La zona fantasma

14th Marzo
2010
written by zonafantasma

He oído contar que algunos ministros, subsecretarios, presidentes autonómicos y alcaldes, cuando pierden sus cargos, atraviesan un periodo de depresión y sobre todo de desconcierto. No es sólo que de repente nadie los llame, tras haber pasado una temporada de su vida agobiados y halagados por la actividad frenética y las peticiones; no es sólo que dejen de sentirse fundamentales y se perciban súbitamente como inútiles, y que ya no se solicite su presencia hasta hacía poco tan codiciada; ni siquiera que carezcan de poder decisorio tras haberlo disfrutado e incluso haber abusado de él sin escrúpulos. Al parecer se quedan perplejos al encontrarse sin ayudantes ni secretarios ni telefonistas, al tener que hacer por sí mismos las cosas más normales. Recuerdo que me hablaron de uno que se quedó estupefacto cuando redescubrió que le tocaba ir al estanco si quería tabaco, acostumbrado como había estado a que se lo trajera un ordenanza y a no molestarse nunca con los recados de la vida diaria; cuando volvió a encontrarse con dificultades para pillar un taxi en hora punta, después de años con un coche oficial a su permanente disposición; cuando se vio haciendo cola para la ópera o para un teatro, tras haber gozado de la seguridad de un palco en cualquier espectáculo que se le antojara ver.

Me acordé de esto hace unos días cuando vi en televisión, en segundo término (ella no era el objeto de la noticia), a una ex-ministra bastante reciente y me costó caer en la cuenta de quién era. “Esta cara me suena mucho”, pensé, “¿de qué la conozco?”, sin ni siquiera estar seguro de si era alguien a quien había visto en la vida real o sólo en fotos y telediarios. Tuve que hacer un inverosímil esfuerzo para ponerle nombre: “Ah, claro, pero si es aquella ministra que tanto dio que hablar y a la que contemplábamos a diario en la prensa, en realidad hace muy poco”. Es cierto que esto puede ocurrirnos con cualquier rostro “famoso” que se pasa de moda: el de un actor o un cantante, el de un deportista una vez retirado, el de un escritor o un pintor célebres. Todos nos hemos sorprendido alguna vez, de hecho, al leer la necrológica de alguien a quien creíamos muerto hacía siglos. La última vez que me sucedió fue con la actriz Jennifer Jones, fallecida hace unos meses, y a quien casi creía enterrada desde que la mató Gregory Peck en Duelo al sol, cuando interpretaba a la vehemente mestiza Perla Chávez. En nuestra época es inconcebible la rapidez con que se fagocita y olvida todo, a la cual contribuye, además, la proliferación de torneos, acontecimientos, galas, hitos y premios. ¿Qué película ganó el Oscar del año pasado? Me resulta imposible recordarlo a bote pronto, más aún quiénes se llevaron los de mejores actor y actriz, y eso que me gusta el cine. Sé qué equipo se alzó con la última Copa de Europa porque fue español, el Barcelona, pero si me preguntaran por el anterior campeón tendría que hacer un considerable esfuerzo de memoria y aun así me cabrían dudas. Lo mismo me sucede con el último vencedor del Tour, un español, pero en modo alguno sé quién lo antecedió en ese podio. En cuanto al Premio Nobel de Literatura, está reciente su concesión a Müller, pero si debo decir quién lo obtuvo en la anterior edición, hay un blanco en mi cabeza. ¿Qué decir del Cervantes o del Príncipe de Asturias, del Nacional de Narrativa o del de la Crítica? Por no hablar de los incontables premios que organiza el Grupo Planeta y que suelen ir ganando los mismos autores en rueda (el propio Planeta, el Primavera, el Nadal, el Biblioteca Breve, el Fernando Lara y qué sé yo cuántos más). ¿Quién ganó la Copa de la UEFA? Ni idea. ¿Y la Vuelta a España? ¿Y los más recientes Wimbledon y Roland Garros? ¿Y los Festivales de Cannes, Venecia, Berlín o San Sebastián? No hablemos de los Goya del año pasado, o de los Bafta, o de los César, o de los Golden Globe Awards y los Grammy. Casi nadie recuerda nada y a casi nadie le importa, más allá de un minuto. La gente se afana y trampea por triunfar en competiciones u obtener distinciones que cada día dejan menos huella, entre otras razones porque hay demasiadas y nuestra memoria no da abasto. Ganar o perder viene a dar lo mismo.

Si esto ocurre con quienes más o menos dependen de su mérito, ¿cómo es que los políticos son tan arrogantes e ingenuos para creer que sus personas tienen alguna importancia? ¿Cómo es que se los ve tan satisfechos y envanecidos, a menudo tan farrucos y desdeñosos, si deberían estar muy al tanto de que sólo los ha elegido un gerifalte de su partido y de que a la mayoría no los conocía ni dios antes de que los designaran para tal o cual cargo? Los que tienen “tirón electoral” son cuatro gatos, y el resto está donde está de prestadillo, por capricho, amistad o pacto. Todos son carne de olvido. ¿Quién recuerda hoy a los ministros de González o Suárez, no digamos a los de Franco, con alguna excepción que confirma la regla? ¿Quién recuerda a quienes se sintieron casi omnipotentes un día? Todos deberían mirarse cada mañana en el espejo y decirse: “Estoy aquí para prestar un servicio y por mí mismo no soy nadie. Mi destino es volver a ir por tabaco al estanco y vérmelas y deseármelas para encontrar un taxi, como cualquiera de esos ciudadanos a los que hoy mando y maltrato. Dentro de un tiempo esta cara aparecerá por azar en la televisión y la gente se dirá ‘Me suena’, y ni siquiera acertará a ponerle mi nombre”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de marzo de 2010

7th Marzo
2010
written by zonafantasma

Escena primera. Se habrán dado cuenta de que las personas que están delante de uno en cualquier tipo de cola tardan siglos en solventar sus asuntos. Si es la de un cajero automático, se pasan larguísimo rato desentrañando los diferentes pasos que hay que dar para algo tan simple como sacar dinero o consultar un saldo, como si siempre fuera la primera vez, o bien llevan a cabo infinitas operaciones distintas, una tras otra, hasta el punto de que uno se pregunta si estarán confundiendo la pantalla con la de un vídeojuego o con el panel de una máquina tragaperras. Cuando por fin le llega a uno su turno, tarda pocos segundos en hacer lo que se proponía. Aquí cabe la duda de si medimos injustamente el tiempo propio y el de los demás, el de la actividad y el de la espera. La duda se disipa cuando uno decide intercalar otro recado y regresar más tarde, y a menudo se encuentra con que el sujeto que bloqueaba el cajero todavía permanece allí, como si estuviera ante un jeroglífico.

Escena segunda. Lo mismo, pero agravado, ocurre en la cola de una agencia de viajes o de cualquier taquilla. Parece que quienes lo preceden a uno empiecen a pensar en el recorrido que desean efectuar, en el día, la hora y el medio de locomoción, sólo una vez que ya están en la agencia o en la estación. Le llegan a uno retazos de disquisiciones sin fin, de dudas existenciales que se podían haber resuelto en casa, de perplejidades cuando la persona en cuestión se entera, allí mismo, de que a Tenerife es imposible llegar por ferrocarril y cosas por el estilo. Yo he visto tirar de mapa a las empleadas, desplegarlo ante los ojos del cliente e intentar demostrarle que entre Barcelona y Mallorca hay mar.

Escena tercera. En todas partes, y en las tiendas no digamos, existe un tipo de comprador particularmente sádico. Es aquel que va anunciando que ya está a punto de terminar sus gestiones: “Y, por último …”, suele decir. Cuando oigan eso, desesperen, porque es siempre mentira. A quien eso proclama es seguro que aún le quedan tres o cuatro consultas más. Otra modalidad es la del individuo que, cuando ya ha acabado, ha pagado y parece que se dispone a marcharse, se acuerda de algo más: “Ah, y deme también una goma de borrar”. El de la papelería busca gomas, el cliente duda, por fin se decide por una, aquél se la envuelve, se la cobra aparte, y, cuando uno cree que todo ha concluido de veras, el sádico añade: “Ah, una cosita más …” Y cuando esa cosita más ha sido servida, y envuelta, y cobrada, el torturador todavía preguntará dónde queda una calle, o dónde puede encontrar sandías por la zona, o cualquier otra cosa que ya nada tenga que ver con la tienda en cuestión. Me alegro de no portar armas normalmente, porque a estas alturas ya estaría cumpliendo varias penas por homicidio.

Escena cuarta. Lo normal es que toda compra o gestión se vea además interrumpida y alargada por un par de llamadas telefónicas, que el dependiente, cajero del banco o taquillero atenderá inmediatamente con gran solicitud. A ninguno se le ocurre que la presencia física de alguien –que ha esperado lo suyo a ser atendido– debería tener absoluta prioridad sobre una mera voz que, de hecho, se está colando con impunidad. Es al revés: el cliente que se ha tomado la molestia de desplazarse hasta el lugar será siempre postergado en favor del comodón que llama desde su casa o su móvil para preguntar cualquier sandez.

Escena quinta. Es frecuente, asimismo, que los empleados sean bisoños o ineptos y requieran la ayuda de un compañero. Por lo general ese compañero al que se recurre es el que está atendiéndolo a uno, y si éste no basta, se reclama a un tercero. Yo me he encontrado con frecuencia privado del que por fin se ocupaba de mí mientras tres de ellos se volcaban en solucionar las vacilaciones del pelma de turno. Confieso que también en estas ocasiones he deseado estrangular con mis manos, al no soler portar armas, como he dicho.

Escena sexta. Uno asiste a la conferencia o charla de un escritor, por ejemplo, al que le interesa oír. Se encuentra con que junto a él hay sentadas otras tres personas, pese a que lo anunciado no era un coloquio ni una mesa redonda. Una de ellas está allí para presentar a las otras dos, las cuales están para presentarse la una a la otra y de paso al escritor. Lo más probable es que empiecen diciendo: “Fulanito de Tal no necesita presentación …” Mal asunto, porque a continuación, y en vista de eso, enumerarán desde la fecha de su nacimiento hasta su última publicación, cuanto puede leerse en una solapa de libro o en Internet. El principal presentador del escritor saca entonces unos folios y anuncia que va a leer “algo muy breve”. Pésimo asunto, porque es garantía de que será larguísimo y aburrido y de que consumirá buena parte del tiempo destinado a la intervención del conferenciante. A veces éste tiene que tomar un tren o un avión justo después, y lo advierte, pero eso no impedirá que ninguno de los presentadores de los presentadores renuncie a sus minutos de pequeña gloria microfónica. Reconozco que en más de una ocasión mi exasperación, y las miradas al amenazador reloj, me han llevado a largarme sin oírle abrir la boca a quien había ido a escuchar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de marzo de 2010

28th Febrero
2010
written by zonafantasma

Por mucho escepticismo, y aun cinismo, que hoy le pongamos a la idea de posteridad, no es fácil que los escritores, pintores, músicos y cineastas nos desprendamos de ella enteramente en el plazo de dos o tres generaciones. Es muy poco tiempo en comparación con los muchos siglos en que esa esperanza o noción estuvo vigente. Por definición, quien pone algo por escrito tiene cierta intención, aunque sea inconsciente, de que ese algo permanezca o por lo menos pueda ser descubierto en el futuro. Quien se dedica a algún arte no ignora que hay obras que se siguen leyendo, escuchando, admirando, al cabo de centenares de años de su composición y de la muerte del autor, cuando éste lleva una eternidad sin estar “presente” ni ofrecer ninguna “novedad”. La duración de Cervantes, Shakespeare o Montaigne; la de Bach, Mozart o Schubert; la de Velázquez o Rembrandt o Leonardo; la menor, pero ya larga, de Welles, Hitchcock, Ford o Lubitsch permite que a cualquier artista lo anime, aunque no se lo reconozca o incluso lo niegue, una difusa intención de dejar alguna huella de su paso por el mundo, además de otras cosas sin duda más urgentes e importantes, como ganarse la vida con lo que sabe hacer, o divertirse haciéndolo, o tener una ocupación que –como yo mismo he dicho en numerosas ocasiones ante la pregunta “¿Por qué escribe usted?”– lo dispense de tener jefe y de madrugar.

El afán de posteridad está hoy muy mal visto, por no decir que resulta directamente ridículo además de –como siempre– pretencioso. La ridiculez viene dada por el hecho de que, tal como está concebida y planteada la producción de obras artísticas en la actualidad, éstas llevan consigo, en principio, una cada vez más inmediata fecha de caducidad. No son pocos los libros, películas, discos en los que esa fecha coincide de hecho con la de su alumbramiento. Nacen ya muertos, olvidados antes de forjar memoria; existen, pero es como si nunca hubieran existido. Como es sabido, son devueltos a la fábrica antes de que nadie haya podido sentir curiosidad por ellos, algunas cintas ni siquiera se estrenan. Lo único que parece existir de veras son los grandes éxitos comerciales, los que se mantienen incontables semanas en las listas de más vistos o vendidos o escuchados. Pero su duración está todo menos garantizada. Es más, esos productos se consumen tan rápida y masivamente (todo el mundo a la vez, para no quedarse “descolgado” de lo que toca en cada momento) que nadie se acuerda de ellos al cabo de unos años, y casi nadie los ve o lee o escucha fuera de “su” temporada. ¿Quién va a molestarse ahora mismo en zamparse El código Da Vinci o incluso El niño con el pijama de rayas? Sólo unos cuantos rezagados, que a toda velocidad se asemejan a quienes hoy se zambullen en Lo que el viento se llevó o Adiós, Mr Chips, por mencionar dos dignas novelas que leyó todo bicho viviente en su época. ¿Quién se atreverá a asomarse a la trilogía de Stieg Larsson o a Avatar dentro de cinco años, aparte de los frikis de cada una, los que se instalan a vivir en un mundo del que rehúsan salir?

Pero tampoco lo tienen mejor quienes crean obras que llevan inscrita en la frente la palabra “perduración”, las que no aspiran a una aceptación instantánea y multitudinaria y juegan la baza de la paciencia y apuestan por el porvenir. ¿Quién ve hoy el cine de Bergman, Rossellini o Renoir, amén de unos cuantos cinéfilos que compramos religiosamente sus DVDs? ¿Y quién lee al gran Faulkner o a Fitzgerald o a Céline? En el fondo somos tan frikis como los de La guerra de las galaxias o El Señor de los Anillos, sólo que sin disfraces ni convenciones. Esos autores ya no forman parte de la “cultura general”, sólo de la de especialistas o marginales. Su indudable talento no basta para su cabal persistencia, ésta es sólo parcial. ¿Qué hace falta, pues, para ser un verdadero clásico a todos los efectos, como Hitchcock o Billy Wilder, por los que aún pasan todas las generaciones? ¿O como Dickens, Flaubert, Conrad o Henry James, a los que todo aficionado a la literatura acaba echando un vistazo, aunque sea de reojo? ¿O como el imperecedero Elvis Presley? Menos que nunca está en la mano de los artistas su pervivencia. Han pasado los tiempos en que Joyce o Thomas Mann se esforzaban por alcanzar la posteridad y acababan lográndolo. Casi todos sus pasos iban dirigidos a eso, tanto los literarios como los que conformaban su figura pública. Hoy eso ya no sirve. Entre nosotros fue Cela el escritor que más se preocupó por quedar, y a ello dedicó buena parte de sus energías. Inseguro de su valía, conservó, ordenó y archivó sus originales y cartas, se afanó por que en su colección no faltase una sola edición de cualquiera de sus títulos, por insignificante que fuese. Hasta reescribió a mano, y a destiempo, el único original que había perdido o regalado, el de La familia de Pascual Duarte, convirtiéndose así en un extraño falsificador de sí mismo. Según las últimas noticias, cuanto atesoró con megalomanía y obsesión en la Fundación Cela, recaudando dinero público para su construcción, empieza a deteriorarse y a ser víctima de la incuria y la bancarrota. Y al parecer casi nadie se molesta en visitar su sede. Murió hace sólo ocho años y además recibió el Premio Nobel, pero no estoy seguro de que se lo lea ya mucho. Que algo dure hoy diez años es un milagro, quizá –salvo excepciones incomprensibles– la forma máxima de la posteridad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de febrero de 2010

21st Febrero
2010
written by zonafantasma

En la transcripción de la célebre y grosera frase de Esperanza Aguirre que ha trascendido gracias a un micrófono abierto que ella creía cerrado, ha habido, a mi parecer, un pequeño error. Ya saben: “Nosotros hemos tenido la inmensa suerte de poderle dar un puesto a Izquierda Unida quitándoselo al hijoputa”. Si uno oye la frase, para mí es evidente que la última palabra tendría que ir con mayúscula, es decir, “al Hijoputa”, pues sin duda se trata de un mote, de un apelativo habitual. Se está refiriendo a alguien a quien suele llamar así, y su interlocutor –su Vicepresidente– sabe perfectamente de quién le habla, está acostumbradísimo a oírle ese apodo. Si la Presidenta de Madrid se hubiera referido, como ha querido hacer creer, a alguien “circunstancial” –un tal Serrano, ex-representante del Ayuntamiento en Caja Madrid, y con quien ella no tiene trato personal–, habría dicho “a ese hijoputa” o “al hijoputa ese”; no “al Hijoputa”, que es lo que soltó verdaderamente. Por otra parte, me trae sin cuidado de quién estuviera hablando esa mujer despreciativa y soez que provoca vergüenza ajena. Allá ella con sus fobias, sus rencillas, sus traiciones y sus bestias negras.

Lo que ya no me trae tan sin cuidado es que la máxima representante de mi región sea zafia y malhablada, y más grave que la célebre frase me pareció otra, que soltó el mismo día, y que ha sido objeto de muchos menos comentarios. Se la veía paseando por las cercanías de un pueblo, Becerril de la Sierra, con un nutrido cortejo de individuos untuosos y temerosos, literalmente un séquito, como si fuera la dueña de un cortijo con sus capataces y peones. De pronto se soliviantaba y, señalando algo que quedaba fuera de plano –tal vez una construcción–, se volvía hacia el alcalde de Becerril, que iba escoltándola, y le decía en tono despótico y colérico: “¿Pero cómo has podido autorizar esa puta mierda?” Se alcanzaba a ver el azoramiento del culpable, helado por la brutalidad del reproche, y la escena terminaba. Aguirre podía haber dicho “ese adefesio” o “esa porquería”, pero no: lo que le salió de su chabacana alma fue “esa puta mierda”. Lo peor fue el tono, sin embargo: delataba a una persona irascible y propensa al trato tiránico. La escena entera parecía sacada de La escopeta nacional, de Berlanga, y no está de más recordar que en ella la acción se situaba aún en tiempos de Franco, y que esa divertidísima película retrataba con precisión un tipo de aristócrata abundantísimo en España a lo largo de su historia: terrateniente, adinerado y engreído; bruto, ignorante y tosco hasta la náusea. En manos de esa clase de individuos ha estado este país durante siglos. Por eso resultaba tan deprimente ver algo parecido en 2010, con la agravante de que la “señorita” actual fue votada por los ciudadanos (bien es cierto que tras perder unas elecciones y forzar su repetición gracias a una turbiedad nunca aclarada).

