Archive for Febrero, 2010
Por mucho escepticismo, y aun cinismo, que hoy le pongamos a la idea de posteridad, no es fácil que los escritores, pintores, músicos y cineastas nos desprendamos de ella enteramente en el plazo de dos o tres generaciones. Es muy poco tiempo en comparación con los muchos siglos en que esa esperanza o noción estuvo vigente. Por definición, quien pone algo por escrito tiene cierta intención, aunque sea inconsciente, de que ese algo permanezca o por lo menos pueda ser descubierto en el futuro. Quien se dedica a algún arte no ignora que hay obras que se siguen leyendo, escuchando, admirando, al cabo de centenares de años de su composición y de la muerte del autor, cuando éste lleva una eternidad sin estar “presente” ni ofrecer ninguna “novedad”. La duración de Cervantes, Shakespeare o Montaigne; la de Bach, Mozart o Schubert; la de Velázquez o Rembrandt o Leonardo; la menor, pero ya larga, de Welles, Hitchcock, Ford o Lubitsch permite que a cualquier artista lo anime, aunque no se lo reconozca o incluso lo niegue, una difusa intención de dejar alguna huella de su paso por el mundo, además de otras cosas sin duda más urgentes e importantes, como ganarse la vida con lo que sabe hacer, o divertirse haciéndolo, o tener una ocupación que –como yo mismo he dicho en numerosas ocasiones ante la pregunta “¿Por qué escribe usted?”– lo dispense de tener jefe y de madrugar.
El afán de posteridad está hoy muy mal visto, por no decir que resulta directamente ridículo además de –como siempre– pretencioso. La ridiculez viene dada por el hecho de que, tal como está concebida y planteada la producción de obras artísticas en la actualidad, éstas llevan consigo, en principio, una cada vez más inmediata fecha de caducidad. No son pocos los libros, películas, discos en los que esa fecha coincide de hecho con la de su alumbramiento. Nacen ya muertos, olvidados antes de forjar memoria; existen, pero es como si nunca hubieran existido. Como es sabido, son devueltos a la fábrica antes de que nadie haya podido sentir curiosidad por ellos, algunas cintas ni siquiera se estrenan. Lo único que parece existir de veras son los grandes éxitos comerciales, los que se mantienen incontables semanas en las listas de más vistos o vendidos o escuchados. Pero su duración está todo menos garantizada. Es más, esos productos se consumen tan rápida y masivamente (todo el mundo a la vez, para no quedarse “descolgado” de lo que toca en cada momento) que nadie se acuerda de ellos al cabo de unos años, y casi nadie los ve o lee o escucha fuera de “su” temporada. ¿Quién va a molestarse ahora mismo en zamparse El código Da Vinci o incluso El niño con el pijama de rayas? Sólo unos cuantos rezagados, que a toda velocidad se asemejan a quienes hoy se zambullen en Lo que el viento se llevó o Adiós, Mr Chips, por mencionar dos dignas novelas que leyó todo bicho viviente en su época. ¿Quién se atreverá a asomarse a la trilogía de Stieg Larsson o a Avatar dentro de cinco años, aparte de los frikis de cada una, los que se instalan a vivir en un mundo del que rehúsan salir?
Pero tampoco lo tienen mejor quienes crean obras que llevan inscrita en la frente la palabra “perduración”, las que no aspiran a una aceptación instantánea y multitudinaria y juegan la baza de la paciencia y apuestan por el porvenir. ¿Quién ve hoy el cine de Bergman, Rossellini o Renoir, amén de unos cuantos cinéfilos que compramos religiosamente sus DVDs? ¿Y quién lee al gran Faulkner o a Fitzgerald o a Céline? En el fondo somos tan frikis como los de La guerra de las galaxias o El Señor de los Anillos, sólo que sin disfraces ni convenciones. Esos autores ya no forman parte de la “cultura general”, sólo de la de especialistas o marginales. Su indudable talento no basta para su cabal persistencia, ésta es sólo parcial. ¿Qué hace falta, pues, para ser un verdadero clásico a todos los efectos, como Hitchcock o Billy Wilder, por los que aún pasan todas las generaciones? ¿O como Dickens, Flaubert, Conrad o Henry James, a los que todo aficionado a la literatura acaba echando un vistazo, aunque sea de reojo? ¿O como el imperecedero Elvis Presley? Menos que nunca está en la mano de los artistas su pervivencia. Han pasado los tiempos en que Joyce o Thomas Mann se esforzaban por alcanzar la posteridad y acababan lográndolo. Casi todos sus pasos iban dirigidos a eso, tanto los literarios como los que conformaban su figura pública. Hoy eso ya no sirve. Entre nosotros fue Cela el escritor que más se preocupó por quedar, y a ello dedicó buena parte de sus energías. Inseguro de su valía, conservó, ordenó y archivó sus originales y cartas, se afanó por que en su colección no faltase una sola edición de cualquiera de sus títulos, por insignificante que fuese. Hasta reescribió a mano, y a destiempo, el único original que había perdido o regalado, el de La familia de Pascual Duarte, convirtiéndose así en un extraño falsificador de sí mismo. Según las últimas noticias, cuanto atesoró con megalomanía y obsesión en la Fundación Cela, recaudando dinero público para su construcción, empieza a deteriorarse y a ser víctima de la incuria y la bancarrota. Y al parecer casi nadie se molesta en visitar su sede. Murió hace sólo ocho años y además recibió el Premio Nobel, pero no estoy seguro de que se lo lea ya mucho. Que algo dure hoy diez años es un milagro, quizá –salvo excepciones incomprensibles– la forma máxima de la posteridad.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 28 de febrero de 2010
Entre los muchos atractivos que encuentro en la escritura de Javier Marías está su indudable elegancia expositiva, la exquisita cadencia de sus frases, la limpieza escénica en la que viven sus palabras, tan bien colocadas y pulimentadas que parecen ser el resultado de la aplicación de una fórmula magistral y secreta. Sé que mi amor por la literatura en lengua inglesa me hace acercarme a Marías, tan inglés él, en tantas cosas. Conozco pocos escritores nuestros que tengan esa impronta internacional, ese aire cosmopolita, aunque esté escribiendo de los asuntos más locales. Por si todo lo anterior fuera poco, y siendo, como soy, gran aficionado a las columnas de prensa, diré que poder gozar de ochenta y cuatro columnas periodísticas de incontestable profundidad, y de rotunda sátira, como las reunidas en este magnífico libro, es para mí todo un regalo. Sigo a Marías por tierra, mar y aire, pero en sus entregas a la prensa suelo encontrar un gran alivio para la insoportable levedad de las tardes dominicales. Autor personal, nada indulgente, suele dar con la clave de los asuntos, y deja siempre, con maestría, un poso de rebeldía y una sonrisa cómplice en los labios del lector. Gran libro, también para políticos.
J.M.G.
El Correo Gallego, 28 de febrero de 2010
El escritor publica Los villanos de la nación
Los soldaditos de plomo invaden todos los rincones de la casa madrileña de Javier Marías, incluso la cocina. En la mesa, reposa su máquina de escribir electrónica. El escritor, tras la publicación en un solo volumen de Tu rostro mañana -su novela de 1.328 páginas- recibe a este diario para hablar de Los villanos de la nación (Los Libros del Lince), una selección de los textos que, sobre temas políticos, éticos y sociales, ha publicado en diferentes medios de comunicación desde 1985. Marías (Madrid, 1951) denuncia, entre otras cosas, “la gran opresión de nuestros días”: cómo el trabajo se come cada vez más territorio de lo que antaño fue vida privada.
