La zona fantasma
Uno de los mayores inconvenientes de cumplir años, que rara vez se menciona, es la creciente vergüenza que uno va pasando. Le cabe siempre la duda de si la culpa es suya, por no saber adaptarse a los nuevos usos y tiempos, o si lo es de éstos, es decir, si los que le ha tocado vivir en su edad madura son particularmente grotescos y zafios. En modo alguno descarto la primera posibilidad, pero, sea como sea, me voy dando cuenta de que cada vez soporto menos ver la televisión y leer la prensa, lo cual es grave para quien, por mor de estos artículos (ya ven qué antiguo: ¿quién emplea hoy esa expresión? Y aún es más, ¿cuántos la entienden?), no tiene más remedio que estar al tanto de lo que ocurre. La televisión y la prensa carecen de culpa, claro está, sólo son los mensajeros; o, bueno, quizá sí tienen alguna, en la medida en que indefectiblemente dan cancha y se ocupan de todas las sandeces imaginables. A menudo me pregunto cómo es que sus responsables no se plantan nunca ante la enésima iniciativa idiota -concebidas casi todas precisamente para conseguir “eco mediático”- y dicen: “Esto es una majadería y no tiene cabida como noticia; es más, es una trampa que se nos tiende, no caigamos en ella: nos ahorraremos unas cuantas si sus fautores comprueban que no siempre bailamos a su son ni les hacemos caso”. (Ya sé, ya sé: “fautores”.)
Lo cierto es que, con o sin trampa, cada vez padezco más vergüenza, y, al paso que vamos, no quiero ni imaginar mi grado de sonrojo si vivo otros veinticinco o más años. Huelga hablar de la que me provocan nuestros políticos, en quienes no se sabe qué admirar más, si las memeces y desfachateces que la mayoría suelta de continuo o el lenguaje estropajoso, casi inarticulado, que emplea para soltarlas. Esa vergüenza ya se da por descontada: uno no puede pretender que sean más listos o decentes de lo que son, pero no estaría de más que, antes de lanzarse a vomitar declaraciones, recibieran unas pocas lecciones de sintaxis, gramática y dicción castellanas. Lo peor no es eso, sino lo que se muestra en las noticias “inocuas”. Veo que en un pueblo aragonés la plaza va a llenarse por primera vez en años porque en no sé qué espectáculo innominado -no una digna y codificada corrida- va a medirse con los mozos un vetusto toro llamado Ratón, cuyo mérito estriba en haberse cargado a un hombre en una anterior charlotada. Aparecen babeantes vecinos, entre ellos alguna joven descerebrada que a punto del éxtasis exclama: “¡Ay, estoy loquita, loquita por verlo!” A los pocos días me entero de que Plácido Domingo ha actuado en una ópera en el Teatro Real de Madrid, y de que el público de ese lugar en teoría educado no se ha limitado a aplaudirlo durante más de veinte minutos, sin duda en busca de algún estúpido récord, sino que ha coronado su ovación cantándole “Campeones, oé, oé” desde el patio de butacas. No sé qué me produjo mayor vergüenza, si eso o el propio Domingo dando verónicas con su manto en el escenario. Por las mismas fechas veo la ascensión al Tourmalet durante el Tour de Francia, y estoy a punto de apagar la televisión, sin enterarme del desenlace, por no soportar la contemplación de la caterva de oligos que impiden avanzar a Contador y Schleck, o bien ansían derribarlos: unos van disfrazados de bandera, otros de Batman o de Superratón, otros van casi desnudos, buena parte son vejetes y una parte aún mayor son unos gordos que hacen bambolearse al sprint sus deprimentes carnes (claro está, sprints muy breves).
Pocos días después me dan vergüenza las colas -de hasta siete mil personas por achicharrante jornada- que se forman en la Puerta del Sol para hacerse una foto junto a la Copa del Mundo de fútbol, o su réplica. Pero no es menor la que me ocasiona la aparición de cinco actrices que “interpretan” no sé qué obra clásica en el Teatro de Mérida, recitando todo el texto al unísono y haciendo aspavientos pueriles, como si fuera una función de colegio. A continuación se me enseña a un montón de individuos que, para reclamar más carriles bici, han decidido montarse en las suyas y recorrer las calles… desnudos. No sólo no veo la necesidad, no sólo son unos copiones (la gente hoy se desnuda para protestar contra cualquier cosa o para que la fotografíe en masa un farsante), sino que me da enorme grima figurarme los sillines tras la passeggiata pedaleante. Más tarde se presenta en Marbella o por ahí Michelle Obama, y lo que me causa indescriptible bochorno no es ya la actitud hortera, aldeana, agobiante e innoble de la multitud que la persigue por donde quiera que vaya y que le vocea “¡Eh, Michel!” como si fuera una vecina suya de toda la vida, sino los codazos entre políticos y empresarios indignos para hacerse una miserable foto a su lado, la pasta que pagan para poder decir que han “compartido” cena con ella, sus disputas sobre la pedanía que pisan los pies consortes presidenciales, y, sobre todo, el comportamiento de nuestros medios: he visto abrir las noticias de TVE y otras cadenas con esas imágenes peronistas o franquistas, las mismas que han ilustrado las portadas de periódicos supuestamente no folklóricos. Insisto: seguramente la culpa sea mía y sólo mía, por educado a la antigua, pero no veo posible aguantar veinticinco o más años con un permanente rubor en las mejillas, y en aumento. A este paso, no se me caerá: me estallará la cara.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 29 de agosto de 2010
No sé qué pélicula era. No me quedé a verla, tenía mala pinta, cambié pronto de canal. La acción parecía situada en los años sesenta. Vi esta escena, sin embargo: una reunión ministerial británica; un subordinado se dirige al ministro, interpretado por Kenneth Branagh, y, hablando no sé de quiénes, le dice: “El problema, señor, es que no están en la ilegalidad, de momento”. A lo que Branagh responde con caricaturesco cinismo: “Para eso somos el Gobierno, idiota: si algo no nos gusta, cambiamos una ley y lo convertimos en ilegal”.
Ya digo que el tono era caricaturesco, pero lamentablemente la afirmación de Branagh es de lo más realista en la actualidad, en muchos países y también en el nuestro. Desde luego es Italia el que se lleva la palma, allí las leyes se cambian continuamente en beneficio personal de Berlusconi, y, dado que ese individuo parece haber delinquido lo suyo –varios de sus más estrechos colaboradores están ya condenados, y si él se ha librado es sólo por cuestiones de inmunidad o de prescripción–, no sólo se modifican para ilegalizar lo legal, sino también a la inversa según su conveniencia, es decir, para legalizar ciertos crímenes y así exonerarlos de ellos, a él y a sus próximos, por la vía rápida.
En España no se ha llegado aún a tanto, pero se está en camino, y sobre todo hay una creciente tendencia, preocupantemente compartida por buena parte de la sociedad, a prohibir o intentar prohibir lo que no le gusta a cada cual y a meterse en todo lo habido y por haber, algo propio de los sistemas totalitarios, que por eso se llaman así: el Estado interviene en todo, lo regula todo, lo que es de su competencia y lo que no; dicta normas sin cesar, se inmiscuye en las instituciones civiles, trata de controlarlas, lo mismo que la cultura, la lengua, la manera de pensar, el tipo de vida de los ciudadanos y sus decisiones más personales. Hace poco el Gobierno catalán ha decidido obligar a los padres adoptivos a comunicar a sus hijos que no son vástagos biológicos suyos antes de que cumplan los doce años. No se ha limitado a recomendarlo, sino que lo ha exigido, tratándose como se trata de una cuestión opinable y variable según los casos. No deseo insistir más sobre la ley antitabaco, pero es obvio que el Gobierno de Zapatero dio cierta libertad de elección a los bares y restaurantes siempre y cuando –como se comprueba ahora– hicieran uso de ella a gusto de ese Gobierno; y, como no ha sido así, se los priva de aquella falsa libertad y se les impone el criterio del Ministerio de Sanidad. El PP quiere que se prohíban el burka y el niqab en la calle, así como el aborto, las bodas homosexuales y no sé cuántas cosas más. En varios sitios se propugna la supresión de las corridas, y así cada uno con lo que le desagrada o molesta o juzga “inmoral”.
Hay quienes piensan que es sólo una cortina de humo, como las doscientas mil que lanza al año Berlusconi para que la gente se ocupe de tonterías y no se centre en lo principal. Puede ser. Pero hay cortinas de humo que no deben pasarse por alto por lo que delatan o implican, y una de éstas es el anuncio de Zapatero en el debate de la nación: “Mientras sigan existiendo anuncios de contactos se estará contribuyendo a la normalización de esta actividad; por ello, estos anuncios deben eliminarse. Los anuncios de publicidad de la prostitución deben eliminarse”. Por dos veces utilizó ese peligroso verbo con connotaciones tremendas, tanto mafiosas como nazis. Pero, más allá del detalle, uno se pregunta si Zapatero –y la inspiradora de la intención, la Ministra de Igualdad– tienen la menor idea de lo que es un sistema de libertades, o si se han olvidado de que la censura es un delito en España. Si el pretexto es que hay muchas personas forzadas a ejercer la prostitución, hay que recordarles que se debe perseguir con dureza a los que las obligan, pero no a quienes la ejercen por su voluntad o preferencia, que también las hay. De acuerdo con ese pretexto, ¿qué sería lo siguiente que Zapatero y Aído “eliminarían”? ¿Las películas porno, pues a nadie le consta que cuantos intervienen en ellas lo hagan con plena libertad? ¿Las revistas con desnudos, por la misma razón? Me temo que, en algunos aspectos, Zapatero y Aído habrían sido felices durante el franquismo: estaba prohibida esa publicidad que desean suprimir, por supuesto el cine porno y los desnudos; hasta los escotes eran cortados o tapados en las películas. Sólo desde un puritanismo monjil –por mucho que ahora lo disfracen de “defensa de la dignidad de la mujer”– se puede considerar que quien ejerce la prostitución por elección está más explotado o es más indigno que quien friega suelos o se pasa doce horas subido a un andamio o baja a la mina a envenenarse los pulmones o aspira a diario el hedor de las basuras. ¿Se creen Zapatero y Aído que los encargados de esas tareas las desempeñan por gusto? No, lo hacen por pobreza y necesidad, y quizá prefieren eso –qué remedio– a otras cosas aún peores. Exactamente lo mismo que las prostitutas, algunas de las cuales prefieren alquilar su sexo –que no “venderlo”– antes que alquilar su espalda en la recogida de la fresa o sus manos en tantos menesteres hediondos o peligrosos. Jamás me detengo a leer una línea de los anuncios de contactos, luego personalmente me trae sin cuidado que existan o no. Pero si son “eliminados” por ley, no podré por menos de verlo como un pésimo síntoma de autoritarismo, intolerancia, censura, nacionalcatolicismo encubierto y totalitarismo. Zapatero y Aído sabrán.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 1 de agosto de 2010
[Javier Marías se va de vacaciones hasta el 29 de agosto]
Carme es barcelonesa de Gràcia y vive en su ciudad, siempre le ha gustado el fútbol y es del Barça con una pasión que sólo he visto superada por la de mi editor Joan Díaz, que le añade irracionalidad. Como quizá es sabido, yo soy madrileño de Chamberí y vivo en esta capital detestada por quienes son sus peores enemigos, sus propios alcaldes, y soy desde siempre del Real Madrid. A lo largo de cada temporada Carme y yo tenemos varios roces por culpa del fútbol, cuando no directamente una agarrada que incluso nos ha llevado a procurar no hablarnos durante un par de días en alguna ocasión. Tampoco nos quedan ganas de hablarnos cuando vemos por separado –cada uno en su ciudad– un Madrid-Barça o un Barça-Madrid. Aquel cuyo equipo ha perdido se siente demasiado mohíno para asistir a la euforia del otro, o aun para “notarla”, si ese otro tiene la delicadeza de fingir que no ha existido ese partido y ahorrarse toda referencia a él. Si ha habido una jugada o decisión polémica, el silencio se hace imposible y acaban saltando chispas en la línea telefónica. Hasta puede que uno u otro cuelgue de mala manera, para disculparse al día siguiente por la brusquedad. Dos o tres veces nos ha tocado ver juntos uno de esos encuentros “sensibles”. Como ella es provocadora y tiene sentido del humor, planta sobre la televisión (fuera de la pantalla, claro está) un gran escudo adhesivo del Barça. Yo simulo no haberlo visto, no me inmuto, no digo nada, pero aprovecho cualquier instante en que ella salga del salón para poner el escudo cabeza abajo (kaputt), de lo cual no se suele dar cuenta hasta bastante rato después, con tanta risa como indignación. A los dos nos extraña y molesta que, llevándonos bien en general y estando de acuerdo en bastantes cosas, cada uno celebre los goles que al otro le sientan como una flecha en el pulmón. Intentamos moderar la alegría que supone la tristeza de quien queremos bien, pero resulta imposible no levantar un poco los brazos y musitar “Gol”.
La selección española acaba de ganar la Copa del Mundo en Sudáfrica, y durante el mes que ha durado el Campeonato Carme y yo hemos ido con el mismo equipo y hemos sentido cierto alivio al compartir los nervios y las alegrías futboleras, lo que normalmente nos está vedado. No hemos sido tan sentimentales como para comentarlo, pero sospecho que a los dos nos ha encantado ver jugar juntos a “enemigos irreconciliables” como Casillas, Puyol, Ramos, Piqué, Xavi, Alonso, Iniesta, Arbeloa y Busquets. Seguramente se nos ha hecho un poco raro –pero sin duda nos ha agradado– contemplar cómo se abrazaban y bromeaban entre sí, cómo se agradecían una parada o un gol, acompañados por otros jugadores de rivalidad menos sangrante, como Villa –aún no ha vestido la camiseta del Barça–, Navas, Llorente o Torres.
Creo que a la mayoría de la gente le ha ocurrido lo mismo. Los del Madrid o el Athlétic nos hemos sorprendido pensando: “Venga, Xavi, que tú eres genial”. Los del Barça o el Atleti han murmurado o gritado: “Bien, Iker, bendito seas”. Por eso llama tanto la atención lo malasombras que pueden ser bastantes políticos y periodistas, a los que se ha notado que no iban a permitirse ser como la gente normal. A los españolistas más patrioteros se veía que los éxitos de la selección no les provocaban excesiva felicidad (incluidos dirigentes del PP) por el elevado número de futbolistas catalanes o del Barça a quienes debíamos gratitud, como si los nativos de su territorio fueran menos españoles que otros. Ya se le escapó una vez a Esperanza Aguirre (¿se le escapó?), cuando, ante la posible compra de no recuerdo qué empresa por otra catalana, dijo que aquélla no debía pasar “a manos extranjeras” o algo así, y a continuación mostró su preferencia por otra candidata a adquirirla… alemana. Los nacionalistas catalanes más zafios y malasombras han aprovechado, por su parte, para soltar frases como “Sin nuestros jugadores España sería poca cosa”, olvidando que a su frente estaba un viejo castellano como Del Bosque, o para lamentarse sin ambages de los triunfos de la selección… pese a la decisiva contribución catalana, algo en verdad para enorgullecerse. Y el señor Urkullu, del PNV, no osando decir a las claras que le sentaban como un tiro esos triunfos, recurrió a la más gastada bobada: “Yo sólo animo al que juegue mejor. Entre España y Holanda, se verá”… aunque en España hubiera dos futbolistas del Athlétic de Bilbao y un guipuzcoano: claro que, al llamarse Llorente, Martínez y Alonso, quizá no los reconoció.
¿Por qué en este país muchos políticos y periodistas todavía no han aprendido que ellos no son el centro del mundo y que no siempre han de intentar manipular a la gente, sino limitarse a acompañarla las más de las veces y dejarla disfrutar cuando hay motivo? ¿Por qué no saben comportarse como las personas normales, a las que, al menos durante un mes, han traído sin cuidado el lugar de nacimiento de los futbolistas y el equipo en que militan, para dedicarles todo su afecto y manifestarles su agradecimiento enorme, a todos sin distinción? ¿Por qué no han podido ser, sin ir más lejos, como Carme y yo? En estas semanas la he oído decir: “No sabes cuánta confianza me da Ramos”. Y ella a mí: “Cada vez que Iniesta coge el balón, tengo la sensación de que la cosa acabará en gol nuestro”. ¿“Nuestros”, una parada de Casillas o un gol de Puyol? Extrañamente nuestros, sí. Esa es la gracia que demasiados políticos y periodistas, con su imperecedera mala sombra, han sido incapaces de percibir.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 25 de julio de 2010
Jabulani. Escribo esto cuando falta una semana para que termine el Mundial de Sudáfrica y sólo quedan cuatro equipos en liza: Holanda, Uruguay, Alemania y España. Que el mundo está regido por dementes e incompetentes –con alguna excepción– lo comprobamos a diario al leer el periódico o ver las noticias. Que también algo secundario y festivo como el fútbol esté en manos de ineptos sólo confirma la tendencia general. Lo fundamental en un Campeonato es que los jugadores dispongan de un instrumento adecuado para desarrollar su talento. Los futbolistas profesionales se pasan la vida tratando de mejorar su dominio de la pelota; calculando la fuerza, la velocidad y la trayectoria que le deben imprimir, perfeccionando tal o cual efecto que pueden darle según cómo lo golpeen. Así pues, la mayor imbecilidad en que puede incurrirse es obligarlos a jugar con un nuevo balón ridículo, el Jabulani, detestado por todos. Hemos visto cómo los tiros desde lejos se marchaban casi siempre a las nubes; cómo un pase medido se convertía en un proyectil inalcanzable para quien debía recibirlo; cómo los porteros rechazaban disparos como si jugaran al voley-ball o se tragaban pelotas mansas; cómo reinaba la imprecisión y se metían menos goles que nunca. Los responsables de la FIFA, Joseph Blatter y Julio Grondona, deberían dimitir en cuanto se oyera el pitido final del partido final. Otra cosa sería la consagración de la idiotez.

Árbitros. Claro que cometen fallos. A veces un fuera de juego es casi imposible de detectar, como el probable de Villa en su gol a Portugal. Estos errores son normales y disculpables. Lo que es anómalo e imperdonable es que no adviertan uno como el del argentino Tévez en su primer gol a México, porque no tenía delante a nadie, ni a un solo defensor. También que no vieran cómo, tras un tiro del inglés Lampard, el balón botó bien dentro de la portería alemana en lo que habría supuesto el empate a 2. Con tan flagrantes injusticias, tanto Argentina como Alemania quedaron ya deslegitimadas para vencer en el Campeonato. El aún posible triunfo de la segunda estaría para siempre ensombrecido. Más deslegitimados aún quedan esos árbitros, y más aún quienes los eligieron, Blatter y Grondona, que deben ya dimitir por segunda vez en esta página.
Vídeo. Estos individuos se niegan a recurrir a él, y aducen que el juego se vería constantemente interrumpido. No sería así si a cada equipo se le concediera la posibilidad de apelar a la revisión sólo una vez en cada tiempo. Seguro que no malgastarían su oportunidad en tonterías ni en jugadas discutibles o dudosas. La guardarían como oro en paño, por si acaso se producía un error crucial, como los dos mencionados. Se tarda diez segundos en ver una repetición, privilegio al alcance de millones de telespectadores, pero no de los árbitros ni de los futbolistas. Como máximo se emplearían cuarenta segundos por partido en enmendar las adulteraciones brutales.
Vuvuzelas. Por si no se hubiera hecho suficiente daño al fútbol y a los jugadores con la porquería de balón, se ha permitido que los espectadores sudafricanos hayan mantenido su costumbre local de soplar esas trompetas horrísonas durante el juego. Como no hay estupidez en el mundo que no tenga éxito instantáneo, los visitantes de los demás países se apuntaron corriendo al estruendo infernal, y milagro será que no padezcamos, a partir de ahora, las malditas vuvuzelas enarboladas por memos en todos los estadios del globo. Pero es que, además, cuando la gente se cansaba de soplar o se volvía momentáneamente sensata, la organización ponía a todo volumen su propio sonido de vuvuzelas grabadas, y con un insoportable ritmo acompasado. Aparte del daño comprobado para los tímpanos, sobre todo los de los niños, resulta que ni los propios jugadores se oían unos a otros en el campo. Y todos sabemos cuán importante es que un defensa le oiga chillar a su portero: “¡Mía!” Puede que eso le costara la eliminación a Brasil: quizá Felipe Melo, al cabecear contra su red, no le pudo oír a su guardameta, Julio César, esa palabra vital.