Claro que todos, o la mayoría, soltamos tacos de vez en cuando. Claro que nos hemos referido a alguien como “hijoputa” o hemos calificado algo de “puta mierda”. Pero casi todos somos particulares y no nos representamos más que a nosotros mismos. Aguirre se ha negado a hablar de su desliz, aduciendo que se trataba de “una conversación privada” y que, por lo tanto, “no contaba”. Se equivoca, como se han equivocado todos los demás dirigentes a los que ha traicionado un micrófono, desde la lumbrera José Bono tildando a Blair de “gilipollas” hasta el actual jefe de la patronal, Díaz Ferrán, llamando a la propia Aguirre “cojonuda”. Los políticos fingen y mienten de manera tan abusiva y permanente en público, que precisamente lo que ya no cuenta es lo que dicen para la galería, cuando se saben vistos, escuchados, filmados y grabados. Todo eso es falso, una patraña, una representación en el mejor de los casos. Para saber cómo son y lo que piensan de veras no nos sirven sus declaraciones ni sus intervenciones en el Parlamento. De modo que, cada vez más, lo único que cuenta es lo que dicen en privado y cuando creen estar “en confianza”. Hay más verdad acerca de la personalidad de Aguirre en esas dos frases captadas por azar que en todas sus manifestaciones ante la prensa a lo largo de los años. Éstas son, por principio, pura fachada y puro teatro, y por consiguiente falaces, un engaño, como todas las de los demás políticos una vez que ese gremio ha optado por el fingimiento perpetuo. Son esas las que no cuentan. Aquéllas, en cambio, nos revelan quién nos representa: una mujer autoritaria, irritable, desdeñosa, deslenguada y de natural ordinaria. Ya sé que hoy suelta tacos todo el mundo (bueno, sólo en España), pero, curiosa y significativamente, apenas conozco a mujeres de mi edad o mayores (y Aguirre es de mi edad) que, si han sido bien educadas y además son consideradas, recurran a ellos, sean cuales sean su clase social y sus conocimientos. También eso indica algo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de febrero de 2010

[PS para los interesados. Así ocurre a menudo: a los cuatro días de escribir mi anterior columna, dando por perdida a la bailarina de Cecil Court, ésta me llegó por mensajero. Ya no sé si es para bien o para mal, pero vuelve a estar al lado del señorín del que la había separado.]

14th Febrero
2010
written by zonafantasma

No suelo hablar aquí de las cartas de los lectores, menos aún rebatirlas. Uno escribe lo que escribe, la gente reacciona como le parece y uno se alegra cuando su texto es bien recibido y se aguanta cuando no o directamente cae como un tiro. Así son las cosas, es parte del juego. Sin embargo, me ronda ahora la sensación de tener un par de cuentas pendientes. En los siete años que llevo ocupando esta página nunca había sucedido que, durante tres domingos seguidos, aparecieran cartas –nada menos que nueve hasta hoy, e ignoro si la avalancha ha cesado– sobre la misma columna, y además todas airadas o negativas. Lo más gracioso es que el asunto de la pieza en cuestión –“Los exterminadores de toros”– ni me iba ni me venía mucho, al no ser yo aficionado a las corridas, como advertía, y abstenerme de utilizar argumentos más o menos patrióticos y manidos que, como también decía literalmente, “me causan alergia”. Recuerdo haber leído hace no mucho, en este mismo diario, defensas de la lidia algo más convencidas, a cargo de Vargas Llosa y Gómez Pin, por ejemplo, que apenas suscitaron animadversión o rechazo. Mi artículo no era ni siquiera una defensa –o, si lo era, resultaba tibia y desapasionada–, así que sólo me cabe pensar que lo que ha molestado no han sido mis razonamientos, compartidos por otros columnistas, cuanto que llamara “exterminadores” a los antitaurinos prohibicionistas. Si los taurinos son torturadores de animales, escribía, los antitaurinos prefieren que se extinga el toro bravo, y añadía que, dentro de todo, me quedaba con los primeros, que por lo menos permitían la perpetuación de la raza y le daban a cada ejemplar cuatro años de buena vida antes de su muerte en la plaza. Me quedaba con el “ser para la muerte” antes que con la “nada”, por recurrir a una parodia heideggeriana. Tanto Vargas Llosa como Gómez Pin habían venido a sostener algo parecido, y ninguna furia se desató contra ellos. Así pues, me temo que hay antitaurinos a los que no les importa tanto la suerte de los animales como mostrar sus propias virtud y “humanidad”, y que lo que no soportan es, por tanto, que se tilde su actitud de involuntariamente “exterminadora” o “extinguidora” de una especie, al dejar eso malparadas dichas virtud y “humanidad”, lo que de verdad les atañe.

La otra cuenta pendiente es más bien una explicación. Hace unos meses publiqué otro artículo –“Cuento de Cecil Court”– que también trajo unas cuantas cartas, todas ingeniosas y simpáticas. En él contaba que en ese callejón londinense había comprado la estatuilla de un señorín presumido que me había hecho gracia y que, con el consentimiento del dueño de la tienda, la había separado de su pareja, una bailarina con tutú, que me gustaba mucho menos; y cómo, una vez en Madrid, había incurrido en el infantilismo de pensar que las dos figuras habrían estado siempre juntas y que quizá se iban a “echar de menos”. Confesaba que había llamado al señor Mark Sullivan y le había pedido que me enviara la bailarina abandonada. Y concluía así: “Espero que no me la extravíe el correo. A estas alturas, tras tanta puerilidad, la verdad es que no me lo perdonaría”. Como no pocos lectores se interesaron por el resultado de esta gestión y desearon saber si las dos estatuillas al final se reunieron, me siento en la obligación de comunicarles que no ha sido así, y que lo que yo temía ha sucedido, según Mr Sullivan. Al cabo de unas semanas, en vista del retraso, lo llamé de nuevo. No estaba y hablé con un empleado que no tenía mucha idea del asunto. Volví a intentarlo, y entonces me dijo el señor Sullivan que el paquete enviado le había sido devuelto. Las señas estaban bien, era extraño. De paso me dio las gracias por el artículo en que mencionaba su tienda de antigüedades, alguien se lo habría contado. No sé por qué, tuve la sensación de que esa bailarina no había viajado hasta Madrid, y de que Mr Sullivan la había olvidado. Pero en fin, renové mi encargo y, eso sí, le recomendé que, si preveía que el envío no iba a llegarme antes de la Nochebuena, lo postpusiera hasta el 8 de enero, pues yo iba a estar fuera de Madrid dos semanas, para evitar un segundo “desencuentro”.

Ha terminado el mes y mi señorín sigue aquí solo, con su bigotito, su bastoncillo y su chistera plegada en la mano. Podría llamar por cuarta vez al señor Sullivan, pero quizá sería en vano, y empiezo a pensar si esas dos figuras no estarían abocadas a separarse. Tal vez, como apuntaba una de las simpáticas cartas de los lectores, estaban ya hartas de soportarse y de formar pareja. Acaso respiraron aliviadas y alegres al perderse de vista por mi intervención y mi compra de la que me divertía, y se hubieran llevado las manos a la cabeza con desesperación de haberse encontrado de nuevo, a muchas millas de su lugar de origen, en el salón de mi casa madrileña. “Viajar hasta el continente”, habrían pensado una y otra, “para acabar otra vez en compañía de este pelma, de esta pesada. Maldita sea”. Así que ya no sé si debo forzar el destino. Por mí no quedó, traté de juntarlas tras haberlas distanciado. Quizá Mr Sullivan las tuviera en sus repisas durante años y sepa más de ellas que yo, y por eso haya decidido que están mejor por su cuenta, cada una a su aire.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de febrero de 2010

PS para los interesados. Así ocurre a menudo: a los cuatro días de escribir [esta columna], dando por perdida a la bailarina de Cecil Court, ésta me llegó por mensajero. Ya no sé si es para bien o para mal, pero vuelve a estar al lado del señorín del que la había separado.

7th Febrero
2010
written by zonafantasma

La cruzada antitabaco de Zapatero y su Ministra de Sanidad, Jiménez, está adquiriendo tintes tan demagógicos que, antes de tarifar con ellos a todos los efectos, he intentado darles la razón, a ver qué pasaba. En lo relativo a la inminente prohibición de fumar en todos los lugares públicos cerrados, no lo consigo. ¿Por qué en todos? ¿Es que los no fumadores piensan frecuentar todos y cada uno de las decenas de millares de bares y restaurantes desperdigados por España? Los fumadores ya sólo aspiramos a que en algunos locales se nos permita echarnos un pitillo mientras tomamos una caña o justo después de almorzar o cenar. ¿Por qué no puede haber unos cuantos sitios así, llámense clubs de fumadores o como se quiera? ¿Por qué, entre los muchísimos que prefieren que se fume en ellos –no me cansaré de repetir que esa ha sido la causa de la nueva ley que se avecina: que los propietarios han hecho uso de la libertad que se les concedió contrariamente a los deseos del Gobierno, en vista de lo cual éste se la retira, vaya libertad condicionada–, no se efectúa un sorteo y se consiente que cierto porcentaje admita el humo en sus dependencias? Los no fumadores no entrarían en ellos, como otros no entramos en casinos, puticlubs o sex-shops, eso sería todo. En cuanto a los camareros –también podrían ser autoservicios, y no haberlos–, tendrían que ser asimismo fumadores voluntarios, no se verían obligados a respirar una atmósfera indeseada.

Este ejercicio de comprensión que intento no lo están llevando a cabo muchos más fumadores. Conozco a no pocos que han prometido no volver a pisar un bar ni un restaurante una vez que la intolerante nueva ley entre en vigor. Así que es natural que el gremio de hostelería esté preocupado. Este diario se ha alineado con Zapatero y Jiménez hasta el punto de publicar un reportaje con el titular “Sin humo no se hunde el bar” y el subtitular “Los hosteleros vaticinan un desastre por la prohibición de fumar, pero la experiencia en otros países lo desmiente”, en el que sin embargo, al leer la información, ésta desmentía rotundamente dichos titulares, que se convertían en incomprensibles: resulta que en Irlanda hay un 25% menos pubs de los existentes antes de la prohibición; en el Reino Unido caen 52 a la semana, en el plazo de un año cerraron 2.377 y se redujeron 24.000 empleos; en Italia, un 12% de los establecimientos acusó pérdidas “significativas”; y en Francia la gente se ha refugiado en las terrazas, convirtiendo el “problema del humo” en el “problema del vocerío” desesperante para los vecinos, que es lo que sucederá en España, dados el buen tiempo reinante y los pingües beneficios que sacan los Ayuntamientos de la proliferación de mesas en las calles. Otro extraño titular de El País afirmaba que los partidarios de la prohibición total eran “clara mayoría”. Luego, la noticia revelaba que se trataba de una mayoría pelada del 52%, frente a un 44% que se oponía, si mal no recuerdo. Un 44% es mucha gente, como para cercenar su libertad completamente. Unos veinte millones de personas, con las cuales, yo creo, debería llegarse a algún tipo de entendimiento.

En lo que sí he logrado darles la razón a los tramposos Zapatero y Jiménez es en su última medida de adornar con pavorosas fotos los paquetes de cigarrillos: pulmones destrozados, dentaduras roídas, fetos, jeringuillas, gatillazos y demás males que pueden sobrevenir a los fumadores. Aunque eso no hará sino disparar la venta de pitilleras (yo las uso desde hace años), me parece bien, siempre que se haga lo mismo con todos los demás productos que pueden dañar nuestra salud o matarnos. Exijo, por tanto, que las botellas de vino, whisky y ginebra lleven fotos de repulsivos borrachos, de hígados con cirrosis y de las ratas y arañas que se aparecen a quienes sufren de delirium tremens. Quiero que en las carreteras, y sobre las portezuelas de los coches, haya, bien visibles, imágenes de muertos aplastados por la chatarra, tetrapléjicos en sillas de ruedas, motoristas decapitados, peatones atropellados, cueros cabelludos arrancados y brazos y piernas amputados. Que presidan las playas grandes fotos de ahogados, de miembros hinchados por las picaduras de las medusas y de afectados por cánceres de piel. Reclamo que los costados de los aviones exhiban imágenes de catástrofes aéreas, con cuerpos desmembrados, terroristas con bombas y momentáneos supervivientes chapoteando en un mar helado, y otro tanto los de los trenes, ilustrados por desastres ferroviarios y por las consecuencias del 11-M. Pido que en las fachadas de los Ayuntamientos se vean fotos de paisajes destruidos por la especulación inmobiliaria, y de gente sorda por culpa del ruido de sus infinitas y arbitrarias obras. Porque todas esas desgracias pueden acaecerle a quien bebe alcohol, o monta en coche o en moto o es un mero transeúnte, o a quien vuela o viaja en tren, o a quien se baña en el mar, o a quien está expuesto a los abusos del Ayuntamiento de turno. Sería un mundo alentador y alegre, lleno de estampas que nos describieran gráficamente los peligros y horrores que se ciernen sobre nosotros constantemente. Es posible que la economía se fuera al traste, pero qué se le va a hacer. Al fin y al cabo, ¿no son los Gobiernos los que sacan mayor provecho del consumo de tabaco? Si nos ponen fotos espantosas en las cajetillas, que las pongan también en todo el resto, incluyendo las de obesos inmovilizados en muchos productos alimenticios. Si no lo hacen, quedarán como hipócritas, además de como fanáticos y supresores de las libertades.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de febrero de 2010

31st Enero
2010
written by zonafantasma

Los muertos de la ciudad en que uno vive son mucho más llevaderos que los de los lugares que se visitan de tarde en tarde. Aquí, en Madrid –en mi caso–, la cotidianidad prosigue sin más remedio y uno se acostumbra a que los días pasen y se superpongan sin la presencia de quienes nos acompañaron durante largo tiempo. Me doy cuenta, si acaso, de que, de manera más bien inconsciente, tiendo a rehuir los barrios en que los desaparecidos tenían sus casas o en que solía encontrarme con ellos. Hace diecisiete años, por ejemplo, que rara vez voy por El Viso, donde vivía Juan Benet; algo más desde que no paso por la calle de Gaztambide, en cuyo número 4 habitó Juan García Hortelano; y ya veinticinco desde que evito la zona de hotelitos en que tenía el suyo Vicente Aleixandre. Eso por mencionar sólo a amigos escritores, y por lo tanto a muertos a los que también muchos lectores podrían poner rostro y palabras, y cuya ausencia, hasta cierto punto, puede ser compartida por ellos. En la propia ciudad se van produciendo huecos, pero éstos no la dominan, y uno no puede tenerlos en la conciencia permanentemente, aunque –valga la contradicción– no pase jornada sin acordarse de sus caras y sus voces.

En cambio, cuando uno regresa a una ciudad a la que viajó con frecuencia en el pasado, inmediatamente echa en falta, con gran viveza, a quienes veía allí y ya se han muerto. En esos sitios uno estableció ciertos hábitos que formaban parte de su estancia. No visitar a Guillermo Cabrera Infante en Londres –por continuar con los escritores amigos– resultaba inconcebible, no sólo por el placer de encontrarlos –a él y a su mujer, Miriam Gómez–, sino también por las numerosas y divertidas anécdotas que proporcionaban y con las que uno volvía como con un tesoro, presto a relatárselas a las amistades madrileñas que tanto las celebraban. En las ciudades en que uno no vive no hay posibilidad de llenar los vacíos con el mero transcurso de los días, así que cuando uno llega de nuevo a ellas se ve asaltado por la nostalgia y por la sensación de pérdida con la misma intensidad que cada vez anterior, y eso ocurre indefinidamente, por muchos años que vayan pasando. Ahora he estado una semana en París, tras un lustro largo sin pisarla, y no ha fallado: inverosímilmente he echado de menos con fuerza a un muerto de hace casi veinte años, es decir, a alguien a quien no veo y de quien nada sé desde hace mucho, y a cuya falta debería estar más que acostumbrado, lo mismo que a no llamarlo ni a escribirle, a no esperar verlo en el Boulevard Saint-Germain ni en el Quai des Célestins ni en la Rue des Écoles, por mencionar algunos sitios en los que él estuvo y yo lo recuerdo.

Foto: G Uferas

Foto: G Uferas

El 15 de noviembre de 1990 ese amigo puso fin a su vida. Yo me enteré unas fechas más tarde, estando precisamente en París, y escribí una semblanza de él titulada “La muerte de Aliocha Coll”. También era escritor, aunque a él es casi imposible que los lectores le pongan rostro y sumamente difícil que lo asocien a texto alguno, porque no publicó más que un libro y una traducción en vida, y con posterioridad aparecieron dos novelas más y una colección de poemas, si no me equivoco, todo ello hace ya tiempo, con escaso eco y sin el menor éxito. En verdad esto último no podía tenerlo ni lo buscó nunca, tan arriesgada y poco convencional era su literatura. Cuando hoy leo sobre escritores actuales que pasan por supermodernos y “rupturistas” y “mutantes”, no puedo evitar reírme: no sólo nacen la mayoría anticuados porque repitan fórmulas ya gastadas y estériles de los años setenta, sino que, al lado de Aliocha Coll, que lleva dos decenios enterrado, sus propuestas son cuasi galdosianas, por mucho “ciberespacio” que metan en sus obras tan perecederas. Me temo que son carne de tan pronto olvido como el propio Aliocha Coll, con la salvedad de que él nunca estuvo de moda ni fue jaleado por los tuertos críticos, y por tanto jamás pudo abandonar ese olvido al que se entregó deliberadamente. Era médico de profesión y muy culto. Se conocía al dedillo la tradición, como todos los que deciden darle la espalda con algún talento, no por pereza o ignorancia. Catalán de origen, vivía en París desde su primera juventud, primero de rentas, luego de su trabajo como médico cuando se le acabaron aquéllas. Era un hombre educado y discreto, siempre bien trajeado, con una risa tímida y como retardada, como si esperase a comprobar que lo que se había dicho era una broma para permitirse soltar la carcajada. Tenía cuarenta y dos años cuando se mató, tras leer un cuento de Nerval, beberse una copa de vino y escuchar no recuerdo qué música. Había terminado su novela Atila (una de las que se publicaron póstumamente) y con ella dio por concluida su obra. Como dije en aquella semblanza de 1990, “Acabado el papel se acabó la vida”, así fue en su caso. Sus textos son difíciles, rozando la ininteligibilidad a veces, pero poseía un gran talento verbal y rítmico: “Es y era la auréola de la silueta luz absorta en el polvo, absuelta en humo. Y el humo era el que vomitaba fuego, vómito del humo en el humo…” Es una cita escogida al azar, de Atila. Cada vez que voy a París me resulta incomprensible no llamarlo, no verlo, que no esté allí y se me frene el impulso. Que no esté en el mundo y sí en mi memoria, que todavía es parte de este mundo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de enero de 2010

24th Enero
2010
written by zonafantasma

Uno de los ejemplos más claros de cómo nuestras sociedades están entregadas a la política del appeasement o apaciguamiento -la que practicaron las democracias ante Hitler, y así les fue a partir de 1939- lo encontramos en el fútbol. Hace ya quince años escribí un artículo defendiendo al antiguo jugador del Manchester United Eric Cantona, que recibió unas severísimas sanciones por parte de su club y de su selección francesa, así como la reprobación de la prensa, porque se hartó de un individuo que le soltaba barbaridades sin cesar y, al retirarse del campo, expulsado, se acercó a él y le propinó un acrobático puntapié. Posiblemente no debió patear a aquel hincha, pero se comprende que lo hiciera. Quizá mereció las sanciones, pero no la condena moral generalizada que las acompañó. El agredido, como todos los hinchas groseros y violentos que llenan los estadios, se estaba amparando en la masa y en el anonimato, estaba actuando con cobardía al insultar a resguardo al jugador, cosa que sin duda no habría hecho a solas y en su proximidad. Seguramente ningún hooligan se habría atrevido. Pocas acciones más despreciables que la de atacar en manada, sabiéndose impune, indistinguible, a salvo de las consecuencias. Decía en aquella pieza remota que si hubiéramos visto esa secuencia en una película, la mayoría habríamos aplaudido a Cantona: el héroe, cansado de sufrir vejaciones, habría individualizado a la masa y le habría dado su merecido, mala suerte para el que se llevó el puntapié. No sabemos ver la vida real con la nitidez con que vemos cine o leemos novelas.

