran por encima de ellas ocho o diez individuos cuyos nombres eran, son y seguirán siendo desconocidos para la humanidad y cuyos únicos mérito y poder se los confiere su condición de miembros del Comité Olímpico Internacional (COI). Presidentes y presidentas, ministros, alcaldes, secretarios y subsecretarios, deportistas, artistas y hasta el Rey, si no me equivoco, dejaron de lado sus quehaceres y se dedicaron en cuerpo y alma a pasear y agasajar a los individuos en cuestión, que venían a echarle un vistazo a Madrid para considerar su candidatura como sede de los Juegos Olímpicos de 2016. Como me resumió un taxista en aquellos días: “Ya nos los pueden dar, porque se los está tratando como a dioses”.
A la vez, las pantallas de televisión se llenaban de anuncios que no sé bien qué anunciaban. En uno, cursi y mendaz como pocos (y miren que hay competencia en la publicidad, en cuanto a cursilería y mendacidad), una ancianita beatífica expresaba con voz afligida su anhelo de vivir unos años más para ver lo que nunca había visto, ella que tanto había: unas Olimpiadas en su ciudad. En otros, numerosos rostros populares aparecían diciendo todos lo mismo: “Tengo una corazonada”. Se sobreentendía que lo que sus corazones les susurraban era que Madrid sería elegida esta vez. También se ha pillado a mucha gente de renombre haciendo un absurdo ademán-contraseña con la mano abierta, como intentando parar un golpe. Por último, todos esos anuncios los remataba un lema en Spanglish, ideado sin duda por un cerebro de gallina: “Hola everyone”.
Pues bien, lejos de una corazonada, lo que yo tengo es un razonamiento según el cual es imposible que a Madrid se le otorguen esos Juegos (ansiados, según encuestas, por el 90% de la población, aunque casi nadie sepa decir por qué diablos los ansía), ni ningún otro acontecimiento de relumbrón. Lo que me asombra, de hecho, es que las autoridades de la capital y de la Comunidad aspiren a nada, y se gasten cerca de un millón de euros en promoción, y adulen hasta la náusea a los sujetos del COI, teniendo la ciudad como la tienen, y además permanentemente. Son ya veinte años (desde que empezó como alcalde Álvarez del Manzano) los que los madrileños llevamos recibiendo este mensaje de nuestros representantes: “Lárguense. Nos molestan ustedes, nos estorban en nuestras obras y escenificaciones. Esta ciudad no es para vivir en ella, como ustedes pretenden, sino para que nosotros hagamos negocio abriendo y cerrando las calles sin cesar, tirando árboles, ensanchando aceras que nunca han ido abarrotadas, construyendo aparcamientos y estaciones innecesarios, complaciendo a las constructoras y a las empresas de obras públicas, cargándonos las pocas zonas decentes que quedan, como el Paseo del Prado, levantando los suelos para poner sucio granito en su lugar, organizando chorradas que dificulten el tránsito, atronando los oídos con nuestras maquinarias, horadando túneles. ¿Qué hacen ustedes intentando pasear, descansar, trabajar, dormir, vivir? No es lugar para eso. Ustedes no cuentan. Váyanse de una puta vez”.
Y así, ¿cómo va a concederle nadie nada a un sitio sucio, caótico, perpetuamente destripado, ruidoso, incivilizado, invivible? Cualquier visitante se queda atónito y espantado. En la Plaza Mayor conviven el chabolismo y las meadas; la Puerta del Sol lleva cinco años (!) reventada, llena de mariachis y de mendigos salidos de la Corte de los Milagros (uno sin brazos, otro sin piernas y en ese plan, clama al cielo que el Ayuntamiento no se haga cargo de esa pobre gente); Serrano convertida en paisaje bélico por lo menos hasta 2011 (!), como Alcalá; dentro de nada correrán la misma suerte el Paseo del Prado y Colón y Callao, todo céntrico y todo a la vez, sin necesidad, sin sentido, sin mejora posible. Madrid es la ciudad del mundo en que se hacen más obras y menos lucen sus resultados. Parece regida por dementes desatados. Hace poco pasé por Sol. Se celebraba el Día de Europa o algo así, había carteles que rezaban: “Puerta del Sol, puerta de Europa”. Mientras las perforadoras de la superflua estación concebida por Álvarez Cascos (ya ha llovido) repiqueteaban a lo bestia, un coro de niños intentaba cantar junto a ellas, delante de la sede de Esperanza Aguirre. Hay que ser muy “cojonuda” –como opina de ella el grosero presidente de la patronal, Díaz Ferrán– para llevar a esos críos a cantar a Sol. Es un ejemplo entre mil de lo que sucede aquí sin cesar.