Maradona. Su carrera como entrenador era inexistente, pero Grondona puso en sus manos la selección de su país. Fue un jugador enormemente habilidoso, pero nunca pareció inteligente y no tenía por qué serlo ahora, ni como estratega ni como táctico, y así le ha ido a su equipo. Lo que no era obligado es que se convirtiera en el personaje más antipático del Mundial: desdeñoso, megalómano, perdonavidas sin motivo, supersticioso –él y sus palmeros se santiguaban nueve veces al comienzo de cada encuentro–, achulado, faltón. Cuando habló tras la humillación sufrida a pies de Alemania, ni siquiera dio la impresión de lamentarlo de veras, como si la cosa no fuera con él. Invita a reconsiderar su grandeza pretérita: al fin y al cabo, las televisiones repiten machaconamente sus tres o cuatro mejores goles, nada más. Pero somos muchos los que recordamos sus numerosos partidos anodinos en el Barcelona, que jamás ganó un título con él.
Cruyff. No estaba en el Mundial, pero la mezquindad ha coincidido en las fechas. La nueva junta directiva del Barça ha puesto en duda que merezca ser su Presidente de Honor, como lo es Di Stéfano en el Real Madrid, y Cruyff ha entregado su insignia al flamante Presidente Sandro Rosell, quien no comprende, a lo que se ve, que el honor se lo hacía Cruyff al Barça y no al revés. Él sí fue inteligente siempre, como jugador y como entrenador.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 18 de julio de 2010
Entre los Cincuenta caracteres que trazó Elias Canetti en su librito de ese título, de 1974 y también conocido como El testigo oidor, hay uno “El Recelafamas”, del que no me resisto a transcribir unos párrafos: “Desde que nació, el Recelafamas sabe que nadie es mejor que él… Hojea diariamente el periódico en busca de nombres nuevos, ¡qué hace este metido ahí!, exclama indignado, ¡si ayer ni figuraba! ¿Qué justicia puede haber si de buenas a primeras viene uno y se desliza en el periódico?… Desde el instante mismo del descubrimiento sigue paso a paso los movimientos de esa escoria… ¿Cómo se explica que jamás lo hubiera oído nombrar? Antes ya existía el tiempo, y él, ¿dónde estaba? Si es viejo, le han sido necesarios muchos años, si es joven, aún habrá que lavarle los pañales…”
Desde hace ya tiempo hay en nuestras sociedades otro personaje con cada vez más cabezas, y que también rastrea los diarios minuciosamente: es el Patrullero, es decir, el lector que, lo mismo que los coches de policía van ojo avizor por las calles a la búsqueda de delitos e infracciones, patrulla incansablemente los periódicos –o, si le sobran horas y energías, las radios y las televisiones– al acecho de opiniones reprobables, deslices imperdonables, comentarios políticamente incorrectos, frases sospechosas y posiciones discriminatorias o subversivas. Los Patrulleros viven en permanente estado de alerta, y van provistos de unas antenas que, con el tiempo, suelen hipertrofiárseles. Son unas antenas tan inmensas que no pueden por menos de detectar faltas y ofensas sin cesar, incluso donde no las hay. Eso les importa poco, porque su misión es no dejar pasar una, y más vale prevenir y anticiparse, no vaya a ser que algo que los demás lectores distraídos juzguen inocuo contenga el germen de una postura inadmisible, atentatoria contra la dignidad de alguna persona, o, aún peor, de un colectivo o institución. Los Patrulleros manejan unos cuantos clichés y los enarbolan cuando toca y cuando no, por si acaso. Hay una serie de graves pecados que no se pueden consentir, y, como vigilan sin pausa que no se cuele ninguno en las páginas del diario de su predilección sin denunciarlo y hacer constar su inmediata repulsa y su censura, acaban por verlos por doquier: es mejor pasarse por exceso que por defecto, lo más peligroso sería que alguno quedara impune y sin anatema.
Esos clichés, claro está, varían un poco según el diario que cada Patrullero lea, también según sus propias creencias y convicciones. Pero hay unos cuantos que se reiteran. Un columnista critica la actuación de la Conferencia Episcopal o del Vaticano en un asunto, y el Patrullero lo señala con el índice y grita: “¡Odio a la religión católica!” Pero si el articulista manifiesta su desprecio por Al Qaeda y por el islamismo radical, habrá otro Patrullero que lo apuntará igualmente y exclamará: “¡Incomprensión del Otro! ¡Intolerancia!” Si alguien insiste, por enésima vez, en que la lengua española, como las demás neolatinas, no “hace invisibles a las mujeres” por decir “los niños” y no “los niños y las niñas” cada vez, el Patrullero bramará: “¡Machismo, sexismo y discriminación!” Si uno dice que prefiere que los equipos de fútbol tengan unos pocos jugadores de la ciudad que representan, o por lo menos de su país, y que no todos sean extranjeros comprados y traídos ex profeso, el Patrullero alzará su dedo como un resorte y chillará: “¡Nacionalismo, xenofobia, racismo!” Si se opone a que se prohíban demasiadas cosas, en particular la bebida, el tabaco y las corridas de toros –para que cada cual sea libre de darse a ellas o no–, el griterío se oirá en Sebastopol: “¡Atentado contra la salud! ¡Incitación al vicio! ¡Mal ejemplo a los jóvenes! ¡Crueldad con los animales! ¡Falta de escrúpulos, insensibilidad!” Si se opina que, siendo lamentable el aborto, no se debe encarcelar a las mujeres que se sometan a él, las acusaciones de los Patrulleros subirán de tono: “¡Apología del asesinato! ¡Holocausto de niños! ¡Anatema y excomunión!” Y si se hacen reproches al Gobierno de Israel, se escuchará este clamor: “¡Antisemitismo! ¡Nazismo! ¡Himmler redivivo!”
A estos policías vocacionales les gustaría poder desterrar cuanto les desagrada o irrita, incluidas las opiniones. Como eso está poco en su mano, reprueban a voces y con exageración. Por esa hipertrofia de sus antenas, a veces se deslizan hacia la paranoia, y entonces sólo leen lo que creen o quieren entender. Si no vieran pecados por todas partes, ¿qué sentido tendría su función? Cuantos más detecten, más orgullosos se sentirán. Tienen, por tanto, necesidad de encontrarlos, así que si un día no los hay en el diario, se los inventan y los señalan. Están tan satisfechos de ese índice acusador como lo estaban del suyo los miembros de la Inquisición que andaban al acecho de herejías, desviaciones, idolatrías y apostasías. Ellos, los Patrulleros, no creen tener nada que ver con el Santo Oficio, pero los anima un espíritu muy parecido, que en modo alguno es tolerante ni democrático ni liberal (en el buen y antiguo sentido de esta palabra). No admiten la discrepancia respecto a lo que ellos consideran verdadero y justo. “Lo que es justo es justo”, piensan; “yo lo tengo bien claro y nadie lo debe contradecir”. Por eso rastrean las páginas de los diarios y patrullan con severidad.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 11 de julio de 2010
No seguí con mucho detalle las extrañas circunstancias de la muerte del actor David Carradine, hará un año, en un hotel de Bangkok. No fui aficionado a la serie Kung Fu, y si le tenía simpatía era más por ser hijo de John Carradine, el aristocrático tahúr de La diligencia de Ford, el elegante asesino de El hombre atrapado de Lang y tantos otros personajes inolvidables, que por sus propias y erráticas interpretaciones. Pero recuerdo que fue hallado en el interior del armario de su habitación, desnudo y ahorcado. Las autoridades tailandesas descartaron el asesinato rápidamente, ya que las cámaras del hotel no registraron entrada de persona alguna en su cuarto ni tampoco salida, pese a que, según leo ahora al recuperar un recorte, “parece ser que una huella de un zapato que no pertenecía al actor se ha encontrado sobre las sábanas”. En verdad cosa rara, si era cierta: una sola huella, no dos, y sobre las sábanas. Se sospechó un suicidio, y la idea fue alimentada por una de sus cuatro ex-mujeres (se casó cinco veces), que se apresuró a hablar de su “carácter depresivo”, y por una antigua entrevista en la que había afirmado que guardaba siempre en un cajón un Colt 45 cargado –nada de particular en un ciudadano de los Estados Unidos– y que pensaba a menudo en volarse los sesos. Había añadido que a veces los pensamientos suicidas le venían en hoteles de cinco estrellas, váyase a saber si porque no le gustaban o porque nunca pisaba los de menor categoría.
La escenificación de ese posible suicidio parecía alambicada, pues la pobre mujer de la limpieza que descubrió su cadáver lo vio dentro del armario “acurrucado, y con un cordel de nailon –probablemente de la cortina– atado alrededor del pene y otro alrededor del cuello. Ambos cordeles estaban a su vez sujetos a las manos del actor, según algunas versiones, a su espalda”. Según otras, sin embargo, “tenía una cuerda atada al cuello, otra a los genitales y ambas al armario”. En todo caso no había rastro de lucha en la habitación y ésta se hallaba cerrada por dentro, y tampoco señales de magulladuras en el cuerpo. Se concluyó que más bien, por tanto, a Carradine se le había ido la mano al masturbarse barrocamente, había hecho un mal cálculo. La prensa recordó que este tipo de “práctica extrema autoerótica” –de risa esta última palabra–, que procura aumentar el placer al hacer coincidir la eyaculación con la sensación de asfixia, está más extendida de lo que se presume, y que ya se había cobrado víctimas “en el Parlamento británico” –un lugar de perdición, sin duda– y en la persona del cantante Michael Hutchence, del grupo australiano INXS, en 1997. Yo me acordé, por mi parte, del Reverendo Paul de Fortis, importante en el Reino de Redonda, que se mató con un artilugio bastante más elaborado mientras sus feligreses aguardaban a que bajase a la parroquia a decir la Misa del Gallo. Pero esa novelesca historia la contaré en otra ocasión. Sea como fuera, Carradine sufrió un “accidente sexual” o se suicidó, y nadie tuvo parte en ello.
Pero ahora leo que su viuda, Annie Bierman, ha denunciado por negligencia a la productora a cuyas órdenes estaba el intérprete en Bangkok, y que el caso ha sido llevado ante un tribunal de Los Ángeles. La viuda Carradine sostiene que la noche de su muerte el actor debía haber cenado con el director de la película Stretch, lo cual nunca se produjo. Alega que el asistente de la productora encargado de la agenda y el transporte de Carradine no cumplió con su obligación aquella noche. Lo llamó antes de la cena, pero el protagonista de Kill Bill no respondió, por lo que decidió acudir a la velada sin él. Nada habría ocurrido, termina la viuda, “si la productora hubiera satisfecho el cuidado y las atenciones debidas a una estrella”.
No sé en qué parará esta demanda, pero que haya sido admitida a trámite es un exponente más de la locura a que se está llegando en la atribución de responsabilidades absurdas, siempre a otros, cada vez que alguien mete la pata por su cuenta y riesgo y acaba dañado. Se pretende que los demás hagan de niñera permanente, y que sobre todo lo haga el Estado. “¿Cómo es que no se me ha impedido robar?”, exclama el ladrón que sale malparado de un atraco. “¿Cómo no se me advirtió que no podía secar al perro en el microondas?”, chilla el ama de casa que ve a su mascota calcinada tras hacer la prueba. “¿Cómo se me permitió adentrarme en una zona de guerrillas?”, brama el miembro de una ONG una vez secuestrado por éstas. “¿Cómo no me detuvo la Guardia Civil de Tráfico cuando me eché a la carretera, sin cadenas ni nada, en medio de una nevada?” ¿Cómo es que no se llamó a David Carradine infinitas veces, tras no coger él el teléfono? ¿Cómo es que el hotel tenía cordeles en la habitación, con los que cualquiera podría ahorcarse? No veo por qué la viuda no lo demanda también, en vista de eso. Ya sabemos que el mundo está lleno de picapleitos caraduras y de clientes suyos igual de jetas, pero los jueces deberían ser más sensatos y desestimar tanta queja rocambolesca y ridícula: me tentaron con el tabaco, la droga, el juego, la bebida, la velocidad, los Fórmula-1. Vi noticias que ensalzaban a los alpinistas, a los aventureros, a las ONGs compasivas, a los bomberos y a los soldados, me incitaron a seguir su ejemplo. No me cabe duda de que llegaremos a esto: me trajeron al mundo, ¿qué culpa tengo yo de lo que hago? Que carguen con ella mis padres, y, si ya están bajo tierra, entonces el Estado. Al fin y al cabo les consintió tener hijos, a quién se le ocurre.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 4 de julio de 2010
A raíz del llamado “plan de choque” del Gobierno y de sus difusas intenciones de subir los impuestos a “los más ricos”, este diario publicó un cuadro de lo más chocante para mí, que soy profano en economía, y sobre el que no he leído comentarios. Los datos provenían de la Agencia Tributaria y de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, y, según ellas, el 67% de los contribuyentes gana un máximo de 21.000 euros anuales brutos, y casi el 40% se embolsa, como mucho, 12.000 al año. Esto supone que “los ricos” de ese casi 40% son meros mileuristas. Si se piensa que sólo el alquiler de un piso pequeño, en las grandes ciudades en que se concentra el mayor número de habitantes (pero casi también en las medianas), nunca cuesta por debajo de 600 o 700 euros, y que fácilmente se pone en 850 o hasta en 1.000 mensuales, ya me explicarán ustedes cómo vive y ha vivido ese 67%, no digamos ese cerca del 40% que, como he dicho, alcanza a ver, con suerte, 1.000 euros cada treinta días.
Pero no es sólo cómo vive y ha vivido. Es también cómo los incontables negocios, empresas, comercios, industrias, locales y tiendas pueden y han podido tirar adelante y prestar servicios y efectuar ventas. Cómo los fabricantes de automóviles han sido capaces de encasquetarle a la gente millones de unidades, hasta el punto de que la percepción de todos es que cada vez hay más coches en las calles y que a casi nadie le falta el suyo; cómo es que cada mes surgen nuevos restaurantes y bares, que a menudo están llenos; cómo es que proliferan las tiendas de ropa y, por mencionar una sola marca, hay una de Zara en cada esquina; cómo es que no se han hundido las industrias del ocio, que además se han visto perjudicadas, en los últimos tiempos, por las descargas ufanamente ladronas de cine, música, series de televisión y ahora libros, con el beneplácito de los Gobiernos de Aznar y Zapatero, que han contraído una insaldable deuda con los artistas, las discográficas, las productoras de cine, los editores y los distribuidores. Y, sobre todo, cómo es que no se han parado de construir viviendas en todas partes, de la manera más vandálica y desaforada, y cómo es que tantos ciudadanos se han permitido hipotecarse, a cuarenta o incluso a cincuenta años, para adquirirlas. Más aún cuando hoy nadie –excepto los quejosos funcionarios– tiene garantizado su puesto de trabajo más allá de unos meses, y muchos ni eso.
El profano se pregunta cómo vive este país si los ingresos son los de ese cuadro. Cómo es que, apenas llegan unas vacaciones o un puente, no queda un billete de avión ni de tren para ir a casi ningún lado, ni habitaciones libres en numerosos hoteles; cómo es que, cuando uno está en el extranjero, se topa con manadas de españoles siempre (particularmente visibles los catalanes y los madrileños); cómo es que familias modestas se gastan la hijuela no ya en una boda, sino en la comunión de la niña, convertida en una miniboda, cuando esa ocasión se solía despachar con un piscolabis para cuatro amiguitos y a lo sumo un reloj para el comulgante; cómo es que los infinitos festejos que hay en nuestro país –uno a lo grande en cada localidad, cuando no varios– están a rebosar, lo mismo que los festivales de música como el reciente “Rock in Río” y los establecimientos de ocio todos los viernes, sábados y vísperas de los ochocientos días no laborables que atestan nuestro calendario. Cómo es que los endeudados Ayuntamientos del territorio entero siguen organizando, cada fin de semana, maratones, vueltas ciclistas, conciertos, procesiones, espectáculos y “eventos lúdicos” varios que cuestan siempre tanto dinero como si los montaran las empresas de la trama Gürtel, las cuales –ya saben– multiplicaban en su provecho el coste hasta de unas sillas plegables en mitad de una plaza.
El cuadro para mí tan chocante habla de los que declaran a Hacienda, lo cual lleva a sospechar que una de tres: o el fraude fiscal en España es monstruoso y los datos de ese cuadro nada tienen que ver con la realidad verdadera; o nuestros compatriotas son genios de la economía individual y consiguen milagrosamente viajar hasta el último rincón del mundo, tener y mantener coche, alquilar o comprar piso (comprar, nada menos, algo raro en Europa), poseer aparato de DVD y televisión de cristal líquido, disponer de Internet, vestir ropa aceptable, salir de juerga más de cien noches al año, abarrotar los restaurantes, los hoteles y las playas, asistir a conciertos de rock, fumar algo, beber no poco, comprar libros, ir al cine, alimentarse y medicarse, celebrar por todo lo alto bodas, bautizos y despedidas de solteros, no privarse jamás (antes muertos) de los carísimos festejos populares de su lugar y de otros varios (fíjense en las multitudes de sanfermines, Feria de Abril y fallas), holgazanear durante el rosario de jornadas festivas y sus correspondientes puentes…, cuando casi el 40% de ellos cuenta para todo eso con menos de 1.000 euros mensuales; o bien, por último, la gente aquí se ha endeudado hasta la demencia, viviendo muy por encima de sus posibilidades con la complacencia taimada de los tentadores bancos que han incitado a pedir créditos y a tirar de VISA aun para los mayores caprichos y chorradas, incluidas las liposucciones y operaciones de pechos de los adolescentes acomplejados. O vivimos con un descomunal agujero de dinero negro, que se nos sustrae a todos, o debemos hasta el pellejo y la totalidad de nuestros órganos, o, lejos de reñir a España, las agencias financieras internacionales deberían darle una medalla a cada habitante de este país incomprensible, por obrar prodigios.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 27 de junio de 2010
El artículo de Molina Foix “Si yo fuera fumador” (El País, 3-6-10) me insta a relatar algunos vejámenes recientes, ya que sospecho que se refería a mí al hablar de “un escritor español” al que “una amiga común” fue a visitar al hotel parisiense de cinco estrellas en que lo alojaba su editorial -pagaba yo la mitad-, para descubrir que, por su condición de fumador, se lo había relegado a “un habitáculo más bien lóbrego” en los altillos del edificio, lo que se conocía antiguamente como una “chambre de bonne”.
En los últimos doce meses he viajado a ocho países, americanos y europeos, y en la mayoría de ellos me he encontrado con cortapisas, vejaciones y desaires por darle aún al cigarrillo. En Gotemburgo, el único lugar del hotel en que podía echarme un pitillo no era mi habitación, sino una jaula de metacrilato sita en medio de un bar en el piso más elevado. Así que cada vez que deseaba fumar había de coger el ascensor hasta arriba y encerrarme en la celda, en la que -atención- no se permitía beber al mismo tiempo: si uno entraba con su copa allí, era expulsado de inmediato por una vigilante con pinta y ademanes de guardiana de campo de concentración. En Estocolmo mejoró la cosa: claro que tenía reserva en el Grand Hotel, donde se hospedan los Premios Nobel durante los fastos.
