Archive for Noviembre 15th, 2009

15th Noviembre
2009
written by zonafantasma

Causa sonrojo insistir en las cosas que a uno le parecen evidentes y que hasta hace poco se lo parecían a la mayor parte de la población. Pero vivimos en una época y en un país tan irrazonables que ya nada se puede dar por sentado, ni siquiera la capacidad para asociar las causas con los efectos, o las imbecilidades con sus consecuencias. Es como si hubiéramos perdido –hablo en términos generales– esa facultad fundamental, y con ella la de prever lo que las iniciativas o decisiones o prácticas necias pueden traer consigo. En las últimas semanas he hablado aquí de algunas de ellas: casi nadie asocia la penalización del cachete ocasional a los niños y adolescentes con el vandalismo creciente de muchos de ellos, que son los que al final acaban abofeteando o palizando a sus padres; casi nadie ha asociado el fracaso de la candidatura olímpica de Madrid con el demencial estado de la ciudad, el sistemático destrozo de sus zonas mejores y la imposibilidad de llevar en ella una vida seminormal; los internautas que pronto leerán gratis libros (y que ya oyen canciones y ven películas) se han indignado porque me limité a anunciar que, gracias a sus hábitos que ya nadie va a cambiar (ni yo lo pretendo), llegará un día en que los creadores dejemos de hacer música, cine y literatura, ya que –por lo menos los escritores– sólo ganamos dinero por los ejemplares que vendemos: nadie nos paga una cantidad fija e inamovible por nuestro trabajo, y los anticipos que percibimos son eso, anticipos a cuenta de nuestras previsibles e inseguras ventas.

Pero hay muchas otras cosas que extrañamente no se asocian. En Barcelona hubo consternación el pasado verano porque cada vez más gente se paseaba por sus calles, y aun entraba en establecimientos de todo tipo, con el torso descubierto, lógicamente sudoroso y probablemente apestoso; luego se armó un escándalo al reproducir este diario fotografías de sexo en pleno centro, en los tradicionales barrios de prostitución. Yo no sé por qué los barceloneses se sorprendieron, ni de lo uno ni de lo otro, si en su ciudad está expresamente autorizado el nudismo por decisión municipal. “La gente tiene derecho a ir desnuda por donde le plazca”, sentenció el Ayuntamiento en su ridículo afán por ser “moderno”, “tolerante”, “abierto”, “sensible” y “respetuoso con los deseos de todos”. El resultado inmediato fue que hay un par de individuos que van siempre en bolas y con los que los habitantes están resignadamente familiarizados (uno de ellos, al parecer, suele ir en bici y lleva el pito tatuado, para mayor distinción). El resultado mediato es que, si está permitido circular en cueros, ¿cómo se les van a poner trabas a los que “sólo” llevan el torso o el culo al aire o simplemente se sacan el susodicho pito para que una profesional se lo lleve a la boca junto a la Boquería? ¿A qué viene ahora tanta protesta, si a la ciudadanía le pareció de perlas –no hubo quejas, que yo recuerde– la supertolerante iniciativa imbécil del Ayuntamiento?

Durante muchos años, sobre todo desde que el Gobierno de Aznar decidió que todo el suelo español fuera edificable, los constructores y los Ayuntamientos y las Comunidades han destruido el paisaje, sobre todo el de las costas, arrasadas por monstruosas moles de ladrillo y cemento y convertidas en lugares incómodos y feísimos. Eso ha propiciado que allí ya sólo acudan los turistas más zafios y que menos gastan, los que se conforman con dos o tres noches –ciegas– de cerveza, chiringuito y prostitución callejera, todo en un paquete que les cuesta cuatro perras; y que, paralelamente, se haya ahuyentado a cualquier visitante con un mínimo de exigencia y con gusto por el dispendio. Hasta agosto, la entrada de turistas había caído un 10% este año respecto al anterior, y en los meses que restan se prevé un descenso aún mayor. Nuestros gobernantes intentan achacarlo a la crisis, porque son los primeros interesados en que no se asocien sus políticas imbéciles con sus consecuencias, pero unas y otras están estrechamente vinculadas.