Lo siento por el 90% de mis conciudadanos, pero no puede haber Juegos Olímpicos en Madrid. No mientras la ciudad siga siendo un campo de minas y zanjas y vallas y estruendos y andamios. Todas esas autoridades, si de verdad quisieran una Olimpiada, lo primero que harían sería permitir vivir aquí. Es decir, pasear, respirar, trabajar, descansar, dormir. Dejarnos en paz. Es ya una cuestión de supervivencia: somos nosotros o ellos. Que se vayan ellos, por favor.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 31 de mayo de 2009
Feria del libro de Madrid
Hoy domingo, 31 de mayo, por la mañana (de 12 a 14 horas), en la caseta n.287-288 de la Librería Visor, Javier Marías firmará su obra.
No sería yo un madridista noble (eso no es un oxímoron, ni –ay– tampoco una redundancia) si dejara pasar aquí el humillante 2-6 que nos ha infligido esta temporada el Barça. Nunca creí que me tocaría revivir una sensación como la de 1973, cuando Cruyff y los suyos ganaron 0-5 en Chamartín. Lo más pesado de aquello fueron los muchos años que les duró la exaltación a los barceloneses. A finales de 1974 yo me fui a vivir a Barcelona, y hasta que me marché, en 1978, cada vez que me presentaban allí a alguien y ese alguien se enteraba de que yo era madrileño (mi madridismo no era por entonces vox populi), agitaba la mano abierta durante unos segundos y acompañaba el gesto de una sonrisita más enigmática que amistosa. ¿Por qué saludarán de esta forma tan rara?, me preguntaba. Hasta que comprendí que se trataba, invariablemente, del recordatorio de los cinco goles (lo que se llama, en efecto, “una manita”) que habíamos encajado en nuestro campo. Ahora no sé a qué ademán recurrirán para restregarnos ese 2-6, quizá nos saluden con las dos manos, una abierta como entonces y la otra con el índice enhiesto, o acaso opten por levantarnos el dedo corazón, para mayores grosería y escarnio.
No es que yo esperara nada del Madrid. Es más, en una entrevista del diario As había pronosticado un 1-2 a favor del Barça y había reconocido el abismo existente, a lo largo de la Liga, entre el juego de los dos equipos. No me costó demasiado rendirme a la evidencia. Cualquier buen aficionado al fútbol, independientemente de sus colores, sabe ver que el Barça juega de maravilla, y lo que siente es sobre todo envidia. Ahora bien, ese equipo se ensañó en su superioridad, algo que el Madrid no suele hacer: recuerdo cómo, hace años, tras meterle el Madrid de Valdano un 5-0 en Chamartín, aflojó el ritmo, no quiso humillar al rival ni hacerle sangre. De manera que, cuatro días después, cuando el Barcelona visitaba Londres para enfrentarse al Chelsea en la Copa de Europa, decidí ir con los de Stamford Bridge pese a que en el partido de ida, en el Nou Camp, había ido con los culés. Que un madridista pueda ir con el Barça en alguna ocasión es algo que irrita sobremanera a los seguidores de este club. Primero se quedan desconcertados, creyendo que se les toma el pelo. Luego, al ver que uno va en serio, buscan una razón negativa: “Ah, ya. Como el Barça sólo ha ganado hasta ahora dos Copas de Europa, preferís que no se acerquen otros a las nueve que habéis conquistado, como el Milán con sus siete o el Liverpool con sus cinco”. Sólo parecen concebir motivaciones mezquinas.
Así que llegó el día del Chelsea, y aunque este fue mi equipo inglés favorito (antes de que lo comprara el magnate ruso Abramovich, que lo ha ensuciado), a los pocos minutos me di cuenta de que “no me salía” apoyarlo, pese a mi determinación previa. Quizá me influyó que la persona que más quiero es culé apasionada, y pensé que estaría sufriendo. Y sin duda el hecho de que, aunque bastantes catalanes no nos tengan a los demás por tales, yo no puedo evitar sentirlos compatriotas, es decir, parte de mí o de nosotros (guste o no, son ya muchos siglos caminando juntos y padeciendo infortunios semejantes). Considero a Guardiola un hombre inteligente y además me cae bien, lo mismo que el grueso de los jugadores actuales (aparte Henry y Alves y Eto’o, tirando a chulos). Tan sólo cuatro días después del 2-6, por tanto, me vi animando al Barça y me alegré cuando Iniesta marco el gol del empate. Claro que unos minutos más tarde empecé a arrepentirme, al ver a sus hinchas con camisetas que llevaban estampado: “2-6, yo estuve allí” o alguna memez por el estilo. Estuvimos todos, qué se creen.