Cuando me tocó ir a Inglaterra, resultó que mi hotel londinense de siempre había aprovechado el endurecimiento de las leyes antitabaco para convertirse en un “espacio sin humo”, y que lo mismo sucedía con casi todos los demás: sólo mantenían habitaciones de fumador los muy cutres o los muy caros, así que decidí irme al Ritz. Como no podía pretender que mi editorial británica me costease la estancia allí, de nuevo asumí la diferencia: me salió por un ojo de la cara y además me metieron, asimismo, en una especie de “cuarto de la criada”. Estaba en el Ritz y pagaba por el Ritz, pero podía haber estado en casi cualquier otro sitio. Era el castigo por fumar. Y hube de renunciar a unos días en Oxford, pues allí -ciudad pequeña- no queda ni un hotel en el que se tolere una calada. Bueno, hay uno con una sola habitación en cuyo patiecito adyacente… Pero ya estaba cogida. En Londres, los escritores Antony Beevor y Artemis Cooper me invitaron a cenar en su club. Tras los postres los tres hubimos de salir a la calle para el cigarrillo de rigor. Si ni siquiera en un club inglés hay una “smoking room”, me dirán dónde hemos ido a parar. Si Phileas Fogg o Sherlock Holmes levantaran la cabeza…
Le había dicho a mi editora americana que sólo me desplazaría a Nueva York, adonde hacía veinte años que no iba, si me encontraba un hotel en el que pudiera fumar (en mi cuarto, a otra cosa no aspiraba). El viaje estuvo a punto de cancelarse, porque pasaban las semanas y ella no lograba cumplir con mi condición. Por fin fue posible en el rehabilitado Gramercy Park Hotel, levemente bohemio. Lo absurdo es que muchas personas con las que allí traté resultó que fumaban (entre ellas mi editora y Paul Auster), y, al verme con cigarrillos, se abalanzaban a pedirme uno. Pero todas tragan con las discriminatorias leyes. En París, ya está contado. Y si recibí a esa amiga en mi “habitáculo más bien lóbrego”, fue porque ella fuma también y no podríamos habernos dado a nuestro vicio en ningún café o bar.
Lo más chistoso vino poco después. Recibí una amable invitación de la Universidad de Oxford para ocupar durante un trimestre el puesto de Weidenfeld Visiting Professor y dar unos seminarios. La paga era escasa, como siempre en Oxford, pero deduje que se trataba de un gran honor, ya que en años precedentes habían ocupado el cargo Eco, Steiner, Vargas Llosa y Amos Oz. Me hacía gracia pasar una temporada en la ciudad al cabo de tantos años, pero tuve la prudencia de preguntar si, en el apartamento que me ofrecían, anexo a un college, podría fumar. Se me contestó que sólo “in the grounds”, es decir, “outdoors”, es decir, en la puta calle. Respondí que fumo mientras escribo, o si me asalta el insomnio por la noche, y que no iba a estar yéndome allí cada dos por tres. Si abandono mi afición algún año -puede ser-, reconsideraremos la invitación. Lo cierto es que no se ha podido contar con mi concurso por esta restricción o incompatibilidad.
Si se obstaculizara el acceso a un hotel, o a un trabajo, a alguien por su color, sexo, raza, religión u orientación sexual, se armaría un gran escándalo. Eso mismo se admite -se fomenta- contra el fumador, discriminado cuando el consumo de tabaco no sólo es algo legal, sino con lo que se enriquecen todos los hipócritas Estados y a lo que nos han incitado durante décadas. En España los fumadores somos un 35%: unos dieciséis millones de personas que deberíamos oponer resistencia a las campañas para demonizarnos y excluirnos. Yo los animo a boicotear los sitios intolerantes, en los que no se nos permita fumar a solas o en compañía de otros fumadores, sin molestar ni dañar a nadie más. Deberían habilitarse bares y restaurantes de autoservicio, para empezar, antes de que la nueva y represora ley de Zapatero y Jiménez nos condene a enfermar igualmente, sólo que de insolación o pulmonía.
[PS. Don Rodrigo Córdoba, del Comité Nacional de Prevención del Tabaquismo, se haría un favor si se abstuviera, por una vez, de enviar su sólita carta de respuesta llena de tergiversaciones y falsedades. Con ellas ha desprestigiado completamente el organismo que preside, al que ya nadie puede creer.]
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 20 de junio de 2010
Cuando ustedes lean esto estará a punto de terminar la Feria del Libro, pero cuando yo lo escribo todavía no ha comenzado, y lo único que deseo, para las sesiones de firmas, es que se parezcan más a las de la primera vez que acudí, hace nada menos que treinta y nueve años, cuando aún no había cumplido los veinte, que a las de las últimas temporadas. En un aspecto, ha de entenderse: hace casi cuatro décadas firmé muy pocos ejemplares, a parientes y amistades que tuvieron la compasión de pasarse por la caseta, y la verdad es que resulta embarazoso y triste estar ahí metido, mano sobre mano, sin saber cómo poner cara airosa ante la escasez de compradores. El aspecto al que me refiero tiene más que ver con los modales y actitudes de algunos solicitantes de firmas, aunque no se me escapa que cuantos más haya de éstos, más probabilidades hay de encontrarse con alguno exigente, arbitrario o grosero. Así que, seguramente, en ningún caso deba quejarme, vaya lo uno por lo otro.
Pero no deja de ser cierto que, lo mismo que en otros ámbitos de nuestra vida pública, se percibe una crispación más frecuente, una agresividad en ocasiones. Lectores caprichosos los ha habido siempre, y en anteriores columnas he contado cómo se me ha pedido que, en lugar de dedicar un libro mío (para lo único que en principio estoy facultado y a lo único que estoy dispuesto), estampara mi firma en un volumen de algún clásico por mí admirado -Stevenson o Conrad, Dumas o Shakespeare- o de un escritor amigo. Sin ir más lejos, en el reciente Sant Jordi no me atreví a negarme a dedicar ejemplares de las memorias de mi padre, de Pomponio Flato de Mendoza y de El asedio de Pérez-Reverte. Tampoco tuve inconveniente en emborronar, con rotulador indeleble, un soporte de e-book que su propietaria maldecirá en el futuro, al ver ahí siempre el mismo nombre, independientemente de lo que esté leyendo en el cacharro, hasta que lo sustituya por otro más perfeccionado, dentro de seis o doce meses, supongo. Este tipo de antojos resulta más o menos aceptable, otros ya no lo son tanto, sobre todo cuando van acompañados de mala idea y malos modos.
Ya relaté aquí hace tiempo cómo, en otro Sant Jordi, una mujer me hizo llegar una rosa con un papel enrollado a su tallo, el cual contenía una sarta de insultos que la dadivosa se quedó a ver cómo yo leía, con gran satisfacción, imagino. El año pasado, en Madrid, se acercó otra mujer, de aspecto “poderoso”: bien vestida (en cuanto al precio de las prendas, no en el sentido en que ella creía), relativamente joven, no mal parecida (aunque tampoco tan bien como ella creía). Me dio a firmarle una novela mía, y así lo hice. A continuación sacó del bolso otro tomo muy gordo y me dijo: “Quiero que también me firmes este”. Miré el lomo y vi que era una edición de la Biblia. Me excusé: “Lo siento, pero sólo dedico las obras con las que he tenido que ver, sea como autor, traductor o incluso editor, aunque esto último no me gusta”. “Ah, ¿y estás seguro de que no tienes que ver con esta? Yo creo que sí”, insistió. “Completamente. Ya me habría complacido escribir algunos fragmentos, o haber presenciado ciertos episodios que aquí se refieren. Pero créame que no he tenido arte ni parte”. “¿Ni siquiera para atentar contra ella?” Empecé a olerme por dónde iban los tiros. “No me parece que esté en mano de nadie atentar contra libro tan perdurable”, respondí. Apartó su tocho y sacó de su bolso una cajita poco más grande que una de fósforos, venía con premeditación, preparada y pertrechada. “Entonces quiero que me firmes esto”. Me la acerqué a la vista y leí en su tapa: “Bombas fétidas”. Hay que mantener la calma, en la Feria uno es casi un dependiente. “Pues lo lamento, pero tampoco he tenido que ver con la manufactura de esto. Ya le he dicho que sólo firmo aquello de lo que soy responsable”. “Pues tú tiras una bomba fétida cada semana”. Deduje que se refería a esta columna, y hay que aceptar todas las críticas. “Puede, según el olfato. Pero ya le digo que no he tenido parte en la confección de esta cajita”. Entonces plantó sobre la pila de mis libros la cerveza que llevaba en la mano, se acodó, impidiendo el acceso a las personas que aguardaban, y declaró: “Pues yo no me muevo de aquí hasta que me hayas firmado la caja y la Biblia“. “Hágase a la idea de dormir aquí”, le contesté con irritación ya mal disimulada, “porque no voy a hacer lo que a usted se le antoje”.
Al cabo de un rato, entre el paciente librero, Javier, de Aviraneta, y unos seguratas que aparecieron al percatarse del escándalo que la poderosa montaba, apartaron a ésta con suavidad de la primera fila. Ya a cierta distancia, mientras atendía a otros lectores, vi cómo intervenían también unos municipales que le pidieron el carnet, y me alcanzó algún que otro exabrupto de ella: “¡A mí, a mí me piden el carnet, y no a ese señor”, y me señalaba, “que es un incendiario!” Cuando me fui, hora y pico más tarde, la poderosa seguía todavía allí, dando voces. Por lo menos no arrojó sus bombas fétidas en el Retiro. Confiemos en que no haya aparecido este año, aún mejor pertrechada. Tal y como andan los ánimos, en este país cada exposición pública se puede convertir ya en leve riesgo. Hasta para los escritores. Mientras sólo sea olfativo…
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 13 de junio de 2010
Quienes entienden poco de fútbol aseguran que se puede disfrutar un encuentro sólo por el buen juego, sin tomar partido por ningún contendiente. Nada me parece más improbable. Cuando se enfrentan dos equipos que en verdad me son indiferentes; cuando me trae sin cuidado cuál gane y además no logro que las circunstancias ni los elementos extradeportivos me lleven a preferir la victoria de ninguno, acabo por aburrirme, así nos brinden grandes goles y combinaciones. Por fortuna eso no me ocurre apenas: casi siempre hay algo, aunque sea sólo un detalle, que me hace inclinarme por uno de los contrincantes. Está a punto de comenzar el Mundial de Sudáfrica, y en esos torneos puede uno vérselas y deseárselas para decidir si quiere que venzan Chile u Honduras, Costa de Marfil o Corea del Norte, Paraguay o Nueva Zelanda. Tiene que recurrir a cosas nimias: he estado una vez en Chile, Corea del Norte es una dictadura brutal, uno de mis maestros era neozelandés de nacimiento, da lo mismo. Una vez que uno resuelve apoyar a alguien, la diversión es mayor, está asegurada.
Más arduo es el asunto cuando lo que uno quisiera es que perdieran los dos rivales, cuando ambos le caen como un tiro. Es lo que me sucedió hace dos semanas durante la Final de la Copa de Europa (me niego a llamarla esa pavada de Champions League), entre el Bayern Múnich y el Inter de Milán. Como madridista veterano, a los dos les tenía antipatía: con el Bayern hay una larga lista de agravios, en forma de derrotas, alguna humillación incluida, y de broncas e incidentes, si bien uno de los más sonados fue culpa de aquel jugador del Madrid que más parecía del Atlético y que a menudo nos avergonzaba a los merengues fetén, Juanito Gómez. En cuanto al Inter, para los de antigua memoria es imposible olvidar el disgusto que nos dio en la niñez, cuando hundió por 3-1 al Madrid en la Final europea de 1964, con la agravante de que aquel partido determinó la salida de Di Stéfano, el mejor futbolista de la historia y nuestro ídolo de entonces. Los dos entrenadores me parecen odiosos, Van Gaal y Mourinho, sólo uno más podría hacerles sombra en el terreno de lo desagradable, Ferguson, del Manchester United. Son bordes y engreídos y poco elegantes, y el juego de sus equipos suele ser feo y soporífero, algo que en modo alguno compensa su ocasional eficacia. Como cuando escribo esto se cernía la amenaza de que Mourinho fuese fichado por el Madrid –ay, me temo que ya se haya consumado–, intenté pensar qué era mejor para la evitación de esa catástrofe, que a muchos madridistas nos obligaría a replantearnos la fidelidad al color blanco. Tampoco esa consideración me ayudó: si el Inter perdía, quizá el Madrid juzgase que Mourinho no era infalible y echase marcha atrás en su decisión de contratarlo; pero si el Inter ganaba, era posible que el club milanés hiciera lo indecible por retenerlo, y que el propio entrenador sintiera la tentación de defender, la temporada próxima, el título conquistado en esta, para demostrar que no había sido azaroso.
Estaba tan aburrido durante el primer cuarto de hora, con tanta neutralidad negativa, que me dediqué a contar cuántos jugadores alemanes había en el Bayern, cuántos italianos en el Inter y cuántos extranjeros en cada uno. Y fue así como encontré a mi “favorito”. El Bayern alineaba a cinco alemanes y a seis extranjeros; el Inter, a once de estos últimos y a ni un solo italiano. Un equipo de Milán, entre cuyas viejas glorias había magníficos futbolistas como Facchetti, Mazzola y Burgnich. ¿Qué sentido tenía? De aquellos once extranjeros, además, ocho ni siquiera eran europeos… y se estaba ventilando la Copa de Europa: cuatro argentinos, tres brasileños y un camerunés en sus filas. Y aún es más, en su plantilla, por lo que yo sé, solamente hay tres italianos: el portero Toldo, el negro Balotelli, al que muchos de sus compatriotas racistas niegan la nacionalidad, y el veteranísimo y sucísimo defensa Materazzi, el mismo que insultó gravemente a Zidane en la Final del Mundial de 2006 y que recibió de éste un merecido cabezazo. A partir de aquel instante ya no tuve duda, pese a Van Gaal y a las muchas afrentas sufridas por el Madrid a sus manos o a sus pies: iría con el Bayern, sin vuelta de hoja. Quién me iba a decir que acabaría apoyando a una de nuestras “bestias negras”.
Hay un tipo de público joven, a buen seguro, al que le resulta indiferente la procedencia de los jugadores que representan a su equipo y a su ciudad, en consecuencia. Pero los clubs de fútbol son eso, de las ciudades, y en origen se trataba de dilucidar los de cuál eran mejores. Este deporte es un espectáculo y mueve mucho dinero, y los grandes y los pequeños equipos fichan a quienes contribuyen a la obtención de victorias, así ha sido siempre. Pero con una base imprescindible, si no de la ciudad cuyo nombre llevan, al menos sí del país al que pertenecen. Seré anticuado, pero no conseguiría verle la gracia a que el Real Madrid ganase títulos con una alineación de sudamericanos, como la de este simulacro de Inter desnaturalizado, en la que no figuraran un Casillas, un Guti, un Raúl, un Albiol, un Arbeloa, un Granero o un Ramos. Si aterriza Mourinho en nuestro equipo, nadie nos asegura que no vayamos a ver un domingo tras otro, vestidos de blanco, a once mozos impostores del sertón y de la pampa.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 6 de junio de 2010
Una de las más extrañas características de nuestra época es no ya que muchas personas no diferencien entre lo público y lo privado, ni entre lo que es aceptable en un ámbito y en otro, sino que no soportan que sus filias y fobias, sus experiencias y sus vergüenzas, sus exabruptos y sus prácticas sexuales, permanezcan sólo en el segundo. Es como si la esfera privada les pareciera siempre insuficiente y poco menos que un oprobio, y tuvieran la necesidad de que sus pensamientos e intimidades llegaran al mayor número posible de ciudadanos, aunque maldito lo que les interese a éstos la arbitraria e indocumentada opinión de sus vecinos.
Desde hace tiempo, las televisiones fomentan esta actitud vanidosa de las poblaciones, instando a los espectadores a enviar SMS que aparecen sobreimpresos en la pantalla mientras se desarrolla cualquier programa. Una de las claves del éxito de la televisión es que permite, al que se sienta ante ella, despotricar a su gusto, sin razonamiento e impunemente, contra todo lo que va viendo –o adorarlo, da lo mismo– en el salón de su casa. “Menudo imbécil”, hemos pensado o exclamado todos ante la aparición de un individuo, sin darle casi tiempo a expresarse. O “No aguanto a este sujeto”, o “Vaya jeta”, o “Qué buena está esta tía, cómo me pone”. La publicación de los SMS supone que estos comentarios, estrictamente privados y de los que los demás, por suerte, no teníamos que enterarnos, sean impuestos a la totalidad de espectadores. Si está la Pantoja en el plató, nos vemos obligados a ir leyendo sandeces que antes nos ahorrábamos: “Pantoja, eres lo peor, petarda”; o “Pantoja, cuantos más años cumples más te lo comería todo”, por ejemplo. La gente que envía esos mensajes se debe de sentir muy ufana de ver su chorrada o burrada sobre la pantalla –y a veces su nombre–. “Joé, lo que he soltado, y se lo ha tenido que tragar todo el mundo. Soy alguien, protagonista durante diez segundos”. No hace falta decir que el propósito de las cadenas es embolsarse, en amigable reparto con las telefónicas, el dinero que cada SMS les cuesta a los tontos fatuos que pican.
Pero la cosa adquiere un grado de perversión mayor cuando se trata de programas “serios” y no de mero despellejamiento –tertulias o debates sobre alguna materia compleja– y se invita a los espectadores legos a que manden sus opiniones: “Ante el plan de ajuste del Gobierno, ¿por dónde recortaría usted?”, lo cual viene a ser como preguntarles: “Ante una operación de cerebro, ¿por dónde abriría el cráneo?”, o “Prospecciones petrolíferas: ¿por dónde buscaría usted?” ¿Cuál es el sentido de dar entrada a los profanos en cuestiones técnicas sobre las que no tienen ni idea, aparte de halagarlos con malas artes? No se trata de un muestreo, puesto que los que contestan no son representativos más que de los que ven cada programa; lo que digan no es vinculante –cómo podría serlo– ni será tenido en cuenta por nadie con capacidad decisoria; es más, a nadie le importa un bledo. Volvemos al negocio, al cobro de las llamadas de los incautos narcisistas. Pero aquí la práctica tiene además un efecto engañoso. Crea la falsa impresión de que “Tengo derecho a opinar de todo, aunque no sepa nada del asunto. Que me lo pregunten todo porque soy ‘la opinión pública’ y se ha de contar conmigo hasta en el último detalle”. Da a los bobos presumidos la sensación ilusa de que “participan”, cuando lo que ellos expresen sobre esa pantalla carece de toda incidencia en la realidad política. A lo sumo les sirve de desahogo, y para darles un codazo a sus señoras y espetarles orgullosos: “Mira, eso es lo que he enviado yo, lo han puesto”. Para eso podrían haberse ahorrado el SMS y haber hecho su comentario, como antaño, sólo en el salón de su casa.
Todo esto propicia, como efecto lateral, que mucha gente entienda cada vez menos en qué consisten la democracia y el sistema parlamentario. Se acentúa cierta tendencia al asambleísmo, y ese no es el sistema que elegimos. Por muchos SMS antitaurinos que se lancen a un programa, por muchos manifestantes que se desnuden en la calle fingiéndose banderilleados, si el Parlamento no prohíbe las corridas, los mensajitos y las pantomimas carecen de todo peso. Han pasado treinta años largos desde que contamos con una democracia representativa, y demasiada gente sigue sin vincular lo que vota con lo que ocurre luego. Se elige por vaga afinidad ideológica, o por mera simpatía, o por aversión a un partido. Rara vez se asocia el voto con las previsibles consecuencias, y se cree que ante cada medida han de ser consultados el pueblo o los telespectadores. Demasiados ciudadanos no parecen haber comprendido, todavía, que es el Parlamento quien toma las decisiones en representación de los votantes, y que por eso importa mucho a quiénes se encarga su composición. Por poner un solo y sólito ejemplo: no conozco a nadie que no esté cabreadísimo y desesperado por la situación de Madrid desde hace veinte años, los que llevan rigiéndola alcaldes del PP. Lo que los cabreados no ven, asombrosamente, es que la proliferación de obras eternas e injustificadas, suciedad, especulación, caos, plazas inhóspitas de emporcado granito, destrucción de los mejores parajes como las Vistillas, es consecuencia directa de lo que ellos mismos llevan cuatro lustros votando, y van a seguir, por lo visto. Menos mensajitos presuntuosos, caros e inútiles, menos dejarse estafar, y un poco más de atar cabos, o de razonamiento.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 30 de mayo de 2010
Siento repetirlo de nuevo y sobre todo por mí, ya que cada vez se toleran menos las opiniones discrepantes de las tendencias globales: una de las costumbres o modas que me parecen más inútiles y nocivas es la de pedir perdón por las cosas que uno no ha hecho, con la agravante, además, de que no está uno facultado para ello. Hay en esta práctica un elemento de masoquismo y otro de engreimiento, aunque parezcan propensiones contradictorias. Por un lado, los actuales gobernantes o representantes de una institución se flagelan y se disculpan por las atrocidades o equivocaciones que cometieron, a veces en tiempos remotos, quienes rigieron los comportamientos de sus respectivos países o instituciones, y con las que ellos no han tenido nada que ver. Por otro, se arrogan absurdamente la capacidad para enmendarles la plana a sus predecesores muertos, como si no sólo se heredaran las culpas –no es así, por suerte–, sino también la posibilidad de expiarlas y de compensar los daños causados. Los daños infligidos por Hitler o por Stalin, por Franco o por Mao, por las diferentes Iglesias o religiones, por el Imperio Británico o por el Romano, por los esclavistas o por los numerosos tiranos de la historia, no pueden compensarse jamás a quienes los sufrieron, que, como sus verdugos, hace ya tiempo que desaparecieron de la faz del mundo. Dar “consuelo” a sus “herederos” –a veces directos y aún vivos, pero a veces traidísimos por los pelos o imaginarios– no deja de ser una falacia bienintencionada y hueca que en la mayoría de ocasiones sólo tiene como fin halagar el narcisismo de quienes no han sido víctimas pero disfrutan sintiéndoselo. Nada parece complacer tanto a las poblaciones actuales como la autocompasión y el victimismo. Quizá no hay tampoco nada tan rentable. Formar o sentirse parte de una minoría o mayoría oprimidas parece ser el mayor timbre de gloria a que se puede aspirar hoy en la tierra. Aunque uno haya tenido la fortuna de vivir en una época en la que los de su nacionalidad, raza o sexo ya no han sido oprimidos por nadie.
