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9th Marzo
2010
written by zonafantasma

Señor Director:

En el reportaje Léeme o muere, en EP3 del 5 de marzo, el señor Jorge Carrión, en su afán por justificar los megalómanos tráileres promocionales que ha hecho de una novela suya, dice que “Cada cual hace networking a su manera: Javier Marías, por ejemplo, carteándose con celebridades que admira y que después se citan en las solapas de sus libros”.

El señor Carrión no me conoce y no sé de dónde ha sacado semejante infundio. Ni me “carteo con celebridades”, ni nunca le he pedido a nadie una cita para colocarla como condecoración, ni jamás se ha citado en un libro mío ninguna frase de nadie que no se hubiera publicado en prensa con anterioridad. Es más, citar un elogio hecho privadamente, en una misiva personal, me ha parecido siempre una bajeza en la que nunca se me ocurriría incurrir. Sería de desear que el señor Carrión se dé el autobombo que le plazca, aun a riesgo de hacer el ridículo, sin mezclarnos en ello ni atribuirnos falsedades a los demás.

Javier Marías

El País, 9 de marzo de 2010

7th Marzo
2010
written by zonafantasma

 

 

Javier Marías presentará la traducción al alemán del tercer volumen de Tu rostro mañana: Dein Gesicht morgen 3. Gift und Schatten und Abschied (Klett-Cotta) en varias ciudades alemanas.

Frankfurt: el 9 de marzo, a las 8 de la tarde, en Literaturhaus Frankfurt.

Hambburg: el 10 de marzo, a las 8 de la tarde, en Literaturhaus Hambburg.

Berlin: el 11 de marzo, a las 7 de la tarde, en Dussmann das Kulturkaufhaus.

Köln: el 12 de marzo, a las 9 de la tarde, en Kultur Kirche Köln.

7th Marzo
2010
written by zonafantasma

Escena primera. Se habrán dado cuenta de que las personas que están delante de uno en cualquier tipo de cola tardan siglos en solventar sus asuntos. Si es la de un cajero automático, se pasan larguísimo rato desentrañando los diferentes pasos que hay que dar para algo tan simple como sacar dinero o consultar un saldo, como si siempre fuera la primera vez, o bien llevan a cabo infinitas operaciones distintas, una tras otra, hasta el punto de que uno se pregunta si estarán confundiendo la pantalla con la de un vídeojuego o con el panel de una máquina tragaperras. Cuando por fin le llega a uno su turno, tarda pocos segundos en hacer lo que se proponía. Aquí cabe la duda de si medimos injustamente el tiempo propio y el de los demás, el de la actividad y el de la espera. La duda se disipa cuando uno decide intercalar otro recado y regresar más tarde, y a menudo se encuentra con que el sujeto que bloqueaba el cajero todavía permanece allí, como si estuviera ante un jeroglífico.

Escena segunda. Lo mismo, pero agravado, ocurre en la cola de una agencia de viajes o de cualquier taquilla. Parece que quienes lo preceden a uno empiecen a pensar en el recorrido que desean efectuar, en el día, la hora y el medio de locomoción, sólo una vez que ya están en la agencia o en la estación. Le llegan a uno retazos de disquisiciones sin fin, de dudas existenciales que se podían haber resuelto en casa, de perplejidades cuando la persona en cuestión se entera, allí mismo, de que a Tenerife es imposible llegar por ferrocarril y cosas por el estilo. Yo he visto tirar de mapa a las empleadas, desplegarlo ante los ojos del cliente e intentar demostrarle que entre Barcelona y Mallorca hay mar.

Escena tercera. En todas partes, y en las tiendas no digamos, existe un tipo de comprador particularmente sádico. Es aquel que va anunciando que ya está a punto de terminar sus gestiones: “Y, por último …”, suele decir. Cuando oigan eso, desesperen, porque es siempre mentira. A quien eso proclama es seguro que aún le quedan tres o cuatro consultas más. Otra modalidad es la del individuo que, cuando ya ha acabado, ha pagado y parece que se dispone a marcharse, se acuerda de algo más: “Ah, y deme también una goma de borrar”. El de la papelería busca gomas, el cliente duda, por fin se decide por una, aquél se la envuelve, se la cobra aparte, y, cuando uno cree que todo ha concluido de veras, el sádico añade: “Ah, una cosita más …” Y cuando esa cosita más ha sido servida, y envuelta, y cobrada, el torturador todavía preguntará dónde queda una calle, o dónde puede encontrar sandías por la zona, o cualquier otra cosa que ya nada tenga que ver con la tienda en cuestión. Me alegro de no portar armas normalmente, porque a estas alturas ya estaría cumpliendo varias penas por homicidio.

Escena cuarta. Lo normal es que toda compra o gestión se vea además interrumpida y alargada por un par de llamadas telefónicas, que el dependiente, cajero del banco o taquillero atenderá inmediatamente con gran solicitud. A ninguno se le ocurre que la presencia física de alguien –que ha esperado lo suyo a ser atendido– debería tener absoluta prioridad sobre una mera voz que, de hecho, se está colando con impunidad. Es al revés: el cliente que se ha tomado la molestia de desplazarse hasta el lugar será siempre postergado en favor del comodón que llama desde su casa o su móvil para preguntar cualquier sandez.

Escena quinta. Es frecuente, asimismo, que los empleados sean bisoños o ineptos y requieran la ayuda de un compañero. Por lo general ese compañero al que se recurre es el que está atendiéndolo a uno, y si éste no basta, se reclama a un tercero. Yo me he encontrado con frecuencia privado del que por fin se ocupaba de mí mientras tres de ellos se volcaban en solucionar las vacilaciones del pelma de turno. Confieso que también en estas ocasiones he deseado estrangular con mis manos, al no soler portar armas, como he dicho.

Escena sexta. Uno asiste a la conferencia o charla de un escritor, por ejemplo, al que le interesa oír. Se encuentra con que junto a él hay sentadas otras tres personas, pese a que lo anunciado no era un coloquio ni una mesa redonda. Una de ellas está allí para presentar a las otras dos, las cuales están para presentarse la una a la otra y de paso al escritor. Lo más probable es que empiecen diciendo: “Fulanito de Tal no necesita presentación …” Mal asunto, porque a continuación, y en vista de eso, enumerarán desde la fecha de su nacimiento hasta su última publicación, cuanto puede leerse en una solapa de libro o en Internet. El principal presentador del escritor saca entonces unos folios y anuncia que va a leer “algo muy breve”. Pésimo asunto, porque es garantía de que será larguísimo y aburrido y de que consumirá buena parte del tiempo destinado a la intervención del conferenciante. A veces éste tiene que tomar un tren o un avión justo después, y lo advierte, pero eso no impedirá que ninguno de los presentadores de los presentadores renuncie a sus minutos de pequeña gloria microfónica. Reconozco que en más de una ocasión mi exasperación, y las miradas al amenazador reloj, me han llevado a largarme sin oírle abrir la boca a quien había ido a escuchar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de marzo de 2010

6th Marzo
2010
written by zonafantasma
Foto. Gorka Lejarcegi

Foto. Gorka Lejarcegi

Javier Marías es uno de esos autores que resulta menos airado en persona que por escrito. Decidido a no ser ni banal, ni previsible, ni políticamente correcto, sus artículos son piedras en el estanque del consenso y sus argumentos salpican a izquierda y derecha. Sin importarle quién pueda salir escaldado, el primero que se moja es él. Y si sus artículos en el El País Semanal dan una idea de su contundencia, la antología de textos Los villanos de la nación (Los Libros del Lince) subraya su faceta de escritor comprometido en estos 84 textos aparecidos en periódicos y revistas entre 1985 y 2009.

Como hay un Marías cinéfilo (el recopilado en Donde todo ha sucedido, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), autobiográfico (Aquella mitad de mi tiempo, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) y futbolero (Salvajes y sentimentales, Aguilar), hay también un Marías político. Sus reflexiones sobre las condiciones laborales, el referéndum de la OTAN, ETA, el GAL, Irak o la crisis económica no dejan lugar a dudas. ¿Por qué entonces esa imagen de autor volcado en la literatura? “Será porque procuro no sacar provecho. Hay intelectuales muy bien intencionados que, aunque crean en lo que hacen, también parecen decir: ‘Vean cómo soy de solidario, de guay, de comprometido’. Cuando surge una cuestión polémica ya puedes prever quién y cómo va a pronunciarse. Salta lo de Aminetu Haidar y sabes quiénes van a hacerse la foto con ella. No digo que sean hipócritas, pero se les ve venir”. Como articulista, dice, no es de una pieza: “Si algo me aburre como lector de periódicos es el columnista al que, sin leerlo, ya he leído”.

Los villanos de la nación

Los villanos de la nación

Tampoco con eso que llaman sociedad civil se anda con paños calientes. Avisa de la invasión de dos arquetipos peligrosos: el quejica y el metomentodo. Los quejicas serían “individuos puerilizados que no asumen la responsabilidad de lo que hacen y siempre encuentran a otros a quienes echar la culpa de sus decisiones o indecisiones”. Son, dice, los que se saltan la recomendación de no viajar a zonas de conflicto y, una vez que les pasa algo, le echan la culpa al Gobierno: “Está bien que se ayude a un ciudadano español si tiene un problema, pero que no exija. Aquí se exige y no se agradece. Estamos creando una sociedad de ingratos. La gente clama por su libertad, pero en cuanto se tuerce algo ya no es libre, sino alguien cuya responsabilidad se traslada a quien sea. Vivimos una perpetua adolescencia social”. Los metomentodo serían los que “viven como policías en perpetua alerta, vigilando al prójimo para ver qué dice. Son los defensores a ultranza de lo políticamente correcto”.

Para el novelista, la corrección política es una de las “grandes calamidades” de nuestro tiempo: “Las palabras que usa alguien son una información de primer orden para juzgar con quién nos las estamos viendo”.

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

El País, 6 de marzo de 2010

5th Marzo
2010
written by zonafantasma

 

 

Entrevista de Michael Silverblatt a Javier Marías en el programa Bookworm, en la KCRW Radio de Nueva York, en el mes de diciembre de 2009, con motivo de la presentación de Your Face Tomorrow 3. Poison, Shadow and Farewell.

Escuchar la entrevista

4th Marzo
2010
written by zonafantasma
Los villanos de la nación

Los villanos de la nación

El escritor Javier Marías considera “muy grave” que en España, y en otros países del mundo, haya “una especie de afán prohibicionista generalizado” y la gente dirima “cada vez más sus diferencias a través de un juez”.

“Parece como si la gente hubiera perdido la capacidad de arreglar diferencias entre sí, y algunas no son tan graves como para convertirse en asunto judicial”, afirmaba Marías en una reciente entrevista con EFE en la que hablaba del libro Los villanos de la nación, que agrupa sus artículos de tipo político y social y que acaba de publicar la editorial Los Libros del Lince.

En ese encuentro, en el que también se refirió a la reedición de sus novelas Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, como ya informó EFE el pasado 20 de febrero, Marías decía que le preocupaban las consecuencias que la crisis económica está teniendo en España, pero “más grave aún” le parecía esa “especie de pulsión hacia recortes de la libertad” que ve “desde luego en los gobernantes, pero también en buena parte de la sociedad”.

Ese “afán prohibicionista generalizado” se nota, por ejemplo, en que “la gente quiere que todo esté regulado en la vida” y en que “todo el mundo está dispuesto a llevar a juicio al otro por cualquier tontería”.

“Esto es muy preocupante. Y hay demasiada gente que, cosa que le molesta o le parece mal, tiene el afán de que se prohíba, en vez de no practicarla o no hacerla: estamos en contra de los toros, que se prohíban los toros; estamos en contra del tabaco, pues que se prohíba también”, señala el escritor.

Al autor de Tu rostro mañana la situación actual le recuerda, “desde otro punto de vista”, lo que pasaba al comienzo de la Transición con las revistas eróticas, “que en vez de abstenerse de comprarlas ellos, querían que no existieran”.

“Me parece muy preocupante que una serie de actitudes prohibicionistas, intolerantes, de recorte de las libertades, estén triunfando hoy en día bajo un disfraz de izquierdas, cuando toda la vida fueron propias de la derecha más recalcitrante”, añade este escritor, cuya obra está traducida a 38 lenguas y publicada en 48 países.

Pero esta situación no se da sólo en España. Javier Marías dice que, “si uno se asoma a Italia, ese país que durante muchos años los españoles envidábamos”, ve que hay ciertas actitudes hacia los inmigrantes nada recomendables y que se están aprobando algunas “leyes xenófobas”.

“Con esas actitudes y con el tipo de leyes que están pasando ahora, dudo que a Italia se le hubiera permitido seguir en la Unión Europea hace diez o quince años”, asegura. En su opinión, si en España “nadie dice nada” sobre lo que pasa en Italia es porque, “en el fondo, a los demás no les parece tan mal”.

“Paulatinamente, nos estamos aproximando a cosas que hace unos años habrían sido condenadas porque había una mayor conciencia de las libertades, de la tolerancia y de las necesidades de la gente desfavorecida”, comenta preocupado Marías.

Como señala Inés Blanca, editora de Los villanos de la nación, Marías compaginó casi desde sus comienzos literarios la escritura de sus novelas con la publicación de artículos en prensa, que desde 1994 fueron apareciendo primero en El Semanal y luego en El País Semanal.

El libro contiene los 84 mejores artículos del escritor relacionados con asuntos políticos, éticos y sociales, publicados desde 1985 hasta ahora.

Marías no se calla nunca sus opiniones, por incómodas que sean, y estos artículos constituyen una buena prueba de su “decidida voluntad de intervenir en las cosas públicas”. Cuando tiene que criticar a los políticos de turno o a los poderosos de otro tipo, lo hace sin dudar.

EFE, 2 de marzo de 2010

3rd Marzo
2010
written by zonafantasma

 

 

 

 

 

Charla con Javier Marías
Encuentro digital en EL PAÍS.com
Hoy 3 de Marzo de 2010
de 18:00 a 19:00 horas
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Encuentro en directo

 

 

Javier Marías: “Es difícil que se pueda superar el deterioro del español de España”

El escritor madrileño confiesa que tiene una nueva obra en marcha

El mayor problema del lenguaje español es que la gente habla y escribe mal y se “ufana de ello”. Son palabras del escritor y académico Javier Marías, quien ha conversado hoy con los lectores sobre el lenguaje, la literatura y su obra dentro del Congreso virtual de la lengua organizado por Babelia. El escritor y académico madrileño ha añadido: “Ayer mismo le oí a un político del PP decir ‘independientemente de estacionalidad o de no estacionalidad’. ¿Qué diablos quiere decir eso? Si quienes hablan a menudo en público sólo tantean la lengua, sin un dominio de ella, es difícil que el conjunto de la población se preocupe por mejorar su nivel”. El autor de Tu rostro mañana, además, se mostró escéptico con la utilización del idioma en España: “Me parece difícil que se pueda superar en ningún sitio el deterioro del español de España, donde demasiada gente no sabe ni construir entera una frase simple. Me temo que gran parte de culpa es de los medios de comunicación y de los Ministerios de Cultura de los últimos cuarenta años. Me temo que la cosa ya no tenga vuelta atrás”.