Algo parecido ha sucedido ahora con un delantero del Inter de Milán llamado Balotelli. Pese al apellido y a haber nacido en Palermo, se trata de un fornido negro, de madre ghanesa, motivo por el cual padece toda clase de insultos racistas cada vez que salta a un campo, y nunca tiene fácil jugar en la selección de su país, ya que, según demasiados aficionados, “no hay negros italianos”. Hace unas semanas, en un partido en Verona, tras haber soportado durante ochenta y ocho minutos los gritos simiescos del público, fue sustituido, y al retirarse aplaudió irónicamente a la masa que no había parado de humillarlo. Luego, ante los micrófonos, añadió otra “afrenta”: “El público de Verona me da cada vez más asco”. Cualquiera en su situación habría dicho, o por lo menos pensado, otro tanto. A diferencia de Cantona en su día, no se encaró con ningún aficionado ni a ninguno pateó. Se limitó a aplaudir y a expresar sus comprensibles sentimientos. Sin embargo, eso le ha valido una multa de siete mil euros, impuesta por el árbitro, “por haber provocado al público”. El Presidente del Chievo Verona se ha permitido negar la evidencia: “El problema no es el color de su piel, sino su actitud provocadora, que incita a que lo insulten”. Hasta el alcalde de esa ciudad de amantes ha dicho su majadería: “Un profesional tiene que aguantar pitos e insultos”. (No ha explicado por qué, pero el estamento político-futbolístico italiano, con Berlusconi a la cabeza de los sin cerebro, hace tiempo que perdió toda capacidad de razonar.) Es decir, a uno se lo hostiga sin pausa durante el ejercicio de su trabajo, y además en plan racista, y es uno el que “provoca al público” si reacciona mínimamente.

¿De dónde proceden estas ideas de que “un profesional” ha de callar ante los insultos, y de que el público sigue siendo “respetable” cuando hace muchísimo que dejó de serlo en todas partes? Recientemente oí reproches hacia Casillas porque se acercó a un crío valenciano que lo ponía verde y le pidió un poco de educación, nada más. “Hay que hacer caso omiso y concentrarse en el juego”, lo amonestaban los periodistas. Yo me pregunto cómo se hace caso omiso de las barbaridades que uno escucha nítidamente dirigidas a uno, de principio a fin de un partido. Cómo se concentra uno en parar los disparos. Salvando las distancias, es como si a un actor de teatro se le pidiera que pasara de los insultos lanzados con profusión desde el patio de butacas y se ciñera a su texto, como si allí no hubiera nadie. O a un cantante que siguiera impertérrito con su recital mientras le llueven abucheos e injurias. O a un escritor que continuara con su conferencia mientras los oyentes lo llaman “hijoputa” y “cabrón”. Y como si a todos estos “profesionales” se los castigara y multara por interrumpirse o hacer frente a sus groseros detractores. El razonamiento -es un decir- de los responsables del fútbol es más o menos: “Cualquier respuesta sólo empeorará las cosas”. Esto es: “Permitamos y protejamos los abusos, el matonismo y la violencia verbal, no vayamos a soliviantar a los soliviantados”. Lo mismo que en los años treinta: “Cedamos ante el furioso Hitler, no se vaya a poner aún más furioso”. Ceder ante los comportamientos fascistas siempre se paga caro, porque el espíritu fascista -que puede darse en gente de izquierda- toma por debilidad cualquier inhibición del adversario, y no hace sino envalentonarse y aumentar su agresividad, hasta aniquilar a ese adversario. Si el apaciguamiento está institucionalizado; si los violentos y matones están protegidos; si se condena al individuo valiente que se enfrenta a ellos o por lo menos les señala su cobardía y su mezquindad, no es de extrañar que éstos se crezcan y que cada vez estemos todos más y más a su merced.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de enero de 2010

17th Enero
2010
written by zonafantasma

Las mujeres se han quejado tradicionalmente, con razón, del muy diferente rasero con que se han medido su promiscuidad y la de los varones. Si en éstos era un timbre de gloria, en ellas era un baldón. Si a ellos se los admiraba y envidiaba por el número de sus conquistas, ellas se creaban mala fama por el mismo motivo. Hay muchos porqués para que esto haya sido así, pero no vamos a remontarnos a las dudas que los hombres han podido albergar sobre la paternidad de sus vástagos (y que las mujeres nunca han padecido respecto a la maternidad), ni siquiera a los recientes tiempos, bajo el franquismo, en que el adulterio de la esposa era un delito que podía llevarla a la cárcel, mientras que el del marido era una mera costumbre tan graciosa como inevitable. Baste con recordar que, si a los varones se les veía “mérito”, era porque en principio las mujeres se negaban a consentir, y en cambio aquéllos -se juzgaba de manera igualmente simplona- estaban siempre dispuestos a meterse en la cama con cualquiera, aunque fuese un espanto. Las conquistas femeninas, por tanto, no eran tales y carecían de todo valor: así como estaba tirado llevarse a un individuo al huerto, resultaba muy difícil llevarse a una individua al mismo asilvestrado lugar.

Todo esto suena a prehistoria, pero aún no había perdido enteramente su vigencia en mi primera juventud. Fue de hecho mi generación la que empezó a cambiar el punto de vista, con el llamado “amor libre” de los años sesenta y setenta. Es una de las pocas cosas de aquella época que han quedado incorporadas a la sociedad posterior. Al menos en apariencia, y hasta hay mujeres que presumen abiertamente, en público, en televisión, de su catálogo de seducidos, como el Don Giovanni de Da Ponte y Mozart, siempre y cuando se trate de sujetos “famosos”, requisito indispensable para la jactancia de las coleccionistas y para la relativa aceptación de su comportamiento por parte de las masas televidentes. “Ah, si ha sido con Beckham, o con Clooney, o con Springsteen, o incluso con el anciano Clint Eastwood”, parecen decirse los espectadores, “entonces vale”. Los gañanes que sonsacan a estas cazadoras de cabelleras les exigen “pruebas” de que el coito-con-famoso ha tenido lugar, y les piden detalles sobre las casas en que “consumaron” o incluso sobre la anatomía de los coleccionados, y por supuesto sobre sus performances o prestaciones. No se toleran las falsas medallas, lo cual indica que en estos casos sí se ve la conquista llevada a cabo por una mujer como un trofeo (aparte de un posible pasaporte para su efímera fama).

Tras todo este desparpajo, sin embargo, creo que lo que se está produciendo es un retroceso en los asuntos de esta índole y un triunfo del más rancio puritanismo. La mujer que es promiscua con particulares o desconocidos (es decir, la que no contribuye al espectáculo y al entretenimiento) aún es juzgada en estos programas con severidad parecida a la que se gastaba hace un siglo con las “casquivanas”. Y -lo que es peor, y nuevo- empieza a juzgarse con severidad semejante a los varones infieles o meramente mujeriegos, al menos en los Estados Unidos, y nada de lo que allí sucede debe minimizarse, porque suele acabar llegando también a Europa y sobre todo a España, el país más papanatas y mimético con cuanto proviene del Imperio y no digamos de Nueva York, ciudad admirable que demasiados escritores españoles nos están incitando a detestar, con su permanente baba exageradamente caída. Es bien sabido que en ese país un político no tiene futuro si es pillado en una infidelidad sexual, presente o remota. Algo absurdo que en nuestro continente no entendemos, pero que por lo menos obedece a un razonamiento, por ramplón y traído por los pelos que sea: “Si este tipo es capaz de engañar a su mujer, sin duda nos engañará también a nosotros”, piensan los elementales votantes. Lo que ya no se concibe es que un deportista como Tiger Woods, un personaje sin responsabilidades públicas que tan sólo se dedica a darle mejor que nadie a una bola con un palo de golf, que no está en situación de defraudar a la ciudadanía porque ningún poder tiene sobre ella, caiga en absoluta desgracia por descubrirse que, lejos del marido ejemplar que aparentaba ser, era un empedernido picaflor. Las empresas que utilizaban su imagen como reclamo publicitario han empezado a rescindirle contratos, el pobre hombre se ha visto obligado a anunciar que deja el golf durante tiempo indefinido, como si darle con pericia a la bola dependiera de su fidelidad o algo así, y, estando yo en la babeada Nueva York cuando estalló el “escándalo”, me quedé estupefacto al ver que todas las cadenas, incluidas las de noticias, hablaban obsesivamente de él para condenar sin pausa su “hipocresía” y su “inmoralidad”. Me llamó la atención el conservadurismo exacerbado del célebre showman Jay Leno, cuyos chistes al respecto los podría haber firmado San Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei (si hubiera hecho chistes alguna vez). Quizá no esté ocurriendo lo que creíamos muchos, a saber, que mujeres y hombres se hayan igualado en este campo porque a las mujeres promiscuas o infieles ya no se las juzgue mal. Sino que la igualación consista en que también a los varones ligeros de cascos se los denueste y execre y se los envíe al ostracismo. Si esto no es un triunfo de la pacatería, que venga el susodicho santo y lo diga, aunque en vida no tuviera nunca nada interesante que decir.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de enero de 2010

10th Enero
2010
written by zonafantasma
María Rosa Alonso

María Rosa Alonso

Cuando escribo estas líneas falta un día –será el 28 de diciembre– para que una amiga de mis padres, María Rosa Alonso, cumpla cien años. Probablemente a ella la fastidien, o por lo menos la importunen, los agasajos que van a llegarle por este motivo, sobre todo en sus tierras canarias. Leo que una editorial de allí está publicando sus obras completas, en diez volúmenes, y aunque su nombre no sea muy conocido en el conjunto del país, es sin duda una de esas empresas que valen la pena. Los libros hechos y presentados con modestia por sus autores corren el peligro de pasar inadvertidos, más aún en estos tiempos impúdicos de permanente autobombo por parte de cualquier debutante o indocumentado. No por ello tienen menos valor del que tienen, y en el caso de María Rosa Alonso sus escritos lo tienen mucho.

Pero para mí ella no ha sido nunca “una escritora”, sino una vieja amiga a la que recuerdo desde que tengo memoria, primero de mis padres y luego, a cierta distancia y en la medida de lo posible, también mía. Si no me confundo, los tres eran compañeros de Facultad, allá en los años treinta, aunque María Rosa, a la vista de lo que se celebra ahora, les llevaba unos cuantos a mis progenitores. Era una mujer enormemente alegre, o aún sería más adecuado decir jovial, que entraba en la casa lanzando risotadas y tomando un poco el pelo, suave y cariñosamente, a todo el mundo, lo mismo a los adultos que a los niños. Pese a que éstos pueden ser muy serios y no siempre toleran que se les tome el pelo, esa actitud suya no nos hacía rehuirla ni desconfiar de ella, sino todo lo contrario. Porque se notaba que carecía de toda doblez y porque esa ironía suya era festiva o incluso celebratoria, más producto de un carácter bromista, generoso, animado y risueño que de ninguna otra cosa. Por decirlo de alguna manera, yo tenía la seguridad, de niño, de que se podía contar con ella para lo que fuera, rezumaba lealtad e incondicionalidad y afecto. Sin duda ha sido una excelente amiga de sus amigos, lo cual significa que no se habrá abstenido nunca de decirles, a cada uno, lo que no le pareciera bien de ellos. En eso consiste la lealtad también, en procurar que quienes uno quiere no se equivoquen demasiado o no se tuerzan, cuando uno cree que lo están haciendo.

Siendo yo ya un joven –tendría unos veinte años–, recuerdo que quedé a almorzar con ella en Roma. Fue la primera vez que la vi a solas, fuera del contexto familiar y sin su tutela, y en que me habló como a una persona con autonomía, no como al hijo de sus viejos amigos o a una especie de sobrino. Descubrí a una María Rosa con más sufrimiento a sus espaldas del que le suponía, que había atravesado numerosas dificultades sola, antes, durante y después de la Guerra Civil (con una larga emigración a Venezuela); también más política –en el mejor sentido de la palabra–, más radical en su antifranquismo –aún vivía el dictador–, alguien de gran franqueza y que no estaba para majaderías. Tan simpática y cariñosa como siempre, pero que no se llamaba a engaño en ningún aspecto de la vida. Alguien, en suma, muy fuerte. Así ha seguido durante el mucho tiempo transcurrido desde entonces, aunque nuestro trato, sobre todo desde que por edad hubo de regresar a Canarias y perder su queridísima independencia, haya sido epistolar eminentemente. Sus cartas, escritas a mano con letra firme y clara, están llenas de una energía que para mí quisiera. Suelen comenzar con una disculpa por la tardanza en responder o en haber leído algo que le he enviado: “Mi mesa rebosa de papeles y quisiera acabar un trabajo que me urge”, me decía con casi noventa y siete años. Y un mes después: “Sigo atragantada de trabajo y no doy avío a lo que quisiera terminar antes de cascar, que no tardaré”. Siempre activa y siempre atareada, en no pocas ocasiones metida en polémicas con algún ignorante que ha soltado idioteces en la prensa canaria. Una mujer sagaz y alerta, de las que desmienten que con la edad se pierdan la curiosidad y la vehemencia. Con una vejez así, ojalá le queden aún muchos años y estos cien que ahora cumple entre fastos no la dejen agotada ni asqueada por el empalago (al que contribuyo con estas líneas, ya lo sé: mis disculpas).

Por otra parte, ya he dicho que María Rosa posee entereza y es de las que no se engañan. Espero que no se tome a mal que cite de otra de sus cartas: “Morir es dejar de vivir, y convertirse en lo que se escribe sobre la tumba del Cardenal Portocarrero: ‘Pulvis, cinis et nihil’. Me dirás que se refería sólo al cuerpo, pero lo amplío al ser total: la nada… Los muertos no vuelven y es el Tiempo, nuestro enemigo, quien marca nuestra vida, que sólo vale vivir cuando se es joven y maduro, porque cuando eres niño y adolescente estás en ‘todavía’ y cuando llegas a viejo, ‘ya no’… Mi tiempo, como es lógico, se está acabando. Y me convertiré en nada, y dentro de veinte años nadie me recordará, como yo no recuerdo a cierta gente de la tanta que he conocido y hasta he querido. Los que por algo me impresionaron claro que son inolvidables”.

Felicidades a María Rosa Alonso en su envidiable y largo ‘ya no’ que sin razón desdeña, en el que todavía es alguien –y no nada– y en el que aún no da “avío”. En lo que a mí respecta, además, se cuenta entre los que, “por algo”, me han impresionado. Y me será, por tanto, inolvidable.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de enero de 2010

3rd Enero
2010
written by zonafantasma

Resulta desalentador comprobar cómo el franquismo, o su espíritu dictatorial, sigue habitando entre nosotros, en nuestra sociedad y en nuestros demagógicos políticos. A todo el mundo se le llena la boca hablando de la libertad de expresión, pero casi nadie tolera que se le lleve la contraria, ni, aún más grave, que exista lo que, según cada cual, no debería existir. La próxima ley antitabaco, por ejemplo, de la que hablé hace unos meses, impide que existan locales en los que se reúnan los fumadores, en vez de aconsejar a los enemigos del humo que se abstengan de frecuentarlos, lo mismo que está vedado el acceso a los casinos y a los bares de topless, supongo, a los menores de edad, o que la mayoría de los heterosexuales procuran no entrar en sitios de ligue gay, porque allí nada se les ha perdido. Esa ley de Zapatero y Jiménez equivale a suprimir los lugares mencionados por si acaso a quien no le gustan se le ocurre meterse en ellos. Dicho sea de paso, mi artículo sobre dicha ley me costó, entre otros reproches, una ruin carta de la Presidenta de Nofumadores.org, en la que insinuaba que quizá yo cobraba de las compañías tabaqueras. De nuevo el espíritu totalitario: si alguien no opina como yo, será porque está comprado.

Vaya así por delante, en esta ocasión, que no soy aficionado a las corridas y que se cuentan con los dedos de las manos las veces en que he asistido a ellas, y sobraría algún que otro dedo. Tampoco tengo ningún contacto con el mundo del toreo ni desde luego he percibido un euro de nadie relacionado con él. Si las corridas se prohibieran, en nada cambiarían mi vida ni mis costumbres, luego carezco de todo interés personal o laboral en su permanencia. Pero tampoco tengo nada en contra de ellas, y en la iniciativa ciudadana de Cataluña que ha dado pie a que los políticos de esa autonomía aprueben debatir en su Parlamento su posible abolición en el territorio, sólo veo, por tanto, un afán más de prohibir aquello con lo que no se está de acuerdo, una muestra más del espíritu dictatorial y franquista que continúa anegándonos y envenenándonos.

Lejos de mi intención hablar de “tradición y cultura” o de “fiesta nacional”, esa clase de argumento patriótico me causa alergia. En esa iniciativa se mezclan dos cosas: por un lado, la ignorancia deliberada e interesada de los nacionalistas e independentistas –es decir, su necedad, pues justamente eso significa “necio” en la certera definición del DRAE: “Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber”–, que los lleva a creer –o a fingirlo– que las corridas son algo netamente “español” y no catalán, cuando su afición y arraigo en Cataluña han sido siempre fortísimos y están bien documentados; por otro, la frivolidad extrema de quienes se llaman a sí mismos “animalistas” (no sé si el “ismo” está de sobra) y de los ecologistas. En lo que respecta a los segundos, ya ha señalado el filósofo Gómez Pin en este diario que, según preservadores del medio ambiente, economistas, ganaderos y veterinarios, “el mantenimiento de no pocas dehesas (parques auténticamente naturales, donde un animal criado por el hombre goza de condiciones para realizar su naturaleza específica…) sería inviable sin la fiesta de los toros”. Si no hubiera ganaderías hace tiempo que esas dehesas estarían convertidas en urbanizaciones monstruosas, de esas que dicen combatir los ecologistas. En cuanto a los primeros, a los “defensores de los animales”, me temo que en este caso se convierten más bien en su mayor amenaza y sus mayores enemigos. ¿Por qué creen que todavía existe el toro bravo o de lidia? Se lo cría y cuida artificialmente y con esmero tan sólo porque hay corridas y otros espectáculos taurinos en nuestro país. ¿Acaso se ve a esa bestia en Alemania, Italia, Gran Bretaña o Rusia, fuera –tal vez– de unos pocos ejemplares que se utilizan como sementales? El toro no viviría espontáneamente. No es un bicho que pueda andar suelto por los campos sin poner en grave peligro a la población humana, ni que pueda valerse enteramente por sí mismo. Si se prohibieran las corridas y dejara de haber ganaderías, ¿quiénes se ocuparían de ellos, de alimentarlos, cuidarlos y controlarlos? ¿Esos “animalistas” a los que hemos visto emocionarse consigo mismos tras la votación del Parlament de Cataluña? Seguro que no. ¿El Estado? No creo que se encargase de tarea tan costosa como improductiva, y, si lo hiciera, es muy probable que los mismos abolicionistas de hoy protestaran por el dispendio inútil a cargo de los contribuyentes.

Quienes quieren acabar con las corridas, en suma, lo que pretenden –o pueden conseguir sin darse cuenta– es extinguir una especie, que sin ellas no sobreviviría. A lo sumo se destinarían a sementales unos pocos toritos, y seguramente se sacrificaría en su nacimiento a la mayoría de los machos. En vez de hacerlo en la plaza, tras darles una vida plena y libre de más de cuatro años, se haría en secreto, nada más ser paridos. Si eso da buena conciencia a los antitaurinos, que me expliquen los motivos. Porque, suponiendo que los taurinos sean “torturadores de animales”, los enemigos de las corridas resultarían ser exterminadores de animales. Y, francamente, entre los primeros y los segundos, prefiero con mucho a aquéllos, que al menos les causan una muerte en combate tras permitirles una vida. Éstos ni siquiera consentirían que tuviesen vida, ni que perdurase el toro bravo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de enero de 2010

27th Diciembre
2009
written by zonafantasma
240 Lawrence ST. New Haven

240 Lawrence ST. New Haven

Nunca había tardado tanto en volver a un sitio y a una casa en los que viví, de donde de hecho proceden la mayoría de mis primeros recuerdos. Desde el curso 1955-56, es decir, más de medio siglo. Para que se hagan mejor idea, entonces habían transcurrido sólo diez años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, algo hoy tan remoto y conmemorable que más parece ficción que realidad. En España aún no había televisión, y faltaba un lustro para que Kennedy fuera Presidente, o para que empezara la historia de la serie televisiva Mad Men, que hoy vemos como una tarea arqueológica de reconstrucción de los sesenta. En aquel curso yo tenía cuatro años y vivía en New Haven, Connecticut, con mis padres, mis tres hermanos y un amigo de la familia que nos acompañó, Don Heliodoro Carpintero, encargado de enseñarnos (a mí, en concreto, a leer y escribir), ya que mi madre prefirió que no asistiéramos al colegio por temor a la mucha polio existente en aquella época en los Estados Unidos. Mi padre había sido contratado por la Universidad de Yale, que tiene sus sedes, o parte de ellas, en esa pequeña ciudad de New Haven. Era la segunda estancia de la familia entera en ese país (la primera, al poco de nacer yo, en 1951-52, en Wellesley, Massachusetts). Luego vendrían incontables más de mi padre solo, así se ganó en buena medida la vida, al haberle prohibido el régimen de Franco enseñar en la Universidad española. Algunos lectores sabrán ya todo esto, pero otros no. Me disculpo con los primeros por la repetición.