Lo cierto es que cada dos por tres un dirigente alemán se disculpa por los campos de concentración, clausurados cuando él era aún un niño; un Papa del siglo XX presenta sus respetos a Galileo, que murió en 1642; los políticos sudamericanos, con apellidos inequívocamente españoles como Chávez o Morales, exigen en castellano que el Rey Juan Carlos se dé golpes en el pecho por lo que en ultramar hicieron, en el siglo XVI, Colón, Cortés o Pizarro; los rusos se excusan ante Polonia, mientras el Japón se niega a hacerlo ante la China y Turquía ante Armenia, pese a las reiteradas peticiones de los bisnietos de los masacrados. Supongo que es cuestión de tiempo que surjan descendientes de espartanos exigiendo compensaciones a los iraníes por las Termópilas, o europeos y africanos de todas partes pidiéndole a Berlusconi que se arranque sus nuevos pelos y se rasgue sus ropas de marca en arrepentimiento por las fechorías de los emperadores romanos.
Lo que pasó pasó, y no hay quien lo rectifique ni lo repare ni enmiende. Lo que otros hicieron no lo hemos hecho nosotros, y no somos quiénes para excusarnos por los actos no cometidos. Creer lo contrario es de una soberbia infinita, y sin embargo hoy lo parece creer el mundo entero. No hay manera de resarcir a los damnificados, que yacen en sus tumbas y de nada se enteran. El tiempo –es inconcebible que se finja ahora ignorarlo– “ni vuelve ni tropieza”, por decirlo con Quevedo. Otra cosa es que se sepa lo que ocurrió, algo en verdad necesario. Para eso están los libros de Historia, y también las leyendas, las novelas y las películas, todo ello contribuye a que los crímenes no caigan en el olvido. Pero esto no parece bastar a los narcisistas contemporáneos, cuya última pretensión es que, además, se procese a los muertos, a quienes ya no pueden responder ni avergonzarse ni padecer castigo. Como si no hubiera suficientes casos que juzgar, con los responsables vivos y a menudo impunes, se pretende con cada vez más frecuencia que se abran causas contra cadáveres. No hablemos de nuestro país; en Rusia, tras la reciente condena “política” de Stalin por parte del Presidente Medvédev, que lo consideró “culpable de crímenes imperdonables contra su pueblo” y calificó su régimen –oh novedad– de “totalitario”, hay voces que no se conforman y que exigen también “una condena jurídica”. Insisto en preguntarme: ¿contra cadáveres? A los grandes criminales muertos ni les va ni les viene lo que se diga o se haga en un mundo al que no pertenecen desde hace tiempo. Tiene sentido juzgar a un criminal nazi mientras esté vivo y libre, por anciano que sea, pero no una vez que ya no alienta, no una vez que no va a escuchar su sentencia ni a cumplir su pena. Lo que se logra con todas estas actitudes justicieras inútiles, con estos brindis al sol, con esta simbólica persecución de los asesinos que por desgracia escaparon a la justicia humana –y me temo que no hay otra–, es transmitir indefinidamente las culpas más execrables. Como si en una época de descreimiento general de lo perdurable, se estuviera convencido de que justamente los crímenes son lo único eterno y que se reencarna ad infinitum. O como si las poblaciones actuales hubieran decidido desmentir el viejo dicho que de tanto sirvió, “Muerto el perro, se acabó la rabia”, y ya no supieran vivir sin esa postiza rabia.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 23 de mayo de 2010
Hace meses mencioné aquí de pasada a “las amigas de buen corazón”. No sé muy bien cómo, a lo largo de mi vida me he rodeado de mujeres así, una cuestión de suerte o de prudencia, aunque también haya habido excepciones y las haya pagado caras durante breve tiempo: las que lo tenían duro, o eran avasalladoras o engreídas o viperinas, o ventajistas, no han durado mucho en mi cercanía. Más de una vez me he parado a pensar que, curiosamente, casi todas mis buenas amigas tenían lo siguiente en común: habían perdido de niñas al padre o a la madre, les había tocado una infancia algo anómala. Algunas, incluso, podrían haber encontrado motivos para el resentimiento o la autocompasión, y sin embargo no es así: también guardan en común ser extremadamente inteligentes, alegres y generosas, propensas a la risa y con un punto de candidez, de tal manera que se adivina en ellas aún, fácilmente –no se adivina; en realidad se ve–, a las niñas que fueron. No es que jueguen a ser pueriles, claro está –ese es un tipo de coquetería más bien estomagante que se detecta en no pocas de su sexo–, sino que no lo pueden o saben evitar. Todas me han contado anécdotas de su niñez. Las cuentan riéndose de sí mismas, de su ingenuidad infantil, sin darse cuenta de que hay alguna que delata su forma de ser actual, y en la que ya reconozco a la persona que he conocido en su edad adulta. No han cambiado en absoluto, y basta con escuchar esa anécdota para saber cómo son y cómo seguirán siendo, probablemente, hasta el fin de sus benditos días.
L no es que perdiera a su madre, es que nunca la tuvo. Ésta se separó del padre al poco de nacer ella y no quiso saber de ninguno de los dos, por lo que L creció junto a un hombre joven, donjuanesco y jovial, que, por causa de su trabajo, pasaba largas temporadas en el extranjero. La niña y el padre se adoraban, pero a menudo a distancia: de hecho L se recuerda a sí misma esperando su aparición la mitad del tiempo, y la otra mitad en la fiesta permanente de su compañía. Así que se ocupaban de ella con frecuencia unos amigos casados y con hijos. Con uno de éstos solía ir un rato a un parque a la salida del colegio. Ella tenía bici y el niño no, así que se la prestaba. Pero el niño remoloneaba a la hora de devolverla: “Yo no tengo, y tú la tienes todos los días”. A ella le daba pena y además se sentía agradecida a sus padres, de modo que se pasaba todo el rato sin montar, esperando a que el aprovechado se la cediera una vez al menos. Éste sólo lo hacía cuando ya anochecía y había que volver a casa. L casi nunca pudo dar una vuelta en su propia bici. Como no tenía hermanos, se inventaba sus juegos, pero descubrió que unos vecinos poseían un fuerte. Entusiasta de las películas del Oeste, se presentaba en la casa con sus soldaditos en la confianza de que la dejaran meterlos también en él. Los vecinos no se lo permitían, pero ella no se arredraba: colocaba a su caballería en disposición de asaltarlo. Los niños le ponían reparos: “Eso no puede ser, son soldados y no van a atacar a sus compañeros”. A partir de entonces L pidió a su padre que le regalara siempre indios, para poder asaltar aquel fuerte sin cortapisas.
A tenía un hermano mayor y él disponía de un cañoncito, que no le permitía tocar. Ella deseaba tanto disparar con el cañoncito que aceptaba el siguiente abuso de su hermano: “Si me buscas y recoges la bala cada vez que dispare, al final te dejaré tirar una vez”. La niña, obediente y confiada, así lo hacía. Sin embargo, cuando llegaba su turno arduamente ganado, el hermano se marchaba y ni siquiera se quedaba a ver cómo ella efectuaba su tiro. Sin testigos, ella metía la bala y lanzaba, sin ilusión, su único, triste y solitario disparo.
B perdió a su madre a los nueve años y el padre se consoló pronto y no se ocupaba mucho de ella. La dejaba a menudo con tíos, abuelos y amistades variadas que no siempre la acogían de muy buen grado. Ella tuvo siempre la sensación de estar de prestado en esos sitios y de poder molestar, y sabía que antes o después debería marcharse. El único lugar del que sentía que no podían echarla era la ficción. Se metía bajo una mesa, en su propia casa o en las ajenas, y desde allí veía todas las películas de televisión o leía con fervor sus novelas y cuentos, esos espacios sí eran suyos, plenamente. Cuando voy al cine con ella, aún la veo metida bajo esa mesa, con cara feliz.
A P se le murió el padre a los doce años. Ella, su hermana menor y su madre pasaron a vivir con el padre de ésta, su abuelo, un hombre despótico que con alguna maña se apropió del negocio de su yerno muerto y se dedicó a tratarlas como a cenicientas. Un personaje dickensiano, de los negativos. Al ser su madre débil y P la mayor, le tocó batallar contra el abuelo tiránico, frenar sus abusos y hasta evitar la expulsión de las tres. Cuando venían visitas se escondía detrás de una puerta y no salía durante largo rato. Con todo lo sociable que es, a veces la veo todavía ahí.
He dicho que estas amigas tienen buen corazón, son inteligentes, risueñas y generosas. Se me olvidó añadir que todas ellas poseen un fuerte sentido de la justicia, o aún es más, de esa palabra olvidada y que a casi nadie importa hoy, pero que es la que sigue haciendo que el mundo sea tolerable y que no todo parezca perdido: un fuerte sentido de la rectitud.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 16 de mayo de 2010
Los lectores con memoria recordarán el modesto cuento del señorín y la bailarina londinenses que separé el pasado noviembre y que luego me costó reunir. Compré la figura del primero en una tienda de antigüedades de Cecil Court. El dueño, Mr Sullivan, quizá acuciado por la crisis, estuvo dispuesto a que me llevara sólo una pieza de la pareja, la que me hacía más gracia. Luego, ya de regreso en Madrid, me entró un absurdo y pueril cargo de conciencia: había permitido viajar al señorín, cuyo bigote lo asemejaba un poco a Eduardo Mendoza, buen amigo y mejor escritor, y había dejado sola a la joven, acumulando polvo y soledad en el establecimiento. Pedí a Mr Sullivan que me la mandara también, pero pasaba el tiempo y no la recibía. Llegué a pensar que tal vez, lejos de echarse de menos, estaban hartos el uno del otro y que más valía no insistir en juntarlos de nuevo. Como conté en un post-scriptum, a los cuatro días de abandonar toda esperanza un mensajero me trajo la segunda figura, y pude informar a los lectores interesados –que, para mi sorpresa, no fueron pocos– de que ambas se habían vuelto a ver las caras en mi casa de Madrid.
Han pasado unos meses desde entonces, y tres o cuatro de esos lectores me han preguntado –casi me han exigido que cuente– cómo les va al señorín y a la bailarina en sus nuevos domicilio y ciudad. Aun a riesgo de cansar o aburrir a los no curiosos, daré cuenta de mis impresiones. Cuando llamé a la tienda para comunicarles que por fin había aparecido su envío y que podían proceder al cobro, me contestó un empleado que –maravillas de Internet, supongo– estaba perfectamente enterado de mis comentarios y dudas sobre la pareja. Se alegró de que la joven hubiera alcanzado su destino, y con humor me dijo: “Creo que los dos habrán agradecido esta breve separación, quizá necesitaban unas vacaciones después de ciento cincuenta años juntos”. “¿Ciento cincuenta?”, repetí con sorpresa. “No creí que fueran tan antiguos”. “Sí, Mid-Victorian”, respondió, es decir, de mediados del reinado de la Reina Victoria, que duró de 1837 a 1901; y añadió, para mi tranquilidad: “Una separación definitiva habría sido cruel, tras tanto tiempo. Pero unos meses de descanso les habrán venido bien”. Si el simpático empleado estaba en lo cierto, las figuras se habrían fabricado hacia 1860, y en 1861 murió el marido de la Reina, el Príncipe Alberto, del cual se dice que estuvo verdaderamente enamorada, hasta el punto de que, tras su fallecimiento, Victoria pasó unos años de apartamiento y casi reclusión, lo cual le acarreó cierta momentánea impopularidad entre sus súbditos. No pude por menos de preguntarme si acaso mis dos figuritas habrían languidecido y penado de manera similar, de haberse consumado su extrañamiento.
Al volver a ver a la bailarina, ya en mi casa, descubrí que era bastante más graciosa y menos convencional de como la recordaba mi despreciativa primera visión. Ni siquiera lleva tutú, como creía, sino una faldita de logrado vuelo que le cubre tan sólo medio muslo. Y no había reparado en su sugestivo escote de buen gusto, que permite ver suficiente de sus atractivos pechos. En la mano sostiene un abanico cerrado. Lo cierto es que, cuando por fin aterrizó aquí, su partenaire, al que llamaré Mendonça, ya había hecho amistad con sus nuevos e ilustres compañeros, a saber: una estatuilla de Sir Arthur Conan Doyle, como él con bigote y bastón; un busto de su criatura Sherlock Holmes, con los rasgos del actor Peter Cushing; otro busto –de porcelana, y más antiguo– de Laurence Sterne en su juventud; un capitán de navío inglés –como salido de Master and Commander– que me regaló Pérez-Reverte hace unos años. El dandy Mendonça se sentía muy crecido tras codearse con estos “caballeros extraordinarios”, y cuando vio aparecer a Carolina –así voy a llamarla, por razones que no vienen al caso–, no pudo evitar darse aires. De hecho creo que inicialmente se negó a presentársela a sus nuevas amistades, hasta que Conan Doyle, que jamás toleró en vida que se tratara mal a una mujer en su presencia, lo regañó y lo obligó a hacerlo. Es de suponer que, como su figura es mucho más alta que las otras, tiene una perspectiva particularmente generosa del elegante escote de la bailarina, eso además. Me temo que durante los primeros días su presencia causó cierto revuelo entre la compañía masculina. Holmes la mira aprensivo, de reojo, sin cesar; y también Sterne, quien, pese a haber sido párroco, siempre tuvo un ojo agudo para las mujeres. El capitán es más serio, pero a buen seguro se siente protector, con su sable desenvainado contra el que poco podría hacer el bastoncillo del señorín. Tengo la impresión de que las aguas ya se han calmado y de que todos tienen debilidad por Carolina. Respetuosa debilidad, eso sí, una vez enterados de que lleva nada menos que siglo y medio emparejada con el frívolo Mendonça. En cuanto a ellos dos, él está a la izquierda y ella a la derecha, de manera que se miran el uno al otro, si no con pasión, sí con gran aprecio y camaradería. Algunas mañanas, sin embargo, me la encuentro a ella a la izquierda y a él a la derecha, dándose casi la espalda e ignorándose mutuamente. Sé entonces que han reñido durante la noche, posiblemente por causa de Sterne. Pero he observado que, en esas ocasiones, antes de que yo me acueste –claro que me acuesto muy tarde– han vuelto a sus posiciones originales. Me alegra saber que, tras ciento cincuenta años, los enfados nunca les duran veinticuatro horas. Tiene su mérito, no dirán que no.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 9 de mayo de 2010
No sé si ustedes se creen que desde 1945, desde el término de la Segunda Guerra Mundial, las poblaciones de Alemania e Italia dejaron de ser nazis y fascistas respectivamente como por arte de magia. Yo no creo en esa arte, y menos aún en política. Si alguien está en un sitio y luego en otro, puedo aceptarlo, siempre que a ese alguien se lo haya visto desplazarse, dar los pasos pertinentes, realizar el trayecto. Esas poblaciones habían apoyado abrumadoramente a Hitler y a Mussolini, y si les retiraron el entusiasmo y empezaron a echar pestes de ellos fue, sobre todo, porque los dos dictadores habían muerto y su bando había perdido la contienda. Fue, en gran medida, por la cuenta que les traía, por conveniencia. Poca gente se empecina en seguir defendiendo a los derrotados y a los muertos. Pero lo cierto es que, aunque se debiera en parte a motivos espúreos y a oportunismo –o a instinto de supervivencia–, en esos países y en el resto de Europa se creó un consenso sobre cómo debía interpretarse la Segunda Guerra Mundial, y casi todo el mundo estuvo de acuerdo en considerar al Eje culpable de aquella catástrofe y en renegar de sus regímenes e ideas. No sucedió, claro está, nada parecido con los de Stalin en la Unión Soviética, porque este otro individuo sanguinario seguía vivo y además se contaba entre los vencedores. (Resulta curioso ver unas pocas películas hollywoodenses de los años cuarenta, como Días de gloria de Tourneur, en las que los rusos todavía aparecen como “aliados” y forman parte de los “buenos”.) Sea como fuera, y pese a que muchos lo hicieran con la boca pequeña o hipócritamente, la mayoría de los ciudadanos que habían jaleado y aupado al nazismo y al fascismo los condenaron. Como es sabido, hay países en que su exaltación está prohibida, lo mismo que negar el Holocausto. Si esto es así, fue gracias a ese acuerdo –parcialmente insincero, pero al fin acuerdo– del conjunto de los europeos.
¿Sucedió en España algo parecido? En modo alguno. ¿Acaso a la muerte de Franco? Ya se ve que no, tampoco. Aquí el equivalente de Hitler y Mussolini –amigo y partidario declarado de ellos– salió triunfante de la Guerra Civil que él mismo había desencadenado, traicionando sus juramentos, traicionando a su Ejército y levantándose en armas contra el Gobierno legítimo de la nación. Después imperó y machacó, ya sin guerra, durante treinta y seis años, y a lo largo de todo ese tiempo la mayor parte de los españoles –también algunos por conveniencia, o por la cuenta que les traía– fueron franquistas convencidos. Su régimen nunca fue derrocado, y a la muerte del tirano seguía conservando todo el poder en sus manos. Si en vez de una prolongación de su dictadura tuvimos una democracia, fue en gran medida por decisión del nuevo Jefe del Estado, el Rey Juan Carlos, y porque aquello se había convertido en un anacronismo inviable en el seno de una Europa cada vez más interdependiente. También porque durante la Transición casi todo el mundo fue razonable y se avino a lo que era mejor para la España de entonces, con Santiago Carrillo entre los más razonables.