Ya no sé qué hacer, estoy enloquecido. El miércoles próximo el Barcelona disputa la gran final contra el Manchester United, que me cae como un tiro, entre otras razones por el antimadridismo furibundo de su chicloso entrenador, Ferguson, que se dedica a propalar falsedades sobre los títulos ganados por el Madrid en la época de Di Stéfano, afirmando que se los debió a Franco (hay que ser tonto: como si Franco hubiera tenido nunca influencia en Europa y el Madrid no hubiera sido una presa más del franquismo). Iré, así pues, con el Barça, para rabia de culés rabiosos. Al fin y al cabo su fútbol me encanta, y además forma parte de la historia pasional de cualquier merengue.
En cuando al 2-6, todos los futboleros sabemos cuán poco duran las tristezas y las alegrías. Tras el 0-5 de 1973, el Madrid se levantó y cayó varias veces. Pero ganó tres Copas de Europa más, en 1998, 2000 y 2002, tantas como espero que el Barça haya obtenido en toda su historia después del miércoles. Eso sí que no hay quien lo mueva, eso sí que no se olvida. Sólo confío en que nuestro futuro Presidente traiga de entrenador a Laudrup (en vez de a un paquidermo), el único técnico actual que puede competir con Guardiola en juventud, inteligencia, educación, modestia, atención a la cantera y concepción generosa del juego. A los madridistas no nos basta con ganar, y él es el único que puede conseguir un día que veamos a una especie de Barça vestido de blanco.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 24 de mayo de 2009
Lo de España y sus famosas “fuerzas de paz” –es decir, lo que antiguamente se conocía como el Ejército o las Fuerzas Armadas– ya no se sabe si provoca risa o desolación. Desde hace tiempo todos nuestros Gobiernos, sin duda para tranquilizar a una ciudadanía desaforadamente pacifista y tiquismiquis, nos han vendido que las intervenciones de nuestras tropas en el extranjero son “solidarias” si no “humanitarias”. Ni un solo soldado nuestro se desplaza a ningún sitio si no es para hacer el bien, ayudar a reconstruir un país, proteger de quien sea a la pobre población, entregar flores a los niños y por supuesto no disparar un solo tiro, así los estén degollando los fanáticos o bandoleros de cada lugar. Somos el único país que tiene un Ejército no para la guerra sino para la paz, faltaría más, dónde se han visto militares que entren en combate, disuadan e infundan temor en los enemigos y demás antiguallas belicistas condenables, crímenes todos contra la humanidad que nosotros jamás vamos a cometer. Los españoles de hoy somos justos y cristianos, ofrecemos siempre la otra mejilla, y muy terribles se tienen que poner las cosas para que osemos repeler un ataque, qué es eso de responder con disparos a los disparos, así sólo se consigue crear una espiral de violencia y aumentar la tensión.
Y eso nunca, en escenarios de guerra o similares. Es lo que han ordenado la Ministra del ramo y el Estado Mayor de la Defensa para los casos de barcos españoles secuestrados por piratas en el Índico. “Los militares españoles sólo podrán utilizar la fuerza letal cuando esté en riesgo la vida de los marineros secuestrados, pero no para evitar que los armadores tengan que pagar rescates”, decía la noticia. Y añadía: “Se trata de un protocolo muy restrictivo, que contempla el empleo de la fuerza como último recurso, de forma proporcionada y progresiva, y evitando a toda costa una eventual escalada de la tensión” (las cursivas, mías). Mecachis, y yo que creía desde la infancia que el asalto y abordaje por parte de un barco pirata era una situación de máxima tensión difícilmente superable. Pues no, ya ven, toda la vida equivocado. Para el Ministerio de Defensa sólo hay máxima tensión, y está autorizado el uso de la fuerza letal, en el momento en que los piratas empiezan a hacer desfilar por la plancha a sus rehenes, camino del fondo del mar, o a cargárselos en cubierta con tiros en la nuca o decapitaciones. “Al contrario que los Estados Unidos y Francia, que en los últimos días han liberado por la fuerza dos embarcaciones secuestradas, matando a cinco piratas, España sólo contempla el uso de la violencia para salvar la vida de los rehenes, que es la máxima prioridad”, proseguía la noticia. Por fortuna matiza nuestro Ministerio: “Un rescate por la fuerza podría estar justificado si los piratas adoptan actitudes más violentas hacia sus secuestrados, lo que no se puede descartar tras los últimos incidentes”. Supongo que los marinos españoles, en sus fragatas, sabrán por arte de magia, o a través de algún médium, en qué instante a dichos piratas –fuera de su campo visual y de su alcance– les ha dado por ponerse “más violentos” con sus cautivos. Y entonces sí, ah, entonces que se preparen, porque haremos uso de la fuerza letal, aunque estemos a centenares de millas y no tengamos ni idea de dónde se encuentran, ni ellos ni sus prisioneros brutalizados. Pero ojo, antes habrá que cerciorarse de que están pasando a éstos a cuchillo, no vayamos a contribuir “a una eventual escalada de la tensión”.