El autor de títulos como Mañana en la batalla piensa en mí y Corazón tan blanco ha explicado algunos aspectos del funcionamiento de la RAE. Por ejemplo: “La RAE no elimina palabras de la lengua, sólo el Diccionario de uso, para que siga siendo manejable y porque hay que dejar espacio a los nuevos términos. Esos vocablos que se ‘jubilan’ pasan al Diccionario Histórico, no es que se supriman ni se pierdan. Si no hay registro escrito de una palabra después de 1500, quiere decir que está completamente fuera de uso, salvo excepciones”. O de la importancia de la labor de filólogos, lingüistas y escritores dentro de la academia El concurso de los filólogos es fundamental, pero tienden -algunos- a ver la lengua como una disciplina exclusivamente científica. Las lenguas dependen en gran medida del lenguaje literario. Es éste el que las mantiene vivas y en evolución permanente, junto con el de la calle, claro está, y suelen ser los escritores quienes tienen lo que podríamos llamar “sentido de la lengua”. A mi modo de ver, son aún más necesarios que los lingüistas

Javier Marías ha contado que tiene una nueva novela en marcha “quizá mediada”, no obstante ha reconocido que “su escritura me he visto obligado a interrumpirla en los últimos meses. Me falta tranquilidad de espíritu, con tanto ajetreo, y aún no le he dado el “visto bueno”. Quiero decir que ni siquiera sé si acabará existiendo. Supongo que sí, pero yo soy muy inseguro con todo lo que escribo, y todavía no me ha llegado ese momento en que uno se dice “Que sea lo que San Conrad quiera”.

CAMILO SÁNCHEZ

El País, 3 de marzo de 2010

2nd Marzo
2010
written by zonafantasma

Un buen día caen en desgracia y nadie sabe muy bien por qué ha sido. La gente deja de usarlas; es la primera denuncia. Después, los académicos, aquellos sabios encargados de la vigilancia de la lengua, las sentencian a morir arrojándolas fuera del diccionario. A nadie le gusta asesinar palabras. Son casos aislados. Aunque también se dan los ejemplos heroicos. Como el de la palabra acercanza.

Resulta que en la comisión correspondiente de enmiendas y adiciones, un buen día se presentó ante las narices de los señores académicos el palabro en cuestión. Moribunda, en la UVI del diccionario, nadie documentaba su uso desde 1494. Es la línea fronteriza. Las palabras que han sido utilizadas desde 1500 deben permanecer porque el diccionario es un instrumento que facilita la comprensión de cualquier texto desde esas fechas hasta hoy. Alguno clamó, con sangre fría, que debía eliminarse. Pero dos escritores presentes en el juicio, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte, y un humorista de raza como Mingote detuvieron en última instancia el aniquilamiento.

Fue un arrojo romántico. Acercanza les sonaba a cercanía, pero con muchas más lecturas. “Con un toque afectivo”, confiesa Pérez-Reverte. En la definición dice: “De acercar. Proximidad, relación”. Y además les mecía ese sonido tan propio, meloso, musical, vivo. Total, que decidieron lo insólito: resucitarla.

“Nos juramentamos allí, nos comprometimos a darle vida de nuevo”, comenta el autor de Alatriste. El procedimiento en estos casos es fácil. Volverla a usar. Como Marías, Pérez-Reverte y Mingote tienen prédica semanal en los diarios y se pusieron manos a la obra. Los escritores la incluyeron en sus artículos y el humorista en su viñeta. Además, Pérez-Reverte la ha utilizado en su nueva novela, El asedio.

Pero ya que ha vuelto a la vida, Marías no ha querido desaprovechar la oportunidad de aumentar su eco, de darle nuevas dimensiones. “Nos pareció que era una palabra bonita por sí misma, sin necesidad de dar muchas explicaciones”, asegura el novelista. “Yo la volví a utilizar con un sentido nuevo, le quité la acepción poética y la coloqué en un uso normal, algo así como: ‘Si alguien prefiere rehuir esa acercanza”. El efecto se consiguió a las mil maravillas. “Incluso tenemos que agradecer a los críticos su labor”, proclama Marías. Muchos atacaron que en la Real Academia se dedicaran a esas cosas. ¿A qué sino?, cabe preguntarse. “Cuanto más utilizaban el ejemplo sea a favor, fuera en contra, más se afianzaba su uso, que era la cuestión fundamental”, dice Marías.

No es muy habitual esta resurrección de palabras enfermas. Los académicos son conscientes de su misión. “Hay que hacer hueco, ésa es la verdad, de todas formas nosotros influimos muy poco en esa selección. Los que de verdad influyen son los medios de comunicación con los usos reiterados”, comenta Álvaro Pombo. También lo dice Emilio Lledó, que estaba en la operación rescate. “Soy muy poco partidario de eliminar palabras”, comenta el filósofo. Más bien prefiere inventarlas. Pero en eso ha corrido una suerte variable hasta el momento. “Hace poco se me ocurrió la palabra aterrorismar, dícese de quien mete miedo a la gente con la excusa del terrorismo. Escribí un artículo dedicado a ella, pero ha tenido poco predicamento”, asegura Lledó.

Hay otros ejemplos de palabras que se han incluido y han perdido vigencia en algunas áreas. Antonio Muñoz Molina recuerda un caso querido. “Cuando se debatió maizena, que era uno de esos nombres de marca comercial que se convierten en sustantivos genéricos, como danone por yogur”. La marca perdió preponderancia y dejó de usarse mucho en España. “Para mí tiene su valor sentimental, porque está asociado a la infancia: a los niños de finales de los cincuenta nos daban maizena para ponernos robustos”, rememora el escritor de Úbeda.

Los criterios pueden parecer caprichosos en casos así. “Ha habido sesiones en las que hemos visto palabras que se arrastraban por el diccionario porque venían de ediciones anteriores, sin ninguna constancia de uso en siglos. De todos modos hay que ser cuidadoso, porque el hecho de que una palabra haya dejado de usarse no indica que no convenga mantenerla en el diccionario”, asevera Muñoz Molina.

El escritor es partidario de ser generoso con las entradas. “Creo que hay que ser cauteloso. Al fin y al cabo, una palabra tampoco ocupa tanto espacio. Eso sí, a no ser que sea una palabra fantasma que en realidad no se ha usado nunca”.

De todas formas hay casos más peliagudos, explica el director de la RAE, Víctor García de la Concha. Los términos más técnicos. “Palabras del dialectismo y de las jergas jurídicas, la medicina, la filosofía que se incluyeron siguiendo un criterio acertado en su época, pero que ya no tienen sentido ni en su propio mundo”, comenta. Muchas de ellas pasan al diccionario histórico y ahí quedan. En los demás casos, cuando se documentan en un texto literario y no se utilizan habitualmente, el DRAE avisa. “En esos casos especificamos que están poco usadas”, asegura García de la Concha.

Sin embargo, la RAE se enfrenta a nuevos tiempos. Quizás ya no urja deshacerse de todas y cada una de las palabras moribundas. La era digital ensancha y destroza la frontera del papel del propio diccionario. Los académicos cuentan con hueco para todas y cada una de las palabras, muertas o vivas. “Es una buena observación”, comenta Víctor García de la Concha. La magia de aquel armatroste de papel que un buen día sorprendió a Pablo Neruda para dedicarle su Oda al Diccionario -”No eres tumba, sepulcro, féretro, túmulo, mausoleo, sino preservación, fuego escondido, plantación de rubíes, perpetuidad viviente de la esencia, granero del idioma”- ya cuenta con un espacio infinito donde saltan sin cesar todas las palabras de todos los idiomas. Como en un babel horizontal de pasado, presente y futuro.

JESÚS RUIZ MANTILLA

El País, Babelia, 27 de febrero de 2010

28th Febrero
2010
written by zonafantasma

Por mucho escepticismo, y aun cinismo, que hoy le pongamos a la idea de posteridad, no es fácil que los escritores, pintores, músicos y cineastas nos desprendamos de ella enteramente en el plazo de dos o tres generaciones. Es muy poco tiempo en comparación con los muchos siglos en que esa esperanza o noción estuvo vigente. Por definición, quien pone algo por escrito tiene cierta intención, aunque sea inconsciente, de que ese algo permanezca o por lo menos pueda ser descubierto en el futuro. Quien se dedica a algún arte no ignora que hay obras que se siguen leyendo, escuchando, admirando, al cabo de centenares de años de su composición y de la muerte del autor, cuando éste lleva una eternidad sin estar “presente” ni ofrecer ninguna “novedad”. La duración de Cervantes, Shakespeare o Montaigne; la de Bach, Mozart o Schubert; la de Velázquez o Rembrandt o Leonardo; la menor, pero ya larga, de Welles, Hitchcock, Ford o Lubitsch permite que a cualquier artista lo anime, aunque no se lo reconozca o incluso lo niegue, una difusa intención de dejar alguna huella de su paso por el mundo, además de otras cosas sin duda más urgentes e importantes, como ganarse la vida con lo que sabe hacer, o divertirse haciéndolo, o tener una ocupación que –como yo mismo he dicho en numerosas ocasiones ante la pregunta “¿Por qué escribe usted?”– lo dispense de tener jefe y de madrugar.

El afán de posteridad está hoy muy mal visto, por no decir que resulta directamente ridículo además de –como siempre– pretencioso. La ridiculez viene dada por el hecho de que, tal como está concebida y planteada la producción de obras artísticas en la actualidad, éstas llevan consigo, en principio, una cada vez más inmediata fecha de caducidad. No son pocos los libros, películas, discos en los que esa fecha coincide de hecho con la de su alumbramiento. Nacen ya muertos, olvidados antes de forjar memoria; existen, pero es como si nunca hubieran existido. Como es sabido, son devueltos a la fábrica antes de que nadie haya podido sentir curiosidad por ellos, algunas cintas ni siquiera se estrenan. Lo único que parece existir de veras son los grandes éxitos comerciales, los que se mantienen incontables semanas en las listas de más vistos o vendidos o escuchados. Pero su duración está todo menos garantizada. Es más, esos productos se consumen tan rápida y masivamente (todo el mundo a la vez, para no quedarse “descolgado” de lo que toca en cada momento) que nadie se acuerda de ellos al cabo de unos años, y casi nadie los ve o lee o escucha fuera de “su” temporada. ¿Quién va a molestarse ahora mismo en zamparse El código Da Vinci o incluso El niño con el pijama de rayas? Sólo unos cuantos rezagados, que a toda velocidad se asemejan a quienes hoy se zambullen en Lo que el viento se llevó o Adiós, Mr Chips, por mencionar dos dignas novelas que leyó todo bicho viviente en su época. ¿Quién se atreverá a asomarse a la trilogía de Stieg Larsson o a Avatar dentro de cinco años, aparte de los frikis de cada una, los que se instalan a vivir en un mundo del que rehúsan salir?

Pero tampoco lo tienen mejor quienes crean obras que llevan inscrita en la frente la palabra “perduración”, las que no aspiran a una aceptación instantánea y multitudinaria y juegan la baza de la paciencia y apuestan por el porvenir. ¿Quién ve hoy el cine de Bergman, Rossellini o Renoir, amén de unos cuantos cinéfilos que compramos religiosamente sus DVDs? ¿Y quién lee al gran Faulkner o a Fitzgerald o a Céline? En el fondo somos tan frikis como los de La guerra de las galaxias o El Señor de los Anillos, sólo que sin disfraces ni convenciones. Esos autores ya no forman parte de la “cultura general”, sólo de la de especialistas o marginales. Su indudable talento no basta para su cabal persistencia, ésta es sólo parcial. ¿Qué hace falta, pues, para ser un verdadero clásico a todos los efectos, como Hitchcock o Billy Wilder, por los que aún pasan todas las generaciones? ¿O como Dickens, Flaubert, Conrad o Henry James, a los que todo aficionado a la literatura acaba echando un vistazo, aunque sea de reojo? ¿O como el imperecedero Elvis Presley? Menos que nunca está en la mano de los artistas su pervivencia. Han pasado los tiempos en que Joyce o Thomas Mann se esforzaban por alcanzar la posteridad y acababan lográndolo. Casi todos sus pasos iban dirigidos a eso, tanto los literarios como los que conformaban su figura pública. Hoy eso ya no sirve. Entre nosotros fue Cela el escritor que más se preocupó por quedar, y a ello dedicó buena parte de sus energías. Inseguro de su valía, conservó, ordenó y archivó sus originales y cartas, se afanó por que en su colección no faltase una sola edición de cualquiera de sus títulos, por insignificante que fuese. Hasta reescribió a mano, y a destiempo, el único original que había perdido o regalado, el de La familia de Pascual Duarte, convirtiéndose así en un extraño falsificador de sí mismo. Según las últimas noticias, cuanto atesoró con megalomanía y obsesión en la Fundación Cela, recaudando dinero público para su construcción, empieza a deteriorarse y a ser víctima de la incuria y la bancarrota. Y al parecer casi nadie se molesta en visitar su sede. Murió hace sólo ocho años y además recibió el Premio Nobel, pero no estoy seguro de que se lo lea ya mucho. Que algo dure hoy diez años es un milagro, quizá –salvo excepciones incomprensibles– la forma máxima de la posteridad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de febrero de 2010

28th Febrero
2010
written by zonafantasma
Los villanos de la nación

Los villanos de la nación

Entre los muchos atractivos que encuentro en la escritura de Javier Marías está su indudable elegancia expositiva, la exquisita cadencia de sus frases, la limpieza escénica en la que viven sus palabras, tan bien colocadas y pulimentadas que parecen ser el resultado de la aplicación de una fórmula magistral y secreta. Sé que mi amor por la literatura en lengua inglesa me hace acercarme a Marías, tan inglés él, en tantas cosas. Conozco pocos escritores nuestros que tengan esa impronta internacional, ese aire cosmopolita, aunque esté escribiendo de los asuntos más locales. Por si todo lo anterior fuera poco, y siendo, como soy, gran aficionado a las columnas de prensa, diré que poder gozar de ochenta y cuatro columnas periodísticas de incontestable profundidad, y de rotunda sátira, como las reunidas en este magnífico libro, es para mí todo un regalo. Sigo a Marías por tierra, mar y aire, pero en sus entregas a la prensa suelo encontrar un gran alivio para la insoportable levedad de las tardes dominicales. Autor personal, nada indulgente, suele dar con la clave de los asuntos, y deja siempre, con maestría, un poso de rebeldía y una sonrisa cómplice en los labios del lector. Gran libro, también para políticos.

J.M.G.

El Correo Gallego, 28 de febrero de 2010

27th Febrero
2010
written by zonafantasma
Foto. Emilia Gutiérrez

Foto. Emilia Gutiérrez

El escritor publica Los villanos de la nación

Los soldaditos de plomo invaden todos los rincones de la casa madrileña de Javier Marías, incluso la cocina. En la mesa, reposa su máquina de escribir electrónica. El escritor, tras la publicación en un solo volumen de Tu rostro mañana -su novela de 1.328 páginas- recibe a este diario para hablar de Los villanos de la nación (Los Libros del Lince), una selección de los textos que, sobre temas políticos, éticos y sociales, ha publicado en diferentes medios de comunicación desde 1985. Marías (Madrid, 1951) denuncia, entre otras cosas, “la gran opresión de nuestros días”: cómo el trabajo se come cada vez más territorio de lo que antaño fue vida privada.