Ahora bien, pretender que el franquismo fuera condenado globalmente un día por el conjunto de la sociedad, era y sigue siendo iluso. Mal que nos pese a quienes lo vemos como uno de los periodos más aciagos y criminales de nuestra historia, aquí jamás se ha producido un consenso, ni siquiera artificial o falso, semejante al logrado en Europa tras la caída de los fascismos (nuestra situación se pareció más a la de la Rusia de Stalin). Así, en España sigue habiendo historiadores sobrevenidos que justifican el golpe militar de 1936 y que acusan de golpista (!) al Gobierno de la República que lo padeció. Lo mismo que una caterva de periodistas y tertulianos y no pocos políticos, aunque éstos no lo manifiesten abiertamente. En las filas del PP hay numerosos individuos que, quizá por haber vivido ya poco bajo el franquismo, ignoran que son idénticos (cuán a su imagen los han hecho) a los funcionarios del dictador. (También hay, entre la izquierda, quienes ignoran lo muy parecidos que son a los stalinistas de antaño, lo cual tampoco ayuda precisamente.) Una buena porción de España, incluida una parte de la izquierda, de los nacionalistas y de los “antisistema”, continúa siendo sociológica y anímicamente franquista, no se la ha enseñado a ser de otro modo. El Tribunal Supremo ha dado curso a las querellas interpuestas contra el juez Garzón por Falange Española (!) y por la ultraderechista Manos Limpias (!). A mí me parece lamentable, pero no sorprendente, dado que también entre los jueces hay franquistas. Garzón pecó de ingenuidad o midió mal el estado de cosas, lo mismo que Zapatero al promover su Ley de la Memoria Histórica. Una ley sobre algo tan subjetivo e inaprensible sólo puede existir y prosperar con el beneplácito de la inmensa mayoría de la sociedad, y nosotros carecemos hasta del más básico acuerdo. Es lo que hay, ya digo, mal que nos pese. Si la visión condenatoria del origen de la Guerra y de los cuarenta años de dictadura no ha sido general en los treinta y cinco transcurridos desde la muerte de Franco, desengañémonos, ya no va a serlo. Este es un país anómalo. Lo ha sido siempre, no sé por qué nos extrañamos tanto. Este país ha dado vergüenza a menudo, no es tan raro que hoy siga dándola. Aquí nunca nadie convence a nadie. Hay que convivir con eso, y nos toca a todos aguantarnos. Por lo menos tenemos práctica.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 2 de mayo de 2010
Escena decimotercera. Uno va con prisa, sea a pie o en autobús o en taxi. Tal vez va a coger un tren o un avión, los primeros no esperan y los segundos sí, se eternizan, pero nunca por los pasajeros. Se encuentra con un caos anormal de tráfico, y hay que insistir en lo de anormal porque caos lo hay siempre en nuestras localidades. El motivo: una manifestación que por supuesto discurre por el centro de la ciudad, la cual por lo tanto se ve afectada en su totalidad. En ningún país como en España –y en ningún sitio como en Madrid– hay tantas manifestaciones, varias al día, y por las cuestiones más nimias, superfluas, imbéciles o peregrinas. En ningún otro lugar se permitiría que alteraran y entorpecieran, jornada tras jornada, la vida y el trabajo de la población. Por muchas personas que acudan a ellas, siempre serán pocas en comparación con el conjunto de los habitantes, luego se consiente continuamente que una minoría haga –a menudo por naderías– la vida imposible a los demás. Lo más absurdo y llamativo del caso es que, por su sobreabundancia, está comprobado que las manifestaciones españolas han dejado de ser eficaces y no sirven para nada, quiero decir para lograr sus propósitos de cambiar una disposición o una ley. Si los agraviados por los parquímetros no salieron a la calle veinte veces, no salieron ninguna. El Ayuntamiento hizo oídos sordos, como ya se sabía desde la primera, ningún político rectifica nada porque se le proteste en la calle. Creo haber asistido a cinco manifestaciones desde que salí de la Universidad: después del 23-F; en dos ocasiones contra ETA, una en Madrid tras el asesinato de Tomás y Valiente y otra en San Sebastián; una contra los chirimbolos que instaló el beato Álvarez del Manzano para recaudar; por último, la más masiva que hubo contra la Guerra de Irak. Es de sobra sabido que ETA no hace ni caso, pero no es del todo inútil que sienta la repulsa de la ciudadanía, lo mismo que Tejero y los golpistas en su día; tampoco estuvo mal que Aznar, Rajoy y demás vieran lo que se opinaba de sus belicosas mentiras y de la foto de las Azores. Pero su Gobierno no se apeó de su decisión, por mucha gente que se la afeara indignada (y de los chirimbolos qué les voy a contar: aquí se quedaron, sirviendo a las arcas municipales y estropeando la ciudad). Otro problema de las manifestaciones actuales es que nadie se las puede tomar en serio, dado su aire festivo, de juerga: trompetas, tambores, silbatos, horrísonos pareados, bailoteos, individuos disfrazados, todas parecen comparsas, incluidas las de nuestros tontainas sindicatos. No digamos ya las de los curas “en favor de la familia” (guitarricas y cánticos desafinados), las de los estudiantes contra sus colegios mayores o las de los antitaurinos, meras extensiones del carnaval. En la más reciente de estas últimas, vi pancartas harto cómicas, como una “Por los derechos de los animales de Extremadura”. Eché en falta alguna otra que abogara “Por los deberes de las bestezuelas riojanas” o algo así, ya que, si los animales tienen “derechos” –como sostiene algún filósofo contemporáneo peleado con el raciocinio–, va implícito que también habrán de tener “deberes”. Me pregunto cómo diablos se informa de sus obligaciones a una cabra o a un periquito. ¿Por qué, entonces –si son inútiles–, se convocan tantas manifestaciones en nuestro país? Me temo que han pasado a ser una “ocasión lúdica” más, un pretexto para que la gente se junte, se desfogue, arme ruido y corte la circulación.
Escena decimocuarta. A todas ellas hay que añadir las “fijas”, como las incontables procesiones de Semana Santa, en las que los feligreses se manifiestan, supongo, en protesta porque al Nazareno se lo cargaran injustamente, hace más de dos mil años, unos tipos que nada tienen que ver con nosotros: romanos y judíos al alimón, de los cuales hace siglos que no se ve ni uno por aquí. A los lúdicos católicos les da lo mismo, e impiden la vida normal de las ciudades durante ocho días: tan sólo en Madrid hay cerca de veinte algaradas lentísimas, todas ellas por el centro, para no variar. Agréguense el Día del Orgullo Gay con sus infinitas carrozas; el Carnaval propiamente dicho; las innumerables romerías y “fiestas populares” de todas las poblaciones de España, que duran una semana entera cada una; la Cabalgata de Reyes; el Corpus; el Rocío; la Maratón popular empapada (por el sudor de los participantes); el Día de la Bici empapada (por lo mismo); las Fallas y las mascletàs; el Día de las Ovejas defecadoras; los varios de los Caballos defecadores que acompañan a las carrozas de los embajadores cuando presentan sus credenciales, y qué sé yo cuántas cosas más. No hay día en España en que las calles estén razonablemente libres de obstáculos para lo que es menester: desplazarse y trabajar.
Escena decimoquinta. En la anterior entrega mencioné que ya casi nadie cede el paso en la calle. Se me olvidó añadir que ya ni siquiera se observa aquello tan lógico de “Antes de entrar, dejen salir”. No es raro que uno abra la puerta de un establecimiento para abandonarlo, y que una familia de ocho miembros aproveche que uno la está sujetando para entrar en fila, sin que a ninguno se le ocurra frenarse para permitir al menos que uno deje su hueco en el local abarrotado. Y puede que, en vez de una familia, se nos cuele una manada de turistas o de colegiales o de jubilados, digamos unos cuarenta en total.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 25 de abril de 2010
Ya que se avecina el Día del Libro… Primero fue el tópico de que todo crítico era en realidad un artista frustrado, que a menudo se vengaba de quienes habían tenido el talento o la audacia –novelistas, poetas, pintores, cineastas, músicos– que a él le habían faltado. Este tópico sigue vigente, en boca de muchos creadores que se sienten maltratados. Luego alguien le dio la vuelta a la frase, y apareció la rebuscada idea de que todo artista era en realidad un crítico frustrado. Hay bastantes individuos que parecen haberles dado la razón a ambos tópicos: escritores que ejercen la crítica y críticos que por fin se atreven a escribir una novela o dirigir una película. A mí me parecen incompatibles las dos actividades, aunque sólo sea por elegancia. Si uno escribe novelas y juzga las de los demás públicamente, en ello va implícita la presunción de que las propias son mejores. Si uno hace reseñas cinematográficas y luego también películas, se supone que en estas últimas no incurrirá en ninguno de los defectos que en tantas ocasiones habrá detectado y censurado en otros y que su obra será por fuerza impecable.
Quizá por eso escribí seis o siete críticas hace más de treinta años y no he vuelto a reincidir, si la memoria no me falla. Debo confesar que a veces le doy la razón al segundo tópico y que me apetecería ejercer ese oficio que otros ejercen sobre mis novelas, profusamente. El autor se cansa de que se opine sobre lo que él da a la imprenta –sea para bien o mal, eso acaba por resultar secundario– y de no opinar sobre lo de los otros más que en privado. (También se cansa de no poder criticar al crítico, en particular a algunos que le parecen llamativamente ignorantes o imbéciles, pero así están establecidas las reglas del juego: si uno hace público lo que escribe, no le queda sino callar ante los veredictos; le puede hacer vudú en casa al idiota de turno, pero nunca rebatirlo con otro texto.) A veces pienso que si dejara de escribir novelas (todo se andará), me sería posible iniciar una carrera de crítico literario, y a continuación me congratulo de que no me quepa esa opción, todavía, porque me temo que no dejaría títere con cabeza, o, mejor dicho, que iría completamente contracorriente, y me da la impresión de que eso es cada vez más inaceptable y “sacrílego”, y de que el peaje que se paga por ello es muy alto.
Hoy en día hay muchas obras o autores con los que se da una extraña unanimidad ensalzadora, y esa es sin duda una de las razones por las que la crítica cuenta tan poco y a la mayoría le trae sin cuidado. Desde que tengo memoria, nunca había sido mayor su descrédito. Es un género que siempre me ha interesado, y como soy más lector que escritor, y además espectador sin mezcla, la sigo leyendo bastante, aunque con crecientes pereza y hastío. Lo que me sucede con ella es preocupante, probablemente más para mí que para quienes la ejercen: cuando se produce una de esas frecuentes unanimidades elogiosas, suelo acabar acudiendo al libro o a la película entronizados, y casi invariablemente me encuentro con que las supuestas obras maestras me parecen directa y objetivamente malas. Con “objetivamente” quiero decir que me siento capaz de explicar por qué lo son, de razonarlo y argumentarlo. “El gusto es la anticipación del juicio”, escribió Sánchez Ferlosio, y a un crítico se le solía exigir que no se quedara en el gusto –que está al alcance de cualquiera– y que desarrollara el juicio. Demasiados reseñadores no pasan hoy de lo primero, se comportan como cualquier espectador a la salida del cine (“No me toca, no me ha llegado”) o como cualquier lector común al cerrar el volumen (“Qué apasionante”, o “Vaya rollo”). O como cualquier iletrado bloguero, a los que los críticos profesionales se van asemejando peligrosamente. Lo peor de estas unanimidades es que crean un estado de opinión poco menos que “obligatorio”, y que el disidente es sepultado en el acto bajo la acusación de resentido, o de provocador oficial, o de envidioso. Afinar está casi prohibido, cuando la tarea del crítico sería esa precisamente, afinar lo más posible.
Cuando leo o veo una de esas proclamadas “obras maestras”, detecto con frecuencia en ellas trucos de mala ley, o percibo que son inertes, o que caen en cursilerías inadmisibles, o que no inquietan ni interesan ni turban ni intrigan ni desde luego hacen pensar, o que halagan al lector con baraturas y lugares comunes de su agrado, o que copian descaradamente de otros (he dicho “copian”, no “plagian”, casi nadie es tan tonto como para plagiar hoy en día), o que se presentan como novedosas y repiten fórmulas ya gastadas hace cuarenta o más años, o que el autor es un simple y no suelta más que obviedades, o que se está adornando estilísticamente como si esperara un “olé” tras cada frase, o que se ha equivocado de arte y remeda series de televisión o cómics creyendo que con eso inaugura una nueva literatura, cuando no está entregando más que obras deudoras y epigonales, o que es un mero pendolista acumulativo y puntilloso, o que sus mayores fuerza y mérito no son suyos, sino de unos archivos policiales a los que tuvo acceso… Entonces no me queda sino preguntarme por qué los críticos profesionales no han visto nada de eso, cuando se les paga por verlo, o si es que yo no estoy capacitado para apreciar y disfrutar la literatura de mi tiempo. Lo cual sería muy grave en mi caso, dado que también lo que escribo pertenece a ese mismo tiempo.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 18 de abril de 2010
En estos días, no pocos portavoces católicos se preguntan con desgarro por qué se hace hincapié en los casos de pederastia protagonizados por curas, cuando esa práctica aberrante se da en todas las profesiones. El beato Prada, en un artículo de Abc particularmente farisaico, venía a decir, incluso, que en una sociedad enferma como la nuestra es natural que se contagien –pobrecillos– hasta algunos de los más virtuosos, una verdadera minoría en el conjunto de la población pecadora, haciendo caso omiso de que los sacerdotes siempre son una minoría en ese conjunto –y cada vez más–, y que el porcentaje de sus depravados resulta escandalosamente alto respecto a la totalidad del clero, que es como debe medirse y no respecto a la suma de los ciudadanos. (Y lo que ha salido a la luz lo ha hecho, además, contra presiones y omertà forzosa.) Sus palabras, como tantas otras veces, parecían dictadas por la Conferencia Episcopal, y en concreto por el Cardenal Cañizares, quien ha tenido el cinismo de afirmar que las noticias relativas a los abusos sexuales de menores perpetrados por religiosos no sólo no le preocupan en demasía, sino que son meros “ataques” que pretenden que “no se hable de Dios, sino de otras cosas”, como si hablar de cualquier asunto impidiera hacerlo de Dios (tal vez aspire a eso, a que nadie hable de nada… más que él y los suyos de Dios). El Secretario de Estado Vaticano ha declarado por su parte que “Hay personas que intentan desgastarnos”. Es de suponer que esas “personas” están encabezadas por los niños que, en silencio y temor, sufrieron manoseos y violaciones a cargo de sus custodios, y que, ya adultos y con menos pánico, se atreven ahora a levantar sus quejas.
Pero quizá la reacción más taimada ha sido la del propio Papa, quien ha quitado importancia a esos abusos recurriendo a la cita evangélica “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, como si su Iglesia no llevase siglos tirando piedras contra todos los pecadores (según su criterio), aterrorizándolos con la amenaza del infierno, persiguiendo a disidentes y herejes, quemándolos de vez en cuando, forzándolos a abjurar de sus convicciones, expulsando a los que se desviaban del dogma, imponiendo a creyentes y a no creyentes su fe y su concepción de la moral, obligando a todos a cumplir con sus preceptos, dictando leyes a su conveniencia. ¿Por qué se hace hincapié en los delitos sexuales cometidos por eclesiásticos? Porque éstos llevan la vida entera haciendo hincapié en los “pecados” de los demás, y han condenado y castigado con dureza sus faltas y debilidades. Porque son ellos quienes en buena medida han decidido qué era delito y qué no. Porque ellos han reclamado secularmente –y en España siguen, hasta donde pueden– la exclusividad en la formación, enseñanza y adoctrinamiento de los niños. Porque a lo largo de la historia han dicho o exigido a los padres: “Entregadnos a vuestros vástagos, somos lo mejor para ellos”.
Hasta quienes tuvimos la suerte de no ir a colegios religiosos en la clerical España de Franco sabemos que los tocamientos por parte de profesores con sotana estaban a la orden del día, y que legiones de críos los padecían sin poder rechistar. La imagen del cura vergonzantemente sobón o salido formaba parte del paisaje nacional (y supongo que en algunos internados la actitud ya no era vergonzante, sino indisimulada y aun descarada). Los religiosos no podían ser denunciados ante la justicia y obraban impunemente, y, como se ha comprobado ya en Irlanda, Estados Unidos, Austria, Alemania, Italia (el fenómeno se repite acusatoriamente), sus superiores, por lo general intolerantes con la población, eran en cambio tan tolerantes con sus subordinados viciosos que nunca los castigaban ni exponían ante la sociedad: los encubrían y se limitaban a trasladarlos de lugar, para que en el nuevo prosiguieran o reiniciaran, libres de sospecha, sus carreras delictivas. ¿Es culpa del celibato? Puede ser, en parte. Pero si uno piensa en la mentalidad de un pederasta, es fácil imaginar que éstos optaran por adscribirse a la Iglesia en masa, por las enormes ventajas que les ofrecía: acercanza de los niños y permanente contacto con ellos; su obediencia asegurada y autoridad moral sobre sus creencias; lenidad o connivencia de la jerarquía; impunidad garantizada, como la tuvo el fundador de los Legionarios de Cristo, Maciel, durante décadas; certeza de que jamás irían a dar con sus huesos en la cárcel, por mucho que se propasaran con las criaturas. Esta institución ha sido, sin duda alguna, el ideal del pederasta vocacional: gozaba de patente de corso a su amparo y le ponía bien a tiro a sus víctimas. Visto lo visto, confiar un hijo a los curas ha venido a ser como poner el gallinero al cuidado de una guardia infiltrada de zorros. No quiero decir que todos los sacerdotes sean sospechosos, en modo alguno. Pero es indudable que la Iglesia ha sido tradicionalmente no ya un magnfico refugio para los pederastas, sino el ámbito en que éstos han podido desenvolverse a sus anchas y sin peligro, y en el que sus posibles presas les eran servidas en bandeja o en patena. Cuando un eclesiástico comete abusos sexuales contra menores, claro que se hace hincapié en ello: porque ese acto encierra varias bajezas añadidas: abuso de confianza y de poder, manipulación de inocentes, aprovechamiento de posición dominante, doble rasero, hipocresía flagrante, profanación y prevaricación, corrupción y chantaje morales, amedrentamiento de la víctima cuando no su terror… En fin, ¿hay quién de más?
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 11 de abril de 2010
A falta de tantas otras virtudes, España se caracterizó casi siempre por ser un país con cierto sentido del humor. No con tanto como Italia o -a su manera- Inglaterra, pero casi. Aquí nunca se dejó de bromear, ni de exagerar, que es una de las formas clásicas de bromear. Y la mayoría de la población distinguía perfectamente ese registro y lo comprendía y participaba de él. Yo viví mis primeros veinticuatro años bajo el franquismo, régimen tan serio como ridículo y nada dado a la guasa. Pero no por eso la ciudadanía dejó de expresarse con zumba en privado y de hacer chistes sobre lo habido y por haber, empezando por el propio Franco y terminando por la severísima y privilegiada Iglesia Católica, tan afín a él y a su represión. Es sorprendente, así pues, que en esta época mucho más afortunada y menos sombría esté proliferando un tipo de español solemne, envarado, ceñudo, poseído de su rectitud, que no sólo no tolera una chanza ni una exageración, sino que parece incapaz de detectarlas. Un individuo que se toma todo a pecho y al pie de la letra, dificultando así, cada vez más, la aparición de la sal de la lengua, su chispa y su gracia. Los columnistas lo sabemos bien: ojo con la ironía, no digamos con el sarcasmo y la hipérbole, porque abundan los lectores que no captan esos tonos, que todo lo entienden en su más estricta literalidad, y que, para nuestro pasmo, pueden acusarnos de defender lo que atacábamos o de atacar lo que defendíamos, si para hacerlo no hemos sido puerilmente frontales y hemos hecho uso de ese viejísimo recurso de la ironía.
A raíz de las muy serias y franquistas declaraciones del actor Guillermo Toledo sobre la muerte del disidente cubano Zapata (franquistas porque son calcadas de las de los portavoces del franquismo en su día, que calificaban de “delincuentes comunes” o “terroristas” a los disidentes políticos, o los acusaban de servir a conspiraciones extranjeras, entonces orquestadas desde Moscú), se han resucitado, como si fueran un precedente, las indudables bromas y exageraciones de Juan Benet en un artículo de 1976 que escribió contra Solzhenitsyn, famoso disidente que había padecido años de cautiverio en el gulag soviético y que, quizá más por eso que por su talento novelístico, había recibido el Premio Nobel. Benet manifestó su mala opinión literaria de este autor, y además vino a decir que era un plasta, un Pepito Grillo y un santón disfrazado de tal. Amigo de la provocación y de la exageración, introdujo las frases que se han citado estos días con escándalo: “Creo firmemente que mientras existan gentes como Solzhenitsyn perdurarán y deben perdurar los campos de concentración. Tal vez deberían estar un poco mejor custodiados a fin de que personas como él, en tanto no adquieran un poco de educación, no puedan salir a la calle, etc”. ¿Ustedes creen que en 1976 alguien -salvo cuatro tontos de rigor- se tomó al pie de la letra estas palabras? Fueron entendidas como lo que eran, una gran boutade. Seguramente no del mejor gusto (Benet era cualquier cosa menos comunista, además), pero a casi nadie se le ocurrió aplicarles la más absoluta literalidad, como se ha hecho ahora al evocarlas.