Seguro que nuestro Ministerio no vio la suficiente en el ataque que pocos días después sufrió el crucero italiano Melody, con casi mil pasajeros a bordo. El propio jefe de los asaltantes, Mohamed Muse, se lo contaba decepcionado a France-Presse en Mogadiscio (curioso mundo en el que este individuo hace declaraciones a una agencia de información): “La captura de un barco tan grande habría representado una nueva era de la piratería”, se lamentó como quien habla de un récord fallido para el Guinness. “Pero los del crucero utilizaron una táctica inteligente y no pudimos subir a bordo. Estábamos listos para capturarlo, realmente los acribillamos a balazos, pero es un barco imponente y sólo contábamos con diez hombres”, se excusó. La “táctica inteligente” del Melody consistió, entre otras argucias, en “repartir las pistolas de la caja fuerte entre el personal de seguridad” y movilizar a cincuenta marineros. Y, tras alguna que otra artimaña, “nuestros hombres empezaron a disparar y los piratas desistieron”. Fatal, oigan, fatal, por lo menos para nuestro Ministerio, que en modo alguno se habría permitido reaccionar tan desproporcionadamente, acrecentando la tensión. ¿Acaso estaba en peligro la vida de los secuestrados? Pero por favor, si ni siquiera habían secuestrado aún a nadie, los pobres piratas. Cómo íbamos a dispararles. Sólo estaban acribillándonos a balazos e intentando capturar a unos mil, y una mera tentativa no es motivo para abrir fuego. Recuerden que somos humanitarios, y abnegadas fuerzas de paz.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 17 de mayo de 2009
A mi regreso de un viaje llamé a Arturo Pérez-Reverte con preocupación. Me la habían causado dos artículos suyos, publicados durante mi ausencia, en el suplemento en que escribe todos los domingos. (No soy indiscreto al relatar esta conversación, ya que se refirió exclusivamente a cosas que él mismo había revelado a millones de lectores.) “¿Cómo es eso de que desayunas crispies y un vaso de leche y que mientras tanto hojeas revistas del corazón?”, le pregunté, pues eso había confesado en la primera de sus columnas. Y añadí: “Nada en contra de nada, pero me extraña que lo hayas contado. Estoy seguro de que muchos seguidores se habrán quedado perplejos: habrían esperado que desayunases chistorras y huevos fritos, o en su defecto un carajillo, y que hojearas viejas Hazañas bélicas o por lo menos Rip Kirby. ¿Y qué es eso de que has vuelto a ver en DVD Las cosas del querer” (la notable película de Jaime Chávarri, como contaba Pérez-Reverte en la segunda columna) “y que en el coche vas oyendo a menudo copla española? Me temo que tus lectores estarán estupefactos. Esperarán que repitas Río Bravo o ¡Hundid el Bismarck!, que ya sé que también ves con frecuencia, y que al conducir escuches a tus Tigres del Norte, o canciones de piratas, o unas buenas marchas militares, aunque sean británicas”. Su respuesta, que vino tras una carcajada, fue noble y parca, como le cuadra a él: “Tienes razón. Voy a llevar más ojo, me estoy amariconando”.