-¿Qué importancia da a sus escritos sobre actualidad?
-A uno le sirve a veces de desahogo. Tengo la sensación de que tienen pocos efectos prácticos. Pero hay mucha gente que los agradece, que me dicen que les da alivio ver que alguien dice ciertas cosas. Uno siente ahí que tiene cierta obligación de decir lo que piensa de verdad. En cambio, en las novelas, no, no me responsabilizo de ellas como ciudadano. Hay un narrador que cuenta y unos personajes que dicen las cosas que quieren. Aunque cada vez hay más confusión y hay lectores que me recriminan opiniones de mis personajes. La ficción se había distinguido siempre de lo real pero ahora cada vez hay más personas que no realizan tal distinción.
-Ya en 1985 decía que no hay que depositar grandes esperanzas en los gobiernos.
-Tener entusiasmo por un gobierno viene a ser una ingenuidad o producto de la desesperación. Cada vez hay un descrédito mayor de la clase política, no sólo en España; en otro artículo propongo que haya la posibilidad en las elecciones de también votar en contra de un partido, y que, en el recuento, se le resten los votos negativos a cada formación. Sería lo más adecuado y lo más justo, hay un número creciente de personas que o bien no votan o cuando votan lo hace en contra de una opción.
-Usted presumía, en los 90. De no haber votado a ninguno de los tres grandes partidos que hay en España.
-Eso ya no podría suscribirlo. No tengo ningún inconveniente en decir que en el 2004 voté contra el PP, tras la segunda legislatura de Aznar, atroz desde cualquier punto de vista, al final dije: que venga cualquiera pero que no sean estos.
-Se ocupa bastante de describir la atmósfera de los años 80. ¿Qué hemos heredado de esa época?
-Yo la llamo la edad del recreo. El valor básico era hacerse guapo, para lo cual a veces hay que ser rico. Como el niño que quiere tener éxito con los compañeros. Se dio un proceso de infantilización de la sociedad que se ha coronado ahora. Ha ido a más la ausencia de responsabilidad por parte de todo el mundo ante cualquier cosa. La gente reclama su libertad de moverse, hacer, decir, iniciar negocios, irse a sitios peligrosos y en el momento en que les sucede algo, dicen: que el Estado me lo arregle. Pero el Estado somos los demás. Piden que les saquen las castañas del fuego, de modo impertinente, nadie agradece nada. Los pescadores que trabajan en aguas no protegidas no son diplomáticos ni gente empleada por el Estado. Me parece muy bien que se les quiera ayudar, pero no que haya una reclamación hacia el Estado, como si este fuera responsable de que estuvieran allí. Nadie asume sus actos, nadie se responsabiliza de nada. Si invierto en una cosa y me timan, ¿por qué el Estado me ha de devolver el dinero? Jugamos a ser mayores de edad hasta que hay algún problema. Otra lacra es que cualquier periodista o político puede decir una cosa y luego la contraria sin que nadie les pida cuentas, porque nadie recuerda ni lo que acaba de pasar.
-¿Tampoco los libros?
-Una novela se hace de modo artesanal, puede llevar años, y cada vez hay una mayor divergencia entre la forma en que vamos trabajando, que esencialmente es la misma que en el siglo XVII, y la manera en que esas cosas se consumen. Hay un desfase. Un librero, a los tres meses de la salida del tercer volumen de Tu rostro mañana, que me ha llevado tres años de trabajo, me dijo que eso ya era prehistoria, de la temporada anterior, como quien dice.
-¿Por qué critica ciertos aspectos de la solidaridad?
-Critico sus trampas. Aquí debajo de mi casa hay varios señores tumbados en el suelo a los que ningún transeúnte echa una mano. Nuestros pobres son concretos, sucios y desagradables, no los tocamos porque podrían transmitirnos su desesperación pero, eso sí, efectuamos donaciones a Haití. No es muy simpático decirlo, pero me produce un efecto contraproducente ver cómo todos los famosos del mundo entero se vuelcan como un solo hombre en Haití, y empiezan a donar dinero de manera ostentosa. Tengo la sensación de que estas solidaridades son mecánicas, que hay más deseo por parte de quienes la practican de mirarse al espejo y pensar qué majo soy que verdadera voluntad de ayudar y verdadera empatía. A mí me suena a falsedad, a medalla que se pone la gente a sí misma. Uno tiene el impulso de enviar un poco de dinero a Haití, y lo haces, privadamente, pero piensas: ¿qué es esto? Uno acaba desconfiando de los propios movimientos más altruistas del espíritu por el abuso que se hace de ellos.
-El trabajo y sus efectos negativos es otro de sus temas recurrentes…
-Hablo con mis amistades de toda España, y todos están igual, tengan el trabajo que tengan o cobren mucho o poco: no paran, no tienen tiempo de nada, trabajan sin cesar y cada vez les cunde menos. Amplían sus jornadas no para ganar más sino para dar abasto al trabajo diario. Apenas tienen ocio y están permanentemente agotadas, medio enfermas o desquiciadas. Es el gran mal de nuestros días. Las personas que están hoy a sueldo se desloman como no se había visto en los últimos 40 años. Es la opresión más grande que vive la gente corriente hoy: cómo el trabajo se nos va comiendo la vida. Con la crisis ha ido a más, y existe el miedo a perder el puesto, con lo que se renuncia a derechos sociales básicos.
-¿Usted sigue sin email ni móvil?
-Sí. Me niego a utilizar móvil, tengo uno solamente para los viajes, pero el número lo tienen mis hermanos y tres personas más. Me parece una forma de esclavismo: estar localizable permanentemente, que no haya ratos de silencio, en los que nadie sepa dónde está uno, caminando por la calle, mirando las musarañas, en el cine. No ser localizable me parece normal, una manera de descansar. La prueba de que el móvil es una herramienta de esclavización es que son las empresas los que se los ponen a sus trabajadores. Y no utilizo el ordenador porque voy viendo que lo del email es lo mismo: me dicen que, por la mañana, uno se encuentra unas cantidades fabulosas de correos. ¿Cómo puede haber 40 emails en tu buzón cada día? La gente procura contestarlos y, si no, tiene el agobio de que no lo ha hecho. Estas cosas, que se han vendido como facilitación de las tareas, son trampas verdaderas. A la gente se le crea pánico al vacío, a la soledad, y acaban siendo víctimas del síndrome de Estocolmo, si entendemos como secuestradores a los empresarios. Me parece atroz.
-¿Los artículos contribuyen a su fama de conflictivo?
-Me ven como áspero, pendenciero, grosero. No es una imagen grata. Da la impresión de que la gente no lee bien, te contestan a cosas que no has dicho. En vez de de leer, reaccionan. Semana que pasa, semana que hago nuevos amigos. Me llega mucha irritación. Hay muchas personas que cuando me conocen personalmente, aunque sea un par de minutos, me dicen: “Ah, pues eres muy normal, creía que eras muy arrogante”. No sé bien, en realidad soy cortés y a veces incluso supongo que puedo ser cordial. Pero, al escribir, uno dice cosas impertinentes porque no tiene sentido escribir para decir lo que todo el mundo ya sabe, lo que todo el mundo ya piensa, lo que toca.
-¿Y a usted qué le irrita?
