Para decirlo sin rodeos ni circunloquios, esta antología titulada Cuentos de las orillas del Rin es una de esas joyas que de vez en cuando los editores (en este caso Javier Marías, desde la animosa editorial Reino de Redonda) encuentran por ahí olvidadas, las pulen (por ejemplo mediante una excelente traducción, en este caso a cargo de Mercedes López-Ballesteros) y las mandan a las librerías como si tal cosa. Y puesto que cada año se editan montañas de libros sin que sea posible atribuirles una D.O. que alerte con certeza al lector de lo que tiene en las manos, voy a dar unos cuantos datos con la esperanza de que sirvan de alerta.
Y para empezar, los nombres, pues hay escritores cuyo nombre confunde a los no iniciados, razón por la cual la mitad de quienes entran a curiosear en las librerías sale convencida de que Evelyn Waugh es una mujer. En otros casos la información errónea viene de los apellidos, y son incontables quienes creen estar seguros de que Erckmann-Chatrian es como una versión alsaciana de nuestro Ortega y Gasset. Y cuánto se equivocan, porque Émile Erckmann y Alexander Chatrian fueron una de esas parejas de baile que mientras están juntas alcanzan cotas que jamás hubieran alcanzado por separado pero que, ay, acaban inevitablemente por separarse, casi siempre para acabar diluidos en el anonimato. Erckman y Chatrian se conocieron cuando tenían 25 y 21 años respectivamente y aunque eran de carácter y gustos muy diferentes, casi de inmediato iniciaron una curiosa forma de colaboración. Al principio, Erckman era el productor y Chatrian el conseguidor, y mientras Erckmann andaba por ahí escribiendo (aseguraba que quien ha nacido en los Vosgos no tiene ninguna necesidad de viajar, y menos aun de vivir, sobre todo, en París), Chatrian se estuvo peleando con los editores parisinos hasta que, en 1859, logró que El Constitucional publicase Hugo y el lobo en forma de folletón. El éxito de esa primera aparición pública les animó a estrechar y perfeccionar su técnica de colaboración, y quien lea la presente antología, al llegar al cuento titulado “El canto del vino” podrá hacerse una idea bastante exacta de qué consumían esos dos, y en qué desorbitadas cantidades, mientras se inventaban al alimón los argumentos de sus obras. Otro aspecto curioso de su fructífera colaboración era que, una vez pergeñado el argumento, si les parecía que la mejor manera de desarrollarlo era la narración se encargaba de ello Émile Erckmann, mientras que si pensaban que quedaría mejor sobre un escenario era Alexander Chatrian quien entraba en escena. Y también en ese terreno lograron buenos éxitos, hasta el extremo de que en alguna enciclopedia anglosajona que he consultado, después de dar noticia de ellos termina diciendo:”Pero en Inglaterra se les conoce sobre todo por su pieza teatral El judío polaco“, de lo cual cabe deducir que allí se les valora más como autores teatrales que como narradores. Y no deja de ser chocante porque, casi un siglo y medio después de haber sido escritas, sus narraciones son geniales.
Les gusta mucho crear atmósferas de misterio, invocar a los espíritus y recrearse en secuencias surreales (las más de las veces surrealistas) todo ello atravesado por una veta de humor que en el caso del cuento “Mi ilustre amigo Selsam” se resuelve en una serie continua de carcajadas porque la transmutación de unos sesudos representantes de las fuerzas vivas locales en una descerebrada banda de músicos asesinos es de una comicidad insuperable. Pero lo mejor, su mejor baza, es el entusiasmo, y sospecho que aquí el mérito hay que atribuírselo a Erckmann por ser quien de verdad narraba. Da lo mismo que se trate del clásico cuento del miserable que sueña insistentemente con un castillo en el que encontrará un fabuloso tesoro y de paso, y nunca mejor dicho, a la mujer de sus sueños; o si el momento cumbre de la narración es cuando un pobre hombre se ve obligado a retar a un duelo de resistencia bebiendo a un gigantesco tabernero que jamás ha perdido un duelo así; o si se trata del clásico cuervo que encarna el mal o del profesor de metafísica que va demasiado lejos en su búsqueda más allá del mundo material y físico: cada uno de esos argumentos está relatado como si en realidad fuese la primera narración del mundo, la primigenia, la que no sigue modelos ni teme caer en pecado de plagio porque, justamente, nunca antes había sido narrada. Y como suele ocurrir con el entusiasmo, éste se va transmitiendo, incrementado, de cuento en cuento hasta llegar al del canto del vino, que cierra el volumen. Dudo mucho que nadie pueda acabar ese cuento sin sentir la necesidad de ir corriendo a la cocina para descorchar una botella y echar un trago larguísimo a la salud de todos aquellos cuyos huesos han reverdecido y brotan en cepas nudosas de viñedo, y cuya sangre hierve en gotas bermejas en los racimos maduros y se derrama en el lagar en límpidas oleadas. A vuestra salud, Erckmann-Chatrian. Y muchas gracias.
JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO
El Boomeran(g), 21 de enero de 2010