La verdad es que lo honra haber admitido todas estas costumbres que en principio no casan mucho con la imagen aguerrida que se tiene de él. Somos pocos los que confesamos no ya nuestras “debilidades”, sino ciertos gustos que, por uno u otro motivo, nos parece que “no quedan bien” o que no son acordes con la personalidad que nos hemos forjado de cara al exterior, y no hablo sólo de las personas más o menos públicas, sino de cualquier particular. A muchos de éstos les cuesta reconocer, ante sus amistades o conocidos, que disfrutan con músicas o películas o programas no ya “impropios” del carácter que exhiben, sino directamente abominables. A veces tenemos una justificación que analicé hace diez años en un artículo titulado “Ídolos de la aberración”: hay personajes, emisiones, espectáculos que nos horripilan tanto que no podemos apartar la vista o el oído de ellos. Es la fascinación del horror. Permanecemos clavados ante la televisión o la radio, incapaces de zapear o de mover el dial, embriagados por la incredulidad y el espanto. Sé de gente normal que no se perdía unos maitines del Monaguillo Colérico ni un teledragó de Dragó, para comprobar el nivel hasta el que podían bajar. (Descuiden, no me engaño: también sé que hay personas que leen religiosamente esta página para odiarme a gusto y decirse: “Es que lo de este tío no tiene nombre”.)
No voy a ser menos que mi colega Alatriste, luego voy a confesar. Nada puedo decir de mis desayunos porque más bien no desayuno: bebo un poco de Coca-Cola sin cafeína, y si tengo hambre (no suelo), un “esencial de pera”. No me da tiempo a hojear nada. Los lectores memoriosos saben que he sido fiel seguidor de Los Soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood, Mad Men y 24, pero estas series (dudosa la última) entran dentro del buen gusto convencional. Lo que nunca he dicho es que también he seguido –a ráfagas, bien es verdad– Los Serrano, francamente zafia en su conjunto; que estoy viendo algún episodio de Águila Roja, que de niño no habría tolerado ni en tebeo; que desde hace varias temporadas procuro estar al tanto de Amar en tiempos revueltos, inicialmente porque en su equipo de guionistas está una gran amiga mía, Julia Altares, y luego por acostumbramiento, dado que se trata de una producción digna para ser cotidiana, aunque irregular; y que de vez en cuando me asomo a Dónde te escondes, corazón (aquí sí por el horror). También confieso que algunas noches me pongo viejas comedias ñoñas de la insoportable Doris Day, y en cuanto a música, me entusiasman el calypso y las broncas baladas irlandesas de The Dubliners y The Clancy Brothers, que también le gustan a Bob Dylan, uno siempre busca afinidades ennoblecedoras. (La música en español no la aguanto, salvo las rancheras y poco más, ahí tengo poco por lo que sonrojarme.)
Todos tenemos gustos o pasiones indecentes o que, aunque no lo sean, solemos ocultar. Hace poco me contaba por carta John Ashbery, candidato al Nobel y el poeta de mayor prestigio de su país, que a sus ochenta y un años le encantaba ponerse las películas más absurdas (musicales demenciales y comedias ridículas de los cincuenta). Ojo, es lo que se llama un poeta serio e intelectual. Me pregunto qué hace que nos gusten cosas que sabemos que son mediocres o malas, y qué nos lleva a callar ese gusto. Quizá todos necesitamos ser vulgares al menos un rato al día, y sentirnos masa, y en compañía abundante, para ayudarnos a entender el mundo y por tanto a nosotros mismos, que nunca somos tan distintos unos de otros. Curiosamente, en lo que no sé permitirme “desfallecimientos” es en lo que practico, la novela: no me veo leyendo El perro con el pijama de rayas ni El incidente de los cometas en el crepúsculo ni La chica que soñaba con los números primos. Quizá debería aprender a arriesgarme, también en ese campo.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 10 de mayo de 2009
Uno de los primeros avisos fue probablemente Clement Attlee, que la mayoría de ustedes no tendrá ni idea de quién fue, lo cual ya dice algo al respecto. Ese hombre, sin embargo, derrotó estrepitosamente en las urnas a Churchill, y no en unas elecciones cualesquiera, sino en las de 1945, recién terminada la Segunda Guerra Mundial que su rival tanto había ayudado a ganar. No es que Attlee fuera despreciable: se trataba de un laborista muy digno, que intentó con todas sus fuerzas que su país apoyara a la República Española durante la Guerra Civil y que hasta cierto punto creó el Estado del Bienestar. Fue más que nada con eso con lo que sedujo a sus compatriotas, cansados del esfuerzo inmenso de la Guerra, durante la que Churchill les había anunciado y pedido, en cambio, “sangre, denuedo, sudor y lágrimas”. Quizá ya habían derramado bastante de las cuatro cosas.