Ahora, durante una reciente estancia en Nueva York, un día debí desplazarme hasta Yale, para dar allí una charla. Me acompañaba mi editora, la encantadora y estimulante Barbara Epler, de New Directions. Llegamos con algo de tiempo y yo sabía las señas de la casa en la que se iniciaron mis recuerdos: el 240 de Lawrence Street. Así que le preguntamos al amable chófer si esa calle nos apartaba mucho de nuestro camino. “Oh no”, contestó, “no nos desviará apenas, está aquí mismo”. Según nos íbamos acercando, todo me resultaba familiar, y la casa de dos pisos, aunque parecida a otras muchas de la zona y aun de Nueva Inglaterra en general, me fue mucho más que familiar: durante unos minutos, volvió a ser mi casa, o lo que allí llaman “home”. Era reconocible el porche con sus escalones, y el jardín trasero, y las amplias ventanas iluminadas (estaba a punto de ponerse el sol), y sólo tengo la duda de si su color era el mismo, puede ser, ahora estaba pintada de un gris oscuro. También un grueso y enorme árbol ante su fachada. Estuve allí un breve rato, mirándola. Yo dormía en una habitación del piso de arriba, elevé los ojos, pensé: “Podía ser ahí, tras esa ventana”. Barbara me sugirió llamar al timbre y preguntar a los inquilinos si podía entrar: “La gente hace eso”, me dijo. Pero no me atreví.

Más tarde, al comentar esta visita con los profesores de Yale, me preguntaron si conservaba recuerdos de aquella estancia, esperando más bien que les dijera que no. Pero claro que lo recuerdo casi todo, y las imágenes se me agolparon. Me vi en mi alcoba de New Haven, mirando unos avioncitos que colgaban del techo y que era lo último que veía antes de dormirme, recortándose contra la tenue luz nocturna del exterior. Incluso utilicé esa imagen en una novela, hace tiempo. Supongo que ocupábamos la casa de algún profesor que estaba de sabático aquel curso, y que tendría algún hijo, al que pertenecían los avioncitos. Me veo caminando sobre la nieve, muy abrigado, el sonido de mis pequeños pasos sobre ella no lo he olvidado jamás. Veo el garaje que había al fondo del jardín trasero, donde según mi hermano Miguel se ocultaba un hombre con gabardina, y por eso nos daba miedo acercarnos hasta allí. Veo a Álvaro jugando con unas manzanas muy rojas y a Fernando (no el novelista Marías Amondo, sino el historiador del arte) a punto de atrapar una ardilla –o eso creíamos, son bien escurridizas– que trepaba por el árbol grande la víspera de nuestra marcha. Siempre nos lamentamos de eso, pues nuestra idea era habérnosla traído a Madrid. Me veo sentado al pie de la escalera, un día en que me castigaron sin almorzar por negarme a comer lo que había, gritando como teatral alma en pena: “¡Me muero de hambre! ¡Que me muero de hambre!” Nos veo a mis hermanos y a mí echando carreras, valla por medio, con el perro de una niña vecina cuyo nombre supe alguna vez. Me veo escribiendo mi nombre del revés, al ser zurdo, y siendo corregido por Don Heliodoro para mi indignación, porque yo había puesto primero la X, luego la A, la V, etc, pero lo que se leía, me decían ante mi incomprensión, era “SAIRAM REIVAX”, mi madre me bautizó con X. Sé que también esto lo he contado, y me vuelvo a disculpar. Pero es que ahora no fue un recuerdo, sino una visión. Siempre he dicho que el espacio es el verdadero depositario del tiempo, el que permite su compresión y la reaparición momentánea del que ya se ha ido. Durante años, mis hermanos y yo preguntábamos a nuestros padres: “¿Y cuándo vamos a volver a New Haven?”, en la creencia infantil de que todos los lugares vividos están siempre a mano, están ahí. No pensaba entonces que tardaría cincuenta y cuatro años en regresar, muy brevemente. Pero ahí he estado, y el día ha llegado. Aunque estuviera solo y tanto Don Heliodoro como mis padres hayan muerto, los he vuelvo a ver en el 240 de Lawrence Street, en New Haven. La casa y el árbol son testigos, permanecen en pie.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de diciembre de 2009

20th Diciembre
2009
written by zonafantasma

Una de las actitudes que parece haber pasado a mejor vida en el mundo occidental, y desde luego en nuestro país, es la que engloba una serie de antiguas virtudes que, por lo visto, ya nadie considera tales. Llámenlas sobriedad, discreción, elegancia, austeridad, aversión a la histeria, al exceso y al pataleo, deseo de no importunar y de no crear más complicaciones de las existentes, de no dar la lata ni entorpecer las tareas de los demás. Llámenlas aguante, entereza, capacidad de encaje ante los reveses y los contratiempos, ganas de no desorbitar las cosas ni sacarlas de quicio, y por supuesto asunción de la propia responsabilidad. Todo eso, que era fundamental para la convivencia y para que cada cual realizara su trabajo con cierta eficacia y sin presiones inmerecidas, ha desaparecido de la faz de nuestras tierras. España, me temo, es el país que en mayor medida lo ha desterrado, de cuantos conozco, y sus ciudadanos se han convertido en los más exigentes, quejicas y despóticos, unos individuos (ya sé, hay excepciones) que creen tener derecho a todo y ningún deber; que, cuando cometen imprudencias a las que nadie los obliga, claman contra el Gobierno de turno si éste no se apresura a sacarles las castañas del fuego, espoleados por una caterva de periodistas, eminentemente televisivos, a los que nada gusta tanto como despotricar y exigir responsabilidades a quienes no las tienen.

No sé. Toda desgracia es lamentable, sentimos compasión por quienes las padecen, se las hayan buscado o no (ejem), y deseamos que logren salir de ellas. Pero, la verdad, yo no entiendo por qué el Estado -es decir, “los demás”- tiene o tenemos la culpa de que unos turistas naufraguen en aguas egipcias y no todos logren salvarse. Tampoco que sólo “los demás” la tengamos de que un atunero que faenaba fuera de la zona protegida haya sido capturado por piratas y sus tripulantes retenidos durante mes y medio. Ni que las familias de esos pescadores -que trabajan en el sector privado- se pongan de inmediato a “exigir” y “reclamar” cosas, algunas tan caprichosas como “una sala VIP” en el aeropuerto de Bilbao. Probablemente se la habrían brindado de todas formas para el encuentro con los secuestrados, pero, ¿de qué mentalidad proviene la idea de la “reclamación”? No hablemos de las nevadas de cada invierno: se anuncian, se desaconseja a los conductores que se echen a las carreteras. Éstos no hacen ni caso, luego se quedan atrapados durante horas, y quienes se la cargan son los meteorólogos, Protección Civil y el Gobierno, más o menos por no haber impedido la caída de copos desde el cielo. Si hay una riada y se inunda un pueblo, en seguida se ve a ciudadanos coléricos, azuzados por las televisiones, exclamando: “¿Dónde están las autoridades? Nos hemos quedado sin luz ni teléfono, y las tuberías están atascadas. ¿Cómo es posible que no se remedie todo al instante?” Pocos parecen capaces de razonar y decirse: “Hombre, con la tromba es normal que todo se haya ido al carajo. A ver si escampa y lo arreglan cuando puedan, buenamente”.

Asimismo ha desaparecido, o menguado, el sentimiento de gratitud. Si yo perteneciera a alguno de los cuerpos que echan una mano a la gente en apuros (si fuera bombero, policía, militar o reparador de desperfectos), estaría desesperado al comprobar que casi nadie da las gracias por las duras tareas o rescates que llevan a cabo, sino que lo normal es que los afectados se solivianten porque uno no ha actuado con la suficiente rapidez o -lo que es más cómico y más trágico- no ha adivinado que se iba a producir un incendio, una inundación, un atraco, un secuestro, un atentado, y no los ha impedido. Y qué decir de los médicos y las enfermeras. Suelen ser personas admirables, que hacen lo indecible por salvar vidas y curar enfermedades. Y, cuando nada pueden, son seguramente los primeros en lamentarlo. Pues bien, cada vez es más frecuente que los pacientes y sus familiares, lejos de facilitarles su tarea y sentir agradecimiento hacia ellos, se pongan hechos unos basiliscos cuando se les anuncia que por desgracia no hay remedio. “¿Cómo que no?”, gritan enfurecidos, y no es nada raro que peguen a la doctora o al enfermero. “Usted tiene que curar a mi padre de ciento dos años, y si no, es una inepta y se le va a caer el pelo, a usted y a la clínica entera”. En cuanto a los maestros y profesores, que se encargan de la noble y paciente misión de desasnar a los asnos (todos lo somos inicialmente), no sólo no reciben a menudo la gratitud de los progenitores de asnos, sino que les llegan sólo sus quejas, su ira e incluso sus agresiones, porque en el fondo esos padres están a su vez deficientemente desasnados y les debe de molestar que sus vástagos se hagan más civilizados que ellos.

Nuestros Gobiernos suelen ser pusilánimes y no se atreven a poner freno a esta creciente creencia, por parte de la población, de que todo le es debido; aunque sea ella sola, por su cuenta y riesgo, la que se meta en un berenjenal o se exponga a una estafa, “los demás” estamos obligados a salvarla o a resarcirla. Todavía estoy esperando a que algún dirigente se plante y lance este sencillo y razonable mensaje: los ciudadanos son libres siempre, luego deben hacerse responsables de sus actos y decisiones.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de diciembre de 2009

13th Diciembre
2009
written by zonafantasma

Me ha vuelto a ocurrir. Lo he vuelto a hacer, y esta vez me ha dado rabia. Al fin y al cabo, si no otra cosa, uno espera madurar con los años y dejar atrás las puerilidades. De poco me sirve que el mundo sea cada día más deliberadamente infantil, yo procuro no seguir su paso cuando el paso me parece idiota y un atraso, una regresión al primitivismo. Los lectores memoriosos quizá lo recuerden: hace más de un año, hablé aquí de dos figuras de madera policromada que hay en mi casa, y conté cómo una de ellas -un gaitero escocés- se coló no porque me gustara, sino por no querer yo separarla de su compañera -una especie de edecán hindú, que sí me había hecho mucha gracia-, con la que habría compartido escaparate durante largo tiempo en la vieja tienda madrileña de la que las rescaté. Primero me llevé al edecán, y a las pocas fechas volví por el gaitero, no lograba quitármelo de la cabeza, pensaba en su “soledad” repentina y para él incomprensible. Quizá sean arraigados reflejos de quienes de niños hemos jugado mucho con soldaditos: durante tantos años hemos atribuido emociones y sentimientos a las figuras que nos cuesta desprendernos de esa superstición. Vaya en mi descargo que tres de los más grandes escritores, Conrad, Faulkner y Proust, poco menos que han hecho “hablar” en sus libros a los barcos, a los muebles y a las ropas colgadas de los armarios, respectivamente. Tal vez no sea tan descabellado imaginar que los objetos inanimados tienen algo de vida. Lo que es seguro es que tienen su historia, aunque ellos no la conozcan.

Al relatar ahora mi nuevo desliz me expongo a no escasas burlas y proporciono munición a los detractores, eso que le preocupa que haga a mi amigo y colega Pérez-Reverte, más experto en blindajes. Bueno. Paseaba hace unas semanas por Cecil Court, en Londres, callejón de las librerías de viejo. Acabé por no entrar en ninguna, pero sí en una tienda de antigüedades modestas llamada Sullivan. Allí vi una figurita, una estatuilla de bronce (13 cms. de altura) que me divirtió sobremanera: un señorín muy trajeado, con levita, chaleco, pechera almidonada y pajarita, en una mano un bastoncillo y en la otra una chistera plegada. Su postura y su gesto tenían algo del dandy y algo del petimetre, un personaje optimista e inofensivo. Su pelo y su bigote me llevaron a acordarme de otro amigo, Eduardo Mendoza (sólo eso, el novelista nada tiene de petimetre); también de Conan Doyle, de uno de cuyos relatos bien podría haber salido, aunque tampoco habría desentonado en el Pickwick de Dickens. Un individuo de finales del XIX o principios del XX. A su lado, sin duda formando pareja -los mismos material, altura y estilo “escultórico”-, una bailarina, lo cual me hizo dudar de si la chistera plegada sería tal o un platillo para recoger monedas, y si no serían ambos, por tanto, gente de la farándula más o menos callejera. El señor Sullivan me confirmó que iban juntos, “pero no me importa venderlos por separado”, añadió, “si sólo le interesa el caballero”. En efecto, así como éste me cautivó al instante, la bailarina, como en su día el gaitero, era mucho más convencional y algo cursi (esos tutús las condenan siempre, hasta en los cuadros de Degas, en la vida real no digamos). El precio era barato para lo bien hechas que están las figuritas, una cantidad por las dos, la mitad por una suelta. Esta vez decidí no dejarme llevar por absurdos sentimentalismos. Sólo me gustaba el señorín, sólo él me compraría. El señor Sullivan me lo envolvió bien, para que no se le rompiera el delicado bastón durante el viaje. Lo metí entre la ropa para protegerlo más, y aquí está ahora en Madrid, junto a tres estatuillas más, una del mismísimo Conan Doyle, mucho más grande (32 cms.), y dos bustos, uno de su criatura Sherlock Holmes y otro de Laurence Sterne de joven, el autor de Tristram Shandy, novela que traduje hace ya más de treinta años.

Ya he dicho que esta vez me ha dado rabia. “Qué estúpido”, me decía cada vez que -ya lo adivinan- se me cruzaba el pensamiento por la cabeza. “¿Cómo puedo seguir siendo tan pipiolo y tan bobo, a mis años? Así no voy a llegar a ninguna parte. Se nos enseña que en la vida hay que ser duro, y si no soy capaz de serlo ni con los objetos inanimados, aviado voy, a cualquiera le pongo muy fácil tomarme el pelo”. Esto último no es grave, ya que uno de mis lemas, de hecho, como he contado en alguna ocasión, es “A veces un caballero debe dejarse engañar”, esto es, a sabiendas, y en el supuesto optimista de que yo sea un caballero. No me ayudó tampoco una amiga, que al ver al señorín y escuchar mi relato, se apiadó de inmediato de la bailarina abandonada. “Seguramente han estado siempre juntos”, me dijo, “desde que los hicieron. Si quieres yo misma te hago la gestión”. (Otro día hablaré de las amigas de buen corazón, que no contribuyen precisamente a que yo madure.) No hizo falta. El teléfono del señor Sullivan figuraba en su tarjeta. Lo llamé al lunes siguiente, le pedí que me enviara a la bailarina. Debe de estar ya en camino, preguntándose -es un decir, ya me entienden- hacia dónde viaja, por qué la obligan a atravesar el Canal, a salir de su vieja isla. Quizá no sospeche, todavía, que va a reencontrarse con su señorín de bastoncillo y chistera, al que seguramente creía haber perdido para siempre. Espero que no me la extravíe el correo. A estas alturas, tras tanta puerilidad, la verdad es que no me lo perdonaría.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de diciembre de 2009

6th Diciembre
2009
written by zonafantasma

Como ustedes recordarán, ha empezado a haber una tendencia en verdad alarmante en las últimas elecciones celebradas en nuestro país: en las localidades en que había alcaldes, concejales o consejeros autonómicos acusados de corrupción, esos individuos y sus respectivos partidos (sobre todo si se trataba del PP), lejos de ser castigados, han recibido un mayor número de votos que la vez anterior, es decir, se han visto premiados pese a las fuertes sospechas recaídas sobre ellos. Es cierto que, con la exasperante lentitud de la justicia –que ya casi nunca lo es–, la mayoría no estaban condenados ni tan siquiera juzgados. Así que limitémonos a las apariencias: cuanto más parece un político ser deshonesto, o directamente un ladrón o un rufián, más favorecido se ve por sus electores, más lo admiran éstos y más desean que sea él quien los siga gobernando. Si es evidente que ha mentido y que continúa haciéndolo, como es el caso del Presidente de Valencia Camps, o si se ha valido y se vale de toda clase de burdas marrullerías para acaparar poder, como es el caso de la Presidenta de Madrid Aguirre, su popularidad va en aumento y las encuestas les auguran contundentes victorias en las próximas citas electorales. Los partidos –en especial, de nuevo, el PP– están muy contentos al comprobar que, como ellos dicen, las fechorías o la falta de escrúpulos “no les pasan factura en las urnas”, sino más bien al contrario, y, en consecuencia, han aventado la peregrina idea de que esos hipotéticos pero probables triunfos equivaldrán a una “absolución” de cualquiera de los delitos atribuidos a sus cargos.

Cada vez que un artículo o un editorial se refieren de pasada a esta idea, la tildan de “perversión”. Sin duda lo es, pero también algo más: es aspirar a la abolición de las leyes y de los procesos judiciales por medio de un supuesto y falso plebiscito popular. En realidad el razonamiento subyacente –el sofisma– es este: “Hay una serie de actividades tipificadas como delito, sí; pero si los votantes, a sabiendas de que un político ha incurrido en ellas o tiene todas las trazas de haberlo hecho, deciden que ese individuo conserve su puesto y sus responsabilidades, y lo votan masivamente pese a las sospechas, todo el proceso debería pararse, su caso debería ser sobreseído y el sujeto en cuestión exonerado a todos los efectos. Los electores lo habrán absuelto y limpiado al renovarle su confianza”.

Lo que este razonamiento o sofisma no tiene en cuenta es que hay lugares y épocas en los que no sólo se envilecen muchos políticos, sino también sus votantes, o, si se me apura, el grueso de la población de un país, lo cual no obsta para que quienes rigen sus destinos, toman decisiones y dictan políticas criminales, incurran en delitos de los que tal vez, con suerte, habrán de responder algún día. Es indudable que en la Alemania nazi la inmensa mayoría de los ciudadanos aprobaba y aplaudía al régimen que los gobernaba. Éste contaba, de hecho, con un apoyo casi unánime, y fueron millares los alemanes que participaron de sus atrocidades, más o menos activamente. Otro tanto sucedió en la España de Franco, lo sé porque viví en ella desde mi nacimiento hasta los veinticuatro años. Desde hace ya muchos resulta que aquí nadie era franquista, pero lo cierto es que lo era casi todo el mundo, y que, de haber permitido este régimen la existencia de elecciones, Franco habría arrasado en ellas y habría sido votado con convicción y entusiasmo por la mayor parte de mis conciudadanos de los años cincuenta, sesenta y primeros setenta. ¿Acaso esos apoyos populares habrían “absuelto” a Hitler o a Franco de los innumerables crímenes que cometieron? ¿Les habría valido como defensa aducir que “cumplían el mandato” de sus respectivos pueblos, que no hicieron otra cosa que interpretar y satisfacer su voluntad? No me cabe duda de que hay pueblos enteros que son corresponsables de las salvajadas y barbaridades desencadenadas por sus dirigentes, y de que, en un mundo ideal, merecerían ser juzgados y condenados lo mismo que éstos. Pero, por un lado, la expresión “un pueblo entero” es por fuerza inexacta y exagerada: siempre hay excepciones, y nunca deben pagar justos por pecadores, aunque los pecadores hayan sido muchos más. Por otro, y por fortuna, no se debe ni se puede encarcelar a una nación, por muy criminaloide que se haya tornado temporalmente en su conjunto.