Hace unas semanas, Pérez-Reverte manifestó su pesar, en varias entrevistas, porque en España no se hubiera instalado, en su momento histórico oportuno, una guillotina en la Puerta del Sol. Cualquier persona de otro tiempo habría captado en seguida que estaba empleando un lenguaje figurado y que lo que lamentaba era que no hubiéramos tenido un equivalente de la Revolución Francesa (que trajo, pese a todo, más bienes que males, y tampoco hay que ser comunista para creer eso) ni hubiéramos entrado cuando tocaba, por tanto, en la modernidad. Y que por ese motivo aquí hubieran seguido mandando los de siempre: reyes despóticos y miserables, curas coléricos y analfabetos, caciques atrasados y chupasangres. Pues bien, no han sido pocos los articulistas que se han llevado las manos a la cabeza queriendo creer que lo que Reverte pedía era un patíbulo ahora, frente a la sede de Esperanza Aguirre, o una nueva Guerra Civil. Adiós al lenguaje metafórico también.
Por su parte, a Rosa Díez se le ocurrió definir a Zapatero como “gallego, en el sentido más peyorativo del término”. Como política metió la pata hasta el fondo, debió haber previsto la que le iba a caer. Pero, eso aparte, no dijo nada particularmente ofensivo. Nos guste o no, todas las palabras pueden resultar peyorativas, depende del uso que se haga de ellas y del tono en que se pronuncien. Todos entendemos lo que -en principio- se quiere decir cuando se califica a alguien de “muy catalán” (tacaño), o de “muy madrileño” (chulo y farruco), o de “muy andaluz” (vivales y dado a las triquiñuelas), o de “muy valenciano” (ostentoso y estridente), o de “muy aragonés” (terco). Estas acepciones serán todo lo injustas que quieran, y podría desearse que no existieran en el futuro, pero aún persisten y no cabe borrarlas ni aún menos prohibirlas de un plumazo. No está en nuestra mano impedir que los demás nos vean como se les antoje, y eso es lo que los españoles de hoy no parecen comprender ni aceptar. Yo les recomiendo que lean el poema de Francisco Vighi “Regionalismo (Canción patriótica)”, en el que ya en 1920 se burlaba a la vez de estos estereotipos y -ojo- de quienes se soliviantan por ellos. Que suelen ser quienes los mantienen vivos, dicho sea de paso.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 4 de abril de2010
Escena séptima. También habrán comprobado cómo una de las cosas más sencillas y rápidas a la hora de comprar algo –pagar–, se ha convertido en la más enrevesada e inacabable, lo cual explica las enormes colas ante cualquier caja registradora. Antes la gente sacaba unas monedas o unos billetes, los entregaba, recibía el cambio y se largaba sin más. Ahora la operación es complicadísima y eterna. La dependienta pasa el objeto adquirido varias veces por un hueco, para desmagnetizarlo y que no pite al salir; luego lo pasa por otro sitio para que su código de barras sea leído, por lo regular sin éxito, por lo que al final ha de teclear unos números extraños que antes debe consultar. Después le arranca trabajosamente etiquetas con un cúter. A continuación pregunta al cliente si tiene carnet del comercio en cuestión, o de socio preferente, o de puntos, o no sé qué de doble cero, y como todo el mundo tiene algo, pasa el plástico correspondiente para aplicar descuento o acumular lotería o lo que sea. El comprador saca entonces la visa, la empleada le pide el DNI, aquél no lo encuentra; cuando por fin da con él en el fondo del bolso, a menudo la tarjeta no funciona. “¿Tiene otra?”, y vuelta a rebuscar. “A ver, pruebe con esta”. Por fin la segunda es aceptada, y el cliente ha de desplazarse hasta una pantallita en la que debe firmar, pero la firma con frecuencia no se ve, así que a intentarlo de nuevo con pésimo bolígrafo. ¿Hemos terminado? En modo alguno. “Es para regalo”, dice el comprador, y entonces se procede a envolver un escuálido CD con toda clase de lacitos y perifollos. No saben cuántas veces he dejado lo que llevaba en la mano al ver que me precedían tres o cuatro personas obligadas a pasar por este largo trance. Siempre pago en efectivo, eso que la gente ha olvidado y que en algunos países ya es hasta motivo de sospecha.
Escena octava. Si uno entra en una farmacia española, debe saber de antemano que se pasará media tarde allí. Es comprensible que alguien haga una consulta, del tipo “¿Qué me recomienda para el dolor lumbar?” Lo que ya no lo es tanto, y sin embargo sucede sin cesar, es que el comprador de cualquier medicamento explique al empleado por qué lo toma y lo necesita, cómo y cuándo se lo administra, lo que le dijo el médico al respecto, el efecto que le hace o no le hace y cómo su prima, que también lo probó, le tenía intolerancia. Si uno aguarda su turno en una farmacia, es raro que no se vea obligado a escuchar un par de disertaciones más bien deprimentes sobre eczemas, o antiastringentes, o antidiarreicos, o sobre los diversos y originales comportamientos de un cuerpo en perpetua observación. No sé cómo no hay más suicidios en el gremio de los farmacéuticos.
Escena novena. Cada vez hay más individuos con perros por las calles de las ciudades. Si digo “perros”, es porque ya es menos raro el sujeto que lleva dos o tres que el que tira tan sólo de uno, como acaecía antaño por lo general. Estos dueños de perros, habrán observado, se gastan unas correas flexibles que les permiten darles a sus animales cuanta cuerda necesiten, de tal manera que, entre los muchos chuchos y las larguísimas correas, ocupan la acera entera y la convierten en una trampa mortal para los transeúntes sin bicho. Uno tropieza, se cae, con el consiguiente alboroto canino, o bien queda enredado y atrapado en una madeja que en pocos segundos lo hará sentirse como una momia vendada y quizá embalsamada.
Escena décima. Si a esto añadimos que en numerosas ciudades, pero sobre todo en Madrid, el Ayuntamiento llena las calles de malignos obstáculos (aquí un quiosco descomunal, allí unos chirimbolos, más allá mil bolardos, cinco contenedores de tamaño gigante, ochocientos andamios, vagones de cascotes, torrecillas del metro, pivotes, papeleras que nadie vacía y que rebosan porquería que cae a los suelos, máquinas de barrer que emiten un espantoso ruido y levantan más polvo del que recogen, mimos odiosos, bandas de pseudomariachis y de pésimos músicos de jazz, por no hablar una vez más de las zanjas, socavones y vallas de las infinitas obras), caminar por ellas supone jugarse la vida, o por lo menos las piernas.
Escena undécima. Tal vez por eso, y porque se ha perdido toda traza de cortesía y educación, ya casi nadie cede el paso ni tan siquiera se “estrecha” al cruzarse con alguien. La mayoría de la gente no se aparta ni desvía un ápice de su trayecto, como si los demás fueran invisibles, y lo normal es que, si no tiene uno la prudencia de hacerse a un lado, sea arrollado o reciba un topetón. No importan el sexo ni la edad de los peatones autómatas: lo mismo un joven con sus cascos de música que una señora gorda con su móvil al oído, nadie facilitará el paso simultáneo de dos caminantes, todos se limitarán a embestir.
Escena duodécima. También es cada vez más difícil adelantar a nadie. No se sabe por qué causa, una sola persona tiende a ocupar la acera entera, bien porque zigzaguea, bien porque se “ensancha” inverosímilmente, a lo cual contribuyen no poco las abultadas bolsas que todo el mundo porta. Si ya van dos o tres personas juntas, taparán la calle durante minutos como una barrera infranqueable. Entre unas cosas y otras, yo suelo avanzar por la calzada, en permanente riesgo de ser atropellado por un coche y morir, lo más probable es que junto a un bolardo o a un perro que ladra. La verdad, no sé cuál preferiría que fuera mi última visión.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 28 de marzo de 2010
Las leyes se están metiendo cada vez más en terrenos pantanosos y en asuntos fuera de su alcance. En parte es por culpa de las actuales poblaciones, que, siguiendo como borregos el ejemplo de los Estados Unidos, desean que todo esté reglamentado –cuando no todo tiene por qué estarlo–, y poder recurrir a instancias judiciales cada vez que les surge un conflicto, por menor que sea. Ante cualquier molestia o disensión, la tendencia de los ciudadanos es cada vez más a poner una denuncia de buenas a primeras, sin intentar ya casi nunca arreglar las cosas por su cuenta, o dialogar con los individuos con quienes se tiene el contencioso y llegar a un pacto razonable con ellos. Verbos como “ceder” o “acordar” están cayendo en desuso. La petición de delitos nuevos es continua, lo cual no es sino una manera de restringir las libertades y de penalizar casi todo, y por supuesto de acabar con la más mínima espontaneidad de la vida. Uno puede encontrarse con una demanda en cualquier momento, por causas en verdad inimaginables. No es raro que la gente se sorprenda al verse metida en un lío: “Vaya, resulta que he infringido la ley, que he incurrido en delito o falta”, se dicen muchas personas, perplejas, cuando les llega una inverosímil denuncia o una citación. Uno ya no sabe nunca cuándo cruza la línea roja. Es muy difícil permanecer a todos los efectos dentro de la legalidad. Sin duda habremos delinquido tanto ustedes como yo.
Ahora el Gobierno ha remitido un proyecto de ley de reforma del Código Penal, que afecta a ciento cincuenta artículos. Uno de ellos es el relativo al acoso laboral y, según la información de este diario, “se incrimina la conducta denominada de acoso laboral entendiendo por tal el hostigamiento psicológico u hostil en el marco de cualquier actividad laboral o funcionarial, que humille al que lo sufre, imponiendo situaciones de grave ofensa a la dignidad”. (Las cursivas son mías, y no está de más señalar que esta redacción está hecha con los pies: baste como ejemplo la expresión “hostigamiento hostil”, como si pudiera haber alguno que no lo fuera. En fin.) Lo peligroso y disparatado es que las leyes ya no se limiten a juzgar los hechos incontrovertibles, como ha sucedido toda la vida, sino que dejen entrar en su propia formulación elementos enteramente subjetivos y por lo tanto imposibles de determinar, calibrar y juzgar. ¿Cómo se mide un hostigamiento “psicológico” cuando la psique de cada persona es distinta, única? ¿Cómo la “humillación”, cuando hay sujetos propensos a sentirse humillados por cualquier nimiedad –por una mirada, por un tono de voz, por una ironía, porque se haga caso omiso de sus infundadas quejas o de sus melindres– y otros tan ufanos y seguros de sí mismos que no se sentirán jamás así? ¿Qué objetividad puede aplicarse al concepto de “dignidad”, cuando cada cual lo entiende de una manera, y lo que para unos es indigno para otros no lo es? ¿Ustedes creen que algún político nuestro admite la indignidad de su comportamiento? Seguro que no, y sin embargo, a nuestros ojos, la mayoría incurre en ella un día sí y otro también. ¿Cuándo se sabe si una “ofensa” es “grave”, si lo es precisamente contra algo tan etéreo y variable como la dignidad?
Si se hacen depender los delitos de la percepción subjetiva de las supuestas víctimas, estamos perdidos, porque gente susceptible, pusilánime e histérica la hay en todas partes. Y gente locoide, no digamos, dispuesta a sentirse (peliagudo verbo para condicionar las leyes) ofendida, o acosada, o “irrespetada” –como dicen en la América hispana–, u hostigada sexualmente, por un chiste, un exabrupto, una tomadura de pelo, un vistazo a un escote o una mera discusión. Individuos paranoicos los hay por doquier. Hace unos días leí una carta, en otro dominical, en la que la firmante se quejaba de la publicación de otra misiva en la que, según ella, aparecían “estratégicamente” las palabras “bancos, paro, sistema, multinacionales, capital, trabajo, niños esclavos, circo mercantil, dirigentes, derechos, injusticias”. Y concluía: “No hace falta ser un lince para darse cuenta de que es otra exaltación del marxismo”, y calificaba de “infiltrado” al encargado de seleccionar la correspondencia que ve la luz. Así que ya lo saben columnistas y lectores: si en sus escritos incluyen “estratégicamente” términos tan sospechosos y tendenciosos como “bancos, paro, trabajo, dirigentes, injusticias”, están exaltando el marxismo, lo sepan o no. En tiempos de Franco habrían ido a la cárcel por ello.
En el momento, así pues, en que se da entrada a la subjetividad de cada cual a la hora de condenar y castigar, las bases de la justicia están siendo pervertidas desde su raíz, y se está dando un instrumento de persecución a cualquier idiota o locatis “con mucha sensibilidad”. Y como ya no cabe confiar en la sensatez de los jueces españoles en general, muchos de los cuales se distinguen por sus peregrinos veredictos y sus estupefacientes “consideraciones” en la redacción de sus sentencias, más vale que, en previsión de demencias mayores, toda reforma del Código Penal se abstenga de meterse en psicologismos y de hablar de nociones tan oscilantes y vagarosas como la humillación y la dignidad.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 21 de marzo de 2010
He oído contar que algunos ministros, subsecretarios, presidentes autonómicos y alcaldes, cuando pierden sus cargos, atraviesan un periodo de depresión y sobre todo de desconcierto. No es sólo que de repente nadie los llame, tras haber pasado una temporada de su vida agobiados y halagados por la actividad frenética y las peticiones; no es sólo que dejen de sentirse fundamentales y se perciban súbitamente como inútiles, y que ya no se solicite su presencia hasta hacía poco tan codiciada; ni siquiera que carezcan de poder decisorio tras haberlo disfrutado e incluso haber abusado de él sin escrúpulos. Al parecer se quedan perplejos al encontrarse sin ayudantes ni secretarios ni telefonistas, al tener que hacer por sí mismos las cosas más normales. Recuerdo que me hablaron de uno que se quedó estupefacto cuando redescubrió que le tocaba ir al estanco si quería tabaco, acostumbrado como había estado a que se lo trajera un ordenanza y a no molestarse nunca con los recados de la vida diaria; cuando volvió a encontrarse con dificultades para pillar un taxi en hora punta, después de años con un coche oficial a su permanente disposición; cuando se vio haciendo cola para la ópera o para un teatro, tras haber gozado de la seguridad de un palco en cualquier espectáculo que se le antojara ver.
Me acordé de esto hace unos días cuando vi en televisión, en segundo término (ella no era el objeto de la noticia), a una ex-ministra bastante reciente y me costó caer en la cuenta de quién era. “Esta cara me suena mucho”, pensé, “¿de qué la conozco?”, sin ni siquiera estar seguro de si era alguien a quien había visto en la vida real o sólo en fotos y telediarios. Tuve que hacer un inverosímil esfuerzo para ponerle nombre: “Ah, claro, pero si es aquella ministra que tanto dio que hablar y a la que contemplábamos a diario en la prensa, en realidad hace muy poco”. Es cierto que esto puede ocurrirnos con cualquier rostro “famoso” que se pasa de moda: el de un actor o un cantante, el de un deportista una vez retirado, el de un escritor o un pintor célebres. Todos nos hemos sorprendido alguna vez, de hecho, al leer la necrológica de alguien a quien creíamos muerto hacía siglos. La última vez que me sucedió fue con la actriz Jennifer Jones, fallecida hace unos meses, y a quien casi creía enterrada desde que la mató Gregory Peck en Duelo al sol, cuando interpretaba a la vehemente mestiza Perla Chávez. En nuestra época es inconcebible la rapidez con que se fagocita y olvida todo, a la cual contribuye, además, la proliferación de torneos, acontecimientos, galas, hitos y premios. ¿Qué película ganó el Oscar del año pasado? Me resulta imposible recordarlo a bote pronto, más aún quiénes se llevaron los de mejores actor y actriz, y eso que me gusta el cine. Sé qué equipo se alzó con la última Copa de Europa porque fue español, el Barcelona, pero si me preguntaran por el anterior campeón tendría que hacer un considerable esfuerzo de memoria y aun así me cabrían dudas. Lo mismo me sucede con el último vencedor del Tour, un español, pero en modo alguno sé quién lo antecedió en ese podio. En cuanto al Premio Nobel de Literatura, está reciente su concesión a Müller, pero si debo decir quién lo obtuvo en la anterior edición, hay un blanco en mi cabeza. ¿Qué decir del Cervantes o del Príncipe de Asturias, del Nacional de Narrativa o del de la Crítica? Por no hablar de los incontables premios que organiza el Grupo Planeta y que suelen ir ganando los mismos autores en rueda (el propio Planeta, el Primavera, el Nadal, el Biblioteca Breve, el Fernando Lara y qué sé yo cuántos más). ¿Quién ganó la Copa de la UEFA? Ni idea. ¿Y la Vuelta a España? ¿Y los más recientes Wimbledon y Roland Garros? ¿Y los Festivales de Cannes, Venecia, Berlín o San Sebastián? No hablemos de los Goya del año pasado, o de los Bafta, o de los César, o de los Golden Globe Awards y los Grammy. Casi nadie recuerda nada y a casi nadie le importa, más allá de un minuto. La gente se afana y trampea por triunfar en competiciones u obtener distinciones que cada día dejan menos huella, entre otras razones porque hay demasiadas y nuestra memoria no da abasto. Ganar o perder viene a dar lo mismo.
Si esto ocurre con quienes más o menos dependen de su mérito, ¿cómo es que los políticos son tan arrogantes e ingenuos para creer que sus personas tienen alguna importancia? ¿Cómo es que se los ve tan satisfechos y envanecidos, a menudo tan farrucos y desdeñosos, si deberían estar muy al tanto de que sólo los ha elegido un gerifalte de su partido y de que a la mayoría no los conocía ni dios antes de que los designaran para tal o cual cargo? Los que tienen “tirón electoral” son cuatro gatos, y el resto está donde está de prestadillo, por capricho, amistad o pacto. Todos son carne de olvido. ¿Quién recuerda hoy a los ministros de González o Suárez, no digamos a los de Franco, con alguna excepción que confirma la regla? ¿Quién recuerda a quienes se sintieron casi omnipotentes un día? Todos deberían mirarse cada mañana en el espejo y decirse: “Estoy aquí para prestar un servicio y por mí mismo no soy nadie. Mi destino es volver a ir por tabaco al estanco y vérmelas y deseármelas para encontrar un taxi, como cualquiera de esos ciudadanos a los que hoy mando y maltrato. Dentro de un tiempo esta cara aparecerá por azar en la televisión y la gente se dirá ‘Me suena’, y ni siquiera acertará a ponerle mi nombre”.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 14 de marzo de 2010
Escena primera. Se habrán dado cuenta de que las personas que están delante de uno en cualquier tipo de cola tardan siglos en solventar sus asuntos. Si es la de un cajero automático, se pasan larguísimo rato desentrañando los diferentes pasos que hay que dar para algo tan simple como sacar dinero o consultar un saldo, como si siempre fuera la primera vez, o bien llevan a cabo infinitas operaciones distintas, una tras otra, hasta el punto de que uno se pregunta si estarán confundiendo la pantalla con la de un vídeojuego o con el panel de una máquina tragaperras. Cuando por fin le llega a uno su turno, tarda pocos segundos en hacer lo que se proponía. Aquí cabe la duda de si medimos injustamente el tiempo propio y el de los demás, el de la actividad y el de la espera. La duda se disipa cuando uno decide intercalar otro recado y regresar más tarde, y a menudo se encuentra con que el sujeto que bloqueaba el cajero todavía permanece allí, como si estuviera ante un jeroglífico.
Escena segunda. Lo mismo, pero agravado, ocurre en la cola de una agencia de viajes o de cualquier taquilla. Parece que quienes lo preceden a uno empiecen a pensar en el recorrido que desean efectuar, en el día, la hora y el medio de locomoción, sólo una vez que ya están en la agencia o en la estación. Le llegan a uno retazos de disquisiciones sin fin, de dudas existenciales que se podían haber resuelto en casa, de perplejidades cuando la persona en cuestión se entera, allí mismo, de que a Tenerife es imposible llegar por ferrocarril y cosas por el estilo. Yo he visto tirar de mapa a las empleadas, desplegarlo ante los ojos del cliente e intentar demostrarle que entre Barcelona y Mallorca hay mar.
