Archive for Abril, 2009
Javier Marías (Madrid, 1951), figura sobresaliente de la literatura española contemporánea, comparte su amor a las letras con su afición al Madrid: ya piensa en el clásico.
¿Cuáles son sus primeros recuerdos del fútbol?
Me aficioné con siete años. Era la época de Di Stéfano, Puskas, Gento, Kopa y Rial. Recuerdo bien la primera colección de cromos que hice, que se llamaba Los Cabezudos, de colores muy vivos, que me vi obligado a recomprar en una subasta de Internet hace poco tiempo.
¿Por qué del Real Madrid?
Siendo del barrio de Chamberí y con aquel gran Real lo tuve fácil. Mis padres jamás vieron un partido de fútbol. Supongo que me influyó tener un tío madridista. Incluso en el colegio la mayoría de los niños éramos del Madrid. Sólo un par de ellos, colchoneros, tenían que aguantar las faenas y burlas típicas de esas edades. Decía Vázquez Montalbán que así como uno cambia a lo largo de la vida de ideas políticas, religiosas, de mujer y de gustos, es muy raro que alguien cambie de equipo.
¿Recuerda la primera vez que fue al Bernabéu?
Me temo que sí: fue una derrota, una final de Copa ante el Atlético. Empezó marcando Puskas un gol olímpico y acabamos perdiendo 1-3. No salí muy contento.
¿Su jugador favorito?
Quien ha visto jugar a Di Stéfano, como yo, dirá que es el mejor de la historia. Pero yo soy zurdo y de niño corría muy rápido, así que me tocaba jugar de extremo izquierdo y siempre intentaba imitar a Gento. Ha sido el mejor extremo zurdo que ha habido. El escritor Juan García Hortelano, muy colchonero y antimadridista, decía que detectaba si alguien sabía de fútbol preguntándole cuál había sido el mejor extremo izquierdo de la historia: “Si no dice Gento, es que no sabe”. ¡Y era colchonero, en una época en la que el Atlético tenía a Collar!
Usted es muy contrario al mito del Madrid franquista.
Gente como Haro Tecglen, que lo ha vivido, decía que no es que el Madrid fuera de izquierdas, pero que justo después de la guerra la gente republicana prefería al Madrid antes que al Atlético, un equipo de la aviación franquista cuyos jugadores tenían prebendas como ahorrarse el servicio militar. Luego, el franquismo se aprovechó de los años de las Copas de Europa. ¡A ver quién le decía a Franco que no fuera al palco! El Madrid ha tenido jugadores claramente de izquierdas como Breitner, Miguel Ángel, Valdano… o antes de ellos Pahíño.
El fútbol tiene héroes y villanos, ¿y algo de novelesco?
Tiene un elemento de representación que lo asemeja al teatro. Hay 22 actores y cada partido contiene un drama. Ahora, en la era de la televisión, igual que uno recuerda los andares de actores como Henry Fonda, John Wayne o Gary Cooper, también reconoce a algunos jugadores por su manera de andar.
¿Cómo afronta el clásico?
Desconcertado. Siendo sincero, la diferencia de juego entre el Barça y el Madrid es abismal. El Madrid, en conjunto, no me ha gustado nada. Tiene jugadores que me irritan, como Sneijder, o Drenthe, por supuesto.
¿Sneijder?
Es una nulidad. El propio Gago no me convence. Hay una serie de jugadores que no me cuadran en un equipo como el Madrid. Si hubiera justicia en el fútbol tendría que ganar la Liga el Barça, y cualquier cosa que no fuera eso sería una injusticia. Pero siendo uno de un equipo la justicia pasa a un segundo término. Desearé que gane el Madrid, pero no con tanto ahínco como otras veces. Sería para que los del Barcelona se pegaran un tiro si se dejan la Liga como hace dos años. Y para los madridistas algo preocupante con vistas a que el presidente que venga pueda mantener las cosas como están.
¿Hay símbolos en el Real?
Es evidente que Casillas lo es cada vez más. También Guti, un jugador fundamental y desaprovechado en el conjunto de su carrera. Lo veo fundamental, incluso en mayor medida que Raúl, que ahora tiene menos influencia en el juego.
¿Qué valor da a Guardiola?
Es un hombre muy inteligente. Si le veo algún defecto a Maradona es que comparado con Di Stéfano, Cruyff o Pelé, era mucho menos inteligente. Tiene que ver, además, que Guardiola venga de la casa. Esa es otra de las cosas que le reprocho al Madrid, el descuido de la cantera. En el Barça han salido montones de jugadores en los últimos años. No digo que en el Madrid tenga que haber salido un Messi o un Iniesta, pero sí un Piqué o un Busquets. ¡Desde Casillas no ha habido ninguno! Esto es vital: quien procede de la casa es como una especia de cordón umbilical para los que van llegando. Lass, siendo combativo y trabajador, no puede estar empapado de lo que es un Madrid-Barça, con tanta carga emotiva y sentimental.
¿Un pronóstico?
Creo que va a ganar el Barça 1-2, aunque espero no acertar.
MARCO RUIZ
As, 29 de abril de 2009
Con fecha de 27 de abril de 2009, el escritor y académico Javier Marías, en nombre del Reino de Redonda, dio a conocer el fallo del IX Premio Reino de Redonda, instituido en 2001 para distinguir anualmente la obra de un escritor o cineasta extranjero –y de lenguas no españolas-, en su conjunto.
En años anteriores el Premio fue ganado por J M COETZEE, a partir de entonces “Duke of Deshonra” de este Reino literario (2001); SIR JOHN ELLIOT, “Duke of Simancas” (2002); CLAUDIO MAGRIS, “Duke of Segunda Mano” (2003); ERIC ROHMER, “Duke of Olalla” (2004); ALICE MUNRO, “Duchess of Ontario” (2005); RAY BRADBURY, “Duke of Diente de León” (2006); GEORGE STEINER, “Duke of Girona” (2007); y UMBERTO ECO, “Duke of Isla del Día de Antes” (2008).
Este año de 2009, han participado en las votaciones los siguientes miembros del prestigioso jurado:
PEDRO ALMODÓVAR, ANTÓNIO LOBO ANTUNES, JOHN ASHBERY, ANTONY BEEVOR, WILLIAM BOYD, PIETRO CITATI, J M COETZEE, AGUSTÍN DÍAZ YANES, ROGER DOBSON, SIR JOHN ELLIOT, PERE GIMFERRER, CLAUDIO MAGRIS, EDUARDO MENDOZA, IAN MICHAEL, ALICE MUNRO, ARTURO PÉREZ-REVERTE, FRANCISCO RICO, IAN ROBERTSON, FERNANDO SAVATER, GEORGE STEINER, LUIS ANTONIO DE VILLENA y JUAN VILLORO.
Una vez realizado el recuento de las candidaturas (un máximo de tres por parte de cada miembro del jurado), el ganador de la presente edición ha sido el ensayista francés MARC FUMAROLI, nacido en Marsella en 1932, miembro de la Académie Française y Caballero de la Legión de Honor. Varias de sus obras han sido traducidas al español, entre las que cabe destacar Las abejas y las arañas: las querellas entre los antiguos y los modernos, La educación de la libertad y El Estado cultural, así como su larga y brillante introducción a la edición española de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand.
Es Profesor Honorario del Collège de France, y asimismo enseña desde hace años en la Universidad de Chicago. Ha sido merecedor de numerosas distinciones, premios y doctorados honoris causa, sobre todo en Francia, Italia y España.
El Reino de Redonda, al concederle su Premio, desea destacar que lo merece “por haber sido capaz de unir una estimulante y aguda crítica sobre la cultura de la modernidad al profundo estudio de la gran tradición de la cultura clásica europea, siendo capaz de ver y señalar, en un mundo desconcertado y desmemoriado, qué nos une al pasado y cómo éste, pese a todo, puede salvarnos y ayudarnos”.
MARC FUMAROLI se ha “sentido encantado de conocer este Reino de Redonda, con el que siempre soñé sin jamás dudar de su existencia ficticia, y por tanto más real que la verdadera”; ha añadido que para él es “un honor supremo formar parte de este Reino”, y ha expresado su “vivo agradecimiento a ese jurado verdaderamente excepcional y digno heredero de la República de las Letras de Erasmo y de Peiresc”. Finalmente, ha adoptado el titulo de “Duke of Houyhnhnms”, aquellos caballos de Los viajes de Gulliver, de Swift, “que nos hacen avergonzarnos de nuestra humanidad”.