-No sé. Hay una serie de cosas que siempre habían sido de derechas, reaccionarias, retrógradas, puritanas y, de pronto, han resucitado presentadas como de izquierdas, como si fueran propuestas avanzadas. Las mismas cosas que la iglesia ha impuesto durante muchos años, que les ponen otra vestimenta progre y ya está.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, si se ve un culito en un anuncio, dicen que es una denigración de la mujer. ¿Pero por qué va a ser una denigración? Que aparezcan siempre mujeres en los anuncios de hemorroides, dentaduras postizas y dietas de adelgazamiento me parece más denigrante. Que aparezca un cuerpo de mujer agradable, en cambio, es una especie de aprobación y enaltecimiento de la mujer. La libertad es una cosa muy importante y eso es atentar contra la libertad.
-Su artículo sobre la prostitución también levantó ampollas…
-El minero o el estibador también alquilan su cuerpo, ¿verdad? ¿Acaso no alquilamos todos algo? Partir de la base de que es más humillante y grave el alquiler del sexo es tener una idea puritana del conjunto del cuerpo humano. A nadie le parece humillante alquilar las piernas de un pisador de uva. Hablo, por supuesto, de los casos en que alguien opta voluntariamente por ejercer la prostitución, si te obligan es monstruoso. Es humillante que, por extrema pobreza, las personas hagan cualquier cosa, como recoger la fresa por dos euros al día. La pobreza es humillante, pero diferenciemos: ¿quien se vale de su sexo hace algo peor? Me huele a chamusquina.
-Habla también de la superstición de lo legal…
-Sí, lo vemos con el asunto de Vic y la resistencia a empadronar a los sinpapeles. Responden: es que es legal. Pero es que hay cosas legales que no son legítimas. Lo legal puede ser mañana ilegal, y al revés. Un ejemplo que me ponía mi padre: si el gobierno decide que va a vender el Museo del Prado a un jeque árabe, probablemente pueda ser legal, porque es de su propiedad, pero sería intolerable. Haber sido elegido también se utiliza como excusa: dicen que si les faltamos al respeto faltamos al respeto a los electores. Pues no: usted, para ser democrático, debe gobernar democráticamente cada día y, si no lo hace, usted no es democrático. No se le puede derrocar porque le han elegido, pero debería usted comportarse. Berlusconi no es un gobernante democrático, como tampoco Hugo Chávez. Ser elegido es indispensable pero no suficiente. En 1960, Franco habría ganado unas elecciones de calle. El país era sociológicamente franquista, también Cataluña.
-Usted denuncia que se quieran publicar listas de delincuentes con penas cumplidas.
-Sí, de violadores, pedófilos… Esa propuesta me escandalizó. Si alguien ha cumplido una pena, ha saldado sus cuentas con la sociedad ¿qué es eso de seguirlo criminalizando? Si vuelve a delinquir, que se le vuelva a detener. ¿Por qué no los a los banqueros estafadores? Me parecen verdaderos atentados contra la libertad y la justicia. Es como que un preso sufra vejaciones en prisión: nos hemos acostumbrado a que sea violado, que se convierta en un drogadicto… Pero a nadie se le ha condenado a eso, sino a la privación de libertad y nada más. El estado debería ser responsable de la seguridad de esos individuos. Y no lo es. No ha lugar a que estemos señalando con el dedo a alguien para siempre, impidiéndole que se reinserte.
-Habla también de la censura que usted ha sufrido como opinador…
-No hay censura estatal ya, sino privada. De hecho, es anticonstitucional, podría haber denunciado a la empresa que lo hizo, pero nadie lo lleva a ese extremo. Fue un artículo sobre la iglesia y la religión que decidieron no publicar y entonces decidí que yo me iba de aquel medio.
-¿Es el único episodio?
-Hay varios ejemplos de censura comercial, que se quedan en el ámbito privado: una vez me dijeron que quitara el nombre de unos grandes almacenes en un artículo, porque se arriesgaban a perder la publicidad. Eso es frecuente. En Francia una revista me pidió un artículo sobre la moda y, al final hacía unas bromas diciendo que no recomendaba que salieran los modistos a saludar en los desfiles porque ante tales adefesios, la gente se asustaba, y citaba casos identificables, uno con una coleta y un abanico y me dijeron: “esto quítalo”. Conozco gente a la que le han pedido que rebaje el tono de un artículo sobre una exposición, porque en el patrocinio de la muestra participa la misma caja que paga la revista en buena medida. Es una cosa bastante común, bastante histérica y bastante intolerante.
-Cuando habla de que un escritor no puede saber si su editor le engaña en las liquidaciones, resuena su vieja rencilla con Jorge Herralde…
-Me temo que eso ha pasado muchas veces en la historia, y todavía sigue siendo así. Los autores no tenemos manera de saber los libros que vendemos, es muy difícil, a uno le informan de que se ha hecho una tirada determinada de ejemplares, se puede pedir el resguardo del impresor, pero se sabe que hay algunos impresores que ponen lo que les dice el editor porque, si no, pierden el volumen de trabajo procedente de dicho editor. Nunca hay una seguridad absoluta. Pero uno no puede ir por la vida con desconfianza, es un horror ir por la vida creyendo que te engañan. Pero llega el momento en que tienes la convicción de que es así, ves las cifras que no casan, no tienes pruebas para ir a un tribunal pero sí la certeza.
-Se mete también con el ayuntamiento de Barcelona…
-Soy más salvaje con el de Madrid. Lo de Barcelona no es que sea muy grave, pero esa campaña de Us parla la platja me dio un poco de vergüenza ajena, y propia, porque soy muy cercano a Barcelona, viví allí varios años, he tenido editores, mi agente literaria, y hasta mi pareja vive allí y es catalanoparlante. El ayuntamiento de Barcelona ha vivido gran consternación porque el turismo de tres al cuarto es cada vez más grosero; pero cómo no van a ir medio desnudos si el ayuntamiento hizo una reglamentación según la cual es perfectamente legal ir desnudo por la ciudad, la consecuencia es que hay dos individuos que van desnudos por Barcelona, uno va en bici con el pito tatuado. ¿Cómo se van a quejar ahora de que los turistas vayan en tanga? Si hacen ustedes leyes ridículas… Hay gente para todo, no pido que encierren al que sale desnudo, pero qué necesidad hay de hacer una ley para protegerlo? Barcelona es un poco chorras en algunas de estas cosas, de Madrid digo cosas peores, así que me va a permitir la frase.
-Para acabar, una pregunta literaria. Lo de publicar su última novela en tres entregas, a medida que las escribía, demuestra una enorme auto-confianza, ¿no? ¿Qué sucede si quiere hacer cambios en capítulos anteriores?
- Si descubría que me convenía algo diferente no podía rectificar, porque ya estaba publicado el libro anterior. Pero no ha sido tan distinto, tengo esta manera de escribir un poco rara y un poco suicida, voy improvisando en gran medida y no me permito cambiar nada de lo que he escrito con anterioridad. No hago una segunda versión de los textos. Trabajo mucho cada página pero luego va a la imprenta tal como ha quedado. Aplico el mismo principio de conocimiento a las novelas que el que rige en la vida: a los 50 dices: “ojalá me hubiera casado con esta persona, hubiera aceptado aquel trabajo…” pero te tienes que conformar, ser consecuente con lo que has hecho.
XAVI AYÉN
La Vanguardia, 27 de febrero de 2010
Salir ahora glosando algunos aspectos de la prosa de Javier Marías, o su valía como comentarista y observador de la vida cotidiana resulta ocioso porque qué voy a decir yo que no se haya dicho ya suficientes veces y casi seguro que mejor. Hay sin embargo un aspecto de ese quehacer que pone de manifiesto la presente recopilación de artículos y que merece la pena ser resaltado.