Escena tercera. En todas partes, y en las tiendas no digamos, existe un tipo de comprador particularmente sádico. Es aquel que va anunciando que ya está a punto de terminar sus gestiones: “Y, por último …”, suele decir. Cuando oigan eso, desesperen, porque es siempre mentira. A quien eso proclama es seguro que aún le quedan tres o cuatro consultas más. Otra modalidad es la del individuo que, cuando ya ha acabado, ha pagado y parece que se dispone a marcharse, se acuerda de algo más: “Ah, y deme también una goma de borrar”. El de la papelería busca gomas, el cliente duda, por fin se decide por una, aquél se la envuelve, se la cobra aparte, y, cuando uno cree que todo ha concluido de veras, el sádico añade: “Ah, una cosita más …” Y cuando esa cosita más ha sido servida, y envuelta, y cobrada, el torturador todavía preguntará dónde queda una calle, o dónde puede encontrar sandías por la zona, o cualquier otra cosa que ya nada tenga que ver con la tienda en cuestión. Me alegro de no portar armas normalmente, porque a estas alturas ya estaría cumpliendo varias penas por homicidio.
Escena cuarta. Lo normal es que toda compra o gestión se vea además interrumpida y alargada por un par de llamadas telefónicas, que el dependiente, cajero del banco o taquillero atenderá inmediatamente con gran solicitud. A ninguno se le ocurre que la presencia física de alguien –que ha esperado lo suyo a ser atendido– debería tener absoluta prioridad sobre una mera voz que, de hecho, se está colando con impunidad. Es al revés: el cliente que se ha tomado la molestia de desplazarse hasta el lugar será siempre postergado en favor del comodón que llama desde su casa o su móvil para preguntar cualquier sandez.
Escena quinta. Es frecuente, asimismo, que los empleados sean bisoños o ineptos y requieran la ayuda de un compañero. Por lo general ese compañero al que se recurre es el que está atendiéndolo a uno, y si éste no basta, se reclama a un tercero. Yo me he encontrado con frecuencia privado del que por fin se ocupaba de mí mientras tres de ellos se volcaban en solucionar las vacilaciones del pelma de turno. Confieso que también en estas ocasiones he deseado estrangular con mis manos, al no soler portar armas, como he dicho.
Escena sexta. Uno asiste a la conferencia o charla de un escritor, por ejemplo, al que le interesa oír. Se encuentra con que junto a él hay sentadas otras tres personas, pese a que lo anunciado no era un coloquio ni una mesa redonda. Una de ellas está allí para presentar a las otras dos, las cuales están para presentarse la una a la otra y de paso al escritor. Lo más probable es que empiecen diciendo: “Fulanito de Tal no necesita presentación …” Mal asunto, porque a continuación, y en vista de eso, enumerarán desde la fecha de su nacimiento hasta su última publicación, cuanto puede leerse en una solapa de libro o en Internet. El principal presentador del escritor saca entonces unos folios y anuncia que va a leer “algo muy breve”. Pésimo asunto, porque es garantía de que será larguísimo y aburrido y de que consumirá buena parte del tiempo destinado a la intervención del conferenciante. A veces éste tiene que tomar un tren o un avión justo después, y lo advierte, pero eso no impedirá que ninguno de los presentadores de los presentadores renuncie a sus minutos de pequeña gloria microfónica. Reconozco que en más de una ocasión mi exasperación, y las miradas al amenazador reloj, me han llevado a largarme sin oírle abrir la boca a quien había ido a escuchar.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 7 de marzo de 2010
Por mucho escepticismo, y aun cinismo, que hoy le pongamos a la idea de posteridad, no es fácil que los escritores, pintores, músicos y cineastas nos desprendamos de ella enteramente en el plazo de dos o tres generaciones. Es muy poco tiempo en comparación con los muchos siglos en que esa esperanza o noción estuvo vigente. Por definición, quien pone algo por escrito tiene cierta intención, aunque sea inconsciente, de que ese algo permanezca o por lo menos pueda ser descubierto en el futuro. Quien se dedica a algún arte no ignora que hay obras que se siguen leyendo, escuchando, admirando, al cabo de centenares de años de su composición y de la muerte del autor, cuando éste lleva una eternidad sin estar “presente” ni ofrecer ninguna “novedad”. La duración de Cervantes, Shakespeare o Montaigne; la de Bach, Mozart o Schubert; la de Velázquez o Rembrandt o Leonardo; la menor, pero ya larga, de Welles, Hitchcock, Ford o Lubitsch permite que a cualquier artista lo anime, aunque no se lo reconozca o incluso lo niegue, una difusa intención de dejar alguna huella de su paso por el mundo, además de otras cosas sin duda más urgentes e importantes, como ganarse la vida con lo que sabe hacer, o divertirse haciéndolo, o tener una ocupación que –como yo mismo he dicho en numerosas ocasiones ante la pregunta “¿Por qué escribe usted?”– lo dispense de tener jefe y de madrugar.
El afán de posteridad está hoy muy mal visto, por no decir que resulta directamente ridículo además de –como siempre– pretencioso. La ridiculez viene dada por el hecho de que, tal como está concebida y planteada la producción de obras artísticas en la actualidad, éstas llevan consigo, en principio, una cada vez más inmediata fecha de caducidad. No son pocos los libros, películas, discos en los que esa fecha coincide de hecho con la de su alumbramiento. Nacen ya muertos, olvidados antes de forjar memoria; existen, pero es como si nunca hubieran existido. Como es sabido, son devueltos a la fábrica antes de que nadie haya podido sentir curiosidad por ellos, algunas cintas ni siquiera se estrenan. Lo único que parece existir de veras son los grandes éxitos comerciales, los que se mantienen incontables semanas en las listas de más vistos o vendidos o escuchados. Pero su duración está todo menos garantizada. Es más, esos productos se consumen tan rápida y masivamente (todo el mundo a la vez, para no quedarse “descolgado” de lo que toca en cada momento) que nadie se acuerda de ellos al cabo de unos años, y casi nadie los ve o lee o escucha fuera de “su” temporada. ¿Quién va a molestarse ahora mismo en zamparse El código Da Vinci o incluso El niño con el pijama de rayas? Sólo unos cuantos rezagados, que a toda velocidad se asemejan a quienes hoy se zambullen en Lo que el viento se llevó o Adiós, Mr Chips, por mencionar dos dignas novelas que leyó todo bicho viviente en su época. ¿Quién se atreverá a asomarse a la trilogía de Stieg Larsson o a Avatar dentro de cinco años, aparte de los frikis de cada una, los que se instalan a vivir en un mundo del que rehúsan salir?
Pero tampoco lo tienen mejor quienes crean obras que llevan inscrita en la frente la palabra “perduración”, las que no aspiran a una aceptación instantánea y multitudinaria y juegan la baza de la paciencia y apuestan por el porvenir. ¿Quién ve hoy el cine de Bergman, Rossellini o Renoir, amén de unos cuantos cinéfilos que compramos religiosamente sus DVDs? ¿Y quién lee al gran Faulkner o a Fitzgerald o a Céline? En el fondo somos tan frikis como los de La guerra de las galaxias o El Señor de los Anillos, sólo que sin disfraces ni convenciones. Esos autores ya no forman parte de la “cultura general”, sólo de la de especialistas o marginales. Su indudable talento no basta para su cabal persistencia, ésta es sólo parcial. ¿Qué hace falta, pues, para ser un verdadero clásico a todos los efectos, como Hitchcock o Billy Wilder, por los que aún pasan todas las generaciones? ¿O como Dickens, Flaubert, Conrad o Henry James, a los que todo aficionado a la literatura acaba echando un vistazo, aunque sea de reojo? ¿O como el imperecedero Elvis Presley? Menos que nunca está en la mano de los artistas su pervivencia. Han pasado los tiempos en que Joyce o Thomas Mann se esforzaban por alcanzar la posteridad y acababan lográndolo. Casi todos sus pasos iban dirigidos a eso, tanto los literarios como los que conformaban su figura pública. Hoy eso ya no sirve. Entre nosotros fue Cela el escritor que más se preocupó por quedar, y a ello dedicó buena parte de sus energías. Inseguro de su valía, conservó, ordenó y archivó sus originales y cartas, se afanó por que en su colección no faltase una sola edición de cualquiera de sus títulos, por insignificante que fuese. Hasta reescribió a mano, y a destiempo, el único original que había perdido o regalado, el de La familia de Pascual Duarte, convirtiéndose así en un extraño falsificador de sí mismo. Según las últimas noticias, cuanto atesoró con megalomanía y obsesión en la Fundación Cela, recaudando dinero público para su construcción, empieza a deteriorarse y a ser víctima de la incuria y la bancarrota. Y al parecer casi nadie se molesta en visitar su sede. Murió hace sólo ocho años y además recibió el Premio Nobel, pero no estoy seguro de que se lo lea ya mucho. Que algo dure hoy diez años es un milagro, quizá –salvo excepciones incomprensibles– la forma máxima de la posteridad.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 28 de febrero de 2010
En la transcripción de la célebre y grosera frase de Esperanza Aguirre que ha trascendido gracias a un micrófono abierto que ella creía cerrado, ha habido, a mi parecer, un pequeño error. Ya saben: “Nosotros hemos tenido la inmensa suerte de poderle dar un puesto a Izquierda Unida quitándoselo al hijoputa”. Si uno oye la frase, para mí es evidente que la última palabra tendría que ir con mayúscula, es decir, “al Hijoputa”, pues sin duda se trata de un mote, de un apelativo habitual. Se está refiriendo a alguien a quien suele llamar así, y su interlocutor –su Vicepresidente– sabe perfectamente de quién le habla, está acostumbradísimo a oírle ese apodo. Si la Presidenta de Madrid se hubiera referido, como ha querido hacer creer, a alguien “circunstancial” –un tal Serrano, ex-representante del Ayuntamiento en Caja Madrid, y con quien ella no tiene trato personal–, habría dicho “a ese hijoputa” o “al hijoputa ese”; no “al Hijoputa”, que es lo que soltó verdaderamente. Por otra parte, me trae sin cuidado de quién estuviera hablando esa mujer despreciativa y soez que provoca vergüenza ajena. Allá ella con sus fobias, sus rencillas, sus traiciones y sus bestias negras.
Lo que ya no me trae tan sin cuidado es que la máxima representante de mi región sea zafia y malhablada, y más grave que la célebre frase me pareció otra, que soltó el mismo día, y que ha sido objeto de muchos menos comentarios. Se la veía paseando por las cercanías de un pueblo, Becerril de la Sierra, con un nutrido cortejo de individuos untuosos y temerosos, literalmente un séquito, como si fuera la dueña de un cortijo con sus capataces y peones. De pronto se soliviantaba y, señalando algo que quedaba fuera de plano –tal vez una construcción–, se volvía hacia el alcalde de Becerril, que iba escoltándola, y le decía en tono despótico y colérico: “¿Pero cómo has podido autorizar esa puta mierda?” Se alcanzaba a ver el azoramiento del culpable, helado por la brutalidad del reproche, y la escena terminaba. Aguirre podía haber dicho “ese adefesio” o “esa porquería”, pero no: lo que le salió de su chabacana alma fue “esa puta mierda”. Lo peor fue el tono, sin embargo: delataba a una persona irascible y propensa al trato tiránico. La escena entera parecía sacada de La escopeta nacional, de Berlanga, y no está de más recordar que en ella la acción se situaba aún en tiempos de Franco, y que esa divertidísima película retrataba con precisión un tipo de aristócrata abundantísimo en España a lo largo de su historia: terrateniente, adinerado y engreído; bruto, ignorante y tosco hasta la náusea. En manos de esa clase de individuos ha estado este país durante siglos. Por eso resultaba tan deprimente ver algo parecido en 2010, con la agravante de que la “señorita” actual fue votada por los ciudadanos (bien es cierto que tras perder unas elecciones y forzar su repetición gracias a una turbiedad nunca aclarada).
Claro que todos, o la mayoría, soltamos tacos de vez en cuando. Claro que nos hemos referido a alguien como “hijoputa” o hemos calificado algo de “puta mierda”. Pero casi todos somos particulares y no nos representamos más que a nosotros mismos. Aguirre se ha negado a hablar de su desliz, aduciendo que se trataba de “una conversación privada” y que, por lo tanto, “no contaba”. Se equivoca, como se han equivocado todos los demás dirigentes a los que ha traicionado un micrófono, desde la lumbrera José Bono tildando a Blair de “gilipollas” hasta el actual jefe de la patronal, Díaz Ferrán, llamando a la propia Aguirre “cojonuda”. Los políticos fingen y mienten de manera tan abusiva y permanente en público, que precisamente lo que ya no cuenta es lo que dicen para la galería, cuando se saben vistos, escuchados, filmados y grabados. Todo eso es falso, una patraña, una representación en el mejor de los casos. Para saber cómo son y lo que piensan de veras no nos sirven sus declaraciones ni sus intervenciones en el Parlamento. De modo que, cada vez más, lo único que cuenta es lo que dicen en privado y cuando creen estar “en confianza”. Hay más verdad acerca de la personalidad de Aguirre en esas dos frases captadas por azar que en todas sus manifestaciones ante la prensa a lo largo de los años. Éstas son, por principio, pura fachada y puro teatro, y por consiguiente falaces, un engaño, como todas las de los demás políticos una vez que ese gremio ha optado por el fingimiento perpetuo. Son esas las que no cuentan. Aquéllas, en cambio, nos revelan quién nos representa: una mujer autoritaria, irritable, desdeñosa, deslenguada y de natural ordinaria. Ya sé que hoy suelta tacos todo el mundo (bueno, sólo en España), pero, curiosa y significativamente, apenas conozco a mujeres de mi edad o mayores (y Aguirre es de mi edad) que, si han sido bien educadas y además son consideradas, recurran a ellos, sean cuales sean su clase social y sus conocimientos. También eso indica algo.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 21 de febrero de 2010
[PS para los interesados. Así ocurre a menudo: a los cuatro días de escribir mi anterior columna, dando por perdida a la bailarina de Cecil Court, ésta me llegó por mensajero. Ya no sé si es para bien o para mal, pero vuelve a estar al lado del señorín del que la había separado.]
No suelo hablar aquí de las cartas de los lectores, menos aún rebatirlas. Uno escribe lo que escribe, la gente reacciona como le parece y uno se alegra cuando su texto es bien recibido y se aguanta cuando no o directamente cae como un tiro. Así son las cosas, es parte del juego. Sin embargo, me ronda ahora la sensación de tener un par de cuentas pendientes. En los siete años que llevo ocupando esta página nunca había sucedido que, durante tres domingos seguidos, aparecieran cartas –nada menos que nueve hasta hoy, e ignoro si la avalancha ha cesado– sobre la misma columna, y además todas airadas o negativas. Lo más gracioso es que el asunto de la pieza en cuestión –“Los exterminadores de toros”– ni me iba ni me venía mucho, al no ser yo aficionado a las corridas, como advertía, y abstenerme de utilizar argumentos más o menos patrióticos y manidos que, como también decía literalmente, “me causan alergia”. Recuerdo haber leído hace no mucho, en este mismo diario, defensas de la lidia algo más convencidas, a cargo de Vargas Llosa y Gómez Pin, por ejemplo, que apenas suscitaron animadversión o rechazo. Mi artículo no era ni siquiera una defensa –o, si lo era, resultaba tibia y desapasionada–, así que sólo me cabe pensar que lo que ha molestado no han sido mis razonamientos, compartidos por otros columnistas, cuanto que llamara “exterminadores” a los antitaurinos prohibicionistas. Si los taurinos son torturadores de animales, escribía, los antitaurinos prefieren que se extinga el toro bravo, y añadía que, dentro de todo, me quedaba con los primeros, que por lo menos permitían la perpetuación de la raza y le daban a cada ejemplar cuatro años de buena vida antes de su muerte en la plaza. Me quedaba con el “ser para la muerte” antes que con la “nada”, por recurrir a una parodia heideggeriana. Tanto Vargas Llosa como Gómez Pin habían venido a sostener algo parecido, y ninguna furia se desató contra ellos. Así pues, me temo que hay antitaurinos a los que no les importa tanto la suerte de los animales como mostrar sus propias virtud y “humanidad”, y que lo que no soportan es, por tanto, que se tilde su actitud de involuntariamente “exterminadora” o “extinguidora” de una especie, al dejar eso malparadas dichas virtud y “humanidad”, lo que de verdad les atañe.
La otra cuenta pendiente es más bien una explicación. Hace unos meses publiqué otro artículo –“Cuento de Cecil Court”– que también trajo unas cuantas cartas, todas ingeniosas y simpáticas. En él contaba que en ese callejón londinense había comprado la estatuilla de un señorín presumido que me había hecho gracia y que, con el consentimiento del dueño de la tienda, la había separado de su pareja, una bailarina con tutú, que me gustaba mucho menos; y cómo, una vez en Madrid, había incurrido en el infantilismo de pensar que las dos figuras habrían estado siempre juntas y que quizá se iban a “echar de menos”. Confesaba que había llamado al señor Mark Sullivan y le había pedido que me enviara la bailarina abandonada. Y concluía así: “Espero que no me la extravíe el correo. A estas alturas, tras tanta puerilidad, la verdad es que no me lo perdonaría”. Como no pocos lectores se interesaron por el resultado de esta gestión y desearon saber si las dos estatuillas al final se reunieron, me siento en la obligación de comunicarles que no ha sido así, y que lo que yo temía ha sucedido, según Mr Sullivan. Al cabo de unas semanas, en vista del retraso, lo llamé de nuevo. No estaba y hablé con un empleado que no tenía mucha idea del asunto. Volví a intentarlo, y entonces me dijo el señor Sullivan que el paquete enviado le había sido devuelto. Las señas estaban bien, era extraño. De paso me dio las gracias por el artículo en que mencionaba su tienda de antigüedades, alguien se lo habría contado. No sé por qué, tuve la sensación de que esa bailarina no había viajado hasta Madrid, y de que Mr Sullivan la había olvidado. Pero en fin, renové mi encargo y, eso sí, le recomendé que, si preveía que el envío no iba a llegarme antes de la Nochebuena, lo postpusiera hasta el 8 de enero, pues yo iba a estar fuera de Madrid dos semanas, para evitar un segundo “desencuentro”.
Ha terminado el mes y mi señorín sigue aquí solo, con su bigotito, su bastoncillo y su chistera plegada en la mano. Podría llamar por cuarta vez al señor Sullivan, pero quizá sería en vano, y empiezo a pensar si esas dos figuras no estarían abocadas a separarse. Tal vez, como apuntaba una de las simpáticas cartas de los lectores, estaban ya hartas de soportarse y de formar pareja. Acaso respiraron aliviadas y alegres al perderse de vista por mi intervención y mi compra de la que me divertía, y se hubieran llevado las manos a la cabeza con desesperación de haberse encontrado de nuevo, a muchas millas de su lugar de origen, en el salón de mi casa madrileña. “Viajar hasta el continente”, habrían pensado una y otra, “para acabar otra vez en compañía de este pelma, de esta pesada. Maldita sea”. Así que ya no sé si debo forzar el destino. Por mí no quedó, traté de juntarlas tras haberlas distanciado. Quizá Mr Sullivan las tuviera en sus repisas durante años y sepa más de ellas que yo, y por eso haya decidido que están mejor por su cuenta, cada una a su aire.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 14 de febrero de 2010
PS para los interesados. Así ocurre a menudo: a los cuatro días de escribir [esta columna], dando por perdida a la bailarina de Cecil Court, ésta me llegó por mensajero. Ya no sé si es para bien o para mal, pero vuelve a estar al lado del señorín del que la había separado.
La cruzada antitabaco de Zapatero y su Ministra de Sanidad, Jiménez, está adquiriendo tintes tan demagógicos que, antes de tarifar con ellos a todos los efectos, he intentado darles la razón, a ver qué pasaba. En lo relativo a la inminente prohibición de fumar en todos los lugares públicos cerrados, no lo consigo. ¿Por qué en todos? ¿Es que los no fumadores piensan frecuentar todos y cada uno de las decenas de millares de bares y restaurantes desperdigados por España? Los fumadores ya sólo aspiramos a que en algunos locales se nos permita echarnos un pitillo mientras tomamos una caña o justo después de almorzar o cenar. ¿Por qué no puede haber unos cuantos sitios así, llámense clubs de fumadores o como se quiera? ¿Por qué, entre los muchísimos que prefieren que se fume en ellos –no me cansaré de repetir que esa ha sido la causa de la nueva ley que se avecina: que los propietarios han hecho uso de la libertad que se les concedió contrariamente a los deseos del Gobierno, en vista de lo cual éste se la retira, vaya libertad condicionada–, no se efectúa un sorteo y se consiente que cierto porcentaje admita el humo en sus dependencias? Los no fumadores no entrarían en ellos, como otros no entramos en casinos, puticlubs o sex-shops, eso sería todo. En cuanto a los camareros –también podrían ser autoservicios, y no haberlos–, tendrían que ser asimismo fumadores voluntarios, no se verían obligados a respirar una atmósfera indeseada.