El Premio está dotado con tres mil euros (3.000 €), aportados por la editorial Reino de Redonda, S. L., y con el título de “Duque o Duquesa redondinos” para el ganador. MARC FUMAROLI, recibe, así, el título de “DUKE OF HOUYHNHNMS” y formará parte del incomparable jurado del Premio en sus próximas convocatorias.
Madrid, a 27 de abril de 2009
Javier Marías
Marc Fumaroli gana el Premio Reino de Redonda por el conjunto de su carrera
El País
El Cultural
El Nacional (Venezuela)
Terra
Informativos Tele 5
Fumaroli, Premio Reino de Redonda
Marc Fumaroli ha sido distinguido con el premio Reino de Redonda 2009, uno de los más distinguidos honores literarios que pueden alcanzarse en este país de premios que se han ganado el desprestigio a pulso.
Reino de Redonda es la editorial que Javier Marías puso en marcha para hacer patente que su reinado literario de Redonda era algo más que una broma de escritor. Por ahí han pasado grandes nombres como Isak Dinesen o Joseph Conrad; se ha reivindicado a escritores orillados por el canon académico como la autora de las aventuras de Guillermo, Richmal Crompton, y se ha descubierto a escritores injustamente desconocidos, como prueba la reciente publicación de las crónicas de Jorge Ibargüengoitia titulada Revolución en el jardín. En ese reino de la imaginación que, al fin y al cabo, es la literatura, Marías ha escogido en su ínsula de Redonda no tanto la función mullida de Rey, como el espinoso oficio de editor.
El Premio Reino de Redonda, que cuenta entre sus ganadores a autores como George Steiner, Claudio Magris o Coetzee, incorpora ahora a su nómina a Marc Fumaroli, ensayista francés de extraordinaria erudición y a la vez enorme ingenio y capacidad crítica, capaz de poner en solfa a derecha e izquierda, arriba y abajo. Basta como muestra de ello su reacción al recibir el premio: “encantado de conocer este Reino de Redonda, con el que siempre soñé, sin jamás dudar de su existencia ficticia, y por tanto más real que la verdadera”.
En estos tiempos en que los escritores pecan muchas veces de falta de pecados y la confortable pasividad suele ser el rasgo característico de una autor consagrado, Javier Marías se ha complicado enormemente la vida metiéndose a editor de Reino de Redonda y otorgando estos premios de los que no saca ninguna rentabilidad económica, al contrario. Pero menos mal que hay quien está dispuesto a que la profesionalización de los escritores sea algo más que llevar al día el catecismo de Nielsen impreso en hojas de excel y siga complicándose la vida. Se oye hablar mucho en la República de las letras, pero uno ve que se hagan pocas cosas. Quizá haya que empadronarse en la monarquía de Redonda.
Qué leer, mayo de 2009
Me siento ante la máquina en Sábado Santo, y es la primera vez que lo hago desde el pasado Domingo de Ramos, y eso porque debo entregar este artículo y no me queda más remedio. Ahora mismo, por delante de mi casa, pasa una banda de tamborileros siniestros (túnicas marrones y capirotes morados, vaya mezcla) que atruenan todo el barrio. Son de la Cofradía de la Coronación de Espinas, de Zaragoza, y no sé qué diablos hacen en Madrid martirizando al personal a la hora de la siesta. En realidad sí lo sé, ya que llevo siete días literalmente cercado, prisionero, sitiado por las hordas católico-turísticas, que, como todos los años –pero siempre más–, toman los centros de las ciudades de España e impiden toda vida en ellos. A la Iglesia Católica y al Ayuntamiento les ha dado la gana de que yo no escriba, ni trabaje, ni lea, ni escuche música, ni vea una película, ni pueda hablar por teléfono, ni recibir una visita, durante ocho días. También ha decidido que no pueda salir de mi casa si no es para mezclarme con la muchedumbre fervoroso-festiva e incorporarme a sus incontables procesiones, cada una de las cuales dura unas cinco horas. Sólo por delante de mi portal han pasado ya unas siete, la primera, como he dicho, el Domingo de Ramos. Desde entonces he vivido a su merced inmisericorde: el permanente ruido de sus clarines y tambores me lo he tenido que chupar por narices, más allá de la medianoche, porque, en un Estado aconfesional, la ciudad se les entrega para que hagan con ella lo que quieran y además lo impongan a la población entera, sea o no católica.
La España actual se parece cada vez más a la del franquismo, es decir, cada vez resulta más decimonónica. Entonces –durante el franquismo– la Semana Santa era obligatoria. Estaba prohibido emitir por la radio cuanto no fueran misas y música más o menos religiosa; a los cines se les permitía exhibir tan sólo películas pías o, a lo sumo, de la época de Cristo, y uno tenía gran suerte si podía ver Ben-Hur o Barrabás, que al menos eran espectaculares y con gladiadores; a los niños nos decían las abuelas que no podíamos cantar ni estar alegres; el luto por un muerto de hacía dos mil años se imponía a toda la ciudadanía. Ahora las televisiones no sólo pasan las mismas películas y algunas nuevas y peores, como la histérica y demente versión de Mel Gibson, sino que en sus telediarios sacan sin cesar imágenes de procesiones, como si éstas fueran noticia, sin la menor vergüenza.
Aparte de las molestias, es lo que todo esto precisamente me causa: vergüenza. No es que haya más beatos que hace unos años. De hecho, y bien se duele la Iglesia, la sociedad está cada vez más secularizada. Lo que ocurre es que a las procesiones se les ha visto el gancho tribal-folklórico. Como he asistido a un montón de ellas a pesar mío, sé de qué hablo. La mayor parte del público que las mira y sigue son guiris de la peor especie con sus cámaras idiotas permanentemente alzadas. Contemplan el espectáculo –si es que a cosa tan aburrida y sórdida se la puede llamar así– de la misma manera que nosotros observaríamos una danza comanche o sioux alrededor de unos tótems. Ven a unos tipos flagelándose, andando de rodillas o descalzos, cargando cruces y demás, como nosotros veríamos a unos indios sometiéndose a la ceremonia de iniciación consistente en ser izado por unos ganchos clavados al pecho, cuya carne se desgarra largo rato, o como vemos por televisión a ciertos musulmanes desollarse vivos en no recuerdo qué efeméride. Se quedan atónitos esos turistas ante las lágrimas o las expresiones de inverosímil arrobo que los más devotos dedican al paso de unas efigies horrendas y sobrecargadas, sean el Cristo de los Escaparates o la Virgen del Pasamontañas. No nos causa rubor ofrecernos en nuestra vertiente más primitiva, más supersticiosa, más atrasada. Es más, lo procuramos: vean lo exóticos que somos, y qué brutos, y qué elementales, y qué cutres. Lo más deprimente es que este regreso al tribalismo es también jaleado por gentes supuestamente racionales y de izquierdas. Digo supuestamente porque nadie que no sea un propagandista de la fe católica, o un mercachifle avispado, puede prestarse a ser costalero o cofrade, y ahora hay muchos presuntos agnósticos o ateos que se privan por ser admitidos en la Hermandad del Vinagre o en la Cofradía de los Californios, les da lo mismo. A eso se lo llama, desde los tiempos del Cristo, ser un fariseo.
Cada vez más decimonónicos, sí, en Madrid al menos. Un Ayuntamiento y una Comunidad beatos le van a permitir a la Iglesia edificar, en la privilegiada zona entre San Francisco el Grande y las Vistillas, un “pequeño Vaticano” de miles de metros cuadrados. Con ello la Iglesia se cargará el mejor perfil de la ciudad, que pintaran Goya y otros, esa vista dejará de existir para siempre. ¿Y qué hará la Iglesia a cambio? Es risible. “Devolverá” unos terrenitos que el anterior alcalde, Álvarez del Manzano, le había donado. En un Estado aconfesional, la Iglesia Católica no sólo recibe dinero a espuertas de los contribuyentes, sino que le salen gratis sus tropelías urbanísticas, a las que se opone todo el vecindario. Si esto no es franquismo, que venga el tirano y lo vea. Claro que entonces esta tétrica Iglesia lo volvería a cobijar bajo palio, como antaño.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 26 de abril de 2009
El próximo día 23, a las 6 de la tarde participará en el debate “Javier Marías: la literatura como arte sin fronteras” acompañado por los periodistas Paul Ingendaay y Manuel Rodríguez Rivero en el auditorio de la Consejería de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid (Alcalá, 31).
A continuación, de 7,30 a 9,30 firmará toda su obra en la Librería Méndez (Mayor 18).
Los libros tampoco se salvan
No sé de dónde proviene la insistente información que El País viene dando últimamente sobre la buena salud del sector del libro en España, en este periodo de crisis, pero puedo asegurar que hay muy poco de cierto en la misma.