-¿Qué importancia da a sus escritos sobre actualidad?
-A uno le sirve a veces de desahogo. Tengo la sensación de que tienen pocos efectos prácticos. Pero hay mucha gente que los agradece, que me dicen que les da alivio ver que alguien dice ciertas cosas. Uno siente ahí que tiene cierta obligación de decir lo que piensa de verdad. En cambio, en las novelas, no, no me responsabilizo de ellas como ciudadano. Hay un narrador que cuenta y unos personajes que dicen las cosas que quieren. Aunque cada vez hay más confusión y hay lectores que me recriminan opiniones de mis personajes. La ficción se había distinguido siempre de lo real pero ahora cada vez hay más personas que no realizan tal distinción.

-Ya en 1985 decía que no hay que depositar grandes esperanzas en los gobiernos.
-Tener entusiasmo por un gobierno viene a ser una ingenuidad o producto de la desesperación. Cada vez hay un descrédito mayor de la clase política, no sólo en España; en otro artículo propongo que haya la posibilidad en las elecciones de también votar en contra de un partido, y que, en el recuento, se le resten los votos negativos a cada formación. Sería lo más adecuado y lo más justo, hay un número creciente de personas que o bien no votan o cuando votan lo hace en contra de una opción.

-Usted presumía, en los 90. De no haber votado a ninguno de los tres grandes partidos que hay en España.
-Eso ya no podría suscribirlo. No tengo ningún inconveniente en decir que en el 2004 voté contra el PP, tras la segunda legislatura de Aznar, atroz desde cualquier punto de vista, al final dije: que venga cualquiera pero que no sean estos.

-Se ocupa bastante de describir la atmósfera de los años 80. ¿Qué hemos heredado de esa época?
-Yo la llamo la edad del recreo. El valor básico era hacerse guapo, para lo cual a veces hay que ser rico. Como el niño que quiere tener éxito con los compañeros. Se dio un proceso de infantilización de la sociedad que se ha coronado ahora. Ha ido a más la ausencia de responsabilidad por parte de todo el mundo ante cualquier cosa. La gente reclama su libertad de moverse, hacer, decir, iniciar negocios, irse a sitios peligrosos y en el momento en que les sucede algo, dicen: que el Estado me lo arregle. Pero el Estado somos los demás. Piden que les saquen las castañas del fuego, de modo impertinente, nadie agradece nada. Los pescadores que trabajan en aguas no protegidas no son diplomáticos ni gente empleada por el Estado. Me parece muy bien que se les quiera ayudar, pero no que haya una reclamación hacia el Estado, como si este fuera responsable de que estuvieran allí. Nadie asume sus actos, nadie se responsabiliza de nada. Si invierto en una cosa y me timan, ¿por qué el Estado me ha de devolver el dinero? Jugamos a ser mayores de edad hasta que hay algún problema. Otra lacra es que cualquier periodista o político puede decir una cosa y luego la contraria sin que nadie les pida cuentas, porque nadie recuerda ni lo que acaba de pasar.

-¿Tampoco los libros?
-Una novela se hace de modo artesanal, puede llevar años, y cada vez hay una mayor divergencia entre la forma en que vamos trabajando, que esencialmente es la misma que en el siglo XVII, y la manera en que esas cosas se consumen. Hay un desfase. Un librero, a los tres meses de la salida del tercer volumen de Tu rostro mañana, que me ha llevado tres años de trabajo, me dijo que eso ya era prehistoria, de la temporada anterior, como quien dice.

-¿Por qué critica ciertos aspectos de la solidaridad?
-Critico sus trampas. Aquí debajo de mi casa hay varios señores tumbados en el suelo a los que ningún transeúnte echa una mano. Nuestros pobres son concretos, sucios y desagradables, no los tocamos porque podrían transmitirnos su desesperación pero, eso sí, efectuamos donaciones a Haití. No es muy simpático decirlo, pero me produce un efecto contraproducente ver cómo todos los famosos del mundo entero se vuelcan como un solo hombre en Haití, y empiezan a donar dinero de manera ostentosa. Tengo la sensación de que estas solidaridades son mecánicas, que hay más deseo por parte de quienes la practican de mirarse al espejo y pensar qué majo soy que verdadera voluntad de ayudar y verdadera empatía. A mí me suena a falsedad, a medalla que se pone la gente a sí misma. Uno tiene el impulso de enviar un poco de dinero a Haití, y lo haces, privadamente, pero piensas: ¿qué es esto? Uno acaba desconfiando de los propios movimientos más altruistas del espíritu por el abuso que se hace de ellos.

-El trabajo y sus efectos negativos es otro de sus temas recurrentes…
-Hablo con mis amistades de toda España, y todos están igual, tengan el trabajo que tengan o cobren mucho o poco: no paran, no tienen tiempo de nada, trabajan sin cesar y cada vez les cunde menos. Amplían sus jornadas no para ganar más sino para dar abasto al trabajo diario. Apenas tienen ocio y están permanentemente agotadas, medio enfermas o desquiciadas. Es el gran mal de nuestros días. Las personas que están hoy a sueldo se desloman como no se había visto en los últimos 40 años. Es la opresión más grande que vive la gente corriente hoy: cómo el trabajo se nos va comiendo la vida. Con la crisis ha ido a más, y existe el miedo a perder el puesto, con lo que se renuncia a derechos sociales básicos.

-¿Usted sigue sin email ni móvil?
-Sí. Me niego a utilizar móvil, tengo uno solamente para los viajes, pero el número lo tienen mis hermanos y tres personas más. Me parece una forma de esclavismo: estar localizable permanentemente, que no haya ratos de silencio, en los que nadie sepa dónde está uno, caminando por la calle, mirando las musarañas, en el cine. No ser localizable me parece normal, una manera de descansar. La prueba de que el móvil es una herramienta de esclavización es que son las empresas los que se los ponen a sus trabajadores. Y no utilizo el ordenador porque voy viendo que lo del email es lo mismo: me dicen que, por la mañana, uno se encuentra unas cantidades fabulosas de correos. ¿Cómo puede haber 40 emails en tu buzón cada día? La gente procura contestarlos y, si no, tiene el agobio de que no lo ha hecho. Estas cosas, que se han vendido como facilitación de las tareas, son trampas verdaderas. A la gente se le crea pánico al vacío, a la soledad, y acaban siendo víctimas del síndrome de Estocolmo, si entendemos como secuestradores a los empresarios. Me parece atroz.

-¿Los artículos contribuyen a su fama de conflictivo?
-Me ven como áspero, pendenciero, grosero. No es una imagen grata. Da la impresión de que la gente no lee bien, te contestan a cosas que no has dicho. En vez de de leer, reaccionan. Semana que pasa, semana que hago nuevos amigos. Me llega mucha irritación. Hay muchas personas que cuando me conocen personalmente, aunque sea un par de minutos, me dicen: “Ah, pues eres muy normal, creía que eras muy arrogante”. No sé bien, en realidad soy cortés y a veces incluso supongo que puedo ser cordial. Pero, al escribir, uno dice cosas impertinentes porque no tiene sentido escribir para decir lo que todo el mundo ya sabe, lo que todo el mundo ya piensa, lo que toca.

-¿Y a usted qué le irrita?
-No sé. Hay una serie de cosas que siempre habían sido de derechas, reaccionarias, retrógradas, puritanas y, de pronto, han resucitado presentadas como de izquierdas, como si fueran propuestas avanzadas. Las mismas cosas que la iglesia ha impuesto durante muchos años, que les ponen otra vestimenta progre y ya está.

-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, si se ve un culito en un anuncio, dicen que es una denigración de la mujer. ¿Pero por qué va a ser una denigración? Que aparezcan siempre mujeres en los anuncios de hemorroides, dentaduras postizas y dietas de adelgazamiento me parece más denigrante. Que aparezca un cuerpo de mujer agradable, en cambio, es una especie de aprobación y enaltecimiento de la mujer. La libertad es una cosa muy importante y eso es atentar contra la libertad.

-Su artículo sobre la prostitución también levantó ampollas…
-El minero o el estibador también alquilan su cuerpo, ¿verdad? ¿Acaso no alquilamos todos algo? Partir de la base de que es más humillante y grave el alquiler del sexo es tener una idea puritana del conjunto del cuerpo humano. A nadie le parece humillante alquilar las piernas de un pisador de uva. Hablo, por supuesto, de los casos en que alguien opta voluntariamente por ejercer la prostitución, si te obligan es monstruoso. Es humillante que, por extrema pobreza, las personas hagan cualquier cosa, como recoger la fresa por dos euros al día. La pobreza es humillante, pero diferenciemos: ¿quien se vale de su sexo hace algo peor? Me huele a chamusquina.

-Habla también de la superstición de lo legal…
-Sí, lo vemos con el asunto de Vic y la resistencia a empadronar a los sinpapeles. Responden: es que es legal. Pero es que hay cosas legales que no son legítimas. Lo legal puede ser mañana ilegal, y al revés. Un ejemplo que me ponía mi padre: si el gobierno decide que va a vender el Museo del Prado a un jeque árabe, probablemente pueda ser legal, porque es de su propiedad, pero sería intolerable. Haber sido elegido también se utiliza como excusa: dicen que si les faltamos al respeto faltamos al respeto a los electores. Pues no: usted, para ser democrático, debe gobernar democráticamente cada día y, si no lo hace, usted no es democrático. No se le puede derrocar porque le han elegido, pero debería usted comportarse. Berlusconi no es un gobernante democrático, como tampoco Hugo Chávez. Ser elegido es indispensable pero no suficiente. En 1960, Franco habría ganado unas elecciones de calle. El país era sociológicamente franquista, también Cataluña.

-Usted denuncia que se quieran publicar listas de delincuentes con penas cumplidas.
-Sí, de violadores, pedófilos… Esa propuesta me escandalizó. Si alguien ha cumplido una pena, ha saldado sus cuentas con la sociedad ¿qué es eso de seguirlo criminalizando? Si vuelve a delinquir, que se le vuelva a detener. ¿Por qué no los a los banqueros estafadores? Me parecen verdaderos atentados contra la libertad y la justicia. Es como que un preso sufra vejaciones en prisión: nos hemos acostumbrado a que sea violado, que se convierta en un drogadicto… Pero a nadie se le ha condenado a eso, sino a la privación de libertad y nada más. El estado debería ser responsable de la seguridad de esos individuos. Y no lo es. No ha lugar a que estemos señalando con el dedo a alguien para siempre, impidiéndole que se reinserte.

-Habla también de la censura que usted ha sufrido como opinador…
-No hay censura estatal ya, sino privada. De hecho, es anticonstitucional, podría haber denunciado a la empresa que lo hizo, pero nadie lo lleva a ese extremo. Fue un artículo sobre la iglesia y la religión que decidieron no publicar y entonces decidí que yo me iba de aquel medio.

-¿Es el único episodio?
-Hay varios ejemplos de censura comercial, que se quedan en el ámbito privado: una vez me dijeron que quitara el nombre de unos grandes almacenes en un artículo, porque se arriesgaban a perder la publicidad. Eso es frecuente. En Francia una revista me pidió un artículo sobre la moda y, al final hacía unas bromas diciendo que no recomendaba que salieran los modistos a saludar en los desfiles porque ante tales adefesios, la gente se asustaba, y citaba casos identificables, uno con una coleta y un abanico y me dijeron: “esto quítalo”. Conozco gente a la que le han pedido que rebaje el tono de un artículo sobre una exposición, porque en el patrocinio de la muestra participa la misma caja que paga la revista en buena medida. Es una cosa bastante común, bastante histérica y bastante intolerante.

-Cuando habla de que un escritor no puede saber si su editor le engaña en las liquidaciones, resuena su vieja rencilla con Jorge Herralde…
-Me temo que eso ha pasado muchas veces en la historia, y todavía sigue siendo así. Los autores no tenemos manera de saber los libros que vendemos, es muy difícil, a uno le informan de que se ha hecho una tirada determinada de ejemplares, se puede pedir el resguardo del impresor, pero se sabe que hay algunos impresores que ponen lo que les dice el editor porque, si no, pierden el volumen de trabajo procedente de dicho editor. Nunca hay una seguridad absoluta. Pero uno no puede ir por la vida con desconfianza, es un horror ir por la vida creyendo que te engañan. Pero llega el momento en que tienes la convicción de que es así, ves las cifras que no casan, no tienes pruebas para ir a un tribunal pero sí la certeza.

-Se mete también con el ayuntamiento de Barcelona…
-Soy más salvaje con el de Madrid. Lo de Barcelona no es que sea muy grave, pero esa campaña de Us parla la platja me dio un poco de vergüenza ajena, y propia, porque soy muy cercano a Barcelona, viví allí varios años, he tenido editores, mi agente literaria, y hasta mi pareja vive allí y es catalanoparlante. El ayuntamiento de Barcelona ha vivido gran consternación porque el turismo de tres al cuarto es cada vez más grosero; pero cómo no van a ir medio desnudos si el ayuntamiento hizo una reglamentación según la cual es perfectamente legal ir desnudo por la ciudad, la consecuencia es que hay dos individuos que van desnudos por Barcelona, uno va en bici con el pito tatuado. ¿Cómo se van a quejar ahora de que los turistas vayan en tanga? Si hacen ustedes leyes ridículas… Hay gente para todo, no pido que encierren al que sale desnudo, pero qué necesidad hay de hacer una ley para protegerlo? Barcelona es un poco chorras en algunas de estas cosas, de Madrid digo cosas peores, así que me va a permitir la frase.

-Para acabar, una pregunta literaria. Lo de publicar su última novela en tres entregas, a medida que las escribía, demuestra una enorme auto-confianza, ¿no? ¿Qué sucede si quiere hacer cambios en capítulos anteriores?
- Si descubría que me convenía algo diferente no podía rectificar, porque ya estaba publicado el libro anterior. Pero no ha sido tan distinto, tengo esta manera de escribir un poco rara y un poco suicida, voy improvisando en gran medida y no me permito cambiar nada de lo que he escrito con anterioridad. No hago una segunda versión de los textos. Trabajo mucho cada página pero luego va a la imprenta tal como ha quedado. Aplico el mismo principio de conocimiento a las novelas que el que rige en la vida: a los 50 dices: “ojalá me hubiera casado con esta persona, hubiera aceptado aquel trabajo…” pero te tienes que conformar, ser consecuente con lo que has hecho.

XAVI AYÉN

La Vanguardia, 27 de febrero de 2010

27th Febrero
2010
written by zonafantasma
Los Libros del Lince

Los Libros del Lince

Salir ahora glosando algunos aspectos de la prosa de Javier Marías, o su valía como comentarista y observador de la vida cotidiana resulta ocioso porque qué voy a decir yo que no se haya dicho ya suficientes veces y casi seguro que mejor. Hay sin embargo un aspecto de ese quehacer que pone de manifiesto la presente recopilación de artículos y que merece la pena ser resaltado.