A diferencia que otros columnistas, que parecen más centrados o especializados en algunos aspectos concretos del acontecer diario, la curiosidad y el abanico de intereses de Javier Marías es tan amplio que sólo al ver juntos sus escritos de política caes en la cuenta de que no sólo le dedica una considerable atención a los hechos (he estado a punto de decir fechorías, pues al fin y al cabo lo que hacen son fechos) de nuestros políticos, sino que lo hace de la forma que más les puede soliviantar, pues dice las cosas tal cual, sin partidismos ni componendas. Y está claro que cuando se trata de juzgar la bochornosa y mezquina actuación de ETA y su entorno resulta relativamente sencillo manifestar una opinión condenatoria de los asesinatos por la espalda que cometen los valientes gudaris y de la actitud chulesca de sus partidarios celebrando cada ejecución como un triunfo que, según ellos, les pone un paso más cerca de la victoria final.
En cambio no resulta tan sencillo cuando se trata de hablar de los GAL una vez que los más directamente señalados por el dedo acusador de la vox populi ya no se sentían impunes y notaban en la nuca el aliento de quienes pretendían ajustarles las cuentas. Y lo mismo cabe decir de la larga lista de “villanos” que desfilan por los ochenta y tantos artículos aquí reunidos, y que no salen retratados desde su perfil precisamente más favorecedor y agradecido. Resulta reconfortante comprobar que según pasan las páginas, y sin necesidad de alzar la voz ni perder la compostura (”Usted no parece español”), el juicio moral se va haciendo extensivo a lo acontecido durante los últimos casi treinta años.
Al escribir esta última frase relativa al juicio moral acerca de aquellos hechos he estado a punto de añadir y “guardar memoria de ellos” pero no tendría demasiado sentido porque , a diferencia del historiador (que hace todo lo posible por contextualizar la época o el momento objeto de su estudio a fin de que el lector disponga de los datos “objetivos” que le permitirán decidir si la tesis que le está siendo expuesta es aceptable o no) el observador de lo cotidiano actúa un poco como el dibujante que sólo dispone de un papel y un lápiz para captar con unos pocos trazos aquello que haya llamado su atención en el mundo exterior. En Los villanos de la nación se reúnen “letras de política y sociedad” que empiezan en 1985 y terminan en 2009. Por lo tanto es perfectamente perceptible un fenómeno que ocurre según se lee, y que tiene que ver con la progresiva contextualización. Al principio, los temas aquí tratados pillan ya tan lejos que no es posible establecer un diálogo con el texto y llevar a cabo esa operación paralela a la lectura y que consiste en ir contrastando la opinión personal con lo que se dice por escrito hasta alcanzar, o no, un consenso. El texto sólo dice lo que dice y no hay sobreentendidos, guiños y demás metansentidos colegibles en una lectura “entre líneas”. Pero, curiosamente, el texto no se empobrece ni se hace ilegible: sencillamente, se lee. Y como suele decirse, “la verdad es la verdad, díganla Agamenón o su porquero”. En este caso, la verdad, si la hay, se defiende por sí misma y sin necesidad de que el político o el villano de turno cometan la correspondiente cafrada que corrobore lo dicho. De ello surge un ejercicio de lectura muy saludable. Según nos acercamos a la actualidad, el texto se puebla de referencias aportadas por el propio lector y ello hace más notable la diferencia con lo leído en el primer tercio del libro.
Y permítaseme una pequeña observación acerca de la edición: ni el nombre de la editorial, ni el aspecto general del libro permiten saber al lector normal y corriente que lo que tiene en las manos es un pequeño milagro producto no del azar sino del tesón, la voluntad, el oficio y la capacidad de supervivencia inherentes a todo pequeño editor que lucha en condiciones desfavorables y que celebra como un triunfo cada nuevo libro publicado, o el mero hecho de cerrar cada mes sin unas pérdidas tan inasumibles como para verse obligado a cerrar. Tampoco es que el afán de supervivencia de un pequeño editor tenga más méritos, o sea más digno de alabanza, que la pelea por llegar a fin de mes de cualquier pequeño empresario o artesano. Pero tranquiliza constatar que todavía hay gente capaz de perder el resuello por sacar a la calle un libro bien hecho, correctamente editado y del que pueden sentirse tan satisfechos el editor como el lector.
JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO
El Boomeran(g), 25 de febrero de 2010
El primer libro que leí de javier Marías fue Corazón tan blanco, y me sigue pareciendo que es ésta la puerta de entrada ideal a su obra. Lo leí en marzo de 1999; en estos once años he leído todo lo que ha escrito Marías: sus extraordinarias novelas, sus novelas menos extraordinarias, sus varios volúmenes de cuentos o artículos. E incluso he leído lo que no ha escrito, sino traducido: El espejo del mar, de Conrad, lo leí primero en la traducción de Marías que en el original. Lo que quiero decir es que Marías es uno de esos autores rarísimos: los que generan pasiones, los que no permiten las medias tintas. Uno lo colecciona o lo aborrece. Yo lo colecciono, aunque no podría defender todos sus libros. Pero tampoco puedo defender todos los libros de Vargas Llosa, por decir algo, ni de Philip Roth. Y siempre me interesarán más estos novelistas, los que se caen por la borda de tanto llevar las cosas al extremo, que los otros, los medianos que no disgustan a nadie, esos tibios de la literatura.
Pues bien, la última novela de Marías me viene muy bien para ilustrar el punto, porque no se me ocurre, dentro de la literatura contemporánea en español, un libro más radical, más extremista, que Tu rostro mañana. Todos ustedes ya conocen las características externas del libro, sus intimidantes señas particulares: son tres volúmenes de títulos herméticos que Marías publicó en 2001, 2004 y 2007; el total, por lo menos en la edición original, es de 1.608 páginas. Muchos críticos despistados siguen hablando de trilogía, pero no es una trilogía lo que tenemos aquí: es una novela en tres volúmenes, igual que En busca del tiempo perdido es una novela en siete volúmenes. Digo que es un libro extremista y radical porque —y que esto funcione a manera de advertencia— Tu rostro mañana es una especie de hipertrofia de Javier Marías: todos sus rasgos como novelista están ahí, sólo que mucho más. Y eso seduce a sus lectores de siempre, claro, pero impacienta y hasta indigna a quienes no lo son.
¿Y cuáles son esos rasgos que aparecen hipertrofiados en esta novela? Los comienzos meditativos, por ejemplo: igual que Mañana en la batalla piensa en mí y Negra espalda del tiempo, los tres volúmenes de Tu rostro mañana comienzan con esas consideraciones abstractas de los narradores de Marías, y la única diferencia es que en aquellas novelas la meditación duraba un párrafo, y en éstos dura diez páginas. Otro ejemplo: las digresiones. A Marías, lector fiel de Don Quijote y de Tristram Shandy, le ha gustado siempre interrumpir la acción para irse por una rama (que muchas veces, dicho sea de paso, acaba siendo más interesante que el tronco). En otros libros, esa digresión podía durar algunas páginas; en Tu rostro mañana hay una escena magistral en que un inglés, armado con una espada antigua, está a punto de degollar a un español en un baño para minusválidos del Londres del siglo XIX, pero basta con que el hombre levante la espada para que Marías nos tire a la cara una desviación de 70 páginas sobre las armas, el miedo y la Guerra Civil española.