Soy librero desde el año 1982 y aunque he conocido todo tipo de dificultades, nunca me he encontrado en la encrucijada de tener que desmentir este Mundo feliz en el que parecen vivir algunos de los segmentos del sector. Si no es crisis que desde septiembre de 2008 hayan bajado las ventas un 15% con respecto al mismo periodo del curso anterior, que algún colega librero me lo desmienta. Si no es crisis que el índice de devoluciones haya aumentado un 10%, que algún distribuidor me lo desmienta. Si no es crisis que el ritmo de novedades se mantenga muy alto y que la media por tirada se reduzca cada vez más, que algún editor me lo desmienta.
Parece ser que ya se ha acabado la coartada cultural a la que se aferraban muchos editores para publicar una cantidad ingente de títulos para ver con cuál sonaba la flauta. No nos engañemos. Editar es muy barato y a muchos no les importaba que se destruyeran libros a mansalva si con tres, cuatro o cinco títulos cerraban sus cuentas de resultados con elevadas ganancias. Si se me permite un consejo, si preservamos la cultura, salvaremos al libro.
ANTONIO MÉNDEZ
Ya que me había ido hasta Chile, quería ver Valparaíso, así que dos de mis anfitriones, el joven escritor argentino Gonzalo Garcés y mi editor Juan Díaz, feroz culé expatriado que me torturó con las hazañas del Barça esta temporada, me llevaron amablemente desde Santiago en coche. Valparaíso no defrauda, con sus casas de colores pastel y su bahía como pintada, sus viejos ascensores de rampa para ir de la parte alta a la baja de la ciudad y viceversa sin despeñarse al descender sus empinadísimas cuestas ni deslomarse al subirlas, su aire de decadencia orgullosa, la reminiscencia de sus batallas navales y de su esplendor industrial decimonónico, que llevó a establecerse allí a numerosas empresas alemanas, británicas y norteamericanas. No le faltan, además, edificios exóticos, como el Palacio Baburizza, construido en 1916 por dos arquitectos italianos en estilo art nouveau orientalizante y adecuadamente situado en el Paseo Yugoslavo, al que dio nombre, en honor de su patria de origen, el industrial salitrero Pascual Baburizza.
Pero el primer sitio que me llevaron a ver mis acompañantes fue la casa de Pablo Neruda, quizá ignorantes de que ni su poesía ni su persona me han interesado nunca mucho. Con todo, me alegró visitarla: convertida en museo, es una casa bastante náutica, toda enmaderada, algo teatral pero muy agradable, con excelentes vistas sobre la bahía, que desde allí no parece real: tal vez porque era domingo y los barcos estaban muy quietos, tal vez por la neblina que la acechaba, producía una impresión fantasmal, como si fuera el decorado enorme de un escenario. Pero lo que a mí se me había antojado ver, sólo por el nombre que había leído en una guía, era el Museo del Mar Lord Cochrane. Curiosamente, la guía en cuestión no decía una sola palabra sobre su contenido. Hablaba tan sólo de su ubicación “en el solar del antiguo castillo San José, construido para defender el puerto de los ataques de piratas; es una de las pocas casas coloniales que se conservan en Valparaíso, erigida en madera en 1842. Tiene un patio rectangular en torno al cual se abren las habitaciones y, hacia el exterior, un jardín con un mirador que por sí solo merece la visita”. Nada sabía yo de Lord Cochrane en aquel momento. De vuelta en Madrid, consulto el Dictionary of National Biography y me entero de que Thomas Cochrane (1775-1860) fue décimo Conde de Dundonald y almirante que participó en cien batallas europeas y americanas. Su conexión con Chile no es baladí, desde luego: en 1818 aceptó el encargo del Gobierno de ese país de organizar y asumir el mando de la flota nacional, que a la sazón se componía tan sólo de siete navíos, de los que el único eficaz era una fragata de cincuenta cañones capturada a los españoles, los cuales se aprestaban entonces a atacar Valparaíso con una imponente escuadra. A pesar de ello, Cochrane logró mantenerlos a raya durante cinco meses vitales, hostigarlos con escaramuzas y hacerles muchos prisioneros.
Garcés, Díaz y yo anduvimos preguntando por el Museo del Mar, sin que nadie supiera darnos cuenta. Por fin unos carabineros no sólo nos contestaron, sino que se ofrecieron a acercarnos hasta él en su furgón enrejado, “no vaya a ser que los asalten”. “¿Hay aquí muchos asaltos?”, preguntó Garcés. “Hay unos cuantos”, respondieron los carabineros encargados de prevenirlos. Mis acompañantes quisieron fotografiarme en el momento de subir al furgón, a fin de chantajearme más adelante con la amenaza de filtrar la instantánea con este pie: “Escritor español en el momento de ser detenido por la policía de Valparaíso”. (Me hicieron la foto en el interior, en todo caso, con fondo de ventanilla de rejas.) Los gentiles carabineros nos trasladaron doscientos metros y nos sugirieron que tomáramos un taxi que vieron libre, para el resto del recorrido. Como no íbamos a oponernos a la autoridad, así lo hicimos, y el taxista nos trasladó otros doscientos metros cuesta arriba hasta la puerta del Museo, que tenía echado el candado. Íbamos a pedirle que nos devolviera abajo cuando apareció un señor con un notable bigote y la llave. Nos pidió que escribiéramos nuestros nombres y lugares de procedencia en un libro de visitas. Observé que nos habían precedido unas veinte personas en el día. No nos cobró. Entramos al patio que mencionaba la guía y fuimos abriendo una puerta tras otra para acceder a las salas. En ninguna había nada, ni de mar ni de tierra, el Lord Cochrane estaba vacío. “¿No hay nada que ver en las salas?”, le preguntamos al hombre bigotudo. “Lo hubo”, nos contestó con parquedad. “¿Y qué fue de ello?”, insistí con curiosidad. “Se lo llevaron hace años. No dijeron adónde”. “Toda esa gente del libro de visitas, ¿ha venido como nosotros, creyendo que había algo, o ya sabían?” “Quién sabe. Han mirado la casa y la vista”. Nos asomamos al mirador y admiramos la vista. Me quedé con la duda de si el Museo del Mar era tan fantasmal como algunas zonas de la preciosa ciudad que lo alberga, o si sus responsables están a la última y se han adscrito –pero al pie de la letra– a la corriente contemporánea y cretina de considerar que lo que importa de los museos no es su contenido, sino el envoltorio.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 19 de abril de 2009
Siempre se habla de humor cuando se escribe el nombre del novelista, periodista y autor teatral Jorge Ibargüengoitia (México 1928-Madrid 1983). La muerte en Madrid fue un mero accidente porque en realidad vivía por entonces en París, pero en un viaje a Bogotá con escala en la capital española, el avión se estrelló. Como todos los humoristas, Ibargüengoitia era un hombre serio y su literatura está sometida al rigor. De hecho, su humor es en realidad una sutil ironía que nos hace sonreír al tiempo que nos sitúa en el centro de las paradojas y de las extrañezas. Es sabido que estudió teatro con Rodolfo Usigli, un autor casi desconocido entre nosotros, y opuesto a su temperamento y literatura. Tras escribir diversas obras de teatro, entre ellas, quizás la más lograda, El atentado (1963), se alejó de ese espacio tan plural para ir aproximándose a su mundo, en la novela Los relámpagos de agosto (1965), Estas ruinas que ves (1975), Las muertas, y numerosos artículos y crónicas, la mayoría de ellos compilados en diversos volúmenes, tras su muerte, por Guillermo Sheridan. Porque Ibargüengoitia fue un prolífico colaborador de prensa y revistas, en el diario Excelsior y luego en Vuelta, medios que le posibilitaban un diálogo cercano con los lectores y un referente casi biográfico.
SINCERIDAD
Revolución en el jardín es una recopilación de crónicas llevada a cabo por el novelista Juan Villoro [y publicada por la editorial Reino de Redonda]. Ciertamente son crónicas, pero a su vez son cuentos apoyados en una primera persona testimonial, asistida por una voluntad de sinceridad . Villoro traza con claridad el perfil de este escritor que llevó a cabo una obra de una “sobriedad sin énfasis”.