Ahora bien, los políticos tienen que asumir que son los representantes de los ciudadanos a todos los efectos, en las buenas y en las malas, y que hay una serie de delitos que lo seguirán siendo siempre –a menos que a nuestro mundo lo vuelvan enteramente del revés, como le está ocurriendo ya a Italia con la legalización de facto de todos los delitos en que haya podido incurrir Berlusconi–, independientemente de los antojos y veleidades de la población. Ahora hay muchos españoles a los que les parece bien despenalizar la corrupción, sobre todo si caen en ella políticos del PP. Pero, ¿quién nos dice que mañana esos mismos españoles, u otros, no querrán legalizar la violación o el asesinato, la tortura o los campos de concentración? Hay cosas que están por encima de la opinión circunstancial de las personas, no digamos del voto que depositen en una urna. Y, que yo sepa, a esos votos y a esas opiniones aún no se los ha facultado en ningún lugar para sustituir a las leyes, a los jueces y a los jurados, todavía menos para “absolver” a un criminal.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de diciembre de 2009

29th Noviembre
2009
written by zonafantasma

En algún lugar vi la noticia, un breve, una curiosidad, una anécdota sin importancia. Lamenté que fuera tan escueta, me habría gustado conocer más detalles del asunto, no tan baladí para mí como para quienes lo recogieron. Al parecer, una joven española, aspirante a ganar el certamen “Reina Hispanoamericana 2009″, al preguntársele por el año en que Colón descubrió América, contestó que “en 1780″. Da curiosidad saber por qué diablos eligió esa fecha disparatada, en vez de responder “No lo sé”, que habría resultado más disculpable. ¿Por qué 1780? ¿Cómo creerá la joven que era el mundo en ese año? ¿Sabrá que pertenece al siglo XVIII o ni siquiera le habrán enseñado cómo calcular los siglos? ¿Sabrá lo que es un siglo? Si hubiera dicho “1789″, podríamos pensar que se confundió de fecha célebre. Pero, ¿1780? En verdad un arcano. La noticia añadía algo, quizá más sintomático y revelador todavía: se conoce que a la muchacha le quisieron sacar los colores por su metedura de pata en un programa de TVE, pero ella se defendió con desparpajo y afirmó: “Es irrelevante saber eso”.

Es fácil no conceder importancia a la cosa y consolarse con la asentada idea de que todas las misses y aspirantes a tales son ignorantes por definición y tontas de baba. Sus grititos, sus llantos y sus obviedades han sido parodiados hasta la saciedad en películas y programas de humor. ¿Qué se puede esperar de una miss? Ya se sabe. Pero la joven en cuestión era probablemente una chica normal hasta hace cuatro días. Habrá ido al colegio como cualquiera, y quién sabe si no habrá terminado su bachillerato o su ESO o como quiera que se llame ahora. Habrá llegado a sus dieciocho o veinte años con alguna instrucción, y la prueba es que le viene a la cabeza la palabra “irrelevante”, algo que en nuestro tiempo no está al alcance de todos. Yo me temo que sus dos respuestas, la de 1780 y la de la irrelevancia, las podrían haber dado numerosos jóvenes que nada tuvieran que ver con concursos de belleza y no pocos adultos actuales, entre ellos, sin duda, algunos de los periodistas televisivos que le quisieron sacar los colores, sólo que a ellos no se les hacen esas difíciles preguntas con cámaras delante.

“Es irrelevante saber eso”. En cierto sentido no le falta razón a la candidata a “Reina”, porque lo mismo opinaron, a buen seguro, cuantos profesores tuvo en su vida y los responsables de Educación -gubernamentales y autonómicos- de las últimas dos o tres décadas, que han hecho todo lo posible por convertir a España en una sociedad de iletrados, de ignorantes ufanos de su ignorancia, de primitivos duchos en tecnología; así como un buen número de progenitores, que se han dedicado a exigir a los docentes que enseñen a sus vástagos “cosas prácticas”, que les sirvan para ganarse la vida en el futuro, y no pierdan el tiempo con lo “irrelevante”. ¿Sirve de algo el latín, una lengua cadáver? ¿Sirven las matemáticas, cuando tenemos calculadoras que nos dan el resultado de cualquier operación en el acto? ¿Sirven la gramática, la sintaxis y la ortografía, si da lo mismo cómo se hable y se escriba? ¿Sirve conocer la historia, si basta con buscar en Internet para averiguar al instante quién fue tal personaje o qué pasó tal año? ¿Sirve la geografía, si cogemos aviones que nos trasladan a cualquier sitio en unas horas y nos trae sin cuidado el trayecto? ¿Sirve algo de algo? ¿Y qué es, pues, “lo práctico”? Tal vez sólo aprender a manejar el ordenador y la calculadora. En realidad, ¿para qué es necesario ir a la escuela? ¿Para tener una idea del mundo, del pasado de la humanidad, de la historia del arte y de las religiones, de la evolución de las ciencias, de nuestra anatomía, de los textos que se han escrito, de la multiplicación y la división y la suma y la resta, del círculo y el triángulo? Nada de eso es “práctico” ni ayuda a ganarse la vida, no digamos a ser Reina Hispanoamericana. Y sin embargo…

La educación no son sólo conocimientos y datos. Es parte esencial de lo que solía llamarse “formación”, esto es, la conversión de los individuos en personas, no en seres animalescos que caen en el mundo sin tener noción de lo que hubo antes que ellos, incapaces de asociar dos hechos, de distinguir entre causa y efecto, de articular dos frases inteligibles, de pensar y razonar, de comprender un texto simple. Esta es la clase de ser que cada día abunda más en nuestra sociedad intelectualmente rudimentaria. El problema es que, por algún misterio, a la postre esos seres no resultan “prácticos” ni se pueden ganar la vida, la vieja aspiración de sus ya embrutecidos padres. No es raro ver en la televisión a jóvenes y no tan jóvenes que dicen en estos tiempos de crisis: “Yo no quiero estudiar, lo que quiero es que me den un trabajo para ganar dinero”. A menudo tienen tal pinta de cabestros que me descubro pensando con pena: “Pero, hombre de Dios, ¿cómo te va a dar nadie un trabajo si es obvio que no te han enseñado nada y que aún no sirves ni para pegar un sello? Si yo fuera un empresario, no te contrataría”. Me temo que los que lo sean pensarán otro tanto: “No necesito a un animal tecnológico, que sepa darle a las teclas según se le ordene, pero sin tener ni idea de lo que hace. No necesito a una persona incompleta. Tráiganme a alguien civilizado, con conocimientos irrelevantes, de los que permiten desenvolverse en el mundo”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de noviembre de 2009

22nd Noviembre
2009
written by zonafantasma

Ustedes me disculparán (o no), porque si yo tengo la sensación de haber escrito ya este artículo, ¿cómo no la van a tener los lectores de haberlo leído? Vaya en mi descargo que los columnistas españoles no siempre nos repetimos por falta de ideas o por machaconería, sino muchas veces porque nuestra realidad es insistente y reiterativa y pesada, y porque se nos da como a nadie fingir que alguien no ha dicho ni argumentado lo que sí ha dicho y argumentado, lo cual obliga a ese alguien a volver a la carga. Ilusamente, desde luego, pues lo más probable es que se haga otra vez caso omiso de sus razonamientos, y así hasta la siguiente. Si se molestan en leer o releer a Larra, por poner un solo ejemplo clásico, verán hasta qué punto casi nada ha cambiado en los últimos doscientos años.

Hace unas noches me encontré en la calle a dos de las hermanas García Lorca, Isabel y Laura, o Yaya y Lauri, como se las llamaba en el colegio al que fuimos, aunque estuviéramos en cursos distintos. Son dos mujeres risueñas y encantadoras, en las que uno cree adivinar la legendaria simpatía que cuantos lo conocieron atribuían a su tío Federico. Apenas hablamos unos minutos, pero las noté agobiadas por las presiones que, desde demasiados flancos (incluido este periódico), están recibiendo, ellas y sus primos y su otra hermana, para que cedan a los insaciables deseos de espectáculo de nuestra sociedad de brocha gorda, en lo relativo a la excavación de la fosa en la que se supone que yace el poeta, junto con tres o cuatro cadáveres más. Los herederos han preferido, durante años, que no se abriera ni removiera esa tumba, pero cuando los descendientes de los otros fusilados han querido lo contrario, y recuperar los restos de sus antepasados, los García Lorca no se han opuesto, claro está, ¿cómo podrían? Ahora, al ir a procederse a la exhumación, han manifestado su voluntad de que no se identifique a García Lorca, al menos en principio, y de que en todo caso no se saquen sus huesos de donde quiera que estén ni se trasladen a ningún otro lugar ni menos aún se los convierta en objeto de pomposidades ni en destino de beata peregrinación. Esta sobria postura indigna a muchos, en este país folklórico, circense, festivalero, oportunista y frívolo. A los políticos, porque les impide fotografiarse junto a la lápida ilustre y soltar vacuos discursos; a algunos jueces, porque atenta contra su lucimiento; a la prensa, porque la priva de un espectáculo más; a ciertos izquierdistas de turismo y manifiesto, porque nada les gustaría tanto como llevar flores y cirios a un sepulcro “como es debido” y dejar allí mensajitos cursis destinados a su propio bienestar, que no al del muerto; a algunos estudiosos, porque ansían satisfacer su curiosidad profesional y su vanidad personal, saber si tenían razón en sus conjeturas y conocer al detalle por dónde le entraron las balas al poeta, cosas así. Uno de ellos ha anunciado melodramáticamente que si no se identifica a éste o no se comunican los resultados, se pensará si coger la maleta y marcharse de España para siempre. A todos nos dan a menudo ganas de largarnos de este país, no le quepa duda al biógrafo, pero aquí los chantajes de este tipo no funcionan, él debería saberlo a estas alturas. La respuesta de los españoles a amenazas así siempre es: “Pues váyase usted”. Eso se lo han dicho a gente mucho más insigne y fundamental a lo largo de nuestra historia.

Lo más desagradable de este asunto es que ya se han empezado a arrojar sospechas sobre los motivos “reales” de las sobrinas García Lorca y los sobrinos Fernández-Montesinos (insisto: sin que este diario, por desgracia, se haya quedado atrás). ¿Qué “ocultan” o quieren ocultar?, se preguntan no pocos de los indignados con su postura. ¿Acaso hace años que sacaron a su tío del barranco de Víznar y está enterrado en otro sitio, y ahora no desean que se descubra la “farsa”? ¿O es que están en contra de la “memoria histórica” y de que el poeta “que es de todos” (otra cursilería, por cierto, amén de otra falsedad: sus versos están al alcance de cualquiera, pero no tienen por qué estarlo sus huesos) sea sepultado con honores?

¿Tan difícil es de entender lo siguiente? a) La “indigna” sepultura de Lorca es un recordatorio necesario de la indigna muerte que sufrió, y no respetarla sería, a la larga, poco menos que “blanquear” a sus verdugos. b) Se puede preferir dejar a los muertos allí donde cayeron, no traficar con ellos ni trasegarlos para complacer a los vivos. c) También no tratar de averiguar hasta el último detalle morboso (y doloroso para los allegados) de un asesinato, ya que basta con saber lo que se sabe, que Lorca fue asesinado vilmente por el bando franquista que el Partido Popular todavía defiende, puesto que se ha negado a condenarlo. d) Que la veneración supersticiosa de las reliquias es una costumbre católica, a la que muchos supuestos izquierdistas laicos están locos por apuntarse, pero por fortuna no todos (los que ven inconsecuencia en ello). e) Que se puede sentir aversión hacia la industria turístico-político-cultural que a menudo se monta en torno a los muertos ilustres, siempre en beneficio de unos cuantos vivos o para endulzar sus autocomplacientes conciencias. f) Que uno tiene derecho a no querer saber lo que juzga superfluo saber. ¿Tan difícil de entender es esta actitud, o es más bien que no interesa entenderla si nos priva de un juguete, de un santuario y de un espectáculo más?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de noviembre de 2009

15th Noviembre
2009
written by zonafantasma

Causa sonrojo insistir en las cosas que a uno le parecen evidentes y que hasta hace poco se lo parecían a la mayor parte de la población. Pero vivimos en una época y en un país tan irrazonables que ya nada se puede dar por sentado, ni siquiera la capacidad para asociar las causas con los efectos, o las imbecilidades con sus consecuencias. Es como si hubiéramos perdido –hablo en términos generales– esa facultad fundamental, y con ella la de prever lo que las iniciativas o decisiones o prácticas necias pueden traer consigo. En las últimas semanas he hablado aquí de algunas de ellas: casi nadie asocia la penalización del cachete ocasional a los niños y adolescentes con el vandalismo creciente de muchos de ellos, que son los que al final acaban abofeteando o palizando a sus padres; casi nadie ha asociado el fracaso de la candidatura olímpica de Madrid con el demencial estado de la ciudad, el sistemático destrozo de sus zonas mejores y la imposibilidad de llevar en ella una vida seminormal; los internautas que pronto leerán gratis libros (y que ya oyen canciones y ven películas) se han indignado porque me limité a anunciar que, gracias a sus hábitos que ya nadie va a cambiar (ni yo lo pretendo), llegará un día en que los creadores dejemos de hacer música, cine y literatura, ya que –por lo menos los escritores– sólo ganamos dinero por los ejemplares que vendemos: nadie nos paga una cantidad fija e inamovible por nuestro trabajo, y los anticipos que percibimos son eso, anticipos a cuenta de nuestras previsibles e inseguras ventas.

Pero hay muchas otras cosas que extrañamente no se asocian. En Barcelona hubo consternación el pasado verano porque cada vez más gente se paseaba por sus calles, y aun entraba en establecimientos de todo tipo, con el torso descubierto, lógicamente sudoroso y probablemente apestoso; luego se armó un escándalo al reproducir este diario fotografías de sexo en pleno centro, en los tradicionales barrios de prostitución. Yo no sé por qué los barceloneses se sorprendieron, ni de lo uno ni de lo otro, si en su ciudad está expresamente autorizado el nudismo por decisión municipal. “La gente tiene derecho a ir desnuda por donde le plazca”, sentenció el Ayuntamiento en su ridículo afán por ser “moderno”, “tolerante”, “abierto”, “sensible” y “respetuoso con los deseos de todos”. El resultado inmediato fue que hay un par de individuos que van siempre en bolas y con los que los habitantes están resignadamente familiarizados (uno de ellos, al parecer, suele ir en bici y lleva el pito tatuado, para mayor distinción). El resultado mediato es que, si está permitido circular en cueros, ¿cómo se les van a poner trabas a los que “sólo” llevan el torso o el culo al aire o simplemente se sacan el susodicho pito para que una profesional se lo lleve a la boca junto a la Boquería? ¿A qué viene ahora tanta protesta, si a la ciudadanía le pareció de perlas –no hubo quejas, que yo recuerde– la supertolerante iniciativa imbécil del Ayuntamiento?

Durante muchos años, sobre todo desde que el Gobierno de Aznar decidió que todo el suelo español fuera edificable, los constructores y los Ayuntamientos y las Comunidades han destruido el paisaje, sobre todo el de las costas, arrasadas por monstruosas moles de ladrillo y cemento y convertidas en lugares incómodos y feísimos. Eso ha propiciado que allí ya sólo acudan los turistas más zafios y que menos gastan, los que se conforman con dos o tres noches –ciegas– de cerveza, chiringuito y prostitución callejera, todo en un paquete que les cuesta cuatro perras; y que, paralelamente, se haya ahuyentado a cualquier visitante con un mínimo de exigencia y con gusto por el dispendio. Hasta agosto, la entrada de turistas había caído un 10% este año respecto al anterior, y en los meses que restan se prevé un descenso aún mayor. Nuestros gobernantes intentan achacarlo a la crisis, porque son los primeros interesados en que no se asocien sus políticas imbéciles con sus consecuencias, pero unas y otras están estrechamente vinculadas.

Otro tanto sucede con el llamado Plan E del Gobierno de Zapatero, que consistió, entre otras medidas, en soltarles a los Ayuntamientos –endeudados hasta el peluquín– un montón de millones para que acometieran obras absurdas e innecesarias (para que se las inventasen, en suma), a fin de frenar momentáneamente el paro en las empresas de obras públicas y en las constructoras. A gastar en lo superfluo se lo llama tirar el dinero, y además ha sido a costa de que el conjunto de la población padezca sin motivo y no pueda trabajar ni descansar en sus desventradas y martilleadas localidades. Las consecuencias de esta imbecilidad están a la vista: a punto de acabarse la inyección artificial, tendremos ahora de golpe todos los parados que se intentó “aplazar”, y, a cambio, la productividad general del país se ha resentido, con la gente torturada y fuera de quicio, imposibilitada para moverse y desplazarse por sus ciudades y para rendir en sus tareas.

La mayor imbecilidad, con todo, es la que nos aqueja últimamente a la mayoría: no saber asociar causas y efectos, lo cual, se dan cuenta, equivale a no saber sumar dos y dos. No hace falta explicar cuál será la consecuencia de tamaña ignorancia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de noviembre de 2009

8th Noviembre
2009
written by zonafantasma

Leo este periódico a diario, desde su fundación. Además he escrito en él desde 1978, esporádicamente durante muchos años, mensualmente durante unos pocos, semanalmente desde hace casi siete, en este dominical. Es normal que lo que no me gusta de El País me preocupe, no tiene nada de particular. Les sucede a los que son sólo lectores, como demuestran sus Cartas al Director y sus quejas a la Defensora. En los últimos tiempos encuentro cada vez más motivos de preocupación: de tendencia, de estilo, de contenido, de foco o atención. Me fijo en los nombres de quienes firman las noticias, los comentarios, los reportajes, las críticas, las columnas y artículos de opinión. Conozco los de los corresponsales, nacionales e internacionales. Éstos han sido con frecuencia excelentes, y algunos lo siguen siendo. No voy a hablar, sin embargo, de las tendencias ni de los estilos ni de los contenidos ni de los focos o atenciones. Con todo, aún es mucho más lo que me agrada que lo que me desagrada. Y todo ello es subjetivo. Me voy a limitar a señalar un aspecto, el más preocupante de todos y el que más urgiría corregir.

Nunca me había sucedido lo que me sucede a menudo últimamente: leo una información intentando enterarme de lo que ocurre en un lugar determinado, o de cómo está la situación de tal conflicto, o de cuáles van a ser los problemas del libro cuando se generalicen el e-book y similares, o de qué va a pasar con la fosa de García Lorca, y no lo consigo. En el mejor de los casos, me quedo como estaba, y en el peor, han aumentado mi ignorancia y mi confusión. Como he perdido muchas cosas, pero aún no mi capacidad intelectiva (o no enteramente), sólo me queda concluir que con frecuencia no se entiende nada de lo que los nuevos redactores (cada vez hay más nombres nuevos que no se asientan, no sé si son becarios que vienen y se van) intentan explicar. A veces se tiene la impresión de que fingen explicar algo que ellos no han comprendido previamente, lo cual hace su tarea imposible, claro está. En el caso de algunos corresponsales extranjeros, uno detecta con facilidad que se han limitado a mal copiar -es decir, a traducir mal- lo que los diarios o televisiones de cada país han dicho, y nada es más incomprensible que una traducción hecha por alguien que conoce mal la lengua de origen y deficientemente la propia. El resultado habitual es que el lector con ciertos conocimientos se ve obligado a llevar a cabo sobre la marcha una “traducción” de la información, esto es, a “deducir” lo que los redactores habrán entendido o habrán querido decir en realidad. Un juego de adivinación, que va contra las reglas más elementales del periodismo. Lo peor es que, como esto no se da sólo en El País, sino también en todos los demás diarios y sobre todo en las radios y televisiones -con la fuerza divulgadora de estas últimas, y lo de TVE es atroz-, nos encontramos con que también quienes no son corresponsales en el extranjero, y por tanto no tendrían en principio de dónde traducir, adoptan las meteduras de pata, las sintaxis ininteligibles y los innumerables falsos amigos que sus colegas propagan. Es llamativa la resistencia mínima que se opone hoy al continuo destrozo de la lengua. (Ojo, mi preocupación no se debe a ningún purismo, sino al creciente peligro de que no nos entendamos más que “retraduciéndonos” los unos a los otros, si cada cual trufa el español con los disparates que se le antojan.)