En fin: se trata —como espero haber transmitido, así sea por simple entusiasmo— de una gran novela. Es excesiva, caprichosa, idiosincrásica, y no es necesariamente la que yo recomendaría para empezar a leer a Marías. Pero es una gran novela.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
El Espectador (Colombia), 25 de febrero de 2010
La editorial norteamericana New Directions ha inaugurado su exquisita colección “New Directions Pearl” con sendas obras de Federico García Lorca y Javier Marías. De este último publica la traducción al inglés del cuento Mala índole que apareció por primera vez, en 1999, en la revista Granta.
En la transcripción de la célebre y grosera frase de Esperanza Aguirre que ha trascendido gracias a un micrófono abierto que ella creía cerrado, ha habido, a mi parecer, un pequeño error. Ya saben: “Nosotros hemos tenido la inmensa suerte de poderle dar un puesto a Izquierda Unida quitándoselo al hijoputa”. Si uno oye la frase, para mí es evidente que la última palabra tendría que ir con mayúscula, es decir, “al Hijoputa”, pues sin duda se trata de un mote, de un apelativo habitual. Se está refiriendo a alguien a quien suele llamar así, y su interlocutor –su Vicepresidente– sabe perfectamente de quién le habla, está acostumbradísimo a oírle ese apodo. Si la Presidenta de Madrid se hubiera referido, como ha querido hacer creer, a alguien “circunstancial” –un tal Serrano, ex-representante del Ayuntamiento en Caja Madrid, y con quien ella no tiene trato personal–, habría dicho “a ese hijoputa” o “al hijoputa ese”; no “al Hijoputa”, que es lo que soltó verdaderamente. Por otra parte, me trae sin cuidado de quién estuviera hablando esa mujer despreciativa y soez que provoca vergüenza ajena. Allá ella con sus fobias, sus rencillas, sus traiciones y sus bestias negras.
Lo que ya no me trae tan sin cuidado es que la máxima representante de mi región sea zafia y malhablada, y más grave que la célebre frase me pareció otra, que soltó el mismo día, y que ha sido objeto de muchos menos comentarios. Se la veía paseando por las cercanías de un pueblo, Becerril de la Sierra, con un nutrido cortejo de individuos untuosos y temerosos, literalmente un séquito, como si fuera la dueña de un cortijo con sus capataces y peones. De pronto se soliviantaba y, señalando algo que quedaba fuera de plano –tal vez una construcción–, se volvía hacia el alcalde de Becerril, que iba escoltándola, y le decía en tono despótico y colérico: “¿Pero cómo has podido autorizar esa puta mierda?” Se alcanzaba a ver el azoramiento del culpable, helado por la brutalidad del reproche, y la escena terminaba. Aguirre podía haber dicho “ese adefesio” o “esa porquería”, pero no: lo que le salió de su chabacana alma fue “esa puta mierda”. Lo peor fue el tono, sin embargo: delataba a una persona irascible y propensa al trato tiránico. La escena entera parecía sacada de La escopeta nacional, de Berlanga, y no está de más recordar que en ella la acción se situaba aún en tiempos de Franco, y que esa divertidísima película retrataba con precisión un tipo de aristócrata abundantísimo en España a lo largo de su historia: terrateniente, adinerado y engreído; bruto, ignorante y tosco hasta la náusea. En manos de esa clase de individuos ha estado este país durante siglos. Por eso resultaba tan deprimente ver algo parecido en 2010, con la agravante de que la “señorita” actual fue votada por los ciudadanos (bien es cierto que tras perder unas elecciones y forzar su repetición gracias a una turbiedad nunca aclarada).
Claro que todos, o la mayoría, soltamos tacos de vez en cuando. Claro que nos hemos referido a alguien como “hijoputa” o hemos calificado algo de “puta mierda”. Pero casi todos somos particulares y no nos representamos más que a nosotros mismos. Aguirre se ha negado a hablar de su desliz, aduciendo que se trataba de “una conversación privada” y que, por lo tanto, “no contaba”. Se equivoca, como se han equivocado todos los demás dirigentes a los que ha traicionado un micrófono, desde la lumbrera José Bono tildando a Blair de “gilipollas” hasta el actual jefe de la patronal, Díaz Ferrán, llamando a la propia Aguirre “cojonuda”. Los políticos fingen y mienten de manera tan abusiva y permanente en público, que precisamente lo que ya no cuenta es lo que dicen para la galería, cuando se saben vistos, escuchados, filmados y grabados. Todo eso es falso, una patraña, una representación en el mejor de los casos. Para saber cómo son y lo que piensan de veras no nos sirven sus declaraciones ni sus intervenciones en el Parlamento. De modo que, cada vez más, lo único que cuenta es lo que dicen en privado y cuando creen estar “en confianza”. Hay más verdad acerca de la personalidad de Aguirre en esas dos frases captadas por azar que en todas sus manifestaciones ante la prensa a lo largo de los años. Éstas son, por principio, pura fachada y puro teatro, y por consiguiente falaces, un engaño, como todas las de los demás políticos una vez que ese gremio ha optado por el fingimiento perpetuo. Son esas las que no cuentan. Aquéllas, en cambio, nos revelan quién nos representa: una mujer autoritaria, irritable, desdeñosa, deslenguada y de natural ordinaria. Ya sé que hoy suelta tacos todo el mundo (bueno, sólo en España), pero, curiosa y significativamente, apenas conozco a mujeres de mi edad o mayores (y Aguirre es de mi edad) que, si han sido bien educadas y además son consideradas, recurran a ellos, sean cuales sean su clase social y sus conocimientos. También eso indica algo.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 21 de febrero de 2010
[PS para los interesados. Así ocurre a menudo: a los cuatro días de escribir mi anterior columna, dando por perdida a la bailarina de Cecil Court, ésta me llegó por mensajero. Ya no sé si es para bien o para mal, pero vuelve a estar al lado del señorín del que la había separado.]
Javier Marías no relee “nunca” sus libros y no sabe por tanto “qué tal se mantienen” sus dos novelas de mayor éxito, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, que se acaban de reeditar, pero considera “un privilegio” que sigan vivas en una época en la que “todo caduca, incluso los libros”.
“Cada vez es más ridículo pensar en la posteridad. Creer que un libro se vaya a poder seguir leyendo al cabo de diez años de su existencia parece milagroso”, dice Marías en una entrevista con Efe, que tiene lugar en su casa de Madrid y en la que reconoce que “es difícil saber por qué tuvieron un éxito inesperado” estas dos novelas, de las que se han vendido unos tres millones de ejemplares en todo el mundo.
“Yo creo que tiene algo que ver con eso de lo que ya no se habla y que tradicionalmente se ha llamado estilo. Parece una cosa demasiado vagarosa, difusa y científica pero existe, aunque cada vez se aprecie menos”, afirma Marías (Madrid, 1951), uno de los mejores escritores europeos contemporáneos, en opinión del Premio Nobel J.M.Coetzee.
Con su obra publicada en 48 países, el escritor no sabe si tiene “estilo propio o no”, pero opina que el éxito de los libros “depende en gran medida de la capacidad de persuasión de la voz que está contando, de su modulación, su música, de si es envolvente o no, aparte de que la historia interese”.
Y en el caso de sus novelas quizá dependa también de que se habla en ellas sobre asuntos que “le conciernen a todo el mundo: el secreto, el engaño, la sospecha, el hablar y el callar, la traición, la desconfianza, el matrimonio: ¿quién no ha tenido un pequeño secreto? ¿Quién no ha engañado un poco?”