Este ejercicio de comprensión que intento no lo están llevando a cabo muchos más fumadores. Conozco a no pocos que han prometido no volver a pisar un bar ni un restaurante una vez que la intolerante nueva ley entre en vigor. Así que es natural que el gremio de hostelería esté preocupado. Este diario se ha alineado con Zapatero y Jiménez hasta el punto de publicar un reportaje con el titular “Sin humo no se hunde el bar” y el subtitular “Los hosteleros vaticinan un desastre por la prohibición de fumar, pero la experiencia en otros países lo desmiente”, en el que sin embargo, al leer la información, ésta desmentía rotundamente dichos titulares, que se convertían en incomprensibles: resulta que en Irlanda hay un 25% menos pubs de los existentes antes de la prohibición; en el Reino Unido caen 52 a la semana, en el plazo de un año cerraron 2.377 y se redujeron 24.000 empleos; en Italia, un 12% de los establecimientos acusó pérdidas “significativas”; y en Francia la gente se ha refugiado en las terrazas, convirtiendo el “problema del humo” en el “problema del vocerío” desesperante para los vecinos, que es lo que sucederá en España, dados el buen tiempo reinante y los pingües beneficios que sacan los Ayuntamientos de la proliferación de mesas en las calles. Otro extraño titular de El País afirmaba que los partidarios de la prohibición total eran “clara mayoría”. Luego, la noticia revelaba que se trataba de una mayoría pelada del 52%, frente a un 44% que se oponía, si mal no recuerdo. Un 44% es mucha gente, como para cercenar su libertad completamente. Unos veinte millones de personas, con las cuales, yo creo, debería llegarse a algún tipo de entendimiento.
En lo que sí he logrado darles la razón a los tramposos Zapatero y Jiménez es en su última medida de adornar con pavorosas fotos los paquetes de cigarrillos: pulmones destrozados, dentaduras roídas, fetos, jeringuillas, gatillazos y demás males que pueden sobrevenir a los fumadores. Aunque eso no hará sino disparar la venta de pitilleras (yo las uso desde hace años), me parece bien, siempre que se haga lo mismo con todos los demás productos que pueden dañar nuestra salud o matarnos. Exijo, por tanto, que las botellas de vino, whisky y ginebra lleven fotos de repulsivos borrachos, de hígados con cirrosis y de las ratas y arañas que se aparecen a quienes sufren de delirium tremens. Quiero que en las carreteras, y sobre las portezuelas de los coches, haya, bien visibles, imágenes de muertos aplastados por la chatarra, tetrapléjicos en sillas de ruedas, motoristas decapitados, peatones atropellados, cueros cabelludos arrancados y brazos y piernas amputados. Que presidan las playas grandes fotos de ahogados, de miembros hinchados por las picaduras de las medusas y de afectados por cánceres de piel. Reclamo que los costados de los aviones exhiban imágenes de catástrofes aéreas, con cuerpos desmembrados, terroristas con bombas y momentáneos supervivientes chapoteando en un mar helado, y otro tanto los de los trenes, ilustrados por desastres ferroviarios y por las consecuencias del 11-M. Pido que en las fachadas de los Ayuntamientos se vean fotos de paisajes destruidos por la especulación inmobiliaria, y de gente sorda por culpa del ruido de sus infinitas y arbitrarias obras. Porque todas esas desgracias pueden acaecerle a quien bebe alcohol, o monta en coche o en moto o es un mero transeúnte, o a quien vuela o viaja en tren, o a quien se baña en el mar, o a quien está expuesto a los abusos del Ayuntamiento de turno. Sería un mundo alentador y alegre, lleno de estampas que nos describieran gráficamente los peligros y horrores que se ciernen sobre nosotros constantemente. Es posible que la economía se fuera al traste, pero qué se le va a hacer. Al fin y al cabo, ¿no son los Gobiernos los que sacan mayor provecho del consumo de tabaco? Si nos ponen fotos espantosas en las cajetillas, que las pongan también en todo el resto, incluyendo las de obesos inmovilizados en muchos productos alimenticios. Si no lo hacen, quedarán como hipócritas, además de como fanáticos y supresores de las libertades.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 7 de febrero de 2010
Los muertos de la ciudad en que uno vive son mucho más llevaderos que los de los lugares que se visitan de tarde en tarde. Aquí, en Madrid –en mi caso–, la cotidianidad prosigue sin más remedio y uno se acostumbra a que los días pasen y se superpongan sin la presencia de quienes nos acompañaron durante largo tiempo. Me doy cuenta, si acaso, de que, de manera más bien inconsciente, tiendo a rehuir los barrios en que los desaparecidos tenían sus casas o en que solía encontrarme con ellos. Hace diecisiete años, por ejemplo, que rara vez voy por El Viso, donde vivía Juan Benet; algo más desde que no paso por la calle de Gaztambide, en cuyo número 4 habitó Juan García Hortelano; y ya veinticinco desde que evito la zona de hotelitos en que tenía el suyo Vicente Aleixandre. Eso por mencionar sólo a amigos escritores, y por lo tanto a muertos a los que también muchos lectores podrían poner rostro y palabras, y cuya ausencia, hasta cierto punto, puede ser compartida por ellos. En la propia ciudad se van produciendo huecos, pero éstos no la dominan, y uno no puede tenerlos en la conciencia permanentemente, aunque –valga la contradicción– no pase jornada sin acordarse de sus caras y sus voces.
En cambio, cuando uno regresa a una ciudad a la que viajó con frecuencia en el pasado, inmediatamente echa en falta, con gran viveza, a quienes veía allí y ya se han muerto. En esos sitios uno estableció ciertos hábitos que formaban parte de su estancia. No visitar a Guillermo Cabrera Infante en Londres –por continuar con los escritores amigos– resultaba inconcebible, no sólo por el placer de encontrarlos –a él y a su mujer, Miriam Gómez–, sino también por las numerosas y divertidas anécdotas que proporcionaban y con las que uno volvía como con un tesoro, presto a relatárselas a las amistades madrileñas que tanto las celebraban. En las ciudades en que uno no vive no hay posibilidad de llenar los vacíos con el mero transcurso de los días, así que cuando uno llega de nuevo a ellas se ve asaltado por la nostalgia y por la sensación de pérdida con la misma intensidad que cada vez anterior, y eso ocurre indefinidamente, por muchos años que vayan pasando. Ahora he estado una semana en París, tras un lustro largo sin pisarla, y no ha fallado: inverosímilmente he echado de menos con fuerza a un muerto de hace casi veinte años, es decir, a alguien a quien no veo y de quien nada sé desde hace mucho, y a cuya falta debería estar más que acostumbrado, lo mismo que a no llamarlo ni a escribirle, a no esperar verlo en el Boulevard Saint-Germain ni en el Quai des Célestins ni en la Rue des Écoles, por mencionar algunos sitios en los que él estuvo y yo lo recuerdo.
El 15 de noviembre de 1990 ese amigo puso fin a su vida. Yo me enteré unas fechas más tarde, estando precisamente en París, y escribí una semblanza de él titulada “La muerte de Aliocha Coll”. También era escritor, aunque a él es casi imposible que los lectores le pongan rostro y sumamente difícil que lo asocien a texto alguno, porque no publicó más que un libro y una traducción en vida, y con posterioridad aparecieron dos novelas más y una colección de poemas, si no me equivoco, todo ello hace ya tiempo, con escaso eco y sin el menor éxito. En verdad esto último no podía tenerlo ni lo buscó nunca, tan arriesgada y poco convencional era su literatura. Cuando hoy leo sobre escritores actuales que pasan por supermodernos y “rupturistas” y “mutantes”, no puedo evitar reírme: no sólo nacen la mayoría anticuados porque repitan fórmulas ya gastadas y estériles de los años setenta, sino que, al lado de Aliocha Coll, que lleva dos decenios enterrado, sus propuestas son cuasi galdosianas, por mucho “ciberespacio” que metan en sus obras tan perecederas. Me temo que son carne de tan pronto olvido como el propio Aliocha Coll, con la salvedad de que él nunca estuvo de moda ni fue jaleado por los tuertos críticos, y por tanto jamás pudo abandonar ese olvido al que se entregó deliberadamente. Era médico de profesión y muy culto. Se conocía al dedillo la tradición, como todos los que deciden darle la espalda con algún talento, no por pereza o ignorancia. Catalán de origen, vivía en París desde su primera juventud, primero de rentas, luego de su trabajo como médico cuando se le acabaron aquéllas. Era un hombre educado y discreto, siempre bien trajeado, con una risa tímida y como retardada, como si esperase a comprobar que lo que se había dicho era una broma para permitirse soltar la carcajada. Tenía cuarenta y dos años cuando se mató, tras leer un cuento de Nerval, beberse una copa de vino y escuchar no recuerdo qué música. Había terminado su novela Atila (una de las que se publicaron póstumamente) y con ella dio por concluida su obra. Como dije en aquella semblanza de 1990, “Acabado el papel se acabó la vida”, así fue en su caso. Sus textos son difíciles, rozando la ininteligibilidad a veces, pero poseía un gran talento verbal y rítmico: “Es y era la auréola de la silueta luz absorta en el polvo, absuelta en humo. Y el humo era el que vomitaba fuego, vómito del humo en el humo…” Es una cita escogida al azar, de Atila. Cada vez que voy a París me resulta incomprensible no llamarlo, no verlo, que no esté allí y se me frene el impulso. Que no esté en el mundo y sí en mi memoria, que todavía es parte de este mundo.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 31 de enero de 2010
Uno de los ejemplos más claros de cómo nuestras sociedades están entregadas a la política del appeasement o apaciguamiento -la que practicaron las democracias ante Hitler, y así les fue a partir de 1939- lo encontramos en el fútbol. Hace ya quince años escribí un artículo defendiendo al antiguo jugador del Manchester United Eric Cantona, que recibió unas severísimas sanciones por parte de su club y de su selección francesa, así como la reprobación de la prensa, porque se hartó de un individuo que le soltaba barbaridades sin cesar y, al retirarse del campo, expulsado, se acercó a él y le propinó un acrobático puntapié. Posiblemente no debió patear a aquel hincha, pero se comprende que lo hiciera. Quizá mereció las sanciones, pero no la condena moral generalizada que las acompañó. El agredido, como todos los hinchas groseros y violentos que llenan los estadios, se estaba amparando en la masa y en el anonimato, estaba actuando con cobardía al insultar a resguardo al jugador, cosa que sin duda no habría hecho a solas y en su proximidad. Seguramente ningún hooligan se habría atrevido. Pocas acciones más despreciables que la de atacar en manada, sabiéndose impune, indistinguible, a salvo de las consecuencias. Decía en aquella pieza remota que si hubiéramos visto esa secuencia en una película, la mayoría habríamos aplaudido a Cantona: el héroe, cansado de sufrir vejaciones, habría individualizado a la masa y le habría dado su merecido, mala suerte para el que se llevó el puntapié. No sabemos ver la vida real con la nitidez con que vemos cine o leemos novelas.
Algo parecido ha sucedido ahora con un delantero del Inter de Milán llamado Balotelli. Pese al apellido y a haber nacido en Palermo, se trata de un fornido negro, de madre ghanesa, motivo por el cual padece toda clase de insultos racistas cada vez que salta a un campo, y nunca tiene fácil jugar en la selección de su país, ya que, según demasiados aficionados, “no hay negros italianos”. Hace unas semanas, en un partido en Verona, tras haber soportado durante ochenta y ocho minutos los gritos simiescos del público, fue sustituido, y al retirarse aplaudió irónicamente a la masa que no había parado de humillarlo. Luego, ante los micrófonos, añadió otra “afrenta”: “El público de Verona me da cada vez más asco”. Cualquiera en su situación habría dicho, o por lo menos pensado, otro tanto. A diferencia de Cantona en su día, no se encaró con ningún aficionado ni a ninguno pateó. Se limitó a aplaudir y a expresar sus comprensibles sentimientos. Sin embargo, eso le ha valido una multa de siete mil euros, impuesta por el árbitro, “por haber provocado al público”. El Presidente del Chievo Verona se ha permitido negar la evidencia: “El problema no es el color de su piel, sino su actitud provocadora, que incita a que lo insulten”. Hasta el alcalde de esa ciudad de amantes ha dicho su majadería: “Un profesional tiene que aguantar pitos e insultos”. (No ha explicado por qué, pero el estamento político-futbolístico italiano, con Berlusconi a la cabeza de los sin cerebro, hace tiempo que perdió toda capacidad de razonar.) Es decir, a uno se lo hostiga sin pausa durante el ejercicio de su trabajo, y además en plan racista, y es uno el que “provoca al público” si reacciona mínimamente.
¿De dónde proceden estas ideas de que “un profesional” ha de callar ante los insultos, y de que el público sigue siendo “respetable” cuando hace muchísimo que dejó de serlo en todas partes? Recientemente oí reproches hacia Casillas porque se acercó a un crío valenciano que lo ponía verde y le pidió un poco de educación, nada más. “Hay que hacer caso omiso y concentrarse en el juego”, lo amonestaban los periodistas. Yo me pregunto cómo se hace caso omiso de las barbaridades que uno escucha nítidamente dirigidas a uno, de principio a fin de un partido. Cómo se concentra uno en parar los disparos. Salvando las distancias, es como si a un actor de teatro se le pidiera que pasara de los insultos lanzados con profusión desde el patio de butacas y se ciñera a su texto, como si allí no hubiera nadie. O a un cantante que siguiera impertérrito con su recital mientras le llueven abucheos e injurias. O a un escritor que continuara con su conferencia mientras los oyentes lo llaman “hijoputa” y “cabrón”. Y como si a todos estos “profesionales” se los castigara y multara por interrumpirse o hacer frente a sus groseros detractores. El razonamiento -es un decir- de los responsables del fútbol es más o menos: “Cualquier respuesta sólo empeorará las cosas”. Esto es: “Permitamos y protejamos los abusos, el matonismo y la violencia verbal, no vayamos a soliviantar a los soliviantados”. Lo mismo que en los años treinta: “Cedamos ante el furioso Hitler, no se vaya a poner aún más furioso”. Ceder ante los comportamientos fascistas siempre se paga caro, porque el espíritu fascista -que puede darse en gente de izquierda- toma por debilidad cualquier inhibición del adversario, y no hace sino envalentonarse y aumentar su agresividad, hasta aniquilar a ese adversario. Si el apaciguamiento está institucionalizado; si los violentos y matones están protegidos; si se condena al individuo valiente que se enfrenta a ellos o por lo menos les señala su cobardía y su mezquindad, no es de extrañar que éstos se crezcan y que cada vez estemos todos más y más a su merced.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 24 de enero de 2010
Las mujeres se han quejado tradicionalmente, con razón, del muy diferente rasero con que se han medido su promiscuidad y la de los varones. Si en éstos era un timbre de gloria, en ellas era un baldón. Si a ellos se los admiraba y envidiaba por el número de sus conquistas, ellas se creaban mala fama por el mismo motivo. Hay muchos porqués para que esto haya sido así, pero no vamos a remontarnos a las dudas que los hombres han podido albergar sobre la paternidad de sus vástagos (y que las mujeres nunca han padecido respecto a la maternidad), ni siquiera a los recientes tiempos, bajo el franquismo, en que el adulterio de la esposa era un delito que podía llevarla a la cárcel, mientras que el del marido era una mera costumbre tan graciosa como inevitable. Baste con recordar que, si a los varones se les veía “mérito”, era porque en principio las mujeres se negaban a consentir, y en cambio aquéllos -se juzgaba de manera igualmente simplona- estaban siempre dispuestos a meterse en la cama con cualquiera, aunque fuese un espanto. Las conquistas femeninas, por tanto, no eran tales y carecían de todo valor: así como estaba tirado llevarse a un individuo al huerto, resultaba muy difícil llevarse a una individua al mismo asilvestrado lugar.
Todo esto suena a prehistoria, pero aún no había perdido enteramente su vigencia en mi primera juventud. Fue de hecho mi generación la que empezó a cambiar el punto de vista, con el llamado “amor libre” de los años sesenta y setenta. Es una de las pocas cosas de aquella época que han quedado incorporadas a la sociedad posterior. Al menos en apariencia, y hasta hay mujeres que presumen abiertamente, en público, en televisión, de su catálogo de seducidos, como el Don Giovanni de Da Ponte y Mozart, siempre y cuando se trate de sujetos “famosos”, requisito indispensable para la jactancia de las coleccionistas y para la relativa aceptación de su comportamiento por parte de las masas televidentes. “Ah, si ha sido con Beckham, o con Clooney, o con Springsteen, o incluso con el anciano Clint Eastwood”, parecen decirse los espectadores, “entonces vale”. Los gañanes que sonsacan a estas cazadoras de cabelleras les exigen “pruebas” de que el coito-con-famoso ha tenido lugar, y les piden detalles sobre las casas en que “consumaron” o incluso sobre la anatomía de los coleccionados, y por supuesto sobre sus performances o prestaciones. No se toleran las falsas medallas, lo cual indica que en estos casos sí se ve la conquista llevada a cabo por una mujer como un trofeo (aparte de un posible pasaporte para su efímera fama).
Tras todo este desparpajo, sin embargo, creo que lo que se está produciendo es un retroceso en los asuntos de esta índole y un triunfo del más rancio puritanismo. La mujer que es promiscua con particulares o desconocidos (es decir, la que no contribuye al espectáculo y al entretenimiento) aún es juzgada en estos programas con severidad parecida a la que se gastaba hace un siglo con las “casquivanas”. Y -lo que es peor, y nuevo- empieza a juzgarse con severidad semejante a los varones infieles o meramente mujeriegos, al menos en los Estados Unidos, y nada de lo que allí sucede debe minimizarse, porque suele acabar llegando también a Europa y sobre todo a España, el país más papanatas y mimético con cuanto proviene del Imperio y no digamos de Nueva York, ciudad admirable que demasiados escritores españoles nos están incitando a detestar, con su permanente baba exageradamente caída. Es bien sabido que en ese país un político no tiene futuro si es pillado en una infidelidad sexual, presente o remota. Algo absurdo que en nuestro continente no entendemos, pero que por lo menos obedece a un razonamiento, por ramplón y traído por los pelos que sea: “Si este tipo es capaz de engañar a su mujer, sin duda nos engañará también a nosotros”, piensan los elementales votantes. Lo que ya no se concibe es que un deportista como Tiger Woods, un personaje sin responsabilidades públicas que tan sólo se dedica a darle mejor que nadie a una bola con un palo de golf, que no está en situación de defraudar a la ciudadanía porque ningún poder tiene sobre ella, caiga en absoluta desgracia por descubrirse que, lejos del marido ejemplar que aparentaba ser, era un empedernido picaflor. Las empresas que utilizaban su imagen como reclamo publicitario han empezado a rescindirle contratos, el pobre hombre se ha visto obligado a anunciar que deja el golf durante tiempo indefinido, como si darle con pericia a la bola dependiera de su fidelidad o algo así, y, estando yo en la babeada Nueva York cuando estalló el “escándalo”, me quedé estupefacto al ver que todas las cadenas, incluidas las de noticias, hablaban obsesivamente de él para condenar sin pausa su “hipocresía” y su “inmoralidad”. Me llamó la atención el conservadurismo exacerbado del célebre showman Jay Leno, cuyos chistes al respecto los podría haber firmado San Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei (si hubiera hecho chistes alguna vez). Quizá no esté ocurriendo lo que creíamos muchos, a saber, que mujeres y hombres se hayan igualado en este campo porque a las mujeres promiscuas o infieles ya no se las juzgue mal. Sino que la igualación consista en que también a los varones ligeros de cascos se los denueste y execre y se los envíe al ostracismo. Si esto no es un triunfo de la pacatería, que venga el susodicho santo y lo diga, aunque en vida no tuviera nunca nada interesante que decir.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 17 de enero de 2010