Sirva como ejemplo modesto la proliferación de falsos amigos, y eso que hay diccionarios para prevenirnos contra ellos. Obviamente, hay redactores de este diario (y por supuesto de otros) que ni los tienen ni los consultan, porque aún no se han enterado de que en inglés “extravagant” nunca significa “extravagante”, sino “derrochador” o “despilfarrador”; de que “fastidious” es “puntilloso” o “meticuloso”; de que “dramatic“, en bastantes contextos, no es “dramático”, sino “espectacular”; de que “bizarre” no equivale a nuestro “bizarro”, sino, como en francés, a “extraño” o incluso “estrafalario”; de que “to abuse” es “insultar” o “maltratar” muchas más veces que “abusar”; de que “anxiety” no significa “ansiedad”, sino “angustia” (hace poco un crítico de Babelia se congratulaba de que por fin se hubiera traducido “fielmente” el título de una obra que contiene esa palabra, cuando precisamente ahora se ha traducido mal); de que “a stranger” no es “un extraño”, sino “un desconocido” o el viejo “forastero” de las películas del Oeste; de que “miserable” quiere decir “desdichado”; de que “to remove” no es “remover”, sino “quitar” o “sacar”; de que “ingenuity” e “intoxication” no son lo que parecen, sino “ingenio” y “embriaguez”, y así decenas de casos más, que no se dan sólo en el inglés. La mayoría son cosas que los estudiantes de cualquier lengua aprenden en el primer curso. Gente que lleva años o meses viviendo en un país, y que escribe para la prensa, las desconoce y las traduce mal una y mil veces, hasta contagiárselas a quienes jamás han puesto un pie en el país en cuestión. Regalen esos diccionarios a quienes los necesiten en la redacción, por favor. Desearía volver a leer un periódico en el que no tuviera que retraducir a mi lengua las noticias que en él se me dan, y en el que me enterara un poco más.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de noviembre de 2009

1st Noviembre
2009
written by zonafantasma

Uno de los aspectos del zarandeado caso Gürtel en los que se ha hecho menos hincapié es lo paletos, advenedizos y acomplejados que los políticos involucrados en él parecen ser, algo que quizá resulta tan alarmante como su más que probable corrupción. No se trata sólo del lenguaje entre cursi y soez de las conversaciones grabadas que han salido a la luz, ni de la hortera fascinación por bolsos rojos de marca, aparatosos relojes, automóviles llamativos y talles de pantalones así o asá, como si vivieran permanentemente en una competición de pijos catetos o de narcos mexicanos y ese fuera su mundo, el de la apariencia hiriente y la ostentación. Esto es ya, desde luego, bastante notable: que dirigentes con responsabilidades enormes y múltiples problemas que resolver dispongan de tanto tiempo para mirarse en el espejo, cardarse el pelo, ir de compras (u hojear catálogos y enviar a un mandado con bigotes a hacerlas), probarse trajes y meterle la muñeca con peluco en el ojo a todo el que se les acerque. Pero aún más paleto que todo esto es el afán por figurar en compañía de quienes consideran por encima de ellos y que pueden contagiarles algo de su supuesto prestigio. Eso indica que tienen muy baja opinión de sí mismos y que son propensos a deslumbrarse por la fama, exactamente igual que las groupies que ansían hacerse una foto con su cantante favorito, sólo que peor: al fin y al cabo para ellas se trata de su favorito, mientras que estos políticos valencianos parecen conformarse con cualquiera que suene o reluzca un poquito.

El sueño del Presidente Paco Camps era, por lo visto, hacérsela junto a Obama, pero cuando le comunicaron que su sueño era vulgar, que había unas quinientas mil personas aspirando a lo mismo (incluido Zapatero) y que la cosa estaba imposible, se le antojó, hemos sabido, hacérsela con el Gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, a quien no mucha gente debe de conocer fuera de su Estado o de su país y que si entre nosotros suena algo es simplemente porque, pese a su apellido, es uno de los primeros semihispanos (su madre nació mexicana) con cargos relevantes en los Estados Unidos y con vagas y remotas (y frustradas) aspiraciones a la Presidencia de la nación. Yo, la verdad, ni siquiera entiendo a esas personas “importantes” (diplomáticos, empresarios, escritores, banqueros) que exponen en el salón de su casa la fotografía que les hicieron un día –como a ochocientos más– con el Rey, la Reina o el Papa, con Clinton, Bush padre o hijo o Mitterrand, no digamos con el siempre barbado Fidel Castro o con el constantemente injertado y momificado Berlusconi. Algo más entiendo –pero tampoco– a quienes exponen una en la que se los ve junto a Picasso, Stravinsky, Nabokov u Orson Welles, a no ser que, además de grandes artistas, fueran amigos personales suyos. Cuando veo esos alardes en algunos salones o despachos, siempre pienso del anfitrión: “Ya, estuvo una vez –o dos, o cuatro, tanto da– al lado de este personaje. ¿Y qué? ¿Creerá que ese contacto lo hace a él más valioso o mejor? ¿Que por eso se le pegó o se le pega la “grandeza” de la celebridad? ¿Sentirá que de alguna pobre manera pertenece a su mundo por haber posado junto a ella?” Lamento decirlo, pero esas exhibiciones o trofeos fotográficos me parecen una horterada mayúscula, digna de individuos acomplejados, presuntuosos y papanatas. Y el que anhela verse reproducido en imagen al lado del Gobernador de Nuevo México, y es capaz de remover Roma con Santiago para conseguirlo, es que se considera directamente un mierda a sí mismo, lo cual nunca es bueno en un Presidente, aunque lo sea sólo de una Comunidad Autónoma española.

De la trascendencia otorgada a este encuentro de Camps con Richardson –válgame Dios–, da cuenta una de las conversaciones que hemos podido leer, entre Álvaro Pérez, el admirable El Bigotes, y el poco menos admirable Pedro García, entonces director de la Televisión Valenciana. Cuando éste le revela a aquél que la codiciada cita ya está pactada y Bigotes descubre que, tras sus abnegadas gestiones para procurársela a su “amiguito del alma”, él ha sido puenteado, se enfurece como un Otelo y maquina un pérfido plan: “Lo que voy a hacer es irme el martes a EEUU para que cuando Camps llegue allí, estar en la reunión, y para que no pueda entrar Nuria Romeral, ni Ana” (lo lamento, no tengo el gusto de saber quiénes son), “ni nadie, nada más que él y yo. Y cuando esté allí la hija de puta esta decirle: ‘¿Cómo que si estoy aquí? Si viene por mí y lo va a ver por mí’” (el mindundi de Camps al gigante de Richardson, se entiende). El admirable García le desaconseja ese movimiento intrépido, y Bigotes explota admirable y homéricamente: “Entonces qué le digo. Si lo único que le puedo decir es” (obsérvense el desgarro y la ira, obsérvense las confianzas): “‘Oye Paco, eres un cerdo, ¿cómo coño haces esto sin decirme nada?’ Va a conseguir la foto gracias a mí y el hijo de puta no me dice nada. Es un mierda”.

Que, como he dicho antes, es exactamente lo que el Presidente Camps ha de pensar de sí mismo, para mover cielo y tierra, como el mayor paleto, a fin de hacerse una foto con el Gobernador de Nuevo México.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de noviembre de 2009

25th Octubre
2009
written by zonafantasma

Entre los muchos síntomas de enloquecimiento que en los últimos tiempos presenta el Gobierno de Zapatero (en España deberían prohibirse las segundas legislaturas, porque en ellas todos los Presidentes pierden el norte, cuando no el juicio, como Aznar), hay uno al que se presta poca atención y que a mí me parece de los más graves, por lo que significa y deja traslucir: nada menos que el más absoluto desprecio por la democracia.

Como saben, hace unos años el Gobierno y el Parlamento aprobaron una ley antitabaco que puso considerables restricciones a los fumadores, a los que ni siquiera se permitió disponer de un espacio cerrado, en sus trabajos, para echarse un pitillo de vez en cuando. A los bares y restaurantes se los obligó a separar tajantemente las áreas de fumadores y de no fumadores si sus locales sobrepasaban los cien metros cuadrados, lo cual les supuso a muchos hosteleros costosas obras y reformas. En cuanto a los de menos de cien metros, se dejó, lógicamente, que los dueños decidieran si los suyos eran espacios libres de humo o no, es decir, se les concedió cierto grado de libertad. Ahora Zapatero planea acabar con esa libertad, y promulgar una nueva ley que prohíba fumar en todos los bares y restaurantes sin excepción y sin que, absurda e injustamente, los propietarios puedan opinar ni decidir al respecto. Así, la libertad que Zapatero y su entonces Ministra de Sanidad Salgado otorgaron en su momento para elegir, ha resultado ser una libertad de quita y pon, falsa y condicionada. Como el uso que la mayoría de los hosteleros hicieron de esa libertad no fue del agrado del Gobierno (que deseaba que prohibieran fumar), entonces se les retira sin más.

No sé si ustedes se dan cuenta de la gravedad del asunto y de lo antidemocrática que resulta la actitud zapateril o gubernamental. Denota el mismo desprecio por la voluntad de los individuos que si se les dijera: “Miren, estamos en un sistema democrático y por lo tanto ustedes pueden votar y elegir a sus representantes cada cuatro años. Ahora bien, si no eligen como nosotros esperamos y deseamos (esto es, si no nos votan a nosotros), entonces cambiaremos las leyes, suprimiremos ese derecho y no les permitiremos acudir más a las urnas, ya que en ellas no depositan el papel que nos gusta. Ustedes disponían de esa libertad, pero sólo en la medida en que nos complacieran con ella, en que supieran interpretar nuestros deseos y los satisficieran. Si no es así, se acabó tal libertad”. ¿Verdad que ante semejante mensaje la ciudadanía se rebelaría (o eso espero; con las cada vez más amplias tragaderas de la gente, y su mayor indiferencia ante las injusticias y la corrupción, ya no lo sé)? Pues lo que se proponen Zapatero y la actual Ministra de Sanidad Jiménez es, a escala reducida, el mismo atentado contra la democracia y las libertades.

La principal razón que estos políticos aducen para el endurecimiento de esa ley antitabaco es que España debe amoldarse a lo que rige en los países “de nuestro entorno”. Que yo sepa, los Estados Unidos, el histérico e hipócrita propulsor de estas campañas, no es precisamente de nuestro entorno. Pero lo que nuestro trivial y adocenado Gobierno no se para nunca a pensar, mostrando su increíble falta de personalidad, es si una ley es en sí justa o no, independientemente de las injusticias cometidas “en nuestro entorno”. Los no fumadores fundamentalistas se quejan de que no pueden entrar en muchos bares, por lo que exigen que sean los fumadores los que a partir de 2010 no puedan entrar. Según esa argumentación, podrían exigir que no hubiera locales topless aquellos que no quieran ver tetas sobre un mostrador, o que no haya billares los que detesten su ambiente, o discotecas los que no soporten el ruido, o casinos los que ven con malos ojos el juego o temen caer en él. La gente, simplemente, se abstiene de entrar o de llevar niños a ciertos sitios, pero no exige que esos sitios dejen de existir, como se pretende ahora con los espacios en que se puede fumar.

Yo no tengo coche, y me gustaría que cuantos lo tienen dejaran de utilizarlo y de atentar contra mi salud en mucha mayor medida de lo que lo hacen los fumadores, pero no se me ocurre pedir que no se circule en automóviles particulares y que se use sólo el transporte público o la bici. En cuanto a los Gobiernos, su grado de hipocresía salta a la vista si se recuerda que casi todos ellos, mientras dicen proteger la salud de la gente con sus leyes antitabaco, se dedican a vender armamento por doquier y al por mayor, incluido el de Zapatero. Por lo demás, es fácil prever lo que traerá la nueva ley, y que ya ha ocurrido en Italia: los bares y restaurantes instalarán más terrazas (para beneficio y recaudación de los Ayuntamientos), en las que en invierno pondrán calefactores, para que la gente se siente en ellas a fumar. En un país tan bullanguero, ruidoso y vociferante como el nuestro, lo más probable es que los no fumadores fundamentalistas pasen a ser insomnes perpetuos. Al escándalo permanente de los botellones habrá que añadir el de los fumaderos al aire libre. Creo que, más daño que el humo para los que lo elijan, harán la falta de descanso y los nervios de punta para todo el mundo. Suele ocurrir: el desprecio por las libertades trae más males que remedios.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de octubre de 2009

18th Octubre
2009
written by zonafantasma

El pasado 2 de octubre, día en que se decidía la ciudad que organizaría los Juegos Olímpicos de 2016, una tertuliana de la Cadena SER empezó su intervención más o menos así: “Yo, como todos los españoles salvo Javier Marías, deseo que Madrid sea elegida”. Vaya fama me he creado, sin duda por el artículo que saqué aquí hace cinco meses, titulado “Tengo un razonamiento”, en oposición al equivocado “Tengo una corazonada” con que políticos, gente de renombre y particulares nos han dado la matraca. Lo curioso –y algo preocupante– es que en aquella pieza yo no expresaba deseo alguno respecto a la candidatura, sino que me limitaba a no llamarme a engaño y a vaticinar su fracaso, y lo argumentaba. “Lejos de una corazonada”, escribí, “lo que yo tengo es un razonamiento según el cual es imposible que a Madrid le otorguen esos Juegos”; y, tras mi exposición, concluía: “Lo siento por el 90% de mis conciudadanos, pero no puede haber Juegos Olímpicos en Madrid”. Ya sé que es inelegante citarse a uno mismo, y más aún incurrir en la antipática actitud que se resume en la frase “Te lo dije”. Pero qué quieren: la lata que se nos ha dado con la famosa, carísima e inútil candidatura ha sido tal que justifica casi cualquier reacción por parte de quienes la hemos padecido. En todo caso me disculpo con los que crean que, pese a todo, carezco de justificación.

Hay una contradicción evidente –pero apenas percibida por nadie– entre las inmensas ansias de albergar unas Olimpiadas aquí, pregonadas por los políticos locales y nacionales, los deportistas, los Reyes y la población en general, y lo que se hace por conseguir traerlas. No basta con las infraestructuras, las instalaciones deportivas, la red de transportes, la seguridad o la adecuación de las normas antidopaje a las de la comunidad internacional, cosas sobre las que se ha hecho tanto hincapié. Tampoco con la ilusión. Hay algo mucho más esencial, que sin duda los miembros del COI tendrán en cuenta a la hora de votar: la vida en la ciudad aspirante. Y es de todo el mundo sabido que, desde hace veinte años (desde Álvarez del Manzano en adelante: recuérdese que se lo llamaba “el alcalde topo”), Madrid es un lugar invivible por culpa de sus autoridades, dedicadas a desventrarla permanentemente sin necesidad ni ton ni son, a destruir los pocos parajes bonitos que le quedan, a violentarla sin pausa para jamás mejorarla, a tenerla como mero escenario de sus extraños negocios con empresas de obras públicas y constructoras, a enviar el mensaje de que nada de lo realizado aquí a lo largo de la historia vale la pena y que todo se puede destrozar. El vídeo que la delegación madrileña presentó en Copenhague era una sarta de mentiras. Se decía, por ejemplo, que la capital era “una ciudad verde”, cuando todos sabemos que uno de los mayores afanes del Ayuntamiento es talar árboles por doquier o construir una monstruosa “Ciudad de la Iglesia” donde hasta ahora había los preciosos jardines de las Vistillas; o que era “un espacio para pasear”, cuando todos nos las vemos y deseamos para dar cuatro pasos sin toparnos con zanjas, vallas, andamios, agujeros, ruidosas planchas metálicas, perforadoras, excavadoras, cascotes, grúas y demás. Al Presidente Zapatero, que últimamente donde pone el ojo nunca pone la bala, sólo se le ocurrió calificar dicho vídeo de “muy sincero”. Santo Dios.

Lo lamento de veras, pues se trata de mi ciudad, pero la fama de Madrid como sitio impracticable, sucio, chapucero, urbanísticamente criminal y con un centro a mitad de camino entre una favela y Beirut en guerra, es universal. ¿Acaso creen nuestras autoridades que los millones de turistas que intentan atraer no hablan luego del manicomio hostil con que se han encontrado, un año tras otro, un lustro tras otro? Cada vez que salgo al extranjero, la gente me pregunta a qué se debe el encarnizamiento con Madrid, que no se la deje nunca en paz y que sea imposible transitar por ella o disfrutarla. Esa reputación nos persigue con razón, y seguirá haciéndolo durante mucho más tiempo, porque ya será difícil zafarse de ella aun cuando este alcalde o sus sucesores vieran un día la luz y se decidieran a respetar y no tocar algo de lo que nos queda (el Paseo del Prado, la Plaza Mayor ahora también amenazada, las Vistillas ya condenadas) y permitieran que esta fuera una ciudad normal, en la que no hubiera más obras que las imprescindibles. París, Londres, Roma, Barcelona, Estocolmo, Berlín son lugares más o menos conformes consigo mismos, en los que no se saca continua tajada a costa de sus poblaciones, o en los que no se somete a una plaza emblemática como la Puerta del Sol a seis años –seis– de tortura para al final dejarla convertida en un adefesio inhóspito y vergonzoso. Si tanto desean unos Juegos Olímpicos, prueben a hacer lo que nunca han hecho, y tal vez tengan suerte a la próxima: dejen la ciudad en paz, déjenla vivir, respirar, estar limpia, trabajar, descansar. Acaben con su estrépito, cierren todos sus boquetes de una vez, quiten de en medio los martillos neumáticos y las tuneladoras, y entonces quién sabe. De momento, me reafirmo, no hay ninguna posibilidad. Los de la corazonada errónea pídanles cuentas a los responsables y exíjanles, como primera e indispensable medida, que Madrid vuelva a ser una ciudad presentable y no un infierno disuasorio y ahuyentador.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de octubre de 2009

11th Octubre
2009
written by zonafantasma

(Continuación del pasado domingo)

No puedo jurar, así pues, que en mi juventud no habría caído en la tentación de robar con el ordenador, de haber existido éstos entonces. Yo ni siquiera tengo uno, pero lo cierto es que conozco a numerosas personas esencialmente honradas que se descargan sin ningún problema de conciencia cuanto les apetece ver, oír, y de aquí a poco leer. Que no se dé tal problema de conciencia –sabiéndose que no sólo se hurta a la “industria cultural”, a menudo abusiva, sino también a los creadores, a diferencia de lo que ocurría con los robos artesanales del pasado de que hablé hace una semana– se debe sobre todo a dos creencias disparatadas, desvergonzadas y nuevas, a saber: que “la cultura es de todos” y que “debe ser gratuita”. A arraigarlas han contribuido más que nadie los demagógicos Gobiernos actuales, con los españoles a la cabeza (nuestro país es, tras China, el segundo del mundo en número de descargas ilegales): Aznar y Zapatero han contraído una monstruosa deuda con los artistas en general. La práctica de bajarse lo que a uno le plazca, sin peligro, sin coste las más de las veces, está ya tan arraigada, en efecto, que difícilmente tiene vuelta atrás. No es sólo que los Gobiernos no hagan nada para proteger la propiedad intelectual, o que, si toman tímidas medidas (como en Francia), los jueces se las echen abajo. Es que si a estas alturas lo intentaran –castigaran con fuertes multas las descargas, por ejemplo, no digamos el almacenamiento en los discos duros–, habría una rebelión. Ya muchos internautas se ponen como fieras en cuanto se habla de regular o controlar un poco ese no-mercado. Se ha permitido que la gente se acostumbre a lo que no lo estuvo ninguna generación anterior: a disfrutar de los productos culturales sin soltar un céntimo, a apropiárselos con impunidad y a que además esa gente crea, incomprensiblemente, que tiene “derecho” a ello. Es seguro que ya no se va a desacostumbrar.