Publicada en 1992 por Anagrama y recuperada luego por Alfaguara, el sello que reedita ahora estas dos novelas, Corazón tan blanco recibió el Premio de la Crítica, el Prix l’Oeil et la Lettre y el Impac de Dublín y de ella se han vendido más de dos millones de ejemplares en todo el mundo.
De esa cifra 1.300.000 corresponden a Alemania, donde esta obra se convirtió en un fenómeno editorial a raíz de que el prestigioso crítico Marcel Reich-Ranicki “se descolgara con elogios encendidos en su programa de televisión”.
Los comienzos de las novelas de Marías suelen ser magistrales y el de Corazón tan blanco lo es sin duda:
“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre”.
A partir de ahí, el lector se verá envuelto por la excelente prosa de Javier Marías y se irá enterando de las peripecias de Juan Ranz, traductor e intérprete de profesión y una de esas personas que prefiere no enterarse de ciertas cosas porque “los oídos no tienen párpados, y lo que les llega ya no se olvida”.
Al autor de la trilogía Tu rostro mañana, su último gran proyecto literario, calificado por la crítica británica como una de las primeras obras maestras del siglo XXI, no le gusta revisar sus libros antiguos cuando se van a reeditar porque “podría sentir tentaciones de cambiar algunas cosas, y eso sería hacer trampas”.
“Nunca releo mis novelas. Hay mucho que leer en la vida como para dedicarse a releerse a sí mismo”, asegura este novelista que en 2011 cumple 40 años como “escritor en activo” (su primera novela, Los dominios del lobo, es de 1971).
Pero tanto Corazón tan blanco como Mañana en la batalla piensa en mí, publicada en 1994 y galardonada con el premio Rómulo Gallego, el Fastenrath de la Real Academia Española, el Prix Femina Étranger y el Premio Mondello di Palermo, tienen ya sus años y, “dado lo rápido que envejece todo hoy día, uno nunca sabe si se han quedado anticuadas”.
Y aunque, “evidentemente, los libros perduran en función de lo que se ha escrito, es difícil conseguirlo”. “Cada vez es más ridículo pensar en la posteridad”, insiste Marías.
El escritor no cree que vuelva a acometer “un proyecto de las dimensiones de Tu rostro mañana en cuanto a extensión y ambición”, y, de hecho, la nueva novela que tiene entre manos es “deliberadamente sencilla”. Es una obra pesimista y está narrada por una mujer, algo que solo hizo en un cuento de hace tiempo. Puede que esté terminada para finales de este año.
Mientras escribe sus novelas Marías tiene a veces “una cierta sensación de culpabilidad, de decir ‘qué derecho tengo yo de meterle en la cabeza a nadie ciertos pensamientos atroces u horribles sobre cómo funciona la vida, cómo funcionan las pérdidas o el hecho de que nada termina del todo”.
Como lector, él agradece que los autores se metan en esas profundidades, pero “cada vez que uno tiene una revelación de ese tipo también pierde un poco de imaginación, de inocencia, de optimismo, y en ese sentido el escritor puede sentir un poco de culpabilidad”.
ANA MENDOZA
EFE, 20 de febrero de 2010
Le polar intelligent de Javier Marías
Quel est aujourd’hui l’écrivain européen le plus subtil, capable de signer des romans où il ne se passe presque rien mais que l’on ne parvient pas à lâcher ? Réponse : Javier Marías. Cet Espagnol est un médium, et sa plume ressemble à un sismographe qui enregistre les moindres palpitations des coeurs pour nous plonger dans un univers délicatement proustien où la perspicacité psychologique atteint d’inégalables sommets. Quant à l’oeuvre maîtresse de Marías, c’est un triptyque intitulé Ton visage demain, dont le héros -Jaime Deza, flair infaillible et oeil de lynx- ne peut s’empêcher de démasquer ses proches en sondant leurs sentiments les plus intimes.
Avec Poison et ombre et adieu, voici le troisième volet du triptyque : un nouvel exercice de télépathie où l’on retrouve Jaime Deza, l’ancien employé de la BBC qui continue à patauger dans les eaux troubles des services secrets britanniques. Cette fois, c’est dans la luxueuse maison de l’énigmatique Mr Tupra qu’il nous donne rendez-vous, pour jouer un drôle de jeu : visionner des vidéos clandestines, affreusement violentes, qui compromettent des célébrités, des brasseurs d’affaires ou des hommes politiques. Et qui serviront de pâture aux espions du MI6, la Military Intelligence. “A mesure que je regardais, un poison me pénétrait”, dira Deza, prisonnier d’une toile d’araignée dont il essayera de s’échapper en regagnant son Espagne natale, sans savoir qu’il y sera accueilli par d’autres démons…
Sur cette trame policière - un mélange de Nabokov et de Ian Fleming -, l’auteur de Littérature et fantôme (un recueil d’essais publié ce mois-ci chez Gallimard) greffe des centaines de digressions à la fois cocasses et érudites, où il ne cesse de nous bluffer en dissertant sur une paire de chaussures ou un bas filé, un morceau de hip-hop ou un passage de Tristram Shandy. A quoi s’ajoute une critique mordante d’une société où Big Brother est désormais équipé de caméras de vidéosurveillance, et où la tyrannie du voyeurisme a remplacé les anciennes formes de fascisme. Lire Marías, c’est faire provision de lucidité et c’est aussi s’allonger sur le divan du psychanalyste, au détour d’un roman qui est une hallucinante odyssée dans les arcanes de nos cerveaux.
ANDRÉ CLAVEL
Lire, fèvrier 11, 2010
Ton visage demain
Voici donc le dernier volet de cette étrange trilogie aux titres singuliers qui, pour une fois depuis longtemps chez cet angliciste espagnol traducteur de Sterne, exégète de Joyce, Faulkner, Melville et Nabokov, ne sont pas empruntés à des citations shakespeariennes. Après Fer et lance et Danse et rêve, ce Poison et ombre et adieu met un terme aux aventures de son mystérieux personnage, Jaime Deza, l’homme qui savait lire sur le visage de ses contemporains la manière dont ils vieilliraient. Comprenez par là qu’il s’agit bien d’un médium doté du pouvoir obscur et redoutable de traquer la lâcheté qui se cache sous les dehors les plus sincères, l’abjection naissante qui, un jour, fera éclater la trahison sur la face de l’autre. Une curieuse obsession étend son ombre avide sur cette œuvre. N’a-t-on pas suivi le héros de Marías dans les situations les plus extravagantes, parfois cocasses, parfois prégnantes comme un mauvais rêve, sans savoir, sans comprendre souvent où le romancier entendait nous mener, devinant même qu’il ne le savait pas lui-même? Le monde des agents secrets continue de télescoper ici celui des maîtres à penser et des gourous en divination sans que le lecteur s’y retrouve toujours, s’il n’est pas comblé par l’atmosphère brumeuse d’un récit protéiforme conçu pour l’envoûtement. En bref, on marche ou on ne marche pas… Javier Marías, même s’il voue un culte à Flaubert, n’est pas un auteur qui se rature. Il poursuit sa baleine blanche en poète de l’imaginaire, quête souvent brisée, jamais abandonnée. Pour compliquée que soit sa démarche, elle n’est pourtant pas incompréhensible. On la saisit mieux en observant que cette trilogie est dédiée à son père, Julian Marías, un des grands esprits espagnols du siècle, disparu en 1995 et victime lors de la guerre civile de la pire trahison de la part d’un ami. Une émotion surgit alors et nous fournit la clé manquante. La littérature offre de beaux détours pour évacuer les souffrances du non-dit.