Esta sería, precisamente, una de las características de su humor: nada subrayado ni enfático, un humor asistido por una sensibilidad sociológica, atenta a mostrarnos que lo habitual no tiene por qué tener un sustento racional o lógico, que la realidad está tejida por el despropósito y lo arbitrario. Ibargüengoitia (autor casi anónimo porque pocos aciertan a terminar de pronunciar su nombre), a pesar de haber obtenido premios y de ser admirado por algunos de los que cuentan, no ha logrado un lugar destacado en los lectores ni en la crítica. Villoro sugiere que quizás se deba (en cuanto a México) a que tiene poco que ver con “las sangrantes mujeres de Frida Kahlo y los extenuantes peregrinos descalzos de Juan Rulfo”.
Pero, ¿y fuera? En España, sólo hay que recordar a Jardiel Poncela y Wenceslao Fernández Flórez, aunque se podría citar también alguna obra de Ramón J. Sender y Eduardo Mendoza. En realidad, si no en todos los países, en toda literatura hay obra humorística, y por regla general su mayor aceptación y entendimiento se produce en su propio país, al menos que se haga un humor filosófico, basado en lo general. Ibargüengoitia no está interesado como escritor en el mundo de las ideas ni en las generalidades: siempre escribe sobre aspectos concretos, y apoyado en muchas ocasiones en las peculiaridades del habla mexicana, también en lo minucioso de la sociedad mexicana.
DETALLES
Por un lado, esto lo circunscribe a un ámbito, pero la capacidad literaria de Ibargüengoitia logra en la mayoría de los casos trascender lo peculiar haciéndonos sentir que sin dejar de ser de un lugar es también un lugar nuestro. El humor sirve para muchas cosas, para afirmarnos, pero también para mostrar sin hacerla desaparecer, una realidad difícil de asimilar. El humor afirma, por un momento, la libertad y el placer frente a las restricciones y extrañezas de la realidad. Pero hay que afirmar que el humor de nuestro autor, cuando lo tiene, no está basado en el chiste. La crónica que da título a esta recopilación, “Revolución en el jardín” es buena muestra de esto que digo.
En 1964 le fue concedido, por la novela histórica Los relámpagos de agosto, el Premio Casa de las Américas, en cuyo jurado estaba Italo Calvino. Pero su crónica de la estancia en La Habana es cualquier cosa menos servil: es una sátira (que no llega a la acidez) de las dimensiones absurdas y enajenantes de un poder dictatorial regido por una indigestión de abstracciones. No se habla de ideas en ningún momento: sólo se nos dan los movimientos de lo cotidiano, a los que asiste, como víctima atenta y memoriosa, este magnífico escritor capaz de ver y de decir lo que, en principio, podría desembocar en un rechazo moral o en un puñado de frases críticas. Ibargüengoitia nos da algo mejor: una amplia realidad sostenida en el detalle, un anzuelo sonriente en el que, finalmente, acabamos enganchados.
JUAN MALPARTIDA
Abc de las artes y las letras, 9 de abril de 2009
O autor Javier Marías reflete em sua obra uma personalidade original
En el irreversible proceso de deterioro de la lengua hablada y escrita en España, se está ya alcanzando la fase más irritante y escandalosa, que es aquella en la que quienes hablan y escriben mal creen además hacerlo bien, y se permiten señalar como “incorrecciones” en otros lo que justamente sí es correcto. Es el mundo al revés, como se lamentaban nuestras abuelas. Las personas que afean usos correctos no son sólo ignorantes, sino temerarias y perezosas, pues ni siquiera se molestan en comprobar si llevan razón. Están convencidas de tenerla porque la mayoría ya habla y escribe como ellas, y dan por sentado que un error de muchos se convierte automáticamente en acierto. Por supuesto que todo el mundo puede hablar y escribir como le venga en gana, eso no está multado: no soy ningún purista, la lengua está en evolución permanente, la conforman los usuarios, y hay palabras que, por el insistente significado erróneo que éstos les han dado, han pasado a querer decir también algo distinto de lo que significaban, o aun opuesto. Así “álgido” y “lívido”. Eso no supone, sin embargo, que “álgido” y “lívido” ya no puedan ser empleadas en sus acepciones originales, de “glacial” y “amoratado” respectivamente, y sería ridículo –además de necio– reprocharle a alguien tales usos. Pues el equivalente a esto último es lo que está ocurriendo.
Hace ya años que algunos lectores me han acusado de recurrir al verbo “deber” para expresar una inferencia, ignorando que, así como no puede nunca decirse “deber de” para lo imperativo (esa es precisamente la fórmula para la inferencia: “debe de haberle sentado algo mal”, y jamás “el Gobierno debe de atender nuestras peticiones”, como sueltan casi todos los políticos y locutores), sí puede decirse “deber” a secas para las suposiciones: “debe ser amigo suyo” es correcto, y yo a veces, por una cuestión silábica y de ritmo de la prosa, he omitido el “de” en teoría preceptivo en estos casos. Es una opción, no una incorrección.
Pero lo que me mueve a escribir este artículo es que hace poco un respetable y veterano periodista se dirigió a este suplemento “suplicando a quien corresponda que ponga remedio al insoportable loísmo de Marías”. Me reprochaba escribir “LO” a menudo cuando, según él, “corresponde LE”, y ponía como ejemplo flagrante una columna mía sobre Bernhard en la que yo decía, refiriéndome siempre al autor austriaco, “Y se LO leyó, ya lo creo que se LO leyó … No fueron pocos los novelistas que LO imitaron”. Y luego: “Se LO leyó bastante mal”, y también “… que se LO tradujera”. Tan insoportable le parecía todo esto al periodista que instaba a alguien responsable a impedirme seguir incurriendo en lo que para él era “ese defecto lingüístico”. Le contesté privadamente, pero quizá no esté de más aclarar la cuestión también públicamente, y esto es lo que vine a explicarle:
“Muy señor mío: Gracias por su carta relativa a mi supuesto defecto de ‘loísmo’, y por lo tanto por su atención. Debo decirle, sin embargo, que usted considera defecto algo que es absolutamente correcto, como comprobaría si se molestara en consultar una gramática. Lo correcto en español, cuando se utilizan verbos transitivos como ‘leer’, ‘imitar’ o ‘traducir’, es utilizar ‘lo’ aunque se trate de personas. Así, decir ‘A Juan lo vi ayer en la calle’ es más correcto que ‘A Juan le vi ayer en la calle’, aunque esta última opción sea muy frecuente en España y esté ya admitida y aceptada. Rara vez verá, pese a ello, que la empleen ningún andaluz ni ningún latinoamericano, que observan más que otros hispanohablantes la mayor corrección de ese ‘lo’. Si se tratara de una mujer, diríamos todos, sin duda, ‘A Juana la vi ayer en la calle’, y nunca ‘A Juana le vi ayer en la calle’, lo cual le indica que Juan y Juana son acusativos o complementos directos, según las antiguas denominaciones, y que por ello lo más correcto es decir ‘lo’ y ‘la’, respectivamente, en la frase puesta como ejemplo. A usted le parece ‘insoportable’ mi ‘loísmo’. Está en su derecho, pero antes de calificarlo de ‘defecto lingüístico’, cerciórese de que lleva razón. Señalar como defecto lo que precisamente es correcto sí que me resulta a mí insoportable”.
Me temo que a estas alturas el lío con “lo”, “le” y “la” es mayúsculo entre los hablantes, abandonados desde hace lustros a una educación grotesca. En el afán por evitar el “laísmo”, que está especialmente condenado y es muy feo, oigo sin cesar frases como “A Isabel hay que ayudarle”, o “que oírle”, o “que temerle”, cuando debería ser “ayudarla”, “oírla” y “temerla”. Quizá va siendo hora de recuperar las viejas reglas para saber si un verbo es transitivo y exige “lo” (aunque “le” esté admitido) y “la” para sus complementos directos masculino y femenino, respectivamente. Uno se preguntaba, recuerdan: ¿Qué o quién es lo leído, imitado, traducido, visto, ayudado, oído o temido? Bernhard, Juan, Juana, Isabel. Luego “lo” y “la” en todos los casos, o, si se prefiere, “le” en los de Juan y Bernhard. Parece mentira que haya que volver al bachillerato con adultos, maldita sea.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 12 de abril de 2009
Para cuando se publique esta página, espero estar de regreso sano y salvo. Cuando la escribo, falta poco para que me embarque en un avión rumbo a Santiago de Chile, lugar que se me aparece ahora como el fin del mundo y en el que –lo siento– no sé qué se me ha perdido, por mucho que sí lo sepa y pueda reconstruir con precisión las circunstancias que el pasado agosto me llevaron a aceptar este disparate al que me enfrento. Ya sé que hay millones de personas para las que algo así no tiene nada de particular, y que efectúan desplazamientos aún más largos continuamente. A ellas me aferro: me acuerdo de los tenistas y de los cantantes de ópera, que van de aquí para allá casi todas las semanas de su vida. De los políticos, que cada dos por tres se trasladan al quinto pino para verse con sus homólogos o asistir a la toma de posesión de un Presidente remoto. De muchos colegas míos, que van cada año encantados a las Ferias del Libro de Buenos Aires, Cartagena de Indias o Guadalajara de México. De las masas de turistas que se mueven por el mundo como ardillas voladoras o como superratones, y que en Navidad marchan a Bali, a Cancún en cualquier puente y en Semana Santa al Cañón del Colorado. “La gente vuela sin parar y hace largos trayectos”, pienso. “A la mayoría no le ocurre nada, y se monta en las infernales máquinas como en un taxi”.
