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28th Noviembre
2009
written by zonafantasma

En la primera de sus Prosas apátridas (1975) Julio Ramón Ribeyro se hacía, verdaderamente angustiado, una pregunta parecida a la que había obsesionado a Cyril Connolly en Enemies of Promise (1938): “¿Qué cosas hay que poner en una obra literaria para durar?”. El autor británico había escrito su influyente ensayo para dilucidar -en una época en la que la producción editorial era muy inferior a la actual- cómo escribir un libro que durara diez años. No es demasiado tiempo. Y, sin embargo, ¿quién se acuerda de la inmensa mayoría de las novelas publicadas en español -aquí y allá- en la última década? En 2007, con motivo del IV Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Medellín y Cartagena de Indias (el cónclave académico que elevó al trono de Cervantes -con una puesta en escena digna de Busby Berkeley- a García Márquez como dios vivo del Olimpo literario hispánico), la revista colombiana Semana publicó una interesante lista de las “100 mejores novelas de la lengua española de los últimos 25 años”. Releída ahora, la nómina, construida a partir de los votos de “81 escritores, editores, periodistas y críticos literarios”, adolece de la obsolescencia inevitable de todo periodismo. Las cinco primeras novelas eran latinoamericanas (1ª: El amor en los tiempos del cólera, de GGM; 2ª: La fiesta del Chivo, de MVLL; 3ª: Los detectives salvajes, de Bolaño; 4ª: 2666, de Bolaño; 5ª: Noticias del Imperio, de Fernando del Paso), y la sexta era Corazón tan blanco, de Javier Marías. Ignoro cuáles de esas 100 novelas aguantarían hoy en una segunda edición puesta al día (y a la moda, y a los pasajeros entusiasmos) de ese catálogo. Quizás Bolaño (del que se siguen publicando “sobras completas”) se estabilizara en los primeros lugares con sólo una de sus novelas más extensas.Y tal vez Corazón tan blanco se vería superada por Tu rostro mañana, alabada por The Guardian como “quizás la primera auténtica obra maestra literaria del siglo XXI”. En todo caso, algunas de las que entonces se citaban han soportado con dignidad la prueba de la década, y en estos tres años se han publicado otras (por ejemplo, La noche de los tiempos, de Muñoz Molina) que hoy entrarían en una lista renovada. Lo que sí parece haberse extendido es la convicción de que la literatura hispanoamericana es un único territorio por el que todos transitamos. Eso también tiene su reflejo en algunas (buenas) editoriales españolas, en las que casi la mitad de los títulos de ficción en castellano publicados en los últimos años corresponden a autores nacidos al lado de allá. América -”la bella nadadora entre dos océanos suntuosos”, la llamó Huidobro con imaginería hollywoodiana- está ahora mucho más cerca. Y quizás, en las orillas de esos mares lejanos, y gracias a la literatura que compartimos, ya no tenga sentido la pregunta, sorprendentemente unamuniana, que se hacía Paz en 1965: “¿Recobraremos un día nuestra parte perdida, el gran fragmento de nuestro ser que se llama España?”.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 28 de noviembre de 2009

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