PHILIPPE NOURRY
Valeurs, février 17, 2010
Littérature et fantôme en Le Matricule des Anges. Février 2010
Ton visage demain 3. Poison et ombre et adieu en La Gazette. Février 17, 2010
No suelo hablar aquí de las cartas de los lectores, menos aún rebatirlas. Uno escribe lo que escribe, la gente reacciona como le parece y uno se alegra cuando su texto es bien recibido y se aguanta cuando no o directamente cae como un tiro. Así son las cosas, es parte del juego. Sin embargo, me ronda ahora la sensación de tener un par de cuentas pendientes. En los siete años que llevo ocupando esta página nunca había sucedido que, durante tres domingos seguidos, aparecieran cartas –nada menos que nueve hasta hoy, e ignoro si la avalancha ha cesado– sobre la misma columna, y además todas airadas o negativas. Lo más gracioso es que el asunto de la pieza en cuestión –“Los exterminadores de toros”– ni me iba ni me venía mucho, al no ser yo aficionado a las corridas, como advertía, y abstenerme de utilizar argumentos más o menos patrióticos y manidos que, como también decía literalmente, “me causan alergia”. Recuerdo haber leído hace no mucho, en este mismo diario, defensas de la lidia algo más convencidas, a cargo de Vargas Llosa y Gómez Pin, por ejemplo, que apenas suscitaron animadversión o rechazo. Mi artículo no era ni siquiera una defensa –o, si lo era, resultaba tibia y desapasionada–, así que sólo me cabe pensar que lo que ha molestado no han sido mis razonamientos, compartidos por otros columnistas, cuanto que llamara “exterminadores” a los antitaurinos prohibicionistas. Si los taurinos son torturadores de animales, escribía, los antitaurinos prefieren que se extinga el toro bravo, y añadía que, dentro de todo, me quedaba con los primeros, que por lo menos permitían la perpetuación de la raza y le daban a cada ejemplar cuatro años de buena vida antes de su muerte en la plaza. Me quedaba con el “ser para la muerte” antes que con la “nada”, por recurrir a una parodia heideggeriana. Tanto Vargas Llosa como Gómez Pin habían venido a sostener algo parecido, y ninguna furia se desató contra ellos. Así pues, me temo que hay antitaurinos a los que no les importa tanto la suerte de los animales como mostrar sus propias virtud y “humanidad”, y que lo que no soportan es, por tanto, que se tilde su actitud de involuntariamente “exterminadora” o “extinguidora” de una especie, al dejar eso malparadas dichas virtud y “humanidad”, lo que de verdad les atañe.
La otra cuenta pendiente es más bien una explicación. Hace unos meses publiqué otro artículo –“Cuento de Cecil Court”– que también trajo unas cuantas cartas, todas ingeniosas y simpáticas. En él contaba que en ese callejón londinense había comprado la estatuilla de un señorín presumido que me había hecho gracia y que, con el consentimiento del dueño de la tienda, la había separado de su pareja, una bailarina con tutú, que me gustaba mucho menos; y cómo, una vez en Madrid, había incurrido en el infantilismo de pensar que las dos figuras habrían estado siempre juntas y que quizá se iban a “echar de menos”. Confesaba que había llamado al señor Mark Sullivan y le había pedido que me enviara la bailarina abandonada. Y concluía así: “Espero que no me la extravíe el correo. A estas alturas, tras tanta puerilidad, la verdad es que no me lo perdonaría”. Como no pocos lectores se interesaron por el resultado de esta gestión y desearon saber si las dos estatuillas al final se reunieron, me siento en la obligación de comunicarles que no ha sido así, y que lo que yo temía ha sucedido, según Mr Sullivan. Al cabo de unas semanas, en vista del retraso, lo llamé de nuevo. No estaba y hablé con un empleado que no tenía mucha idea del asunto. Volví a intentarlo, y entonces me dijo el señor Sullivan que el paquete enviado le había sido devuelto. Las señas estaban bien, era extraño. De paso me dio las gracias por el artículo en que mencionaba su tienda de antigüedades, alguien se lo habría contado. No sé por qué, tuve la sensación de que esa bailarina no había viajado hasta Madrid, y de que Mr Sullivan la había olvidado. Pero en fin, renové mi encargo y, eso sí, le recomendé que, si preveía que el envío no iba a llegarme antes de la Nochebuena, lo postpusiera hasta el 8 de enero, pues yo iba a estar fuera de Madrid dos semanas, para evitar un segundo “desencuentro”.
Ha terminado el mes y mi señorín sigue aquí solo, con su bigotito, su bastoncillo y su chistera plegada en la mano. Podría llamar por cuarta vez al señor Sullivan, pero quizá sería en vano, y empiezo a pensar si esas dos figuras no estarían abocadas a separarse. Tal vez, como apuntaba una de las simpáticas cartas de los lectores, estaban ya hartas de soportarse y de formar pareja. Acaso respiraron aliviadas y alegres al perderse de vista por mi intervención y mi compra de la que me divertía, y se hubieran llevado las manos a la cabeza con desesperación de haberse encontrado de nuevo, a muchas millas de su lugar de origen, en el salón de mi casa madrileña. “Viajar hasta el continente”, habrían pensado una y otra, “para acabar otra vez en compañía de este pelma, de esta pesada. Maldita sea”. Así que ya no sé si debo forzar el destino. Por mí no quedó, traté de juntarlas tras haberlas distanciado. Quizá Mr Sullivan las tuviera en sus repisas durante años y sepa más de ellas que yo, y por eso haya decidido que están mejor por su cuenta, cada una a su aire.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 14 de febrero de 2010
PS para los interesados. Así ocurre a menudo: a los cuatro días de escribir [esta columna], dando por perdida a la bailarina de Cecil Court, ésta me llegó por mensajero. Ya no sé si es para bien o para mal, pero vuelve a estar al lado del señorín del que la había separado.
La cruzada antitabaco de Zapatero y su Ministra de Sanidad, Jiménez, está adquiriendo tintes tan demagógicos que, antes de tarifar con ellos a todos los efectos, he intentado darles la razón, a ver qué pasaba. En lo relativo a la inminente prohibición de fumar en todos los lugares públicos cerrados, no lo consigo. ¿Por qué en todos? ¿Es que los no fumadores piensan frecuentar todos y cada uno de las decenas de millares de bares y restaurantes desperdigados por España? Los fumadores ya sólo aspiramos a que en algunos locales se nos permita echarnos un pitillo mientras tomamos una caña o justo después de almorzar o cenar. ¿Por qué no puede haber unos cuantos sitios así, llámense clubs de fumadores o como se quiera? ¿Por qué, entre los muchísimos que prefieren que se fume en ellos –no me cansaré de repetir que esa ha sido la causa de la nueva ley que se avecina: que los propietarios han hecho uso de la libertad que se les concedió contrariamente a los deseos del Gobierno, en vista de lo cual éste se la retira, vaya libertad condicionada–, no se efectúa un sorteo y se consiente que cierto porcentaje admita el humo en sus dependencias? Los no fumadores no entrarían en ellos, como otros no entramos en casinos, puticlubs o sex-shops, eso sería todo. En cuanto a los camareros –también podrían ser autoservicios, y no haberlos–, tendrían que ser asimismo fumadores voluntarios, no se verían obligados a respirar una atmósfera indeseada.