Bueno, esa es la apariencia. A poco que uno indague, descubre que también hay millares de individuos que, como yo, lo pasan fatal cada vez que se encierran en un avión, más aún si es para cruzar el océano, y que se pasan las interminables horas pensando: “¿Qué diablos hago en mitad del Atlántico? Porque es ahí donde estoy, no me engañan”. Durante los últimos años, además, he logrado evitar esta clase de viajes con variados pretextos: que si estaba escribiendo una novela muy larga y no podía desconcentrarme durante un par de semanas; que si no estaba dispuesto a visitar los Estados Unidos mientras Bush Jr los gobernara; que si encontrarme en un festival literario con más de cien escritores me parecía un preanuncio del infierno. Entre unas tonterías y otras, hará unos diez años que no atravieso ese océano, de lo cual me arrepiento ahora un poco, pues, al haberme desacostumbrado, la cosa me parece no una montaña, sino los Andes, que por cierto habré de sobrevolar de Santiago a Buenos Aires, quién me manda.
Sin embargo he padecido épocas peores, en las cuales me comportaba como un niño –para mis adentros, descuiden, nunca he protagonizado una escena de pánico, ni me he bajado de un aparato a punto de despegar, como mi amigo Antonio Gasset hace mil años, al que admiro por ello–. Para empezar, intentaba hacerme a la idea de que estaba en un autobús o en un ascensor, para lo que era fundamental no mirar nunca por la ventanilla, ni de reojo. Compraba el periódico-sábana más grande que hallara en el quiosco para llevarlo desplegado durante todo el vuelo, fingiendo leerlo, y que sus páginas me taparan hasta el último resquicio de vacío. Desarrollé manías que me suena haber contado alguna vez en otro sitio: me parecía un mal augurio que algún pasajero estuviera de pie en el pasillo mucho rato, charlando con sus amistades, y si ese pasajero era japonés el augurio se me convertía en pésimo, no por racismo, sino porque los japoneses dan la impresión de no ser muy conscientes de los peligros a que se exponen… o que causan (no en balde inventaron los kamikazes). Como en esos estrechos tubos no hay madera, llevaba cerillas de ese material para tocarlas, hasta que algunos lectores y amigos benévolos me regalaron unas piececitas de diferentes maderas que pudiera manosear a gusto. Esta última costumbre –la verdad– no la he abandonado, así que alterno unas que llevan en francés sus respectivos nombres, y al iniciarse cada despegue pienso como un idiota: “A ver cómo te portas, acajou, o santal, o padouk, o bois de rose”, según cuál me acompañe (una para la ida y otra para la vuelta, por lo menos). Sí, lo confieso: les hablo en silencio a los trocitos de maderas nobles, como un anormal y encima cursi, por lo del francés sobre todo. Ni que decir tiene que me pasaba los vuelos con la agotadora sensación de ser yo quien conducía el aparato y de que de mi tensión, esfuerzo y alerta dependía que llegáramos a buen puerto. Me contaban que los pilotos suelen ir tan tranquilos la mayor parte del tiempo, y oscilaba entre no creérmelo y pensar: “Ya pueden; se desentienden de todo porque soy yo quien lleva la nave, a cuestas prácticamente”.
He hablado en pasado como si estuviera ya libre de incurrir en estas supersticiones ridículas. Ahora que se me avecinan doce horas en el aire no estoy muy seguro de si no tendré que recuperar el presente de indicativo. Si me atrevo a contarlas aquí es porque tampoco ustedes me engañan: sé que una gran parte, cuando vuela, va pensando parecidas sandeces y que es gracias a nosotros como el avión se sostiene y no se cae. Normalmente. (Y toco madera.)
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 5 de abril de 2009
Fuma. Javier Marías fuma. En estos días de poco humo en los cuales nadie invita al vicio y, menos aún, diciendo: “¿Quieres un pitillo”?, con cadencia españolísima, Marías rompe el esquema.
Difícil presentar a este hombre de 57 años, novelista mimado en España, sin mencionar que es hijo de Julián Marías, el filósofo español que vivió en carne propia las lacras del franquismo más cruel y debió exiliarse en los Estados Unidos. Y allá fue con su familia, se codeó con lo más grande de la literatura mundial y leyó las mejores obras de una biblioteca inconmensurable que su padre administraba. Muchas de ellas las tradujo luego al español.
Marías es columnista de El País, integrante de la Real Academia y rey de Redonda, monarquía heredada en los 90 y que otorga un premio literario. Redonda queda en el Caribe. Es sólo un peñasco frente a Antigua y Barbuda, donde nada existe; es sólo piedra.
No es broma. El reino semificcional existe (la isla está y tuvo su dueño) y Marías es el monarca del peñasco deshabitado, donde cada miembro de la casa real tiene su función, como el duque de Trémula, que no es otro que Pedro Almodóvar.
-¿Cómo vive este cambio fenomenal que se da en el mundo?
-No me parece que vaya a haber cambios. Soy muy escéptico. No creo en los cambios bruscos.
-¿No cree que estas crisis tan profundas engendran, por ejemplo, nacionalismos, xenofobia?
-No? Hay, es verdad, un resurgimiento de la derecha, y es verdad que el racismo revive, pero no en todos los casos. Por ejemplo, en España, la xenofobia no ha aumentado; ni siquiera luego del atentado de Atocha se vio un resurgimiento de la xenofobia, aunque haya casos aislados. España es un pueblo pesado, raro, pero no es xenófobo. Creo que es tolerante.
-¿En comparación con cuál?
-Con Italia, ahora. Me da mucho miedo ver cómo la derecha está avanzando en ese país y cómo el odio racial se acrecienta. En Italia, hay patrullas urbanas, con lo que eso tiene de peligroso, y en Inglaterra, un país liberal, la derecha y su discurso se afianzan cada día. Y hay países que no son racistas porque no tienen con qué, es decir, no hay un otro diferente.
-¿Y cómo ve ese proceso en países latinoamericanos?
-No conozco mucho la realidad de estos países. No podría decirle mucho. Siempre estuve de paso.
-Bueno, ahora mismo tenemos grandes zonas del país con epidemia de enfermedades que se creían extinguidas.
-En Europa pasa lo mismo. Conozco casos de tuberculosis.
-Lo llevo a otro tema. Usted es miembro de la Real Academia Española. Debe de ser una rara avis en ese ambiente.
-[Se ríe.] Sí, con Arturo Pérez Reverte, que tiene mi misma edad, somos los jóvenes de la Academia. Algunos de los históricos dicen: “Pregúntenles a los jóvenes”, y esos somos nosotros. Igual, hacemos un trabajo muy lindo.
-¿Por ejemplo?
-Pues, entre otras cosas, recibimos cientos de cartas de gente que pide que se eliminen ciertas palabras del diccionario y nosotros tenemos que estudiar el caso.
-¿Cuáles palabras?
-Palabras de uso diario que pueden encerrar algo de discriminación, pero que no por eso tienen que desaparecer. “Judiada”, por ejemplo, es una palabra que se usa mucho para identificar a alguien que hizo una “putada” y hay quienes piensan que es muy ofensiva. Pero, vamos, hombre, que se usa desde hace tiempo. Podemos aconsejar que no se utilice, pero no que se elimine. Si sacamos algunas palabras, vamos camino a un idioma políticamente correcto.
-¿Y no es lo deseable?
-Pues no: con un idioma políticamente correcto, perdemos la posibilidad de conocer a los otros, de ver de qué viene todo.
-No entiendo.
-Si yo hablo con alguien que cuando debe mencionar a Franco dice “caudillo” me doy cuenta de quién es y tengo la posibilidad de elegir, de decir “con este señor prefiero no dialogar”. Por eso digo que si hablamos todos de la misma manera perdemos una herramienta invalorable para conocernos. Porque el lenguaje es una manera de conocerse.
-¿Y cuándo se sacan palabras para siempre?