Por tanto no veo solución al problema, que nuestros irresponsables Gobiernos han dejado madurar hasta la pudrición. Pero sí preveo lo que, puestas así las cosas, puede pasar. Quienes hacemos obras artísticas, buenas o malas (escritores, músicos, cineastas), ya hemos estado discriminados siempre respecto al resto de la sociedad: lo que creamos o inventamos, lo que es más nuestro que cualquier bien adquirido por cualquiera, tiene fecha de caducidad y pasará a ser del dominio público un día, a diferencia de lo que ocurre con las propiedades de todos los demás: la gente lega sus casas, tierras, fortunas, negocios, de generación en generación. A nosotros, en cambio, se nos impone un límite –un extraño castigo–, sin recibir en vida por ello ninguna compensación. Ahora se pretende que ni siquiera cobremos, mientras estamos aún en el mundo, de muchos espectadores o lectores que disfrutan de nuestras obras nada más aparecer éstas. Pero no vivimos del aire: como todo vecino, pagamos un alquiler, la comida, el calzado y la ropa, el transporte y todo lo que los internautas abonan sin rechistar y sin considerar que tienen “derecho” a ello gratis. La mayoría empezamos a escribir o a componer por lo que antes se llamaba “vocación”, sí, pero no vamos a seguir haciéndolo tan sólo por vanidad. Hay internautas que preguntan a los creadores damnificados por sus hurtos: “Pero, ¿no te halaga que centenares de millares de personas quieran ver tu película u oír tu canción y que por eso se las descarguen?” Es como preguntarle a un jamonero si no lo halaga que las masas le sustraigan sus jamones de bellota, de tan ricos que están. Lo más probable es que, a la larga si no a la media, ese gran jamonero cerrara el negocio y ya no hubiera jamón.

Esto es lo que seguramente va a pasar con la cultura y el arte. Dejarán de hacerse. Llegará un día en que ya no habrá más canciones ni películas ni series de televisión ni novelas nuevas, porque a ninguno nos compensará dedicar el larguísimo tiempo y el enorme esfuerzo que supone crearlas para recibir muy poco a cambio. Los internautas no van a variar ya sus costumbres, bien está; pero conviene que sepan que son como los cazadores insaciables que extinguen una especie o como las empresas sin escrúpulos que deforestan y emiten CO2 sin cesar, y amenazan los recursos de la tierra. Poco a poco condenan a muerte lo que tanto aman, la cultura y las artes, sobre todo las independientes. Tal vez la única solución sea que los Estados asuman su irresponsabilidad y acaben por financiarlas, y ofrezcan al pueblo gratis lo que éste ya se toma del sector privado, que también desaparecerá. Pero, ¿qué clase de cultura será la que dependa de los políticos? Ellos decidirán quiénes la hacen y quiénes no, y también sus contenidos, más pronto o más tarde. Un modelo soviético, o en el mejor de los casos mexicano. Un modelo dirigido, burocrático, politizado, funcionarial, en el que se premiará a los dóciles y a los amigos del Gobierno de turno, los únicos facultados para escribir libros y hacer cine o televisión. Dudo que los internautas deseen bajarse mucho de semejante producción. Nadie les va a alterar ya sus costumbres adquiridas y consentidas, pero no está de más que sepan hacia dónde nos llevan, más que nada para que luego no se les ocurra quejarse ni protestar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de octubre de 2009

4th Octubre
2009
written by zonafantasma

No voy a fingir estar libre de pecado. Hace treinta y tantos años, durante una estancia de un mes en París que coincidió con una de las épocas más desdichadas y desesperadas de mi vida, robé algunos libros y discos –de vinilo, claro, es decir, de gran tamaño, incluidas una o dos cajas o coffrets–. La verdad es que a día de hoy no comprendo cómo lo hacía, qué rara habilidad desarrollé. La mayoría de las sustracciones, además, las llevé a cabo en unos grandes almacenes culturales, con mejores sistemas de seguridad que las tiendas de música y las librerías. A veces pienso que fue consecuencia de mi estado de ánimo, tirando a autodestructivo por aquel entonces; que todo me daba lo mismo y que buscaba empeorar las cosas, crearme más problemas y arriesgarme a ser detenido. De perdidos al río, se llama eso en español. Bien es cierto que lo que robé –poco por fuerza– me interesaba de veras, no iba a jugármela por tonterías. Que aun así me daba cuenta de que aquello estaba mal lo prueba mi reacción la única vez que me pillaron, en una tienda de discos del Boulevard St Michel. El dueño me dijo: “Si usted se hubiera salido con la suya, yo me habría quedado sin este LP y además habría perdido los X francos que me habría reportado su venta. Así que no sólo conservo el disco, sino que me tiene que pagar esos X francos además, a cambio de nada. Ha jugado usted, ha perdido, lo lógico es que asuma el mismo perjuicio que, de haber tenido éxito, me habría ocasionado a mí”. “C’est juste, vous avez raison”, le respondí, y así lo veía (supongo que también ayudó que la alternativa era que el hombre llamara a un gendarme, no lo voy a negar). “El problema es que no llevo encima la cantidad entera”. Me aceptó lo que tenía en el bolsillo y quedé en pasarme otro día para saldar el resto. Podría no haber vuelto a aparecer por allí y el comerciante no habría tenido manera de encontrarme. Pero a la mañana siguiente me presenté y le pagué religiosamente lo que faltaba, quedándome a la vez sin disco y con X vitales francos menos. Las deudas de juego son sagradas.

No era esta una práctica que los jóvenes izquierdistas de mi generación viéramos como muy condenable. Educados en el antifranquismo, considerábamos justificado robarle a un sistema explotador e injusto, el capitalismo. Y teníamos en cuenta tres factores que hoy no observan, en modo alguno, quienes roban canciones y películas –y pronto libros– desde sus cómodos ordenadores: a) sabíamos que perjudicábamos a la tienda y a la editorial o casa discográfica, pero nunca al escritor, compositor o intérprete, ya que, al menos en la teoría, éstos percibían su pequeño porcentaje lo mismo por un ejemplar hurtado que por uno vendido; b) sabíamos que, por mucho que robáramos, siempre era muy poco, y que esas sustracciones no arruinaban a nadie; es más, las pérdidas derivadas de esa práctica estaban ya presupuestadas por los comerciantes, luego “contaban” con ellas como gaje del negocio; c) sabíamos que nos arriesgábamos a un buen disgusto, que nos la jugábamos y que nuestro delito podía tener consecuencias; no actuábamos con garantía de impunidad.

No hace falta que diga que todas estas semijustificaciones no me sirven hoy, y que lamento aquellos pecados míos de hace treinta y tantos años. El daño al librero no tiene perdón, ni siquiera a los grandes almacenes culturales (con posterioridad les he comprado tantos libros, DVDs y CDs que creo haberles compensado con creces, y también con las ventas que han hecho de mis propios libros). El daño a la editorial o a la casa discográfica es menos grave, ya que no han sido pocas las que han estafado y sisado a los creadores que las hacían ricas, ni las que lo siguen haciendo. Me doy cuenta de que, inverosímilmente, son muchísimas las personas que aún ignoran que los escritores, por ejemplo, llevamos sólo un 10% del precio de venta. Esto es, de los veinte euros que el comprador paga por un libro, a nosotros nos llega la ridiculez de dos, y el porcentaje es aún menor en las ediciones de bolsillo y de club. El editor que encima engaña al autor, y le esquilma sus exiguas ganancias, ese sí que no tiene perdón de Dios.

Al confesar mis ya remotos delitos quiero decir que entiendo –cómo no– la tentación que supone para los internautas descargarse gratis –es decir, robar– música, películas, series de televisión enteras y dentro de poco libros. No puedo jurar que yo no hubiera caído en ella en mi juventud, de haber existido entonces Internet, de habérseme brindado la oportunidad de hurtar fácilmente, sin complicaciones ni riesgo alguno, sin pasar un mal rato, sin desarrollar ninguna habilidad y –lo que es tan importante como lo anterior– sin tener la menor conciencia de estar obrando mal y de estar estafando a un montón de gente, incluidos los creadores que nos dan tanto placer, y que siempre han sido, como acabo de explicar, la parte débil de la cadena, la más expuesta y explotada y la que obtiene menos beneficios de su invención, sin la cual nada existiría: ni música ni cine ni series de televisión ni literatura, nada.

(Continuará)

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de octubre de 2009

27th Septiembre
2009
written by zonafantasma

Parece que cada nueva generación de jóvenes tenga la piel más fina y sea más pusilánime, y que cada nueva de padres esté más dispuesta a protegérsela y a fomentar esa pusilanimidad, en un crescendo sin fin. Los adultos, luego, se alarman ante los resultados, cuando ya es tarde: se encuentran con que tienen en sus hogares a adolescentes tiránicos que no soportan el menor contratiempo o frustración; que a veces les pegan palizas (sobre todo a las madres, que son más débiles); que zumban a policías, queman coches e intentan asaltar comisarías (oye, qué juerga) porque se les impide prolongar un ruidoso botellón más allá de las tres de la madrugada, como acaba de ocurrir en la acaudalada Pozuelo de Alarcón; que, en el peor y más extremo de los casos, violan en grupo a una muchacha de su edad o más joven, como sucedió en un par de ocasiones en Andalucía hace unos meses; y que por supuesto abandonan tempranamente los estudios, cuando aún no tienen conocimientos para trabajar en nada ni –con el galopante paro– oportunidad para ello. Esos adolescentes pusilánimes y despóticos no suelen provenir de familias marginales o pobres (aunque, como en todo, haya excepciones), sino de las medias y adineradas. Son aquellos a los que se ha podido y querido mimar; si no afectiva, sí económicamente.

Los estudiantes de la Universidad inglesa de Cambridge aún pertenecen, en su mayoría, a estas clases más o menos desahogadas, y su piel es finísima a tenor de lo que han pedido y conseguido: nada menos que acabar con una tradición de doscientos años. Han decidido que la colocación en tablones de las listas con los resultados de los exámenes finales (exámenes públicos, así se llaman) es algo “demasiado estresante” para ellos, que les provoca “angustia extra e innecesaria” y les supone una “humillación”, ya que permite a terceros enterarse de si han suspendido o aprobado, y además, si no se da uno prisa en ir a verlas, antes que los interesados. El protector profesorado ha atendido a su petición, así que a partir de ahora recibirán sus notas por e-mail o podrán consultarlas online (está por ver) cuarenta y ocho horas antes de que sean expuestas. No es difícil pronosticar que a la siguiente generación esto le parecerá insuficiente, y que exigirá que esas listas no se cuelguen en absoluto, aduciendo que esa información sólo concierne a cada cual. Los adultos, al paso que vamos, no se atreverán a contrariarlos, con lo que se perderá otra de las motivaciones de los estudiantes para aplicarse, a saber: la vergüenza de quedar ante sus colegas como burros, vagos o incompetentes.

Mientras los niños y jóvenes se tornan cada vez más caprichosos, arbitrarios, quejicas y dictatoriales, los Gobiernos intervienen para convertir en delito el cachete que los padres solían dar a sus vástagos cuando había que ponerles límites o enseñarles que ciertos actos acarrean consecuencias y castigos, es decir, lo que todo el mundo ha de aprender más pronto o más tarde, pues, que yo sepa, los castigos no han sido abolidos en nuestras sociedades. Toda la vida se ha distinguido sin dificultad entre eso, un cachete ocasional, y una paliza en toda regla por parte de un adulto a un niño, algo condenable y repugnante para casi cualquiera que no sea el palizador. Quienes han prohibido el cachete no siempre se oponen, sin embargo, a enviar a la cárcel a menores de edad si éstos cometen un delito de consideración. Es el reino de la contradicción: a un chaval no se le puede poner la mano encima bajo ningún concepto, aunque haga barbaridades y no entre en razón (su piel es finísima), pero sí se le puede meter una temporada entre rejas para hundirle la vida y que se acabe de malear. Nada es seguro, claro está, pero es posible que ni los violadores juveniles ni los fascistoides de Pozuelo hubieran llegado tan lejos si hubieran recibido, en anteriores fases, alguna que otra torta proporcional y hubieran aprendido a temer las consecuencias de sus actos incipientemente delictivos. El temor a las consecuencias sigue siendo –lo siento, ojalá no fuera así– uno de los mayores elementos disuasorios, también para los adultos. Hay muchos, entre éstos, que no roban ni pegan ni matan tan sólo porque saben que los pueden pillar y que les caerá un castigo. Si esto, como digo, ha de aprenderse antes o después, no veo por qué dicho aprendizaje se retrasa ahora hasta edades en las que a veces es demasiado tarde: ¿cómo va a aceptar un joven que no puede hacer esto o aquello si a lo largo de sus quince o dieciocho años se lo ha educado en la creencia de que siempre se saldría con la suya, de que a todo tenía derecho a cambio de ningún deber, y de que sus acciones más graves no acarrearían más consecuencia que el rollo que le soltaran los plastas de sus padres o profesores?

Ya sé cómo algunos leerán este artículo: como una mera reivindicación de la bofetada. Miren, qué se le va a hacer. Puestos a ser tan simplistas como esos posibles lectores, prefiero que un muchacho se lleve alguna de vez en cuando a que se lo arroje a una celda demasiado pronto, sin capacidad para entender de golpe por qué diablos está ahí, o a que viole a una compañera en manada y se vuelva a casa creyendo que eso no tiene mayor importancia que ponerse ciego de alcohol en las felices noches de botellón.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de septiembre de 2009

20th Septiembre
2009
written by zonafantasma

Es curioso que en una sociedad tan desvergonzada y falta de escrúpulos como la española la mayoría de la gente siga confiando en la gratitud, y, lo que es aún más llamativo, siga observándola en general. Por supuesto hay numerosas excepciones, y no es raro el caso en que alguien es dejado en la estacada por otro a quien hizo favores o sacó de un apuro. Menos raro es todavía que aquellos a quienes ayudamos, o prestamos dinero, a quienes conocimos en una situación penosa o practicando un servilismo extremo, no quieran ni vernos cuando las cosas ya les van bien o han alcanzado un puesto de importancia, sea político, empresarial, social, periodístico o literario, tanto da: somos incómodos testigos de su pasado, de los individuos menesterosos que fueron, de la coba que daban a quien se terciara, de su reptar inicial. No sólo no es esto infrecuente, sino que en realidad es la norma, reflejada por frases hechas como “Qué, ya no nos acordamos de los amigos” o “Quién te ha visto y quién te ve”. Que aquellos con quienes mejor nos hemos portado nos den la espalda no tiene nada de particular.

Y sin embargo, a pesar de eso, se sigue confiando en el agradecimiento y por ello se busca a menudo, no pocas veces interesadamente y con malas artes, con el único propósito de recibir una recompensa o de que se nos devuelva el favor, o al menos de que los ya rendidos sean tenidos en cuenta y no se vaya contra nosotros. Uno puede rehuir al que nos echó una mano en nuestra época de penuria mayor, pero se nos hace difícil ponerle la proa y arremeter contra él. La gratitud surte efecto, aunque sólo sea para inhibir la animadversión. Y no es casual que toda sociedad mafiosa esté basada en ella tanto como lo está en la amenaza, de hecho esos son los cimientos de todo crimen organizado, de toda asociación delictiva. Quien recibe una gracia del poderoso se siente obligado hacia él, no sólo a guardarle lealtad, sino a cumplir con lo que éste le pida, cuando se lo pida, en recuerdo de aquel lejano favor. Y el poderoso, a su vez, se siente también algo obligado, eso es sin duda lo mejor.

Una de las maneras más sencillas y directas de granjearse la gratitud son los regalos, por eso hay que llevar cuidado con ellos. Cualquier persona medianamente educada sabe que algunos no se pueden aceptar, por su procedencia, por su cuantía, por lo que simbolizan, por no venir a cuento, porque uno va a sentirse en deuda con quienes se los hacen. Éstos saben que rechazarlos es delicado: puede parecer un desprecio, una muestra de desconfianza o una acusación velada de interés espúreo. (Paréntesis para los puristas: sí, ya sé lo que dice el diccionario sobre “espúreo”, pero a mí me gusta escribir esa palabra como antes lo hicieron, entre otros, Baroja y Galdós.) Pero a veces no hay más remedio que arriesgarse a ser descortés, sobre todo si uno no recibe el obsequio por amor ni por amistad, ni por ser un médico que no cobró, ni por ser guapo o encantador, sino por ejercer un cargo público de responsabilidad.

Lo más sangrante de la sentencia de los asombrosos jueces valencianos que han exonerado al Presidente Camps, a su subordinado Costa y a algún político más del delito de “cohecho pasivo” en que tal vez habían incurrido al recibir abundantes trajes y zapatos de una trama de corrupción, es que dichos jueces han determinado que las dádivas en cuestión, de haberlas habido, no las habrían recibido los sospechosos en virtud de sus cargos públicos. ¿Ah, no? Es muy fácil saber por qué se le hace un regalo costoso a un político. Bastaría con que la señora Barberá, por ejemplo, respondiera si antes de ser alcaldesa de Valencia los regaladores la agasajaban también con carísimos bolsos de Vuitton o no, y lo mismo Camps y Costa respecto a sus trajes de figurín. Todos ellos son personas con buenos sueldos, no especialmente necesitadas. Esos obsequios, por tanto –si no se los hacían ya antes de ocupar sus respectivos cargos–, sólo podían tener por objeto granjearse su gratitud y esperar favores directos o indirectos de ellos, a través de sus subordinados. Y si resulta que los regaladores obtuvieron contratos poco explicables de adjudicadores a las órdenes de esos políticos, todo parece indicar que la generosidad surtió algún efecto y que funcionó la gratitud. ¿Cómo se le va a negar esto a Fulano, que es tan amable y tiene detalles hasta con mi mujer y mi hija? Al fin y al cabo está capacitado para organizar esta Feria como el que más, y es tan atento…

No se entiende cómo a esos políticos no les incomodaban las dádivas, a menos que ni siquiera estén medianamente educados (lo más probable). No sé, cada vez que un lector me manda un obsequio, aunque sea un libro suyo que ni voy a tener tiempo de leer, me siento obligado a corresponderle, por lo general con un libro mío que le envío dedicado. Sí, es difícil resistirse al agradecimiento, aún lo es más sentirse en deuda y no tratar de saldarla. Por eso ningún cargo público debería aceptar regalos que no recibiera ya cuando era un mindundi, un don nadie. Los inefables jueces valencianos han dictaminado que los de los corruptos de su Comunidad se deben tan sólo al encanto de sus representantes. Lo del encanto es un decir.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de septiembre de 2009

13th Septiembre
2009
written by zonafantasma

Desde el mirador del piso que tengo alquilado en Soria se ven dos nidos de cigüeñas durante las épocas que pasan en la ciudad estas aves: uno en el campanario de la Iglesia de San Francisco, el otro en el mucho más bajo de la Ermita de la Soledad, dentro del bonito parque llamado la Dehesa. A veces hay un tercero visible, construido en la copa de un árbol alto del mismo parque y por lo tanto más inestable que los dos primeros. Quien me mantiene informado de todo esto, y de las andanzas de las respectivas familias, es Carme, que tiene pavor a cualquier animal con plumas si se le acerca -y en particular detesta a las palomas, esas ratas dañinas y aladas con absurda buena prensa-, pero a la que gusta y divierte observarlos a distancia, con un telescopio que se trajo al efecto, sobre todo a las curiosas cigüeñas de estos nidos cercanos, que ya son parte del paisaje, por no decir la ridiculez de que son como de la familia. Su interés la ha llevado a comprarse y leer, incluso, algunos libros sobre estas aves, y cada vez que hace una pausa en su trabajo aprovecha para echarles un vistazo y comprobar cómo les van las cosas y en qué momento están de su ciclo: si aún aguardan a su pareja, si están edificando, si están incubando, si les han nacido ya las crías, si las están alimentando o enseñando sus primeros aleteos.

