Lo más chocante de estos cuentos es que son cuentos fronterizos, pero en un sentido muy peculiar. Sus autores. Erckmann y Chatrian, son nativos de la Lorena, región francesa que linda con Alemania, como Alsacia y su capital Estrasburgo. En suma, un día son franceses y al otro son alemanes, según las tornas de la historia. En cierto modo, estos cuentos son cuentos tardorománticos de un Rin afrancesado. A veces, tiene uno la impresión de leer a Hoffmann, sobre todo sus cuentos musicales, y otras veces parecen cuadros pompier de Meissonier, cuentos tabernarios con el dios Gambrinus como Baco germánico. Esta mezcla o cúmulo de sugerencias dota a estos cuentos de un aroma que creíamos esfumado del mundo. La traducción evoca las Sonatas modernistas de Valle-Inclán, como si los ocho cuentos fuesen ocho sonatas del Rin. La traducción de Mercedes López-Ballesteros resulta. ejemplar con un regusto léxico del idioma, una especie de desparpajo preciosista, si tal cosa es posible, “Añejos vinos cautivos bajo los cercos de hierro o de caña” (pag. 217). Pocas veces leemos una escritura digamos tan becqueriana. Acaso el mejor cuento es “Hans el cabalista”, con una atmósfera espeluznante de París. Un París a orillas del Ganges con monstruos dignos de Stevenson. “La ladrona de niños” es el prototipo del cuento de terror romántico. Me pregunto si Andrés Neuman, autor de El viajero del siglo, quizá la mejor novela del 2009, fue un atento lector de estos cuentos. Su novela guarda una gran afinidad con su atmósfera de pavorosos burgos germanos.
CÉSAR PÉREZ GRACIA
Heraldo de Aragón, 14 de enero de 2010