-Pues, a ver… Hay palabras que se utilizaron en forma escrita por última vez en 1492 y luego nunca más. Bueno, esas palabras dejan de existir, excepto que se vuelvan a utilizar. Y hay palabras muy lindas que cayeron en desuso.
-¿Por ejemplo?
-A ver… La palabra “acercanza”, por ejemplo, que tiene que ver con el acercamiento, no se usa desde fines de 1400 y cuando la vimos con Pérez Reverte nos gustó mucho. Tanto que consultamos y nos dijeron que, si se volvía a utilizar, no se la sacaba del diccionario. Entonces, con Arturo dijimos que íbamos a publicar artículos en el que usaríamos la palabra. Y así lo hicimos: él la usó y yo, también. Y sigue viva.
Javier Marías se ríe. Sabe que la anécdota es graciosa; que es una gran travesura; que Arturo, el Pérez Reverte que todos conocemos, es tan travieso como él. Cuenta que la “culpa” de su ingreso en la Academia fue del autor de El Club Dumas y que cuando él se enteró dijo: “Con un Marías, es suficiente”, en referencia a su padre, también miembro de la casa. ¿Habrá sido por ese convite por lo que Pérez Reverte es parte del reino de Redonda?
-La trilogía Tu rostro mañana es espectacular.
-Pues… gracias. A mí también me gustó. Yo digo ahora que no voy a escribir más una novela, lo que no es cierto, porque estoy haciendo una, pero me da la sensación de que se escribe sola.
-¿Tiene título?
-No, los títulos los busco después.
ALEJANDRA REY
La Nación, 4 de abril de 2009
“No me gusta engañar al lector”
El escritor aprovechó la entrega de un premio en Chile para viajar a la Argentina y difundir su último libro, Veneno y sombra y adiós. Reconoce que nunca gozó de la simpatía del establishment literario y, a la hora de leer, dice que prefiere los clásicos a los contemporáneos.
El pánico al avión es una de las principales razones para que el Rey de Redonda –nación semificticia y semirreal creada alrededor de la isla deshabitada de Redonda, una dependencia de Antigua y Barbuda–, Javier Marías, no haya visitado con tanta frecuencia estos pagos, aunque es uno de los autores españoles más leídos y respetados en este país. En su segunda visita a Buenos Aires, la primera fue a principios de los años 90, recordó que sólo estuvo en Venezuela cuando recibió el premio Rómulo Gallegos, en 1995, y en México hace unos diez años. “He buscado pretextos para no volar”, admitió en la sede de la editorial Alfaguara durante una conferencia de prensa en la que demostró su cordialidad, locuacidad y buen humor. A pesar de que su editora norteamericana ha intentado conjurar su terror a volar, hace veinte años que no viaja a los Estados Unidos. “Mientras esté Bush no voy”, decía Marías, que encontró la excusa perfecta para rechazar las invitaciones. “Eso me dio una prórroga de ocho años”, bromeó. Pero ahora con Obama como presidente, viajará en noviembre para acompañar la publicación de la traducción de la tercera parte de su trilogía Tu rostro mañana, titulada Veneno y sombra y adiós.
Recién llegado de Chile, donde recibió el premio José Donoso de la Universidad de Talca, Marías aprovechó la cercanía para volver a esa Buenos Aires de la que tiene un recuerdo borroso. El escritor subrayó que su manera de trabajar es “un tanto peculiar” y que no tiene demasiado claro el horizonte de sus novelas. “He dicho muchas veces que si supiera la historia entera, si fuera como esos autores que saben lo que va a suceder con cada personaje, me aburriría enormemente. Me gusta, por el contrario, averiguar la novela a medida que la voy escribiendo.” Para fundamentar esta peculiaridad, mencionó que la palabra inventar procede etimológicamente del término latín “invenire”, que quiere decir hallar, descubrir, averiguar. “Cuando sé demasiado, tengo la sensación de que la escritura de la novela se va a convertir en un ejercicio de redacción –explicó el escritor–. Me esfuerzo por cambiar e improvisar sobre la marcha, procurando que lo azaroso se convierta en necesario. Y que luego todo calce, en la medida de lo posible.”
Muchos de los narradores de sus novelas son intérpretes que han renunciado a su propia voz: un cantante de ópera que se dedica a reproducir las composiciones de otros; un profesor que se limita a transmitir saberes heredados, un escritor fantasma que pone su voz al servicio de lo que otros dicen. Pero le faltaba el “mayor intérprete posible que todos queremos ser”, el intérprete de personas, de vidas, que es el narrador de Tu rostro mañana, apellidado Deza, un antiguo profesor de Oxford, donde el propio escritor dio clases, que regresa a Inglaterra para trabajar para sus servicios secretos. “El principal inconveniente de adoptar la primera persona consiste en renunciar a saberlo todo y a hacer afirmaciones arbitrarias que el narrador en tercera persona puede hacer –comparó Marías–. El narrador en primera persona tiene que matizar y justificar lo que sabe o conoce. He intentado suplir esta desventaja con algunas invenciones de tipo técnico, hacer lo que he llamado ‘narración hipotética’, que el narrador diga que ‘tal vez ocurrió esto’, y a partir de ahí desarrollo una escena hipotética sin engañar al lector. A mí no me gusta engañar al lector, no me gusta ese tipo de autores que aprovechan cierta confusión para introducir lo que es soñado, imaginado o conjeturado. Procuro que quede claro lo que no ha ocurrido, pero desarrollando esta escena hipotética de modo tal que el lector finalmente la dé por ocurrida, que tenga el mismo valor que lo acaecido.”
Premiado en 1979 por su traducción de Tristram Shandy, de Laurence Sterne, Marías confesó que nunca fue un traductor profesional sino más bien ocasional. “Traducir es el mejor ejercicio para cualquiera que quiere escribir. Si yo tuviera, ¡Dios me libre!, una escuela o taller literario de los que ahora abundan, como no creo que se pueda enseñar más que por la vía negativa a escribir, ‘no haga usted esto, no escriba usted así’, pero de modo alguno puede hacerse de manera positiva, les diría traduzcan, traduzcan, traduzcan. Es el mejor ejercicio posible, la mejor manera de afinar el instrumento con el que uno va a trabajar”, señaló. “El traductor no solamente es un lector privilegiado, sino que es también un escritor privilegiado que tiene que volver a escribir el texto original, que es móvil per se porque nunca hay una versión unívoca. Si uno llega a reescribir un texto de Conrad, de Faulkner o Nabokov, tiene mucho ganado. No da talento ni inventiva, pero ponerse a la altura de un gran autor y salir más o menos airoso en la reescritura en otra lengua es un trabajo extraordinario para cualquier escritor.” Su tarea de traductor ha influido en su modo de escribir. “Todo escritor desearía disponer de un texto original a partir del cual trabajar porque tendría resuelta la parte de invención y ese pánico que se tiene a la ‘página en blanco’. Algunos escritores tienen un texto original en su cabeza, como Vargas Llosa o Pérez-Reverte, un amigo que me consta que trabaja de una manera totalmente diferente a la mía. El tiene pensada la novela entera y le interesa más la preparación y documentación que la tarea misma de escribirla. En mi caso, trabajo página a página hasta conseguir la mejor versión.”
Marías tiene 57 años. No es viejo, pero reconoció que se siente “muy veterano”. El escritor repasó lo que se ha dicho de él a lo largo de su larga trayectoria (publicó su primera novela en 1971, a los 19 años), sobre todo en su país, donde aclaró que no ha gozado de la simpatía del establishment literario. “Se dijo que era un autor extranjerizante, se dijo que escribía como si tradujera, lo cual para mí era un elogio, pero lo decían con el peor ánimo; en otro momento se dijo que era demasiado cerebral y frío y más tarde se dijo que escribo muy mal y maltrato la lengua. Y es verdad que fuerzo la lengua, que fuerzo mucho la sintaxis, procurando no caer en barbarismos, y que tengo un español raro, un poco forzado”, reconoció el escritor. “A Borges se lo acusó de ser un escritor inglés transplantado al castellano. Borges se ha convertido en el más argentino de los escritores argentinos, lo cual no creo que me pase a mí en España porque para eso debería tener la calidad y universalidad de Borges que no tengo de modo alguno.”