Cuando entré en ese piso el pasado 2 de agosto, tras mes y medio de ausencia, ella ya había llegado de Barcelona unas horas antes. En la escalera había notado un olor raro, malo, y se lo comenté nada más saludarla. “No te lo vas a creer cuando veas de lo que es”, me dijo, y me condujo hasta una ventana que da a un patiecito interior, de un metro por dos o menos, en el que guardamos bidones de gasóleo. Había allí una cigüeña muerta, desde hacía quién sabía cuántos días o semanas. Aunque seguramente era una cría, éstas adquieren en seguida un tamaño parecido al de las adultas, de gran envergadura. En fin, no era un gorrión ni una asquerosa paloma ni una simpática urraca ni un ruidoso mirlo, que podríamos haber recogido sin problemas -bueno, yo; desde luego no ella-. Supusimos que el animal habría tenido la mala suerte de caer en sus vuelos de tanteo, y la pésima de haberlo hecho justo en nuestro diminuto patio, del que no habría podido salir, cuando en la casa no había nadie para echarle una mano. Las defecaciones blanquecinas a su alrededor indicaban que el pobre bicho no habría muerto en el acto. ¿Qué hacer? ¿Cómo sacarlo? ¿Dónde depositar el cadáver?

Como en general inspiran confianza, se me ocurrió llamar a los bomberos locales. Expliqué el caso al que me cogió el teléfono, que me preguntó acto seguido: “Pero, ¿la cigüeña está viva?” “No”, le contesté sorprendido, “acabo de decirle que debe de llevar tiempo muerta”. Entonces comprendí que su absurda pregunta tenía tal vez como fin desentenderse. “Ah, es que entonces no es cosa nuestra. Si estuviera herida, sí, trataríamos de rescatarla. Pero muerta, eso ya no nos toca”. “¿Y a quién podría recurrir?”, le pregunté. “Ah, no tengo ni idea”. La siguiente tentativa fue con la policía municipal, algunos de cuyos miembros sorianos son amables y otros de una llamativa antipatía, según mi experiencia. Expuse el caso al que me respondió, que era más bien de estos últimos. “Pero, ¿la cigüeña está en la vía pública?”, fue la sorprendente pregunta de turno. “No, le acabo de decir que está en un patiecito interior de la casa”. “Ah, pues si está en un inmueble ya no es cosa nuestra. Si estuviera en la calle, sí, la recogeríamos”. Y al consultarle asimismo a quién podría dirigirme, su respuesta fue aún más chocante que la del bombero: “Ah, no tengo ni idea. Lo mejor es que la cojan ustedes, la metan en una bolsa y la tiren a un contenedor de basura”.

Menos mal que no le hicimos caso. Probamos con Protección Civil, que nos pasó con la Guardia Civil y ésta, a su vez, con Seprona, el Servicio de Protección de la Naturaleza de este cuerpo. Creo que empecé así: “No le voy a hablar de una cigüeña viva ni de una muerta en la calle, que al parecer tienen quienes se encarguen de ellas, sino de una que está cadáver en mi casa…” Los de Seprona se portaron como caballeros competentes y a la mañana siguiente se personó un agente a retirar al infortunado bicho (necesitó dos enormes bolsas, que quedaron respectivamente atravesadas por el pico y las patas) y a interrogarnos minuciosamente, al ser la cigüeña una especie protegida: “Pero, ¿seguro que estaba ya muerta? Etc”. Cuando esa tarde el húngaro Zoltan nos hizo el favor de venir a desinfectar el patio lleno de moscas y le comentamos el asunto, nos dijo con razón: “Hicieron bien en no seguir el consejo de la policía. Si esta misma los hubiera visto salir con unas bolsas camino de la basura, pico y patas asomando, lo mismo los habría detenido, creyendo que se la habían cargado”. No en balde el agente de Seprona que me atendió por teléfono me había hecho una pregunta enternecedora, pese a saber desde el principio que el animal estaba muerto: “Bien, dígame entonces, ¿cuál es la dirección de esta cigüeña?” Como si fuera una persona, y además domiciliada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de septiembre de 2009

6th Septiembre
2009
written by zonafantasma

La relación entre justicia y tiempo es tan evidente, y aun tan cotidiana, que no solemos pararnos a pensar mucho en ella. En los países en que está felizmente abolida la primitiva pena de muerte y en que no se aplica esa primitiva ley aberrante llamada sharía, damos por sentado que los crímenes se pagan con eso, con duración, con el tiempo mayor o menor que el criminal pasa entre rejas, privado de libertad y apartado de la sociedad a la que ha ofendido. Estamos acostumbrados a medir la gravedad de un delito en esos términos, y por eso nos escandalizamos a veces ante las frecuentes reducciones de penas –por muy estipuladas que estén legalmente– o nos sorprendemos, por el contrario, al enterarnos de que delitos que no nos parecen demasiado dañinos acarreen muchos años de cárcel para quienes incurran en ellos. La prensa hace a veces sus cálculos: un etarra que ha asesinado a veinte personas, por ejemplo, cumple dieciocho años de prisión efectivos y sale a la calle, luego en la práctica, se dice (otra cosa es la sentencia, que no deja de ser siempre simbólica, sobre todo cuando habla de centenares de años), al etarra en cuestión cada asesinato le ha salido barato: menos de un año por cada vida segada.

En realidad no tenemos otro modo de calibrar la dimensión de los crímenes: este equivale a un mes, este a tres años, aquel otro a treinta, que es el máximo real que el mayor asesino puede pasar aislado. De haber podido ser juzgados y condenados en nuestro tiempo, Hitler o Stalin, Pol Pot o Pinochet, Ceaucescu o Franco habrían vuelto a la vida normal al cabo de tres decenios. Por así decir, se habrían reincorporado a nosotros con sus cuentas saldadas, legalmente “limpios” aunque no moralmente: no existe tal cosa como un “ex-asesino”, por mucho que la prensa idiota esté a punto de crear esa figura, habiendo ya creado las casi igual de ridículas de “ex–golpista” y “ex-dictador”. (Aunque haya abandonado nominalmente el poder, Fidel Castro será un dictador hasta el fin de sus días; aunque después haya ganado elecciones, Hugo Chávez será un golpista hasta el término de los suyos.)

Estamos, pues, acostumbrados a esa relación entre justicia y tiempo, pero rara vez nos preguntamos por ella, y menos aún por qué el tiempo también se computa –pero a favor de los delincuentes– cuando éstos no han sido apresados. Como saben, y con excepción de algunos crímenes considerados especialmente odiosos –los de guerra, los que van “contra la humanidad” (definición bien vagarosa), los de genocidio–, los delitos prescriben, y así nos encontramos en ocasiones con la paradójica circunstancia de que, para quien logró eludir la acción de la justicia, el tiempo que transcurre lo va “exonerando” lentamente de su crimen, mientras que para quien fue capturado y condenado ese mismo tiempo que transcurre es el de su castigo. Si pensamos en Anglés y Ricart, los dos sujetos que, según todas las trazas, asesinaron a tres adolescentes de Alcàsser en 1992, tras torturarlas y violarlas, resultaría que los diecisiete años transcurridos para Ricart, que está en la cárcel, se sumarían de la misma manera que los diecisiete de Anglés, que tal vez sigue libre y que en modo alguno ha pagado por sus actos: el tiempo avanza en ambos casos –que no pueden ser más opuestos– hacia la misma consecuencia: cuando Ricart haya cumplido su condena completa, quedará libre; cuando quiera que expire el plazo para la prescripción de ese delito, a Anglés ya no podrá juzgárselo y también será libre. O, si se atiende a una noticia reciente de otra índole, tal vez sea “absuelto”, lo cual resultaría aún más llamativo.

Lejos de mi intención asociar el caso de las niñas de Alcàsser con ningún otro delito, sobre todo si no es de sangre. Pero lo cierto es que leí en este diario que el actual Presidente de Telefónica, Alierta, y su sobrino Plácer habían sido “absueltos” del llamado “caso Tabacalera” al entender el tribunal que su delito ha prescrito. Ese tribunal, sin embargo, “considera probado que dicho delito, castigado con pena de uno a cuatro años de cárcel, fue cometido, y que entre los acusados existió un concierto común para sacar un provecho económico … en una operación que les reportó 1,86 millones de euros”. Pese a ello, el señor Alierta, que yo sepa, sigue siendo Presidente de Telefónica nada menos, del mismo modo que el señor Berlusconi sigue siendo Primer Ministro de Italia pese a habérsele probado la comisión de más de un delito que –oh casualidad, oh gran suerte– ya ha prescrito. He sostenido en novelas que tal cosa como la justicia es imposible y que en realidad llamamos así a algo que en puridad no existe. Pero lo que así llamamos para entendernos, es además un disparate, porque, si bien castiga a quienes caen en sus manos, premia a quienes logran burlarla. ¿O acaso no nos envía el siguiente mensaje? “Si usted comete un delito y es lo bastante hábil o listo para escapar de mí durante el suficiente tiempo, se verá recompensado y se encontrará con la maravilla de que su crimen ya no lo es, o quizá con algo aún más loco y milagroso: con que sí lo será, pero saldrá usted absuelto”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de septiembre de 2009

26th Julio
2009
written by zonafantasma

Lo vi en dos medios de comunicación que no se cuentan entre los más frívolos y sin escrúpulos, TVE y este periódico, luego cabe suponer que habrá aparecido en infinidad de ellos más. El tratamiento dado en estos dos no era parco –un buen rato en la televisión y un cuarto de página en El País, que titulaba “Obsesiva, insegura y discreta” y luego subtitulaba “La revista británica Psychologies publica una entrevista a Penélope Cruz y la actriz la desmiente de forma tajante”–. No entendí nada: si desde el primer momento se sabe que una entrevista es apócrifa y ni siquiera ha sido concedida, ¿qué hace la prensa dando pábulo a su contenido? Es probable que el problema sea el tajante desmentido de la actriz y el anuncio, por parte de sus abogados, de que “estudian qué medidas legales tomar”. De no haber dicho nadie nada, es casi seguro que esa entrevista inventada habría pasado inadvertida y pocos se habrían enterado de su existencia. Lo curioso del caso es que, al ser denunciada su falsedad, todos los medios no sólo acuden a ver en qué consiste esa falsedad, sino que además la reproducen una y otra vez con detalle. ¿Por qué, si ya se está al tanto de que nada de lo que ahí se atribuye a Cruz ha sido dicho por Cruz y, por lo tanto, ya no debería contar en un mundo seminormal? A lo sumo, la noticia tendría que haber sido el mencionado subtitular de este diario y nada más.

Dije aquí hace un par de semanas que a una gran parte de la población mundial la verdad ha dejado de importarle. Me temo que me quedé corto y que lo que ocurre es aún más grave: una gran parte de esa población es ya incapaz de distinguir la verdad de la mentira, o, más exactamente, la verdad de la ficción. Y por ello, el antiguo dicho español “Calumnia, que algo queda” ha perdido sentido y se oye cada vez menos. Para empezar, si ustedes se fijan, el verbo “calumniar” se emplea ya rara vez, y hasta su significado ha empezado a desvaírse y difuminarse, como suele ocurrir con los vocablos que definen algo anómalo –un quebranto de la regla– cuando la anomalía pasa a ser normal y la regla. (Si todo el mundo mintiera y además lo hiciera sin cargo de conciencia ni temor a las consecuencias, el concepto mismo de mentira quedaría privado de sentido y ésta quedaría tan sólo, probablemente, como “una forma más de ejercer la libertad de expresión”: camino de ello vamos, no se crean.) Hoy el dicho debería ser: “Calumnia, que nadie lo va a notar”, o “Calumnia, que tus calumnias acabarán nivelándose con la verdad”.

La velocidad y la facilidad con que cualquier patraña o rumor se expanden hoy por Internet y a través de los SMS hacen casi imposible atajar los bulos y las informaciones falsarias. Para cuando alguien avisa de que, por ejemplo, Harrison Ford no ha muerto en un estrafalario accidente en Europa, como se corrió por la red, habrá mucha gente que ya habrá “archivado” esa noticia en su cerebro y que será incapaz de borrarla del todo aunque a los pocos días vea a Ford con aspecto saludable en un estreno. Pensará: “Ah, pues no ha muerto en Europa”, y a la siguiente vez que lo vea es fácil que por su cabeza cruce rápidamente la idea: “Mira que contar que había muerto en Europa …” El dato inventado, cuanto más llamativo más, aparecerá y reaparecerá, aunque sólo sea para descartarlo como disparate.

Jayne Manfield observada por Sofia Loren

Jayne Manfield observada por Sofia Loren

En mi novela Tu rostro mañana hablé de la muerte de la actriz de los años cincuenta y sesenta Jayne Mansfield, una rubia platino mucho más exuberante que cualquier otra que ustedes puedan conocer o recordar. Sufrió un accidente de coche cuando iba de Biloxi a Nueva Orleans, y la peluca rubia que llevaba puesta salió disparada hasta el guardabarros, lo cual dio lugar a que corriera la voz de que había muerto escalpada, o bien decapitada y que su hermosa cabeza había rodado por aquella oscura carretera de Louisiana. La verdad ha sido incapaz de imponerse, y para la mayoría de sus aún numerosos y nostálgicos admiradores la idea de su muerte está teñida de una truculencia de la que careció. Si la fuerza de la leyenda era ya tan grande en 1967, imagínense cuarenta y dos años después, cuando los rumores y las invenciones vuelan; cuando no se les puede poner freno o si se les pone es peor, como en el reciente caso de Penélope Cruz y su anodina entrevista de paripé; cuando hasta los novelistas (bueno, los demagógicos) “permiten” que los lectores “intervengan” en la trama y “decidan” el final, negando así la esencia misma de las ficciones, que justamente no se pueden enmendar ni contradecir; cuando tanta gente no está dispuesta a prescindir de una historia si ésta es conspiratoria o macabra, por mucho que se haya comprobado su falsedad. En la época en que más medios hay para contrastar y verificar las informaciones, mayor es la indistinción entre lo verdadero y lo falso, confundidos en una especie de magma, y cada vez va teniendo menos sentido decir y saber la verdad. ¿Total, para qué, si ya casi pesa lo mismo que la mentira y apenas cuenta?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de julio de 2009

La zona fantasma cierra por vacaciones en el mes de agosto

19th Julio
2009
written by zonafantasma

Reconozco que me da reparo hablar de anuncios de televisión. Algunos escritores y columnistas anticuados tienen a gala decir que son lo mejor que se puede ver en las pantallas y que la programación debería estar dedicada a ellos, con breves intervalos de películas, series y fútbol (en realidad no sé por qué piden eso, puesto que la televisión ya es así). Estos escritores y columnistas no hacen sino repetir, con gran retraso, una boutade que hace veinticinco años debimos de soltar en alguna ocasión cuantos escribíamos en prensa y buena parte de los que no. Como a estas alturas ya no estoy para “deslumbrar” ni para dármelas de “original” –todo el que se las da de tal resulta indefectiblemente antediluviano, es algo comprobado–, tengo los anuncios televisivos por una de las más acabadas y concentradas expresiones de la imbecilidad, la cursilería y la zafiedad humanas, con alguna rarísima excepción. Tan mal los soporto que grabo cuanto quiero ver, desde un informativo hasta un largometraje, para así poder pasar acelerados los monstruosos bloques de spots con que se idiotizan deliberadamente –es decir, se idiotizan aún más– dichos escritores y columnistas idiotas.

Pero toda precaución es poca y es inevitable ver algunos, y he llegado a la conclusión de que si yo fuera una mujer de mi edad, o aun diez o veinte años más joven –en suma, si fuera mujer–, estaría enormemente ofendida por algo de lo que jamás protestan ni las protofeministas, ni las feministas andaluzas hipersubvencionadas, ni el Instituto de la Mujer, ni la protoMinistra de Igualdad ni nadie, mientras que todas ellas ponen el grito en el cielo cada vez que se ve a una mujer provocativa tirada encima de un coche, o a una secretaria sexy, o a una enfermera un poco escotada (bueno, aquí el grito también es de las enfermeras), o a una congénere guisando o anudando los cordones de los zapatos de un varón o de un niño. No sólo consideran tales imágenes y mensajes machistas o sexistas, sino que además creen, con alarmante primitivismo, que la publicidad configura la realidad o, aún peor, que la publicidad equivale a la realidad. Por fortuna no es así, y cualquiera sabe distinguir entre esta última y la ficción –salvo, tal vez, los escritores y columnistas y las protos ya mencionadas–. Pero, si fuera como éstas sostienen, yo estaría indignada con la imagen de conjunto que se da en esos anuncios de las mujeres maduras y de las que no lo son tanto. Según nuestra publicidad, son seres llenos de lacras más bien desagradables: sufren pérdidas de orina o incontinencia, no lo sé muy bien; utilizan dentaduras postizas que no se les sujetan a las encías, por lo que se dedican a buscar adhesivos que se las fijen; padecen de hemorroides y, cansadas de “sufrir en silencio”, lanzan a los cuatro vientos que ya hay un alivio ideal; se deben de poner gordas y aun gordísimas, porque se pasan la vida comprando productos para adelgazar; tienen terribles problemas de “tránsito intestinal” y andan a la caza de yogures especiales que se los resuelvan; se arrugan a lo bestia y, ya desde bastante jóvenes, andan untándose toda clase de ungüentos para evitar o retrasar la aparición de los surcos; la piel se les estría, o se les pone “de naranja”, la celulitis las acecha desde temprana edad; y por supuesto se desvencijan y derrumban de tal manera que se operan de todo en centros especializados que jamás sacan la imagen de un varón; hasta se les cae el pelo, pese a haber sido esta una desdicha clásicamente viril; a las más jóvenes les sale acné y a las medianas herpes, escoceduras varias y hasta callos en los pies, que deben ocultar con unas tiritas que además son curativas. En suma, la visión que los anuncios ofrecen de la mujer es la de un ser tirando a grimoso, acosado y asaltado por múltiples tachas oprobiosas. Quitando el olor de pies y el colesterol, la publicidad de cuyos remedios la protagonizan hombres, son ellas las que dan siempre la cara en las ignominias.

Si ustedes se fijan, son casi siempre mujeres, en efecto, las que aparecen como portavoces de lo desagradable. Supongo que en parte se debe a los estudios de mercado, los cuales deben de inferir que los varones son capaces de llevar la dentadura bailándoles en la lengua, o de fastidiarse con las hemorroides, o de engordar como gansos, o de sufrir interminables atascos intestinales, antes que acercarse a comprar cualquier producto que los ayude, y que por lo tanto son las mujeres (o sus mujeres) quienes se encargan de hacer esas embarazosas adquisiciones por ellos. Puede que así sea, pero si yo fuera una feminista de grito en el cielo, lo pondría, mucho más que por la “utilización del cuerpo femenino como reclamo comercial”, por la utilización de la figura femenina como compendio de todas las lacras habidas y por haber. Por fortuna, como he dicho, la publicidad no equivale a la realidad, y en ésta conozco a muchas mujeres de mi edad, más jóvenes y más viejas, que tienen un aspecto estupendo, incluyendo la dentadura, el cutis y el tipo, y que no parecen necesitar nada contra las pérdidas, las hemorroides ni los atascos innobles de ninguna clase.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de julio de 2009

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