Claro que el precedente fue Hitler, y mucho más grave, el cual alcanzó el poder en unas elecciones que no ganó exactamente, pero que le permitieron gobernar tras algunos pactos con otros, algunas renuncias de otros y no pocas amenazas a todos. Sea como sea, su régimen salió de las urnas, no de un golpe de Estado ni de la toma de ningún Palacio. Con esto quiero recordar que no hay mejor sistema que el democrático ni otra manera decente de llegar al poder que mediante elecciones populares, pero que la gente, con frecuencia, elige el horror, o lo peor posible, o la vulgaridad, o lo grotesco. Hay épocas medianamente sensatas y épocas lunáticas. En estas últimas los votantes se comportan como anormales, difícil saber por qué. Me temo que la actual es una de ellas, a grandes rasgos y con sus excepciones. Cada vez que se celebra una cumbre de Presidentes de Gobierno se le cae a uno el alma a los pies, y en lo que llevamos de año ya ha habido unas cuantas.
Por Italia acude Berlusconi o el summum de lo grotesco: lo mismo deja plantada a su anfitriona, Angela Merkel, que lo espera en vano para darle la bienvenida mientras él gesticula por su telefonino como cualquier grosero de restaurante o de tren, que se lanza a dar voces ante sus homólogos para llamar a Obama: “¡Mr Obama! ¡Mr Obama! ¡Aquí estoy, soy Berlusconi!” Luego, de vuelta en su país, aconseja a los afectados por el terremoto de los Abruzos, que se han quedado sin casa y han perdido a seres queridos, que vean su situación como “un fin de semana de camping”, y a continuación su popularidad asciende hasta el 75%. Si la reacción de los italianos no es de anormales, díganme en qué consiste la normalidad. Por Francia acude Sarkozy, de quien ya dije en esta página que era como Louis de Funès, sólo que con pelo, y que se creía Superratón, volando de aquí para allá a ver si puede rescatar a alguien y ponerse la capita. Últimamente ha andado lento de reflejos o se ha acobardado: no lo he visto desplazarse en persona a luchar contra los piratas somalíes con una bandana en el cabezón, como habría sido de rigor, y sí en cambio tocarle el culo a su señora ante una batería de fotógrafos. Para mí que se está aburguesando y berlusconizando: comparte con su colega italiano los coturnos disimulados y los ademanes de estrella del porno en promoción. Hasta hace cuatro días, por los Estados Unidos acudía Bush Jr, sobre cuyas meteduras de pata, ridículos bailoteos y pésima dicción no hay, por fortuna, nada más que añadir. Por Rusia, Putin, un tipo dado a hacerse fotos con el torso desnudo y con botas, fingiendo que está a punto de matar un oso o un jabalí. En cuanto al nuevo Presidente de Chechenia, al que acabo de conocer por televisión, sólo sé que parece un portero de discoteca y que lleva en la mano un rosario musulmán con el que juguetea chulescamente. No llegará a ninguna cumbre, pero el individuo promete, en el ya reinante territorio de lo grotesco. Lo que ignoro es si ha sido elegido o nombrado a dedo por Putin entre dos de sus cacerías nudistas. El que sí ha sido elegido es Ahmadineyad, de Irán, un tipo con aspecto cenizo que persigue a las mujeres que dejan asomar un mechón de cabello en su país. También fue elegido Evo Morales, cuya última incomprensible hazaña ha sido iniciar una huelga de hambre con colchoneta y todo. Esta es una verdadera innovación grotesca, muy difícil de igualar: esa clase de huelgas se solían llevar a cabo para presionar a los gobernantes, pero el señor Morales es el gobernante máximo de su nación. ¿Se imaginan a Berlusconi, Sarkozy o Medvédev haciendo lo propio para conseguir que el Parlamento apruebe las leyes que ellos desean? La verdad es que yo sí, y no me extrañaría que la idea se la hubiera brindado Hugo Chávez, que tal vez la tenía en la recámara si no lograba sacar adelante su enésimo referéndum megalomaniaco. De momento está encarcelando, entre berrido y canción, a cuantos le hacen penumbra en algún barrio escapado a su dominio totalitario.
Hay que congratularse de que en España no estemos tan mal: por ahora nuestro Presidente y nuestro jefe de la oposición rivalizan tan sólo en insustancialidad. Claro que después del Gobierno que nos ha dejado el primero con sus nuevos nombramientos penosos, más vale que empiece a hacérselo mirar. Al fin y al cabo le ha cogido gusto a lo de asistir a cumbres y se nos puede contagiar.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 3 de mayo de 2009