A diferencia que otros columnistas, que parecen más centrados o especializados en algunos aspectos concretos del acontecer diario, la curiosidad y el abanico de intereses de Javier Marías es tan amplio que sólo al ver juntos sus escritos de política caes en la cuenta de que no sólo le dedica una considerable atención a los hechos (he estado a punto de decir fechorías, pues al fin y al cabo lo que hacen son fechos) de nuestros políticos, sino que lo hace de la forma que más les puede soliviantar, pues dice las cosas tal cual, sin partidismos ni componendas. Y está claro que cuando se trata de juzgar la bochornosa y mezquina actuación de ETA y su entorno resulta relativamente sencillo manifestar una opinión condenatoria de los asesinatos por la espalda que cometen los valientes gudaris y de la actitud chulesca de sus partidarios celebrando cada ejecución como un triunfo que, según ellos, les pone un paso más cerca de la victoria final.

En cambio no resulta tan sencillo cuando se trata de hablar de los GAL una vez que los más directamente señalados por el dedo acusador de la vox populi ya no se sentían impunes y notaban en la nuca el aliento de quienes pretendían ajustarles las cuentas. Y lo mismo cabe decir de la larga lista de “villanos” que desfilan por los ochenta y tantos artículos aquí reunidos, y que no salen retratados desde su perfil precisamente más favorecedor y agradecido. Resulta reconfortante comprobar que según pasan las páginas, y sin necesidad de alzar la voz ni perder la compostura (”Usted no parece español”), el juicio moral se va haciendo extensivo a lo acontecido durante los últimos casi treinta años.

Al escribir esta última frase relativa al juicio moral acerca de aquellos hechos he estado a punto de añadir y “guardar memoria de ellos” pero no tendría demasiado sentido porque , a diferencia del historiador (que hace todo lo posible por contextualizar la época o el momento objeto de su estudio a fin de que el lector disponga de los datos “objetivos” que le permitirán decidir si la tesis que le está siendo expuesta es aceptable o no) el observador de lo cotidiano actúa un poco como el dibujante que sólo dispone de un papel y un lápiz para captar con unos pocos trazos aquello que haya llamado su atención en el mundo exterior. En Los villanos de la nación se reúnen “letras de política y sociedad” que empiezan en 1985 y terminan en 2009. Por lo tanto es perfectamente perceptible un fenómeno que ocurre según se lee, y que tiene que ver con la progresiva contextualización. Al principio, los temas aquí tratados pillan ya tan lejos que no es posible establecer un diálogo con el texto y llevar a cabo esa operación paralela a la lectura y que consiste en ir contrastando la opinión personal con lo que se dice por escrito hasta alcanzar, o no, un consenso. El texto sólo dice lo que dice y no hay sobreentendidos, guiños y demás metansentidos colegibles en una lectura “entre líneas”. Pero, curiosamente, el texto no se empobrece ni se hace ilegible: sencillamente, se lee. Y como suele decirse, “la verdad es la verdad, díganla Agamenón o su porquero”. En este caso, la verdad, si la hay, se defiende por sí misma y sin necesidad de que el político o el villano de turno cometan la correspondiente cafrada que corrobore lo dicho. De ello surge un ejercicio de lectura muy saludable. Según nos acercamos a la actualidad, el texto se puebla de referencias aportadas por el propio lector y ello hace más notable la diferencia con lo leído en el primer tercio del libro.

Y permítaseme una pequeña observación acerca de la edición: ni el nombre de la editorial, ni el aspecto general del libro permiten saber al lector normal y corriente que lo que tiene en las manos es un pequeño milagro producto no del azar sino del tesón, la voluntad, el oficio y la capacidad de supervivencia inherentes a todo pequeño editor que lucha en condiciones desfavorables y que celebra como un triunfo cada nuevo libro publicado, o el mero hecho de cerrar cada mes sin unas pérdidas tan inasumibles como para verse obligado a cerrar. Tampoco es que el afán de supervivencia de un pequeño editor tenga más méritos, o sea más digno de alabanza, que la pelea por llegar a fin de mes de cualquier pequeño empresario o artesano. Pero tranquiliza constatar que todavía hay gente capaz de perder el resuello por sacar a la calle un libro bien hecho, correctamente editado y del que pueden sentirse tan satisfechos el editor como el lector.

JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO

El Boomeran(g), 25 de febrero de 2010

26th Febrero
2010
written by zonafantasma

El primer libro que leí de javier Marías fue Corazón tan blanco, y me sigue pareciendo que es ésta la puerta de entrada ideal a su obra. Lo leí en marzo de 1999; en estos once años he leído todo lo que ha escrito Marías: sus extraordinarias novelas, sus novelas menos extraordinarias, sus varios volúmenes de cuentos o artículos. E incluso he leído lo que no ha escrito, sino traducido: El espejo del mar, de Conrad, lo leí primero en la traducción de Marías que en el original. Lo que quiero decir es que Marías es uno de esos autores rarísimos: los que generan pasiones, los que no permiten las medias tintas. Uno lo colecciona o lo aborrece. Yo lo colecciono, aunque no podría defender todos sus libros. Pero tampoco puedo defender todos los libros de Vargas Llosa, por decir algo, ni de Philip Roth. Y siempre me interesarán más estos novelistas, los que se caen por la borda de tanto llevar las cosas al extremo, que los otros, los medianos que no disgustan a nadie, esos tibios de la literatura.

Pues bien, la última novela de Marías me viene muy bien para ilustrar el punto, porque no se me ocurre, dentro de la literatura contemporánea en español, un libro más radical, más extremista, que Tu rostro mañana. Todos ustedes ya conocen las características externas del libro, sus intimidantes señas particulares: son tres volúmenes de títulos herméticos que Marías publicó en 2001, 2004 y 2007; el total, por lo menos en la edición original, es de 1.608 páginas. Muchos críticos despistados siguen hablando de trilogía, pero no es una trilogía lo que tenemos aquí: es una novela en tres volúmenes, igual que En busca del tiempo perdido es una novela en siete volúmenes. Digo que es un libro extremista y radical porque —y que esto funcione a manera de advertencia— Tu rostro mañana es una especie de hipertrofia de Javier Marías: todos sus rasgos como novelista están ahí, sólo que mucho más. Y eso seduce a sus lectores de siempre, claro, pero impacienta y hasta indigna a quienes no lo son.

¿Y cuáles son esos rasgos que aparecen hipertrofiados en esta novela? Los comienzos meditativos, por ejemplo: igual que Mañana en la batalla piensa en mí y Negra espalda del tiempo, los tres volúmenes de Tu rostro mañana comienzan con esas consideraciones abstractas de los narradores de Marías, y la única diferencia es que en aquellas novelas la meditación duraba un párrafo, y en éstos dura diez páginas. Otro ejemplo: las digresiones. A Marías, lector fiel de Don Quijote y de Tristram Shandy, le ha gustado siempre interrumpir la acción para irse por una rama (que muchas veces, dicho sea de paso, acaba siendo más interesante que el tronco). En otros libros, esa digresión podía durar algunas páginas; en Tu rostro mañana hay una escena magistral en que un inglés, armado con una espada antigua, está a punto de degollar a un español en un baño para minusválidos del Londres del siglo XIX, pero basta con que el hombre levante la espada para que Marías nos tire a la cara una desviación de 70 páginas sobre las armas, el miedo y la Guerra Civil española.

En fin: se trata —como espero haber transmitido, así sea por simple entusiasmo— de una gran novela. Es excesiva, caprichosa, idiosincrásica, y no es necesariamente la que yo recomendaría para empezar a leer a Marías. Pero es una gran novela.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

El Espectador (Colombia), 25 de febrero de 2010

24th Febrero
2010
written by zonafantasma
A New Directions Pearl

A New Directions Pearl

La editorial norteamericana New Directions ha inaugurado su exquisita colección “New Directions Pearl” con sendas obras de Federico García Lorca y Javier Marías. De este último publica la traducción al inglés del cuento Mala índole que apareció por primera vez, en 1999, en la revista Granta.

21st Febrero
2010
written by zonafantasma

En la transcripción de la célebre y grosera frase de Esperanza Aguirre que ha trascendido gracias a un micrófono abierto que ella creía cerrado, ha habido, a mi parecer, un pequeño error. Ya saben: “Nosotros hemos tenido la inmensa suerte de poderle dar un puesto a Izquierda Unida quitándoselo al hijoputa”. Si uno oye la frase, para mí es evidente que la última palabra tendría que ir con mayúscula, es decir, “al Hijoputa”, pues sin duda se trata de un mote, de un apelativo habitual. Se está refiriendo a alguien a quien suele llamar así, y su interlocutor –su Vicepresidente– sabe perfectamente de quién le habla, está acostumbradísimo a oírle ese apodo. Si la Presidenta de Madrid se hubiera referido, como ha querido hacer creer, a alguien “circunstancial” –un tal Serrano, ex-representante del Ayuntamiento en Caja Madrid, y con quien ella no tiene trato personal–, habría dicho “a ese hijoputa” o “al hijoputa ese”; no “al Hijoputa”, que es lo que soltó verdaderamente. Por otra parte, me trae sin cuidado de quién estuviera hablando esa mujer despreciativa y soez que provoca vergüenza ajena. Allá ella con sus fobias, sus rencillas, sus traiciones y sus bestias negras.

Lo que ya no me trae tan sin cuidado es que la máxima representante de mi región sea zafia y malhablada, y más grave que la célebre frase me pareció otra, que soltó el mismo día, y que ha sido objeto de muchos menos comentarios. Se la veía paseando por las cercanías de un pueblo, Becerril de la Sierra, con un nutrido cortejo de individuos untuosos y temerosos, literalmente un séquito, como si fuera la dueña de un cortijo con sus capataces y peones. De pronto se soliviantaba y, señalando algo que quedaba fuera de plano –tal vez una construcción–, se volvía hacia el alcalde de Becerril, que iba escoltándola, y le decía en tono despótico y colérico: “¿Pero cómo has podido autorizar esa puta mierda?” Se alcanzaba a ver el azoramiento del culpable, helado por la brutalidad del reproche, y la escena terminaba. Aguirre podía haber dicho “ese adefesio” o “esa porquería”, pero no: lo que le salió de su chabacana alma fue “esa puta mierda”. Lo peor fue el tono, sin embargo: delataba a una persona irascible y propensa al trato tiránico. La escena entera parecía sacada de La escopeta nacional, de Berlanga, y no está de más recordar que en ella la acción se situaba aún en tiempos de Franco, y que esa divertidísima película retrataba con precisión un tipo de aristócrata abundantísimo en España a lo largo de su historia: terrateniente, adinerado y engreído; bruto, ignorante y tosco hasta la náusea. En manos de esa clase de individuos ha estado este país durante siglos. Por eso resultaba tan deprimente ver algo parecido en 2010, con la agravante de que la “señorita” actual fue votada por los ciudadanos (bien es cierto que tras perder unas elecciones y forzar su repetición gracias a una turbiedad nunca aclarada).

Claro que todos, o la mayoría, soltamos tacos de vez en cuando. Claro que nos hemos referido a alguien como “hijoputa” o hemos calificado algo de “puta mierda”. Pero casi todos somos particulares y no nos representamos más que a nosotros mismos. Aguirre se ha negado a hablar de su desliz, aduciendo que se trataba de “una conversación privada” y que, por lo tanto, “no contaba”. Se equivoca, como se han equivocado todos los demás dirigentes a los que ha traicionado un micrófono, desde la lumbrera José Bono tildando a Blair de “gilipollas” hasta el actual jefe de la patronal, Díaz Ferrán, llamando a la propia Aguirre “cojonuda”. Los políticos fingen y mienten de manera tan abusiva y permanente en público, que precisamente lo que ya no cuenta es lo que dicen para la galería, cuando se saben vistos, escuchados, filmados y grabados. Todo eso es falso, una patraña, una representación en el mejor de los casos. Para saber cómo son y lo que piensan de veras no nos sirven sus declaraciones ni sus intervenciones en el Parlamento. De modo que, cada vez más, lo único que cuenta es lo que dicen en privado y cuando creen estar “en confianza”. Hay más verdad acerca de la personalidad de Aguirre en esas dos frases captadas por azar que en todas sus manifestaciones ante la prensa a lo largo de los años. Éstas son, por principio, pura fachada y puro teatro, y por consiguiente falaces, un engaño, como todas las de los demás políticos una vez que ese gremio ha optado por el fingimiento perpetuo. Son esas las que no cuentan. Aquéllas, en cambio, nos revelan quién nos representa: una mujer autoritaria, irritable, desdeñosa, deslenguada y de natural ordinaria. Ya sé que hoy suelta tacos todo el mundo (bueno, sólo en España), pero, curiosa y significativamente, apenas conozco a mujeres de mi edad o mayores (y Aguirre es de mi edad) que, si han sido bien educadas y además son consideradas, recurran a ellos, sean cuales sean su clase social y sus conocimientos. También eso indica algo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de febrero de 2010

[PS para los interesados. Así ocurre a menudo: a los cuatro días de escribir mi anterior columna, dando por perdida a la bailarina de Cecil Court, ésta me llegó por mensajero. Ya no sé si es para bien o para mal, pero vuelve a estar al lado del señorín del que la había separado.]

20th Febrero
2010
written by zonafantasma
EFE

EFE

Javier Marías no relee “nunca” sus libros y no sabe por tanto “qué tal se mantienen” sus dos novelas de mayor éxito, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, que se acaban de reeditar, pero considera “un privilegio” que sigan vivas en una época en la que “todo caduca, incluso los libros”.

“Cada vez es más ridículo pensar en la posteridad. Creer que un libro se vaya a poder seguir leyendo al cabo de diez años de su existencia parece milagroso”, dice Marías en una entrevista con Efe, que tiene lugar en su casa de Madrid y en la que reconoce que “es difícil saber por qué tuvieron un éxito inesperado” estas dos novelas, de las que se han vendido unos tres millones de ejemplares en todo el mundo.

“Yo creo que tiene algo que ver con eso de lo que ya no se habla y que tradicionalmente se ha llamado estilo. Parece una cosa demasiado vagarosa, difusa y científica pero existe, aunque cada vez se aprecie menos”, afirma Marías (Madrid, 1951), uno de los mejores escritores europeos contemporáneos, en opinión del Premio Nobel J.M.Coetzee.

Con su obra publicada en 48 países, el escritor no sabe si tiene “estilo propio o no”, pero opina que el éxito de los libros “depende en gran medida de la capacidad de persuasión de la voz que está contando, de su modulación, su música, de si es envolvente o no, aparte de que la historia interese”.

Y en el caso de sus novelas quizá dependa también de que se habla en ellas sobre asuntos que “le conciernen a todo el mundo: el secreto, el engaño, la sospecha, el hablar y el callar, la traición, la desconfianza, el matrimonio: ¿quién no ha tenido un pequeño secreto? ¿Quién no ha engañado un poco?”

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Publicada en 1992 por Anagrama y recuperada luego por Alfaguara, el sello que reedita ahora estas dos novelas, Corazón tan blanco recibió el Premio de la Crítica, el Prix l’Oeil et la Lettre y el Impac de Dublín y de ella se han vendido más de dos millones de ejemplares en todo el mundo.

De esa cifra 1.300.000 corresponden a Alemania, donde esta obra se convirtió en un fenómeno editorial a raíz de que el prestigioso crítico Marcel Reich-Ranicki “se descolgara con elogios encendidos en su programa de televisión”.

