Archive for Noviembre 22nd, 2008

22nd Noviembre
2008
written by admin

A pesar de tener la casa forrada de libros -o, probablemente, a causa de ello- nunca me he considerado un bibliófilo. Salvo una remota edición de The Sound and the Fury adquirida en el entusiasmo de una peregrinación a Oxford, Misisipi (cuya transcripción literaria, si es que a alguien interesa, puede leerse en Si yo amaneciera otra vez, Alfaguara, un volumen de homenaje a Faulkner en el que figura por hospitalidad de Javier Marías), y primeras ediciones de valor sobrevenido (adquiridas hace muchos años y que el paso del tiempo ha convertido en tesoros que no aprecio), siempre he considerado los libros como herramientas transitivas y funcionales. Procuro cuidarlos para que duren tanto como yo, pero no les saco brillo, ni los expongo tras una vitrina. Los abro el máximo que permite su sencilla y eficacísima arquitectura (odio los que se publican fresados y no cosidos), los subrayo sin piedad, me desahogo en sus márgenes -lo que escandaliza a algunos amigos- y los atiborro de papelillos adhesivos para que me sea posible encontrar (pero nunca lo logro) pasajes que me han interesado particularmente, incluso (o sobre todo) en las novelas. Por eso me resulta extraño contemplar esas impolutas bibliotecas en que los libros -que, me consta, han sido leídos por sus dueños- parecen tan vírgenes como cuando estaban intonsos. Tampoco entiendo muy bien el pago de sumas exorbitantes por primeras ediciones modernas que carecen del valor añadido de primorosas encuadernaciones llevadas a cabo por artesanos semidivinos del pasado. Descubro, por ejemplo, en el catálogo de la librería Sotheran’s, de Sackville Street, una primera edición de la primera novela de James Bond (Casino Royale), publicada por Jonathan Cape en 1953, y cuyo ejemplar es más valioso a causa de una dedicatoria autógrafa del autor a una amiga que le inspiró el personaje de Vesper Lynd, que en la ficción es la amante del agente. Ignoro el anticipo que Ian Fleming cobraría por ella, pero supongo que sería bastante menos de las 27.500 libras (33.900 euros) que pide el librero (o, más bien, joyero de libros), a pesar de que el volumen presenta “una pequeña mancha parda en la esquina inferior de las últimas 35 hojas”, qué pena. Ya puestos a comprar joyas británicas recomiendo a quien pueda permitírselo (yo no, y créanme que lo lamento) alguna de esas elegantes, extrañas, intensas alhajas de oro mate y motivos difusamente industriales diseñadas por Anthony Caro. Yo las descubrí en Grassy (en exposición hasta el 15 de diciembre) gracias al aviso de Ángeles Jiménez Cervantes (una joya con rostro humano). Y no son más caras que la novela de Fleming.

El País, Babelia, 22 de noviembre de 2008