En las novelas de Marías abundan la reflexión y la digresión. “Una de las cosas que como lector pido a una novela es que, aparte de un argumento, una trama interesante o apasionante, exista algo que me haga detenerme de vez en cuando en la lectura, que haya ciertos destellos de tipo estilístico o reflexivo, como los hay en Proust. Que exista lo que he llamado ‘pensamiento literario’. Lo que uno recuerda de los libros no suelen ser los argumentos. Lo que queda es el recuerdo de una escena, un detalle, una atmósfera, un estilo, un fogonazo, una iluminación de un pensamiento, más allá de la historia.” El escritor asumió que después de estar ocho años escribiendo su trilogía dejó de leer narrativa contemporánea española y que no puede opinar mucho sobre el tema. “A medida que uno se hace mayor, la curiosidad va menguando. De cien libros nuevos apenas dos o tres te llaman la atención, y llega un momento en que dices: ‘Esta tarea que la haga otro’. Prefiero releer, o leer algunos autores clásicos que todavía no he leído”, se justificó.
Aunque empezó a escribir una nueva novela hace unos meses, tiene la sensación de que nunca va a acometer ni remotamente un proyecto tan ambicioso y extenso como Tu rostro mañana. “Tengo una cierta duda sobre qué más me queda. Estoy dejando que esta novela se haga sola, sosteniéndola con menos intensidad y menos intención que en otras ocasiones. Quizá lo que escriba en el futuro lo voy a sentir como propinas. Tengo 57 años, no son los suficientes para tener esta sensación de leve desconcierto biográfico-literario.” De su emprendimiento editorial Reino de Redonda, un sello que publica dos o tres títulos al año, dijo que debe ser “el único editor que no hace bien las cuentas, pero el reino no se arruina”. El best seller de esta editorial es La caída de Constantinopla, de Steven Runciman, que ha vendido más de 5.400 ejemplares. “Lo hago por gusto, por placer, para publicar lo que me apetece”, aclaró respecto de su rol como editor. Marías reconoció la perplejidad que le provoca la crisis que está viviendo su país. “Aparte de que la crisis quizá sea mucho peor de lo que se vaticina, tengo la sensación de que en España hay una especie de satisfacción y de regodeo con la crisis, incluso cuando hay una pequeña buena noticia al respecto la despachan colateralmente y casi con molestia, mientras que si hay una nueva mala noticia eso ocupa más lugar. Hay un gusto por el catastrofismo que no me acabo de explicar”, precisó el escritor.
SILVINA FRIERA
Página 12, 2 de abril de 2009
El autor, miembro de la Real Academia Española y permanente candidato al Nobel, vino a presentar su novela Veneno y sombra y adiós. En una diálogo con Ñ le contesta a sus detractores: “Llegaron a decir que sólo le gusto a las mujeres, como si eso fuera algo denigratorio”.
Los compromisos promocionales pudieron más que su miedo al avión y Javier Marías pasó otra vez por Argentina. Diez años transcurrieron desde su última incursión en América latina (México). Ahora, de gira promocional y proveniente desde Chile, el flamante Premio Donoso, pisó Buenos Aires antes de viajar a Estados Unidos, país que no visita desde hace dos décadas. “Mi editora norteamericana lleva años insistiéndome con que vaya y yo le decía ‘No, no, mientras esté Bush, no iré. Así que este año me toca. Esto es un entrenamiento”, dice entre risas Marías. “Esto” es una mesa con ocho periodistas que durante más de una hora y media preguntan en el último piso de la editorial Santillana. “Esto” sería también la entrevista pública en la que el martes por la tarde participó el autor de Negra espalda del tiempo junto a Silvia Hopenhayn.
La primera excusa para romper el hielo es Veneno y sombra y adiós, la última entrega de Tu rostro mañana, la trilogía en la que ficcionalizó las vivencias de su padre, el filósofo Julián Marías y de su amigo el viejo profesor de la Universidad de Oxford Sir Peter Russell, al final de la Guerra Civil española. Por la edad avanzada de ambos, para que tuvieran tiempo de reconocerse en las páginas del libro, decidió -en parte- subdividir la obra en tres. Por eso, afán que logró con los dos primeros tomos, y porque además odia los libros demasiado largos. Esta última entrega le permitió que tanto Russell como el viejo Marías vivieran un poco más en su imaginación
No planea tanto Marías. Para él, la literatura es una ciencia incierta, muy lejana a la ingeniería literaria que practica su amigo Arturo Pérez Reverte antes de teclear la primera letra.
“A mí me gusta, por el contrario, averiguar la novela a medida que la voy escribiendo. Siempre recuerdo que la palabra inventar etimológicamente viene del latín invenire, e invenire en latín lo que quería decir era hallar, descubrir, averiguar. Es decir que etimológicamente -al menos- la invención y la averiguación o el hallazgo tienen la misma raíz. Entonces, uno averigua a medida que inventa. Yo me permito trabajar mucho sobre la marcha, incorporar cosas que en modo alguno tenía previsto, entre otras cosas porque no deseo tenerlo previsto”, dispara erudito este, aseguran, firme candidato al Nobel.
Precisamente también relativiza las voces que lo proclaman para recibir el galardón de la Academia Sueca. “Es algo que se dice más que nada en el mundo anglosajón y en Alemania también. Sin ningún fundamento, desde luego, yo creo, en absoluto. Pero bueno, se han dicho muchas cosas…”, se desentiende ahora un modestísimo Marías.
Muchas cosas se han dicho sobre este autor autodefinido como un veterano a sus 57, teniendo en cuenta que lleva publicados más de una veintena de libros desde 1971. Y, aunque la mayoría son elogios, él decide enumerar la larga lista de argumentos que sus detractores propusieron en los últimos 38 años. “Se dijo que era un autor extranjerizante, que escribía como si tradujera -lo cual para mí era un elogio-. En otro momento se dijo: ‘Es muy cerebral, demasiado frío. Luego, empezaron con que ‘Sólo le gusta a las mujeres’, como si fuero algo malo, denigratorio… Lo último es que escribo muy mal, que maltrato la lengua. Nunca he gozado de muchas simpatías entre el establishment literario”, se ufana Marías, mientras juega en su mano con el primero de los cuatro cigarrillos que fumará casi de corrido. Sin embargo reconoce que su métier como traductor -”un trabajo extraordinario para cualquier escritor”- favorecieron su facilidad para explorar todas las posibilidades de la lengua y admite, sin tapujos, que alrededor del 60% de sus lectores son mujeres, lo que le parece natural “porque las mujeres leen más”.
Si de dardos maliciosos se trata, Marías también sabe a quién apuntarle. “Jorge Herralde es un buen editor, pero hace años que me prohibí leer libros de Anagrama, y sobre todo, comprarlos”, dice sobre la editorial amarilla donde publicó sus primeras obras antes de que la relación se quebrara.
El estado actual de las traducciones al español también logra crisparle los nervios a este especialista entre traidores, que fue galardonado hace décadas por su versión castellana de la disparatada Tristram Shandy, de Laurence Sterne. “No quiero decirles el estado general de las traducciones actuales españolas. ¡Es terrible! Hay personas que no saben una lengua ni la otra” , sentencia.
Las digresiones y reflexiones de Marías se repiten en su discurso casi tanto como en sus novelas, es la característica que lo distingue y que hilvana su obra. “No creo que haga falta leer todas mis novelas para tener una comprensión de una determinada, pero sí digamos que hay unos vasos comunicantes y personajes que pasan de una a otra, frases incluso, que deliberadamente se repiten de un libro a otro. Todo eso es deliberado, desde luego”, asume.
El autoproclamado rey de Redonda, isla que actualmente pertenece a Antigua y Barbuda, y monarquía en la que Marías ha nombrado una nobleza soñada de artistas ilustres, reconoce que ha perdido contacto con la actualidad literaria. Incluso –reconfórtese perezoso lector- concede que uno de los precios de plasmar su colosal Tu rostro mañana ha sido que pasaron casi 8 años sin que leyera prácticamente nada de lo que se ha publicado en cualquier lengua. “Creo que hay cosas muy repetitivas, me da la sensación de que son cosas propias de los años 70. Es más una impresión que un juicio. Además, a medida que uno se va haciendo mayor, la curiosidad va menguando. Ahora quiero releer”, revela. Por si fuera poco, lanza una aseveración más grande para animársele otra vez a los clásicos y por primera vez a autores griegos y latinos con los que nunca se desafió. “No tengo la impresión de que éste sea un momento particularmente brillante. Es decir, no ha habido todavía casi ningún autor en menos de cuarenta y cinco años del cual se me haya dicho con verdadera insistencia: ‘Debes leerlo, hay que leerlo’, ¿no? Rara vez me autocritico eso”, se defiende.