Este ejercicio de comprensión que intento no lo están llevando a cabo muchos más fumadores. Conozco a no pocos que han prometido no volver a pisar un bar ni un restaurante una vez que la intolerante nueva ley entre en vigor. Así que es natural que el gremio de hostelería esté preocupado. Este diario se ha alineado con Zapatero y Jiménez hasta el punto de publicar un reportaje con el titular “Sin humo no se hunde el bar” y el subtitular “Los hosteleros vaticinan un desastre por la prohibición de fumar, pero la experiencia en otros países lo desmiente”, en el que sin embargo, al leer la información, ésta desmentía rotundamente dichos titulares, que se convertían en incomprensibles: resulta que en Irlanda hay un 25% menos pubs de los existentes antes de la prohibición; en el Reino Unido caen 52 a la semana, en el plazo de un año cerraron 2.377 y se redujeron 24.000 empleos; en Italia, un 12% de los establecimientos acusó pérdidas “significativas”; y en Francia la gente se ha refugiado en las terrazas, convirtiendo el “problema del humo” en el “problema del vocerío” desesperante para los vecinos, que es lo que sucederá en España, dados el buen tiempo reinante y los pingües beneficios que sacan los Ayuntamientos de la proliferación de mesas en las calles. Otro extraño titular de El País afirmaba que los partidarios de la prohibición total eran “clara mayoría”. Luego, la noticia revelaba que se trataba de una mayoría pelada del 52%, frente a un 44% que se oponía, si mal no recuerdo. Un 44% es mucha gente, como para cercenar su libertad completamente. Unos veinte millones de personas, con las cuales, yo creo, debería llegarse a algún tipo de entendimiento.
En lo que sí he logrado darles la razón a los tramposos Zapatero y Jiménez es en su última medida de adornar con pavorosas fotos los paquetes de cigarrillos: pulmones destrozados, dentaduras roídas, fetos, jeringuillas, gatillazos y demás males que pueden sobrevenir a los fumadores. Aunque eso no hará sino disparar la venta de pitilleras (yo las uso desde hace años), me parece bien, siempre que se haga lo mismo con todos los demás productos que pueden dañar nuestra salud o matarnos. Exijo, por tanto, que las botellas de vino, whisky y ginebra lleven fotos de repulsivos borrachos, de hígados con cirrosis y de las ratas y arañas que se aparecen a quienes sufren de delirium tremens. Quiero que en las carreteras, y sobre las portezuelas de los coches, haya, bien visibles, imágenes de muertos aplastados por la chatarra, tetrapléjicos en sillas de ruedas, motoristas decapitados, peatones atropellados, cueros cabelludos arrancados y brazos y piernas amputados. Que presidan las playas grandes fotos de ahogados, de miembros hinchados por las picaduras de las medusas y de afectados por cánceres de piel. Reclamo que los costados de los aviones exhiban imágenes de catástrofes aéreas, con cuerpos desmembrados, terroristas con bombas y momentáneos supervivientes chapoteando en un mar helado, y otro tanto los de los trenes, ilustrados por desastres ferroviarios y por las consecuencias del 11-M. Pido que en las fachadas de los Ayuntamientos se vean fotos de paisajes destruidos por la especulación inmobiliaria, y de gente sorda por culpa del ruido de sus infinitas y arbitrarias obras. Porque todas esas desgracias pueden acaecerle a quien bebe alcohol, o monta en coche o en moto o es un mero transeúnte, o a quien vuela o viaja en tren, o a quien se baña en el mar, o a quien está expuesto a los abusos del Ayuntamiento de turno. Sería un mundo alentador y alegre, lleno de estampas que nos describieran gráficamente los peligros y horrores que se ciernen sobre nosotros constantemente. Es posible que la economía se fuera al traste, pero qué se le va a hacer. Al fin y al cabo, ¿no son los Gobiernos los que sacan mayor provecho del consumo de tabaco? Si nos ponen fotos espantosas en las cajetillas, que las pongan también en todo el resto, incluyendo las de obesos inmovilizados en muchos productos alimenticios. Si no lo hacen, quedarán como hipócritas, además de como fanáticos y supresores de las libertades.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 7 de febrero de 2010

Quienes piensan que Javier Marías es un señor que vive en una especie de limbo oxionense harían bien en echar un ojo a estos artículos. Marías se moja y el chorreo es de órdago
Existe la costumbre. en parte saludable. de lamentar lo poco que se mojan nuestros intelectuales. Los políticos. en connivencia con los constructores. convierten España en una urbanización; los ejecutivos de los bancos hacen su trabajo mal y se les repone el dinero del bolsillo de todos los españoles para que sigan adjudicándose unos sueldazos impresionantes… y nadie dice nada. ¿Nadie? Esta recopilación de artículos de política y sociedad de Javier Marías nos indica que sí hay quien predica. aunque sea en el desierto de un país que ya en sus propósitos de año nuevo se divide claramente entre los campechanos (Belén Esteban) y los exquisitos (Anne Igartiburu). Pero hay otro bando, aunque se les lee poco, se les oye menos y se los ve nada. Y Javier Marías anda ahí, haciendo la guerra con sus crónicas cargadas de razones y humor de todos los calibres, incluidos el sarcasmo más ácido y, cuando hasta éste se queda corto, la mala leche. Que a veces es la buena.
Contra alcaldes y constructores
Lo que distingue a Marías de ciertos opinadores especialistas en meter el dedo en el ojo ajeno es que no está ni en una trinchera ni en otra y le da leña por igual a los de todas las siglas: “Lo que el PP no comprende es que hay muchos ciudadanos, no especialmente partidistas, que no volverán a votar mientras estén a su frente los mismos que decidieron y aplaudieron el inicio de la escabechina [refiriéndose a la guerra de Irak]. De la misma manera que muchos no estuvieron dispuestos a votar al PSOE mientras a su frente siguieran los mismos que habían amparado los crímenes del GAL, o que algunos no lo han estado (ay, no los bastantes) a votar al PNV tras su pacto de Lizarra con ETA”. Le canta las cuarenta a Aznar (con ocho argumentos aplastantes, irrevocables) y dice de la presidenta de Madrid, por el asunto de la reforma del Paseo de Recoletos, que es una arboricida. Toca todo tipo de temas y en todos toma partido y saca a relucir su ya célebre impertinencia puesta al servicio de la reflexión. Son demoledores artículos como “Pánico y explotación”, donde describe de manera precisa cómo la aparente riqueza nos estaba haciendo (ya en 1998, todavía seducidos por el yuppismo) renunciar a años de conquistas laborales y cómo, a cambio de costeamos los quince días de vacaciones en el Caribe, se estaba renunciando a vivir dignamente el resto del año. Real como la vida misma (en España).
Pero los villanos de la nación que dan título al libro son unos muy concretos: “Cada vez que oigo o leo las palabras ‘constructor inmobiliario’ y ‘alcalde’, y en menor medida ‘empresario de obras públicas’ y ‘consejero o responsable autonómico’, me llevo la mano al bolsillo con dos fines simultáneos: uno, comprobar que no me falte nada; el otro, no correr peligro de estrechársela, por un acto de educación reflejo, a quienes siento que me la mancharían”. Ahora estos comentarios son habituales, pero lo interesante es que esto lo publicó Marías en 2006, cuando los empresarios de la construcción eran unos héroes nacionales que nos habían hecho tan ricos que hasta Zapatero pedía a gritos una silla en la reunión del G-8. Así que, quienes quieran disfrutar empaquetadas y sin interrupciones sus disquisiciones como columnista afilado y polemista fajador, aquí tienen un banquete de lo más sabroso.
ANTONIO G. ITURBE
Qué Leer, febrero de 2010