Otro tanto sucede con el llamado Plan E del Gobierno de Zapatero, que consistió, entre otras medidas, en soltarles a los Ayuntamientos –endeudados hasta el peluquín– un montón de millones para que acometieran obras absurdas e innecesarias (para que se las inventasen, en suma), a fin de frenar momentáneamente el paro en las empresas de obras públicas y en las constructoras. A gastar en lo superfluo se lo llama tirar el dinero, y además ha sido a costa de que el conjunto de la población padezca sin motivo y no pueda trabajar ni descansar en sus desventradas y martilleadas localidades. Las consecuencias de esta imbecilidad están a la vista: a punto de acabarse la inyección artificial, tendremos ahora de golpe todos los parados que se intentó “aplazar”, y, a cambio, la productividad general del país se ha resentido, con la gente torturada y fuera de quicio, imposibilitada para moverse y desplazarse por sus ciudades y para rendir en sus tareas.

La mayor imbecilidad, con todo, es la que nos aqueja últimamente a la mayoría: no saber asociar causas y efectos, lo cual, se dan cuenta, equivale a no saber sumar dos y dos. No hace falta explicar cuál será la consecuencia de tamaña ignorancia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de noviembre de 2009

15th Noviembre
2009
written by zonafantasma

This is the final, and the most powerful, part of Javier Marías’s monumental trilogy, Your Face Tomorrow. Together the three volumes constitute one of the great novels in modern European literature.

Antony Beevor. Duke of Stalingrado

Antony Beevor. Duke of Stalingrado

The protagonist, Jacques Deza, is an Anglophile Spaniard working for a secret department in London closely connected to British intelligence. With its practise of the ‘black arts’, it appears to be a descendant of the Political Warfare Executive formed during the Second World War. Jacques, sometimes known as Jacobo or Jaime, is part of a small hand-picked team based in ‘a building without a name’. Their task is to concentrate on the faces and body language of selected subjects, and by thus deciphering their characters, attempt to predict their actions in the future. Yet, like technological arrogance, belief in their skills can be dangerously counterproductive.

Their sinister boss, Bertram Tupra, has other weapons which he shows to Jacques one night. They consist largely of DVDs with secretly filmed footage of important or potentially useful people indulging in adultery, bizarre sexual practices, murder and torture. It is not clear whether such blackmailable material is there to be used for the interests of the state or for commercial exploitation: security has become a grey area.

Violence and power over others is the ‘Poison’ of the novel’s subtitle. Soon its seeps into the second part of the book, ‘Shadow’. Jacques, on his return to Madrid for a holiday, is alarmed to find that Luisa, the wife from whom he is separated, has been beaten up by her new lover. He decides to adopt tactics to protect her and their children which he would never have imagined or countenanced before.

Twisting like the double-helix of DNA, shame and guilt, power and impotence, treachery and loyalty, domination and humiliation, love and hate, the past and the present all revolve in this extraordinary and unashamed novel of ideas. It is quite unlike any work of literature produced in this country.

Marías has sometimes been described as a modern Proust. This is because his prose possesses an exquisite, almost uncanny observation, recreating moments and moods in hypnotic depth. But Marías goes even further than Proust in demonstrating the lack of social certainty in a world where everyone holds their cards close to their chests. The sex that Jacques has with a colleague is consciously made deniable to themselves as well as to others. And the logic of the state itself is maintained, with the official sophistry that it is right to sacrifice one individual on the grounds that many more lives will be spared as a result.

Marías’s characters are so convincing that there is a temptation to search it feverishly as if it were a roman-à-clef. With several familiar individuals resurfacing from previous novels, and with loose parallels to his own life in Oxford, it is too easy to see Deza as Marías’s alter ego. Also, his own father’s appearance, with echoes of the way he was betrayed and nearly executed after the Spanish Civil War, and the role of Sir Peter Russell, or Wheeler, as a former Oxford intelligence player, may mislead some readers into underestimating the sheer inventiveness and imagination of the author.

Marías’s fascination with language, and his use of both popular and obscure phrases, cannot have made this an easy book for his translator, Margaret Jull Costa, yet she makes her miraculously faithful version read like the work of a totally bilingual writer. This important book is a triumph, both in the original and in this translation.

ANTONY BEEVOR

Telegraph
, 8 November 2009