Los comienzos de las novelas de Marías suelen ser magistrales y el de Corazón tan blanco lo es sin duda:

“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre”.

A partir de ahí, el lector se verá envuelto por la excelente prosa de Javier Marías y se irá enterando de las peripecias de Juan Ranz, traductor e intérprete de profesión y una de esas personas que prefiere no enterarse de ciertas cosas porque “los oídos no tienen párpados, y lo que les llega ya no se olvida”.

Al autor de la trilogía Tu rostro mañana, su último gran proyecto literario, calificado por la crítica británica como una de las primeras obras maestras del siglo XXI, no le gusta revisar sus libros antiguos cuando se van a reeditar porque “podría sentir tentaciones de cambiar algunas cosas, y eso sería hacer trampas”.

“Nunca releo mis novelas. Hay mucho que leer en la vida como para dedicarse a releerse a sí mismo”, asegura este novelista que en 2011 cumple 40 años como “escritor en activo” (su primera novela, Los dominios del lobo, es de 1971).

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Pero tanto Corazón tan blanco como Mañana en la batalla piensa en mí, publicada en 1994 y galardonada con el premio Rómulo Gallego, el Fastenrath de la Real Academia Española, el Prix Femina Étranger y el Premio Mondello di Palermo, tienen ya sus años y, “dado lo rápido que envejece todo hoy día, uno nunca sabe si se han quedado anticuadas”.

Y aunque, “evidentemente, los libros perduran en función de lo que se ha escrito, es difícil conseguirlo”. “Cada vez es más ridículo pensar en la posteridad”, insiste Marías.

El escritor no cree que vuelva a acometer “un proyecto de las dimensiones de Tu rostro mañana en cuanto a extensión y ambición”, y, de hecho, la nueva novela que tiene entre manos es “deliberadamente sencilla”. Es una obra pesimista y está narrada por una mujer, algo que solo hizo en un cuento de hace tiempo. Puede que esté terminada para finales de este año.

Mientras escribe sus novelas Marías tiene a veces “una cierta sensación de culpabilidad, de decir ‘qué derecho tengo yo de meterle en la cabeza a nadie ciertos pensamientos atroces u horribles sobre cómo funciona la vida, cómo funcionan las pérdidas o el hecho de que nada termina del todo”.

Como lector, él agradece que los autores se metan en esas profundidades, pero “cada vez que uno tiene una revelación de ese tipo también pierde un poco de imaginación, de inocencia, de optimismo, y en ese sentido el escritor puede sentir un poco de culpabilidad”.

ANA MENDOZA

EFE, 20 de febrero de 2010

19th Febrero
2010
written by zonafantasma

Le polar intelligent de Javier Marías

Quel est aujourd’hui l’écrivain européen le plus subtil, capable de signer des romans où il ne se passe presque rien mais que l’on ne parvient pas à lâcher ? Réponse : Javier Marías. Cet Espagnol est un médium, et sa plume ressemble à un sismographe qui enregistre les moindres palpitations des coeurs pour nous plonger dans un univers délicatement proustien où la perspicacité psychologique atteint d’inégalables sommets. Quant à l’oeuvre maîtresse de Marías, c’est un triptyque intitulé Ton visage demain, dont le héros -Jaime Deza, flair infaillible et oeil de lynx- ne peut s’empêcher de démasquer ses proches en sondant leurs sentiments les plus intimes.

Avec Poison et ombre et adieu, voici le troisième volet du triptyque : un nouvel exercice de télépathie où l’on retrouve Jaime Deza, l’ancien employé de la BBC qui continue à patauger dans les eaux troubles des services secrets britanniques. Cette fois, c’est dans la luxueuse maison de l’énigmatique Mr Tupra qu’il nous donne rendez-vous, pour jouer un drôle de jeu : visionner des vidéos clandestines, affreusement violentes, qui compromettent des célébrités, des brasseurs d’affaires ou des hommes politiques. Et qui serviront de pâture aux espions du MI6, la Military Intelligence. “A mesure que je regardais, un poison me pénétrait”, dira Deza, prisonnier d’une toile d’araignée dont il essayera de s’échapper en regagnant son Espagne natale, sans savoir qu’il y sera accueilli par d’autres démons…

Sur cette trame policière - un mélange de Nabokov et de Ian Fleming -, l’auteur de Littérature et fantôme (un recueil d’essais publié ce mois-ci chez Gallimard) greffe des centaines de digressions à la fois cocasses et érudites, où il ne cesse de nous bluffer en dissertant sur une paire de chaussures ou un bas filé, un morceau de hip-hop ou un passage de Tristram Shandy. A quoi s’ajoute une critique mordante d’une société où Big Brother est désormais équipé de caméras de vidéosurveillance, et où la tyrannie du voyeurisme a remplacé les anciennes formes de fascisme. Lire Marías, c’est faire provision de lucidité et c’est aussi s’allonger sur le divan du psychanalyste, au détour d’un roman qui est une hallucinante odyssée dans les arcanes de nos cerveaux.

ANDRÉ CLAVEL

Lire, fèvrier 11, 2010

Ton visage demain

Voici donc le dernier volet de cette étrange trilogie aux titres singuliers qui, pour une fois depuis longtemps chez cet angliciste espagnol traducteur de Sterne, exégète de Joyce, Faulkner, Melville et Nabokov, ne sont pas empruntés à des citations shakespeariennes. Après Fer et lance et Danse et rêve, ce Poison et ombre et adieu met un terme aux aventures de son mystérieux personnage, Jaime Deza, l’homme qui savait lire sur le visage de ses contemporains la manière dont ils vieilliraient. Comprenez par là qu’il s’agit bien d’un médium doté du pouvoir obscur et redoutable de traquer la lâcheté qui se cache sous les dehors les plus sincères, l’abjection naissante qui, un jour, fera éclater la trahison sur la face de l’autre. Une curieuse obsession étend son ombre avide sur cette œuvre. N’a-t-on pas suivi le héros de Marías dans les situations les plus extravagantes, parfois cocasses, parfois prégnantes comme un mauvais rêve, sans savoir, sans comprendre souvent où le romancier entendait nous mener, devinant même qu’il ne le savait pas lui-même? Le monde des agents secrets continue de télescoper ici celui des maîtres à penser et des gourous en divination sans que le lecteur s’y retrouve toujours, s’il n’est pas comblé par l’atmosphère brumeuse d’un récit protéiforme conçu pour l’envoûtement. En bref, on marche ou on ne marche pas… Javier Marías, même s’il voue un culte à Flaubert, n’est pas un auteur qui se rature. Il poursuit sa baleine blanche en poète de l’imaginaire, quête souvent brisée, jamais abandonnée. Pour compliquée que soit sa démarche, elle n’est pourtant pas incompréhensible. On la saisit mieux en observant que cette trilogie est dédiée à son père, Julian Marías, un des grands esprits espagnols du siècle, disparu en 1995 et victime lors de la guerre civile de la pire trahison de la part d’un ami. Une émotion surgit alors et nous fournit la clé manquante. La littérature offre de beaux détours pour évacuer les souffrances du non-dit.

PHILIPPE NOURRY

Valeurs, février 17, 2010

Otras reseñas:

Littérature et fantôme en Le Matricule des Anges. Février 2010

Ton visage demain 3. Poison et ombre et adieu en La Gazette. Février 17, 2010

14th Febrero
2010
written by zonafantasma

No suelo hablar aquí de las cartas de los lectores, menos aún rebatirlas. Uno escribe lo que escribe, la gente reacciona como le parece y uno se alegra cuando su texto es bien recibido y se aguanta cuando no o directamente cae como un tiro. Así son las cosas, es parte del juego. Sin embargo, me ronda ahora la sensación de tener un par de cuentas pendientes. En los siete años que llevo ocupando esta página nunca había sucedido que, durante tres domingos seguidos, aparecieran cartas –nada menos que nueve hasta hoy, e ignoro si la avalancha ha cesado– sobre la misma columna, y además todas airadas o negativas. Lo más gracioso es que el asunto de la pieza en cuestión –“Los exterminadores de toros”– ni me iba ni me venía mucho, al no ser yo aficionado a las corridas, como advertía, y abstenerme de utilizar argumentos más o menos patrióticos y manidos que, como también decía literalmente, “me causan alergia”. Recuerdo haber leído hace no mucho, en este mismo diario, defensas de la lidia algo más convencidas, a cargo de Vargas Llosa y Gómez Pin, por ejemplo, que apenas suscitaron animadversión o rechazo. Mi artículo no era ni siquiera una defensa –o, si lo era, resultaba tibia y desapasionada–, así que sólo me cabe pensar que lo que ha molestado no han sido mis razonamientos, compartidos por otros columnistas, cuanto que llamara “exterminadores” a los antitaurinos prohibicionistas. Si los taurinos son torturadores de animales, escribía, los antitaurinos prefieren que se extinga el toro bravo, y añadía que, dentro de todo, me quedaba con los primeros, que por lo menos permitían la perpetuación de la raza y le daban a cada ejemplar cuatro años de buena vida antes de su muerte en la plaza. Me quedaba con el “ser para la muerte” antes que con la “nada”, por recurrir a una parodia heideggeriana. Tanto Vargas Llosa como Gómez Pin habían venido a sostener algo parecido, y ninguna furia se desató contra ellos. Así pues, me temo que hay antitaurinos a los que no les importa tanto la suerte de los animales como mostrar sus propias virtud y “humanidad”, y que lo que no soportan es, por tanto, que se tilde su actitud de involuntariamente “exterminadora” o “extinguidora” de una especie, al dejar eso malparadas dichas virtud y “humanidad”, lo que de verdad les atañe.

La otra cuenta pendiente es más bien una explicación. Hace unos meses publiqué otro artículo –“Cuento de Cecil Court”– que también trajo unas cuantas cartas, todas ingeniosas y simpáticas. En él contaba que en ese callejón londinense había comprado la estatuilla de un señorín presumido que me había hecho gracia y que, con el consentimiento del dueño de la tienda, la había separado de su pareja, una bailarina con tutú, que me gustaba mucho menos; y cómo, una vez en Madrid, había incurrido en el infantilismo de pensar que las dos figuras habrían estado siempre juntas y que quizá se iban a “echar de menos”. Confesaba que había llamado al señor Mark Sullivan y le había pedido que me enviara la bailarina abandonada. Y concluía así: “Espero que no me la extravíe el correo. A estas alturas, tras tanta puerilidad, la verdad es que no me lo perdonaría”. Como no pocos lectores se interesaron por el resultado de esta gestión y desearon saber si las dos estatuillas al final se reunieron, me siento en la obligación de comunicarles que no ha sido así, y que lo que yo temía ha sucedido, según Mr Sullivan. Al cabo de unas semanas, en vista del retraso, lo llamé de nuevo. No estaba y hablé con un empleado que no tenía mucha idea del asunto. Volví a intentarlo, y entonces me dijo el señor Sullivan que el paquete enviado le había sido devuelto. Las señas estaban bien, era extraño. De paso me dio las gracias por el artículo en que mencionaba su tienda de antigüedades, alguien se lo habría contado. No sé por qué, tuve la sensación de que esa bailarina no había viajado hasta Madrid, y de que Mr Sullivan la había olvidado. Pero en fin, renové mi encargo y, eso sí, le recomendé que, si preveía que el envío no iba a llegarme antes de la Nochebuena, lo postpusiera hasta el 8 de enero, pues yo iba a estar fuera de Madrid dos semanas, para evitar un segundo “desencuentro”.

Ha terminado el mes y mi señorín sigue aquí solo, con su bigotito, su bastoncillo y su chistera plegada en la mano. Podría llamar por cuarta vez al señor Sullivan, pero quizá sería en vano, y empiezo a pensar si esas dos figuras no estarían abocadas a separarse. Tal vez, como apuntaba una de las simpáticas cartas de los lectores, estaban ya hartas de soportarse y de formar pareja. Acaso respiraron aliviadas y alegres al perderse de vista por mi intervención y mi compra de la que me divertía, y se hubieran llevado las manos a la cabeza con desesperación de haberse encontrado de nuevo, a muchas millas de su lugar de origen, en el salón de mi casa madrileña. “Viajar hasta el continente”, habrían pensado una y otra, “para acabar otra vez en compañía de este pelma, de esta pesada. Maldita sea”. Así que ya no sé si debo forzar el destino. Por mí no quedó, traté de juntarlas tras haberlas distanciado. Quizá Mr Sullivan las tuviera en sus repisas durante años y sepa más de ellas que yo, y por eso haya decidido que están mejor por su cuenta, cada una a su aire.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de febrero de 2010

PS para los interesados. Así ocurre a menudo: a los cuatro días de escribir [esta columna], dando por perdida a la bailarina de Cecil Court, ésta me llegó por mensajero. Ya no sé si es para bien o para mal, pero vuelve a estar al lado del señorín del que la había separado.

7th Febrero
2010
written by zonafantasma

La cruzada antitabaco de Zapatero y su Ministra de Sanidad, Jiménez, está adquiriendo tintes tan demagógicos que, antes de tarifar con ellos a todos los efectos, he intentado darles la razón, a ver qué pasaba. En lo relativo a la inminente prohibición de fumar en todos los lugares públicos cerrados, no lo consigo. ¿Por qué en todos? ¿Es que los no fumadores piensan frecuentar todos y cada uno de las decenas de millares de bares y restaurantes desperdigados por España? Los fumadores ya sólo aspiramos a que en algunos locales se nos permita echarnos un pitillo mientras tomamos una caña o justo después de almorzar o cenar. ¿Por qué no puede haber unos cuantos sitios así, llámense clubs de fumadores o como se quiera? ¿Por qué, entre los muchísimos que prefieren que se fume en ellos –no me cansaré de repetir que esa ha sido la causa de la nueva ley que se avecina: que los propietarios han hecho uso de la libertad que se les concedió contrariamente a los deseos del Gobierno, en vista de lo cual éste se la retira, vaya libertad condicionada–, no se efectúa un sorteo y se consiente que cierto porcentaje admita el humo en sus dependencias? Los no fumadores no entrarían en ellos, como otros no entramos en casinos, puticlubs o sex-shops, eso sería todo. En cuanto a los camareros –también podrían ser autoservicios, y no haberlos–, tendrían que ser asimismo fumadores voluntarios, no se verían obligados a respirar una atmósfera indeseada.

Este ejercicio de comprensión que intento no lo están llevando a cabo muchos más fumadores. Conozco a no pocos que han prometido no volver a pisar un bar ni un restaurante una vez que la intolerante nueva ley entre en vigor. Así que es natural que el gremio de hostelería esté preocupado. Este diario se ha alineado con Zapatero y Jiménez hasta el punto de publicar un reportaje con el titular “Sin humo no se hunde el bar” y el subtitular “Los hosteleros vaticinan un desastre por la prohibición de fumar, pero la experiencia en otros países lo desmiente”, en el que sin embargo, al leer la información, ésta desmentía rotundamente dichos titulares, que se convertían en incomprensibles: resulta que en Irlanda hay un 25% menos pubs de los existentes antes de la prohibición; en el Reino Unido caen 52 a la semana, en el plazo de un año cerraron 2.377 y se redujeron 24.000 empleos; en Italia, un 12% de los establecimientos acusó pérdidas “significativas”; y en Francia la gente se ha refugiado en las terrazas, convirtiendo el “problema del humo” en el “problema del vocerío” desesperante para los vecinos, que es lo que sucederá en España, dados el buen tiempo reinante y los pingües beneficios que sacan los Ayuntamientos de la proliferación de mesas en las calles. Otro extraño titular de El País afirmaba que los partidarios de la prohibición total eran “clara mayoría”. Luego, la noticia revelaba que se trataba de una mayoría pelada del 52%, frente a un 44% que se oponía, si mal no recuerdo. Un 44% es mucha gente, como para cercenar su libertad completamente. Unos veinte millones de personas, con las cuales, yo creo, debería llegarse a algún tipo de entendimiento.