Redonda, la crisis, la traducción, la narrativa contemporánea, el Nobel y Tu rostro mañana marean y desconciertan, pero Marías advierte que sólo habla de una cosa. Al igual que el tema principal de la novela, todo se reduce a lo único que hacemos a lo largo de nuestras existencias: “Vamos interpretando vidas, vamos interpretando personas”, insiste.
Poca cosa para alguien que –dicen sus detractores- escribe mal.
GUIDO CARELLI LYNCH
Ñ, Clarín, 2 de abril de 2009
Marías dixit
“A mí me gusta trabajar con un plan poco preconcebido. He dicho muchas veces que si supiera la historia entera que voy a contar me aburriría enormemente. Me digo “Ay ay, esto se va a convertir en un ejercicio de redacción”.
A mí me divierte sobre todo averiguar la novela a medida que la voy escribiendo. Averiguarla. Me ha pasado en alguna ocasión con algún cuento, con algún relato, que más o menos tenía la historia completa y me pareció un ejercicio de redacción. Me aburrí, y eso se nota, eh. Yo creo que cuando el escritor se aburre, el lector acaba aburriéndose también
No tengo quejas en absoluto sobre mis lectores y tampoco sobre cómo me ha tratado la crítica, que a veces me ha tratado a veces mal y a veces bien, como a todo el mundo”.
La crisis según Marías
“Yo tengo la sensación de que aparte de que existe la crisis (financiera internacional) y sin duda alguna es cierta, en España hay una especie de satisfacción y regodeo… Incluso, a veces tengo la sensación de que cuando hay una pequeña buena noticia al respecto, la despachan así, como lateralmente. Hay una especie como de gusto en el catastrofismo que no me acabo de explicar, que es general a todos los periódicos.
Evidentemente, yo no soy economista, y además, me parece que ni siquiera los economistas tienen mucha idea de lo que está pasando ni de lo que va a pasar, así que menos aún la puedo tener yo. Evidentemente, quienes más la están notando son las personas que han perdido el empleo. El desempleo está creciendo muchísimo en España. Pero el caso español era previsible. Muchos articulistas lo dijimos varios años, el disparate que suponía el ritmo de construcción de casas y de edificios que había en España era una locura. Era falso, una burbuja. Y era normal que sucediera. Efectivamente, hubo mucha gente que lo advirtió. Ahora los políticos dicen “No nos lo impidieron”. En fin, podrían haber tenido un poco más de seso”.
Javier Marías fue entrevistado por Silvia Hopenhayn y conversó con el público en la Boutique del libro de la calle Thames. Un diálogo sereno, algo distante, muy ingenioso y con la extraordinaria riqueza de esta personalidad de las letras de España.
Marías habló de la novela Tu rostro mañana, esa enorme saga de 1.600 páginas, publicada en tres volúmenes y que según la crítica está entre lo mejor de la narrativa hispana de las últimas décadas. Contó las dos razones por las que insistió a sus editores en dividir lo que considera una sola novela en tres partes. Una es de orden práctico y fue en defensa de sus lectores ya que pensó que no sería atractivo ni accesible para muchos comprar un libro de tantas páginas. Y la segunda de carácter personal y conmovedor. Notó que los dos protagonistas encarnados en sus personajes (Sir Peter Wheeler y Juan Deza) que fueron Sir Peter Russell y su padre. “Era gente mayor ya cuando yo empecé a escribir la historia. Por un lado percibí el deseo de verse reflejados en esa novela al poder leerla y la necesidad, incluso, de vivir la reacciones de los lectores. Eso me llevó a pensar que si no la publicaba en partes quizás no llegarían a verla completa. Y así fue ninguno de los dos llegaron a leer el tercer volumen.”
Javier Marías es un escritor que se hace oír y expresa lo que no siempre se puede o se debe decir. Amante de Shakespeare, defensor de las traducciones, audaz en sus posiciones, con gran sentido del humor Marías es un escritor polémico en su país. Él mismo dice: “España es un país muy difícil. Tengo muy poca relación con la escena literaria de mi país, pese a ser parte inevitable de ella”.
La charla recorrió su obra pero en especial sobre el modo en que escribe. No utiliza computadora, sigue aferrado a su máquina de escribir como cuando hace 38 años publicó su primer libro. No tiene un plan, ni un esquema al comenzar la escritura. Apenas una idea que deja crecer y buscar su camino. Es así que dice disfrutar y ser el primer sorprendido con las situaciones que van a apareciendo en el transcurso de la escritura.
Se pensó se demoraría un tiempo largo en retomar la escritura, luego del cansancio que le dejó la trilogía Tu rostro mañana pero en los últimos meses comenzó a trabajar en su nuevo libro, el que dijo es una novela más sencilla y que ”estoy dejando que se haga sola. Ya veremos como resulta”.
Se pudo apreciar el gran sentido del humor de este hombre con algo de la cultura sajona que le debe a la necesidad de exilio de su padre en época de Franco y se intuye por ello un cierto rencor en su relación con España que no le dio el lugar que Julián Marías se merecía por cierto.
Contó la fabulosa historia de su Reino de Redonda. Algo que sólo al oírlo mueve a la extraordinaria sensación de una risa que aplaude la creatividad y el juego que hay detrás de ser el Rey de esta inhabitada isla del Caribe llena de duques nombrados por él, única y absoluta autoridad del territorio. Una maravilla a la que se han sumado gente como Arturo Pérez Reverte, Fernando Savater, Francis Ford Coppola, entre otros. Cabe resaltar que su blog http://www.javiermarias.es/.html tiene una frase que lo acompaña y es “Ride si sapis”.
Sin duda un hombre valiente, audaz, riguroso y divertido.
El novelista español JavierMarías, nacido en Madrid en 1951, es además traductor y miembro de la Real Academia Española (RAE) desde 2006.
Entre sus novelas destacan Los dominios del lobo (1971), El monarca del tiempo (1978), El hombre sentimental (1986), Todas las almas (1989), Corazón tan blanco (1992), y su obra más reciente es la trilogía que le tomó cinco años escribir denominada Tu rostro mañana (2002 - 2007), cuyos títulos son Fiebre y lanza (2002), Baile y sueño (2004) y Veneno y sombra y adiós (2007).
GABRIELA GARCÍA MORALES
Culturar.com, 1 de abril de 2009
Javier Marías publicó en 1986 una de sus mejores y más congruentes y bellas obras: El hombre sentimental. La historia de un triángulo amoroso que se rompe como las cadenas, por la parte más frágil (por el lado de “un potentado, un ambicioso, un político, un explotador”). Javier Marías ha dicho irónicamente que la narración de los sueños no le interesa, ni como narrador ni como público, y esta novela se cuenta a partir de un sueño: se construye a partir de la delgada consistencia de los sueños o de los restos oníricos que divagan en nosotros antes del desayuno. El narrador prefiere no tomar ese desayuno, para impedir que el día o lo diurno se impongan, mientras cuenta; o lo toma tarde, cuando todo es demasiado tarde ese día, o es todo tardío e irremediable, según se mire, diría el propio involucrado, un enfriado cantante de música que está subiendo a la cima de su carrera cuando encuentra en un tren al primer trío de su historia: una mujer semidormida de la que no alcanza a ver el rostro, y sus dos acompañantes.
Sabemos mucho más, pero muy poco más, de esos personajes, especialmente de Natalia, la mujer del rostro cubierto, una figura bella y neblinosa que jamás deja de serlo. Marías realiza la proeza de contar una historia donde no podemos ver prácticamente nunca uno de los personajes, Natalia. “Tratar con un matrimonio es como tratar con una sola persona contradictoria y desmemoriada”, dice. Y, “no hay sometimiento más eficaz ni más duradero que el que se edifica sobre lo que es fingido, o aún es más, sobre lo que nunca ha existido”.
El narrador de El hombre sentimental es un cantante de ópera que recorre el mundo en la soledad de la fama, un intérprete que tiene un sutil cariz de bufón, un sutil cariz de vendedor viajero, de cantante de rock. Su idea de los wagnerianos, a partir de un histérico intérprete wagneriano que enloqueció al ver una sola butaca vacía en el teatro y terminó una vida de éxitos, en ese lugar y en ese punto -con una escena enloquecida-, resulta perfecta. Su lectura de Otelo es como una melodía de fondo. Su manera de amar a la chica misteriosa del tren, es musical.
La ópera le va. Pero el efecto final es más el de la pintura que el de la música: El hombre sentimental es como una elaborada miniatura, o un detalle, seguramente uno de los más notables de un artista y de un estilo. Un estilo de Proust, frases largas, preguntas abiertas.
MILI RODRÍGUEZ VILLOUTA
La Nación (Chile), 1 de abril de 2009