En lo que sí he logrado darles la razón a los tramposos Zapatero y Jiménez es en su última medida de adornar con pavorosas fotos los paquetes de cigarrillos: pulmones destrozados, dentaduras roídas, fetos, jeringuillas, gatillazos y demás males que pueden sobrevenir a los fumadores. Aunque eso no hará sino disparar la venta de pitilleras (yo las uso desde hace años), me parece bien, siempre que se haga lo mismo con todos los demás productos que pueden dañar nuestra salud o matarnos. Exijo, por tanto, que las botellas de vino, whisky y ginebra lleven fotos de repulsivos borrachos, de hígados con cirrosis y de las ratas y arañas que se aparecen a quienes sufren de delirium tremens. Quiero que en las carreteras, y sobre las portezuelas de los coches, haya, bien visibles, imágenes de muertos aplastados por la chatarra, tetrapléjicos en sillas de ruedas, motoristas decapitados, peatones atropellados, cueros cabelludos arrancados y brazos y piernas amputados. Que presidan las playas grandes fotos de ahogados, de miembros hinchados por las picaduras de las medusas y de afectados por cánceres de piel. Reclamo que los costados de los aviones exhiban imágenes de catástrofes aéreas, con cuerpos desmembrados, terroristas con bombas y momentáneos supervivientes chapoteando en un mar helado, y otro tanto los de los trenes, ilustrados por desastres ferroviarios y por las consecuencias del 11-M. Pido que en las fachadas de los Ayuntamientos se vean fotos de paisajes destruidos por la especulación inmobiliaria, y de gente sorda por culpa del ruido de sus infinitas y arbitrarias obras. Porque todas esas desgracias pueden acaecerle a quien bebe alcohol, o monta en coche o en moto o es un mero transeúnte, o a quien vuela o viaja en tren, o a quien se baña en el mar, o a quien está expuesto a los abusos del Ayuntamiento de turno. Sería un mundo alentador y alegre, lleno de estampas que nos describieran gráficamente los peligros y horrores que se ciernen sobre nosotros constantemente. Es posible que la economía se fuera al traste, pero qué se le va a hacer. Al fin y al cabo, ¿no son los Gobiernos los que sacan mayor provecho del consumo de tabaco? Si nos ponen fotos espantosas en las cajetillas, que las pongan también en todo el resto, incluyendo las de obesos inmovilizados en muchos productos alimenticios. Si no lo hacen, quedarán como hipócritas, además de como fanáticos y supresores de las libertades.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de febrero de 2010

2nd Febrero
2010
written by zonafantasma
Quienes piensan que Javier Marías es un señor que vive en una especie de limbo oxionense harían bien en echar un ojo a estos artículos. Marías se moja y el chorreo es de órdago

Quienes piensan que Javier Marías es un señor que vive en una especie de limbo oxionense harían bien en echar un ojo a estos artículos. Marías se moja y el chorreo es de órdago

 

Existe la costumbre. en parte saludable. de lamentar lo poco que se mojan nuestros intelectuales. Los políticos. en connivencia con los constructores. convierten España en una urbanización; los ejecutivos de los bancos hacen su trabajo mal y se les repone el dinero del bolsillo de todos los españoles para que sigan adjudicándose unos sueldazos impresionantes… y nadie dice nada. ¿Nadie? Esta recopilación de artículos de política y sociedad de Javier Marías nos indica que sí hay quien predica. aunque sea en el desierto de un país que ya en sus propósitos de año nuevo se divide claramente entre los campechanos (Belén Esteban) y los exquisitos (Anne Igartiburu). Pero hay otro bando, aunque se les lee poco, se les oye menos y se los ve nada. Y Javier Marías anda ahí, haciendo la guerra con sus crónicas cargadas de razones y humor de todos los calibres, incluidos el sarcasmo más ácido y, cuando hasta éste se queda corto, la mala leche. Que a veces es la buena.

Contra alcaldes y constructores

Lo que distingue a Marías de ciertos opinadores especialistas en meter el dedo en el ojo ajeno es que no está ni en una trinchera ni en otra y le da leña por igual a los de todas las siglas: “Lo que el PP no comprende es que hay muchos ciudadanos, no especialmente partidistas, que no volverán a votar mientras estén a su frente los mismos que decidieron y aplaudieron el inicio de la escabechina [refiriéndose a la guerra de Irak]. De la misma manera que muchos no estuvieron dispuestos a votar al PSOE mientras a su frente siguieran los mismos que habían amparado los crímenes del GAL, o que algunos no lo han estado (ay, no los bastantes) a votar al PNV tras su pacto de Lizarra con ETA”. Le canta las cuarenta a Aznar (con ocho argumentos aplastantes, irrevocables) y dice de la presidenta de Madrid, por el asunto de la reforma del Paseo de Recoletos, que es una arboricida. Toca todo tipo de temas y en todos toma partido y saca a relucir su ya célebre impertinencia puesta al servicio de la reflexión. Son demoledores artículos como “Pánico y explotación”, donde describe de manera precisa cómo la aparente riqueza nos estaba haciendo (ya en 1998, todavía seducidos por el yuppismo) renunciar a años de conquistas laborales y cómo, a cambio de costeamos los quince días de vacaciones en el Caribe, se estaba renunciando a vivir dignamente el resto del año. Real como la vida misma (en España).

Pero los villanos de la nación que dan título al libro son unos muy concretos: “Cada vez que oigo o leo las palabras ‘constructor inmobiliario’ y ‘alcalde’, y en menor medida ‘empresario de obras públicas’ y ‘consejero o responsable autonómico’, me llevo la mano al bolsillo con dos fines simultáneos: uno, comprobar que no me falte nada; el otro, no correr peligro de estrechársela, por un acto de educación reflejo, a quienes siento que me la mancharían”. Ahora estos comentarios son habituales, pero lo interesante es que esto lo publicó Marías en 2006, cuando los empresarios de la construcción eran unos héroes nacionales que nos habían hecho tan ricos que hasta Zapatero pedía a gritos una silla en la reunión del G-8. Así que, quienes quieran disfrutar empaquetadas y sin interrupciones sus disquisiciones como columnista afilado y polemista fajador, aquí tienen un banquete de lo más sabroso.

ANTONIO G. ITURBE

Qué Leer, febrero de 2010

31st Enero
2010
written by zonafantasma

Los muertos de la ciudad en que uno vive son mucho más llevaderos que los de los lugares que se visitan de tarde en tarde. Aquí, en Madrid –en mi caso–, la cotidianidad prosigue sin más remedio y uno se acostumbra a que los días pasen y se superpongan sin la presencia de quienes nos acompañaron durante largo tiempo. Me doy cuenta, si acaso, de que, de manera más bien inconsciente, tiendo a rehuir los barrios en que los desaparecidos tenían sus casas o en que solía encontrarme con ellos. Hace diecisiete años, por ejemplo, que rara vez voy por El Viso, donde vivía Juan Benet; algo más desde que no paso por la calle de Gaztambide, en cuyo número 4 habitó Juan García Hortelano; y ya veinticinco desde que evito la zona de hotelitos en que tenía el suyo Vicente Aleixandre. Eso por mencionar sólo a amigos escritores, y por lo tanto a muertos a los que también muchos lectores podrían poner rostro y palabras, y cuya ausencia, hasta cierto punto, puede ser compartida por ellos. En la propia ciudad se van produciendo huecos, pero éstos no la dominan, y uno no puede tenerlos en la conciencia permanentemente, aunque –valga la contradicción– no pase jornada sin acordarse de sus caras y sus voces.

En cambio, cuando uno regresa a una ciudad a la que viajó con frecuencia en el pasado, inmediatamente echa en falta, con gran viveza, a quienes veía allí y ya se han muerto. En esos sitios uno estableció ciertos hábitos que formaban parte de su estancia. No visitar a Guillermo Cabrera Infante en Londres –por continuar con los escritores amigos– resultaba inconcebible, no sólo por el placer de encontrarlos –a él y a su mujer, Miriam Gómez–, sino también por las numerosas y divertidas anécdotas que proporcionaban y con las que uno volvía como con un tesoro, presto a relatárselas a las amistades madrileñas que tanto las celebraban. En las ciudades en que uno no vive no hay posibilidad de llenar los vacíos con el mero transcurso de los días, así que cuando uno llega de nuevo a ellas se ve asaltado por la nostalgia y por la sensación de pérdida con la misma intensidad que cada vez anterior, y eso ocurre indefinidamente, por muchos años que vayan pasando. Ahora he estado una semana en París, tras un lustro largo sin pisarla, y no ha fallado: inverosímilmente he echado de menos con fuerza a un muerto de hace casi veinte años, es decir, a alguien a quien no veo y de quien nada sé desde hace mucho, y a cuya falta debería estar más que acostumbrado, lo mismo que a no llamarlo ni a escribirle, a no esperar verlo en el Boulevard Saint-Germain ni en el Quai des Célestins ni en la Rue des Écoles, por mencionar algunos sitios en los que él estuvo y yo lo recuerdo.

Foto: G Uferas

Foto: G Uferas

El 15 de noviembre de 1990 ese amigo puso fin a su vida. Yo me enteré unas fechas más tarde, estando precisamente en París, y escribí una semblanza de él titulada “La muerte de Aliocha Coll”. También era escritor, aunque a él es casi imposible que los lectores le pongan rostro y sumamente difícil que lo asocien a texto alguno, porque no publicó más que un libro y una traducción en vida, y con posterioridad aparecieron dos novelas más y una colección de poemas, si no me equivoco, todo ello hace ya tiempo, con escaso eco y sin el menor éxito. En verdad esto último no podía tenerlo ni lo buscó nunca, tan arriesgada y poco convencional era su literatura. Cuando hoy leo sobre escritores actuales que pasan por supermodernos y “rupturistas” y “mutantes”, no puedo evitar reírme: no sólo nacen la mayoría anticuados porque repitan fórmulas ya gastadas y estériles de los años setenta, sino que, al lado de Aliocha Coll, que lleva dos decenios enterrado, sus propuestas son cuasi galdosianas, por mucho “ciberespacio” que metan en sus obras tan perecederas. Me temo que son carne de tan pronto olvido como el propio Aliocha Coll, con la salvedad de que él nunca estuvo de moda ni fue jaleado por los tuertos críticos, y por tanto jamás pudo abandonar ese olvido al que se entregó deliberadamente. Era médico de profesión y muy culto. Se conocía al dedillo la tradición, como todos los que deciden darle la espalda con algún talento, no por pereza o ignorancia. Catalán de origen, vivía en París desde su primera juventud, primero de rentas, luego de su trabajo como médico cuando se le acabaron aquéllas. Era un hombre educado y discreto, siempre bien trajeado, con una risa tímida y como retardada, como si esperase a comprobar que lo que se había dicho era una broma para permitirse soltar la carcajada. Tenía cuarenta y dos años cuando se mató, tras leer un cuento de Nerval, beberse una copa de vino y escuchar no recuerdo qué música. Había terminado su novela Atila (una de las que se publicaron póstumamente) y con ella dio por concluida su obra. Como dije en aquella semblanza de 1990, “Acabado el papel se acabó la vida”, así fue en su caso. Sus textos son difíciles, rozando la ininteligibilidad a veces, pero poseía un gran talento verbal y rítmico: “Es y era la auréola de la silueta luz absorta en el polvo, absuelta en humo. Y el humo era el que vomitaba fuego, vómito del humo en el humo…” Es una cita escogida al azar, de Atila. Cada vez que voy a París me resulta incomprensible no llamarlo, no verlo, que no esté allí y se me frene el impulso. Que no esté en el mundo y sí en mi memoria, que todavía es parte de este mundo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de enero de 2010

29th Enero
2010
written by zonafantasma

L’un des plus grands écrivains espagnols, Javier Marías publie la dernière partie de son roman «Ton visage demain» et un excellent recueil d’essais, «Littérature et fantôme».

C’est un James Bond qui aurait lu Debord et McLuhan. Jaime, le héros de «Ton visage demain», reprend du service dans le troisième tome, «Poison et ombre et adieu» : espion à la solde d un mystérieux groupuscule piloté par un certain Tupra, il est soumis à rude épreuve en assistant à des scènes de sexe et de violence d’une sauvagerie inaccoutumée. Comment va-t-il à son tour se laisser aller à glisser sur la pente du mal irrémédiable? C’est ce que Marías, plus que jamais l’un des maîtres de la narration actuelle, raconte dans un récit où on lit l’avenir de notre société dans le visage de la barbarie.

Vous êtes l’un des plus grands romanciers espagnols actuels, reconnu comme tel dans le monde entier. Comment vivez-vous cette notoriété?

J’étais il y a quelques semaines à New York et nous avions une lecture croisée, avec Paul Auster. Je me disais que le public viendrait pour lui. On devait se retrouver après au restaurant, avec Paul. Alors qu’il avait fini de signer, il est venu vers moi et m’a dit: tu as encore beaucoup de monde. J’étais très sceptique, mais c’est vrai que je n’ai pu le rejoindre qu’une heure après. Je pense qu’il s’agissait surtout de revendeurs parce que certains d’entre eux avaient sept exemplaires à me faire signer…

Vous-même êtes un collectionneur de livres enthousiaste…

Oui, j’aime collectionner les livres que les écrivains ont signés. C’est une forme de fétichisme, bien sûr, mais c’est aussi parce qu’un livre signé dit quelque chose de son passé. On sait qu’il a été dans les mains de son auteur. J’ai quelques livres dédicacés d’écrivains que j’aime bien. Par exemple, j’en ai un signé par Radiguet. Il doit être très rare parce que Radiguet est mort à vingt ans, il n’a donc pu dédicacer beaucoup de livres. Je l’ai trouvé en Angleterre, à un prix qui n’était pas excessif. J’ai un livre signé de la main de Mallarmé, deux livres signés de Conrad, un de mes écrivains favoris, un de Isak Dinesen, Dylan Thomas, Faulkner…

Vous passez beaucoup de temps à fouiller dans les cartons des bouquinistes?

Je n’ai pas Internet, ce qui complique les recherches, mais un ami qui a un ordinateur me donne un coup de main. Il m’a retrouvé le titre d’un de mes arrière-grands-pères, qui était espagnol de Cuba, et qui a écrit quelques romans, et un «Manuel du chasseur cubain». Il l’a retrouvé dans une librairie de Californie. Il était militaire, mais il peignait, c’était un militaire cultivé. J’ai raconté son histoire dans un de mes livres, «Dans le dos noir du temps». Il a abandonné Cuba en 1998 quand l’Espagne a perdu l’île. Il est mort pendant la traversée. Le seul texte de fiction que je possède de lui est un absurde roman qui s’appelle «Le Cuirassier de Froeschwiller», un roman avec pour sous-titre: «Une histoire de la guerre franco-prussienne». Ca date de 1878.

A travers cette collection, c’est aussi peut-être la présence d’écrivains disparus que vous recherchez. Ce sont vos fantômes?

Sans doute. En tout cas, je pense que, s’il y a un narrateur dans un roman, il devrait être un fantôme. C’est quelqu’un qui a déjà vécu, il est hors du temps, mais il n’est pas indifférent. Au contraire, il revient dans les endroits soit qu’il affectionne, soit au contraire où il doit se venger. Il peut avoir une certaine froideur parce qu’il n’est plus affecté par les choses, mais il manifeste de l’intérêt pour ceux qu’il a connus. Le point de vue du fantôme, dans un roman, est donc à mes yeux le meilleur et de loin.

Dans votre roman, «Ton visage demain», il n’y a pas de narrateur omniscient. Tout est incertain, volontairement approximatif. Pourquoi?

C’est à cause de la réalité d’aujourd’hui. Depuis une vingtaine d’années, la plupart des écrivains trouvent que le narrateur omniscient est naïf et injustifiable. La vision du monde est plus incertaine, plus fragmentaire. «L’Homme sentimental», qui date de 1986, est mon premier roman écrit à la première personne. Le narrateur a une idée très fragmentaire de ce qui se passe, et même de sa propre histoire. Il y a des zones d’ombre partout, y compris en nous-même. Le commencement du roman de Dickens, «David Copperfield», avec la naissance du héros, serait impensable aujourd’hui, parce qu’il n’y a plus de commencement véritable. Tout est désormais incertain.

On y perd aussi les repères moraux. Où sont le Bien, le Mal? C’est tout le tragique de votre nouveau roman…

Au début du livre, je dis qu’on ne devrait jamais rien raconter. Dans ce troisième volume, qui aurait pu s’appeler «Mon visage demain», le narrateur découvre qu’il est capable de faire des choses qu’il n’imaginait pas au début. Il commet un acte de violence mais il peut l’assumer car il l’a décidé. Ce qui le tourmente, c’est de permettre, par une action dont il ne mesurait pas les conséquences, un acte de violence. Ce qu’on fait sans le vouloir, ou sans le savoir, peut donner lieu à des conséquences néfastes qui sont les plus difficiles à accepter. Normalement, on pense que ce qu’on peut être amené à regretter le plus, ce sont des choses qu’on a décidées et pensées. Mais, dans le livre, j’avance l’idée que ce qui nous poursuit est ce que nous n’avions pas prévu.

Vous dites souvent que, lorsque vous écrivez, vous ne faites pas de plan, vous préférez ne pas savoir ce qui va se passer. La construction de «Ton visage demain» est si complexe qu’il est difficile de vous croire…

Il y a beaucoup d’écrivains qui écrivent avec une carte, et savent à l’avance ce qui va se passer. Ils connaissent le territoire qu’ils vont devoir traverser. D’autres, comme moi, préfèrent travailler avec une boussole, c’est-à-dire qu’ils ont une certaine idée de la direction - le nord - mais ils ne connaissent pas le trajet. Inventer vient du latin invenire, qui signifie découvrir. Ainsi, dans la troisième partie de ce livre, un de mes personnages, Custardoy, un copiste, prend une certaine importance. Il vient de mon roman «Un cœur si blanc». Quand j’ai fini le deuxième volume, je n’avais pas la moindre idée que j’allais inclure ce vieux personnage venu d’un précédent roman. A présent que le livre est fini, il paraît absurde d’envisager qu’il ait pu ne pas être présent dans le livre. Autre exemple, j’avais une scène qui se passe au Musée du Prado. Quand j’ai écrit la scène, je n’étais pas à Madrid, mais dans une petite ville où je passe souvent quelques semaines pour écrire. Je n’utilise ni l’ordinateur ni Internet. Je n’avais pas le catalogue complet de la collection du Prado. Je me demandais donc quel tableau pourrait être copié par Custardoy. On pourrait croire que j’ai finalement choisi la Comtesse de San Segundo du Parmigianino, parce qu’il y a l’autre tableau du Comte, qui est séparé d’eux, ce qui permet un parallèle avec le narrateur qui est séparé de ses enfants et de sa femme. En fait, j’étais dans cette ville et j’ai trouvé dans une des rares librairies un petit livre sur quarante chefs d’œuvre du Prado, et j’ai choisi un peu par hasard le tableau de la Comtesse. Ce n’est qu’en retournant à Madrid, et en allant voir la Comtesse en personne, que je me suis aperçu qu’il y avait aussi le mari, à part. On croira que c’était très pensé, mais c’était le hasard.

Votre écriture laisse sa chance au hasard?

Il y a bien sûr des éléments que je prévois, mais pas le tout. Je tiens aussi à une règle absurde qui est ne de pas toucher à la première version, une fois celle-ci écrite. Je travaille beaucoup chaque page, que je réécris quatre ou cinq fois, mais une fois qu’elle est terminée, je n’y touche plus. Si page 400 je découvre que, page 20, il aurait été plus malin d’écrire autre chose, il serait légitime de le faire, mais je me l’interdis. Ce que je recherche, c’est que les éléments qui sont rentrés par hasard ou par caprice dans le roman deviennent ensuite nécessaires. C’est une question éthique. J’écris mes romans en appliquant les mêmes principes de connaissance qui règlent la vie. Si à quarante ans vous décidez qu’à vingt ans vous vous êtes marié par erreur, vous ne pouvez pas revenir en arrière. Je suis cette règle dans mes romans, même si, je le répète, c’est à la fois absurde et un peu suicidaire.

C’est une affaire de sincérité?

Non, les romans ne sont pas sincères de toute façon. Ce sont des artifices. Je préfère dire que c’est un défi. Sinon, c’est trop facile. Tout le monde le fait, et je ne juge pas cette manière de faire. Godard disait que le travelling est une affaire de morale. En travaillant comme je le fais, j’ai le sentiment qu’il n’y a pas de truquage. Disons que j’essaie de résoudre les problèmes que je me suis créé sans effacer purement et simplement la difficulté.

Vous n’utilisez pas Internet mais que pensez-vous de Google et de la numérisation?

J’ai écrit un article il y a longtemps dans lequel je disais que chacun peut léguer indéfiniment, pendant des générations, les choses que l’on possède. Personne n’y trouve à redire. Mais un écrivain ou un compositeur n’a pas de droits sur ce qu’il a créé au-delà de soixante-dix ans. Il devrait y avoir une sorte de compensation pour ces auteurs et leurs descendants. Mais rien n’est prévu pour les artistes. Et maintenant, non seulement on ne cherche pas à les dédommager, mais on discute du droit des artistes pendant qu’ils sont en vie. En Espagne, beaucoup de gens disent: la culture doit être gratuite. Mais si c’est le cas, pourquoi pas le pain, les taxis etc. C’est une situation absurde.

Vous pensez qu’Internet est synonyme de spoliation pour les artistes?

Quand j’étais très jeune, j’ai volé quelques livres, comme la plupart des gens de ma génération. Mais nous savions, quand nous volions un livre, que le créateur n’était pas spolié. Ca nous tranquillisait. On savait qu’on n’allait ruiner ni l’auteur ni le libraire. Aujourd’hui, c’est massif. Et ça va contre les auteurs. La contradiction est totale. Les internautes sont passionnés de culture et d’art. Ils aiment tellement les chansons et les films, les séries et les livres, qu’ils ne peuvent pas vivre sans eux. Mais, en même temps, ils détestent les créateurs. Nous, nous aimions Hitchcock et Nabokov. Nous aimions les artistes.

A propos de Nabokov, que pensez-vous de la publication, contre sa volonté, de son roman posthume, qui sera publié en France en avril?

Je ne l’ai pas lu encore. Il y a en général une obsession, une superstition presque, avec les inédits. Il est rare que ces inédits soient particulièrement bons, mais la presse y accorde une importance majeure. Si demain on découvre un tout petit texte de Flaubert, la presse va lui donner plus de crédit qu’à «Madame Bovary». C’est absurde. Je ne suis pas non plus d’accord avec la publication posthume des lettres d’écrivains. Je les achète, quand c’est un auteur que j’aime bien. Mais je ne suis pas sûr que l’on doive le faire. Normalement, ce ne sont pas des lettres écrites pour être publiées. Mon père est mort il y a quatre ans. Il était écrivain et philosophe, et il était le disciple principal de Ortega y Gasset, le philosophe. Mes frères et moi, nous avons retrouvé des lettres de Ortega à mon père, et aussi à ma mère. Que faire? Les publier? Je suis sûr qu’il n’aurait pas voulu qu’on le fasse, mais les détruire me semble aussi un peu sauvage. Nous verrons.

DIDIER JACOB

Le Nouvel Observateur, 28 Janvier 2010

 

Artículos en papel:

“Sevices secrets à Londres” de Chloé Brendlé en Magazine Littéraire, Janvier 2010

“Journal en public” de Maurice Nadeau en La Quinzaine Littéraire, 16-31 Janvier 2010

Ton visage demain III. Poison et ombre et adieu en Lire, Février 2010

26th Enero
2010
written by zonafantasma
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Para decirlo sin rodeos ni circunloquios, esta antología titulada Cuentos de las orillas del Rin es una de esas joyas que de vez en cuando los editores (en este caso Javier Marías, desde la animosa editorial Reino de Redonda) encuentran por ahí olvidadas, las pulen (por ejemplo mediante una excelente traducción, en este caso a cargo de Mercedes López-Ballesteros) y las mandan a las librerías como si tal cosa. Y puesto que cada año se editan montañas de libros sin que sea posible atribuirles una D.O. que alerte con certeza al lector de lo que tiene en las manos, voy a dar unos cuantos datos con la esperanza de que sirvan de alerta.

Y para empezar, los nombres, pues hay escritores cuyo nombre confunde a los no iniciados, razón por la cual la mitad de quienes entran a curiosear en las librerías sale convencida de que Evelyn Waugh es una mujer. En otros casos la información errónea viene de los apellidos, y son incontables quienes creen estar seguros de que Erckmann-Chatrian es como una versión alsaciana de nuestro Ortega y Gasset. Y cuánto se equivocan, porque Émile Erckmann y Alexander Chatrian fueron una de esas parejas de baile que mientras están juntas alcanzan cotas que jamás hubieran alcanzado por separado pero que, ay, acaban inevitablemente por separarse, casi siempre para acabar diluidos en el anonimato. Erckman y Chatrian se conocieron cuando tenían 25 y 21 años respectivamente y aunque eran de carácter y gustos muy diferentes, casi de inmediato iniciaron una curiosa forma de colaboración. Al principio, Erckman era el productor y Chatrian el conseguidor, y mientras Erckmann andaba por ahí escribiendo (aseguraba que quien ha nacido en los Vosgos no tiene ninguna necesidad de viajar, y menos aun de vivir, sobre todo, en París), Chatrian se estuvo peleando con los editores parisinos hasta que, en 1859, logró que El Constitucional publicase Hugo y el lobo en forma de folletón. El éxito de esa primera aparición pública les animó a estrechar y perfeccionar su técnica de colaboración, y quien lea la presente antología, al llegar al cuento titulado “El canto del vino” podrá hacerse una idea bastante exacta de qué consumían esos dos, y en qué desorbitadas cantidades, mientras se inventaban al alimón los argumentos de sus obras. Otro aspecto curioso de su fructífera colaboración era que, una vez pergeñado el argumento, si les parecía que la mejor manera de desarrollarlo era la narración se encargaba de ello Émile Erckmann, mientras que si pensaban que quedaría mejor sobre un escenario era Alexander Chatrian quien entraba en escena. Y también en ese terreno lograron buenos éxitos, hasta el extremo de que en alguna enciclopedia anglosajona que he consultado, después de dar noticia de ellos termina diciendo:”Pero en Inglaterra se les conoce sobre todo por su pieza teatral El judío polaco“, de lo cual cabe deducir que allí se les valora más como autores teatrales que como narradores. Y no deja de ser chocante porque, casi un siglo y medio después de haber sido escritas, sus narraciones son geniales.

Émile Erckmann y Alexander Chatrian

Émile Erckmann y Alexander Chatrian

Les gusta mucho crear atmósferas de misterio, invocar a los espíritus y recrearse en secuencias surreales (las más de las veces surrealistas) todo ello atravesado por una veta de humor que en el caso del cuento “Mi ilustre amigo Selsam” se resuelve en una serie continua de carcajadas porque la transmutación de unos sesudos representantes de las fuerzas vivas locales en una descerebrada banda de músicos asesinos es de una comicidad insuperable. Pero lo mejor, su mejor baza, es el entusiasmo, y sospecho que aquí el mérito hay que atribuírselo a Erckmann por ser quien de verdad narraba. Da lo mismo que se trate del clásico cuento del miserable que sueña insistentemente con un castillo en el que encontrará un fabuloso tesoro y de paso, y nunca mejor dicho, a la mujer de sus sueños; o si el momento cumbre de la narración es cuando un pobre hombre se ve obligado a retar a un duelo de resistencia bebiendo a un gigantesco tabernero que jamás ha perdido un duelo así; o si se trata del clásico cuervo que encarna el mal o del profesor de metafísica que va demasiado lejos en su búsqueda más allá del mundo material y físico: cada uno de esos argumentos está relatado como si en realidad fuese la primera narración del mundo, la primigenia, la que no sigue modelos ni teme caer en pecado de plagio porque, justamente, nunca antes había sido narrada. Y como suele ocurrir con el entusiasmo, éste se va transmitiendo, incrementado, de cuento en cuento hasta llegar al del canto del vino, que cierra el volumen. Dudo mucho que nadie pueda acabar ese cuento sin sentir la necesidad de ir corriendo a la cocina para descorchar una botella y echar un trago larguísimo a la salud de todos aquellos cuyos huesos han reverdecido y brotan en cepas nudosas de viñedo, y cuya sangre hierve en gotas bermejas en los racimos maduros y se derrama en el lagar en límpidas oleadas. A vuestra salud, Erckmann-Chatrian. Y muchas gracias.

JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO

El Boomeran(g), 21 de enero de 2010

25th Enero
2010
written by zonafantasma
Photo : C. Helie/Gallimard

Photo : C. Helie/Gallimard

Javier Marías a achevé sa trilogie de «Ton visage demain». On ne trouve aucune autre entreprise contemporaine à laquelle comparer cette construction borgésienne d’un livre infini.

On ne peut sortir totalement rassuré d’un entretien avec Javier Marías. Ce n’est pas sa courtoisie anglo-ibérique qui est en cause ; ni ses talents de polyglotte qui lui permettent même en français, d’aller chercher le plus précis de la pensée ; ni sa disponibilité qui lui vaut de se souvenir de votre nom des années après une précédente rencontre. Non. Il ne s’agit pas de tout cela. Dans ce grand bureau lambrissé au coeur de Paris, une curieuse impression ne vous lâche jamais. Désormais, Javier Marías entre et sort de son livre à loisir et devient à tout moment le narrateur du roman et votre interlocuteur. Voilà huit ans et 1 400 pages que Jacques-Jaime Deza, héros de «Ton visage demain», nous a donné rendez-vous. La trilogie est aujourd’hui achevée. Chacun des volumes rassemble deux ou trois livres. Il s’agit d’une histoire inscrite dans un temps dilaté que l’on peut après tout facilement résumer. Jaime Deza est engagé à Londres par le MI6, cellule secrète du renseignement britannique comme agent. Son talent, assez vite décelé par un de ses vieux amis anglais, Sir Peter Wheeler, est de deviner qui se cache en vous. Quel est l’homme que vous êtes vraiment? Qui serez-vous demain? Lâche ou glorieux. Traître ou fidèle. Poltron ou courageux. Et dans le même temps se déroule la vie de Jaime Deza, partagée entre la femme quittée à Madrid, Luisa, et la jeune Pérez-Nuix, entre les souvenirs du vieux Wheeler et les conseils du trouble Trupa, maître en formation. Ce cheminement, emboîté dans d’autres vies, dans d’autres intrigues que l’on pourrait dérouler ainsi à l’envi, sert de trame à l’ensemble des récits.

Dans ce dernier tome -qui vient de paraître en France, après avoir remporté un énorme succès en Grande-Bretagne- Jaime Deza, revenu à Madrid, clôt cette parenthèse. Il découvre à son tour qu’il peut être également autre. La violence qui est en lui suffit à le transformer en un ange de la mort qui lui était, croyait-il, étranger.

À la vérité, on ne trouve aucune autre entreprise contemporaine à laquelle comparer cette construction borgésienne d’un livre infini. Javier Marías a mis tout ce qu’il est et tout ce vers quoi il voulait tendre. Son roman est celui d’un grand horloger qui joue avec la pâte molle du temps, qu’il étire à loisir, ramasse et retourne par circonvolutions. Javier Marías ne l’explique pas. À peine consent-il à dire «qu’il est possible d’écrire un roman-fleuve qui se déroulerait pendant beaucoup d’années et beaucoup de générations, mais que là n’était pas son propos.» On conçoit que chacun des êtres possède leur double inconnu, fidèle en cela à une conception même de l’écrivain selon laquelle «nous sommes également composés de ce que l’on a fait ou de ce que l’on aurait pu faire.»

Universalité

À ce jeu avec le temps s’ajoutent la distorsion et l’ambiguïté de la langue. Quand on le questionne à propos des noms de ses protagonistes, Javier Marías affirme qu’il ne s’est pas aperçu que le patronyme de Deza -ce tendre Jaime qui se change en exterminateur en toute fin de récit- ne peut se dire en anglais qu’en prononçant «death» (mort). Ou mieux, qu’il eut l’idée de baptiser le cynique inspirateur du bureau secret britannique, M. Trupa, soit celui qui donne le tempo, du nom d’un véritable réparateur de montres anciennes chez qui il amena la sienne à Bath (Angleterre).

Ajoutez à cela que l’ensemble des trois volumes sont de perpétuelles réminiscences des livres antérieurs. Que l’on y retrouve des citations et des titres. Que le sombre Curtadoy arrive en droite ligne d’un précédent ouvrage, «Un coeur si blanc». Que Javier Marías affirme qu’il ignorait la veille encore d’écrire son nom qu’il le ferait revivre. On comprend alors que cette oeuvre s’apparente à une création d’alchimiste, un miracle d’équilibre qui parle de la mémoire, de l’amour et de l’altérité. Qui voudrait être universelle.

Pourquoi mettre un point final, demande-t-on à l’auteur? Il répond sagement : «Je ne savais pas un mois plus tôt que mon livre allait être terminé. Quand il s’est arrêté, j’ai eu une immense impression de vide, je me suis retourné sur huit ans de ma vie. Épuisé. Physiquement et intellectuellement. Aujourd’hui quand j’écris, je me demande qui sont ces intrus, ces gens-là qui s’invitent sous ma plume. Où sont passés mes vieux compagnons Trupa, Wheeler, Deza et Curtadoy. Ils me hantent.» C’est l’auteur qui le dit dans ce grand salon vide du VIe arrondissement. Voilà pourquoi, quand on rencontre cet écrivain-là, on a l’impression d’être dans son roman. Un autre univers. Un autre temps. Tout ce qui est de l’ordre d’un créateur.

YVES HARTÉ

Sud Ouest, 24 Janvier 2010

24th Enero
2010
written by zonafantasma

Uno de los ejemplos más claros de cómo nuestras sociedades están entregadas a la política del appeasement o apaciguamiento -la que practicaron las democracias ante Hitler, y así les fue a partir de 1939- lo encontramos en el fútbol. Hace ya quince años escribí un artículo defendiendo al antiguo jugador del Manchester United Eric Cantona, que recibió unas severísimas sanciones por parte de su club y de su selección francesa, así como la reprobación de la prensa, porque se hartó de un individuo que le soltaba barbaridades sin cesar y, al retirarse del campo, expulsado, se acercó a él y le propinó un acrobático puntapié. Posiblemente no debió patear a aquel hincha, pero se comprende que lo hiciera. Quizá mereció las sanciones, pero no la condena moral generalizada que las acompañó. El agredido, como todos los hinchas groseros y violentos que llenan los estadios, se estaba amparando en la masa y en el anonimato, estaba actuando con cobardía al insultar a resguardo al jugador, cosa que sin duda no habría hecho a solas y en su proximidad. Seguramente ningún hooligan se habría atrevido. Pocas acciones más despreciables que la de atacar en manada, sabiéndose impune, indistinguible, a salvo de las consecuencias. Decía en aquella pieza remota que si hubiéramos visto esa secuencia en una película, la mayoría habríamos aplaudido a Cantona: el héroe, cansado de sufrir vejaciones, habría individualizado a la masa y le habría dado su merecido, mala suerte para el que se llevó el puntapié. No sabemos ver la vida real con la nitidez con que vemos cine o leemos novelas.

Algo parecido ha sucedido ahora con un delantero del Inter de Milán llamado Balotelli. Pese al apellido y a haber nacido en Palermo, se trata de un fornido negro, de madre ghanesa, motivo por el cual padece toda clase de insultos racistas cada vez que salta a un campo, y nunca tiene fácil jugar en la selección de su país, ya que, según demasiados aficionados, “no hay negros italianos”. Hace unas semanas, en un partido en Verona, tras haber soportado durante ochenta y ocho minutos los gritos simiescos del público, fue sustituido, y al retirarse aplaudió irónicamente a la masa que no había parado de humillarlo. Luego, ante los micrófonos, añadió otra “afrenta”: “El público de Verona me da cada vez más asco”. Cualquiera en su situación habría dicho, o por lo menos pensado, otro tanto. A diferencia de Cantona en su día, no se encaró con ningún aficionado ni a ninguno pateó. Se limitó a aplaudir y a expresar sus comprensibles sentimientos. Sin embargo, eso le ha valido una multa de siete mil euros, impuesta por el árbitro, “por haber provocado al público”. El Presidente del Chievo Verona se ha permitido negar la evidencia: “El problema no es el color de su piel, sino su actitud provocadora, que incita a que lo insulten”. Hasta el alcalde de esa ciudad de amantes ha dicho su majadería: “Un profesional tiene que aguantar pitos e insultos”. (No ha explicado por qué, pero el estamento político-futbolístico italiano, con Berlusconi a la cabeza de los sin cerebro, hace tiempo que perdió toda capacidad de razonar.) Es decir, a uno se lo hostiga sin pausa durante el ejercicio de su trabajo, y además en plan racista, y es uno el que “provoca al público” si reacciona mínimamente.

¿De dónde proceden estas ideas de que “un profesional” ha de callar ante los insultos, y de que el público sigue siendo “respetable” cuando hace muchísimo que dejó de serlo en todas partes? Recientemente oí reproches hacia Casillas porque se acercó a un crío valenciano que lo ponía verde y le pidió un poco de educación, nada más. “Hay que hacer caso omiso y concentrarse en el juego”, lo amonestaban los periodistas. Yo me pregunto cómo se hace caso omiso de las barbaridades que uno escucha nítidamente dirigidas a uno, de principio a fin de un partido. Cómo se concentra uno en parar los disparos. Salvando las distancias, es como si a un actor de teatro se le pidiera que pasara de los insultos lanzados con profusión desde el patio de butacas y se ciñera a su texto, como si allí no hubiera nadie. O a un cantante que siguiera impertérrito con su recital mientras le llueven abucheos e injurias. O a un escritor que continuara con su conferencia mientras los oyentes lo llaman “hijoputa” y “cabrón”. Y como si a todos estos “profesionales” se los castigara y multara por interrumpirse o hacer frente a sus groseros detractores. El razonamiento -es un decir- de los responsables del fútbol es más o menos: “Cualquier respuesta sólo empeorará las cosas”. Esto es: “Permitamos y protejamos los abusos, el matonismo y la violencia verbal, no vayamos a soliviantar a los soliviantados”. Lo mismo que en los años treinta: “Cedamos ante el furioso Hitler, no se vaya a poner aún más furioso”. Ceder ante los comportamientos fascistas siempre se paga caro, porque el espíritu fascista -que puede darse en gente de izquierda- toma por debilidad cualquier inhibición del adversario, y no hace sino envalentonarse y aumentar su agresividad, hasta aniquilar a ese adversario. Si el apaciguamiento está institucionalizado; si los violentos y matones están protegidos; si se condena al individuo valiente que se enfrenta a ellos o por lo menos les señala su cobardía y su mezquindad, no es de extrañar que éstos se crezcan y que cada vez estemos todos más y más a su merced.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de enero de 2010

23rd Enero
2010
written by zonafantasma

GAME CHANGE: Obama and the Clintons, McCain and Palin, and the Race of a Lifetime, by John Heilemann and Mark Halperin (Harper/HarperCollins, $27.99.) The inside story of the 2008 campaign, longer on vignettes and backstage gossip than on analysis.

THE PRIVILEGES, by Jonathan Dee (Random House, $25.) In this intelligent novel, a contemporary morality tale, a family stumbles along, rich and dysfunctional, without ethical or moral responsibility.

CHANGING MY MIND: Occasional Essays, by Zadie Smith (Penguin Press, $26.95.) The quirky pleasures here are due in part to Smith’s inspired cultural references, from Simone Weil to “Buffy the Vampire Slayer.”

YOUR FACE TOMORROW. VOLUME 3: Poison, Shadow and Farewell, by Javier Marías. Translated by Margaret Jull Costa (New Directions, $24.95.) In the final volume of Marías’s sui generis novel, his narrator, an uneasy spy, peers into the territory of torture.

DAY OUT OF DAYS: Stories, by Sam Shepard (Knopf, $25.95.) Shepard’s anonymous narrator, his own red-eyed alter ego, drives to forsaken places most travelers never stop, but he’s fine with being nowhere.

TRUE CONFECTIONS, by Katharine Weber (Shaye Areheart, $22.) This novel’s heroine, an unhappy daughter of repressed New England Protestants, finds her destiny with a family of immigrant candy makers.

MARCHING FOR FREEDOM: Walk Together, Children, and Don’t You Grow Weary, by Elizabeth Partridge (Viking, $19.99; ages 10 and up.) Pivotal civil rights victories through the eyes of young participants.

ONE CRAZY SUMMER, by Rita Williams-Garcia (Amistad/HarperCollins, $15.99; ages 9 to 12.) A novel of three sisters, their mother and the Black Panthers.

ROSIE AND SKATE, by Beth Ann Bauman (Wendy Lamb, $15.99; ages 12 and up.) On the Jersey Shore, teenage sisters cope with an alcoholic father.

The New York Times, Sunday Book Review, January 21, 2010

21st Enero
2010
written by zonafantasma

Totes les ànimes

Javier Marías

Traducción de Anna Ortiz i Huguet

Epílogo de Bernat Deudéu

Editorial Funambulista

Barcelona

Primera edición: noviembre de 2009

18th Enero
2010
written by zonafantasma
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LOS VILLANOS DE LA NACIÓN
LETRAS DE POLÍTICA Y SOCIEDAD

JAVIER MARÍAS

Edición al cuidado de Inés Blanca

Notas de Enrique Murillo e Inés Blanca

Los Libros del Lince

Barcelona

Primera edición: enero de 2010

 

Nota sobre la edición

Enrique Murillo, lector antiguo de Marías, tuvo hace unos meses la idea de reunir en un volumen las piezas periodísticas del autor sobre asuntos políticos, éticos y sociales, convencido de que cobrarían nueva luz al ser leídas todas seguidas, extraídas del medio para el que fueron escritas.

[…] la calidad de su prosa, la preocupación ética que impregna todos sus artículos (incluso los que se ocupan de asuntos en apariencia menores), su independencia de criterio, su actitud combativa al tratar los males que aquejan a nuestra sociedad y los impecables razonamientos que expone, hacen de Javier Marías el más claro heredero de Larra en nuestro país.

[…] pasan los años y sus artículos no pierden vigencia, como comprobará el lector; es más, algunas de las piezas más antiguas recobran leídas hoy su más pleno sentido. Y esto, en mi opinión, tiene mucho que ver con la intención de Marías cuando se sienta a escribir un texto periodístico. Como él mismo dijo no hace demasiado tiempo en alusión a su labor como columnista: «Intento buscar el fondo invariable de las cosas».

INÉS BLANCA

17th Enero
2010
written by zonafantasma

Las mujeres se han quejado tradicionalmente, con razón, del muy diferente rasero con que se han medido su promiscuidad y la de los varones. Si en éstos era un timbre de gloria, en ellas era un baldón. Si a ellos se los admiraba y envidiaba por el número de sus conquistas, ellas se creaban mala fama por el mismo motivo. Hay muchos porqués para que esto haya sido así, pero no vamos a remontarnos a las dudas que los hombres han podido albergar sobre la paternidad de sus vástagos (y que las mujeres nunca han padecido respecto a la maternidad), ni siquiera a los recientes tiempos, bajo el franquismo, en que el adulterio de la esposa era un delito que podía llevarla a la cárcel, mientras que el del marido era una mera costumbre tan graciosa como inevitable. Baste con recordar que, si a los varones se les veía “mérito”, era porque en principio las mujeres se negaban a consentir, y en cambio aquéllos -se juzgaba de manera igualmente simplona- estaban siempre dispuestos a meterse en la cama con cualquiera, aunque fuese un espanto. Las conquistas femeninas, por tanto, no eran tales y carecían de todo valor: así como estaba tirado llevarse a un individuo al huerto, resultaba muy difícil llevarse a una individua al mismo asilvestrado lugar.

Todo esto suena a prehistoria, pero aún no había perdido enteramente su vigencia en mi primera juventud. Fue de hecho mi generación la que empezó a cambiar el punto de vista, con el llamado “amor libre” de los años sesenta y setenta. Es una de las pocas cosas de aquella época que han quedado incorporadas a la sociedad posterior. Al menos en apariencia, y hasta hay mujeres que presumen abiertamente, en público, en televisión, de su catálogo de seducidos, como el Don Giovanni de Da Ponte y Mozart, siempre y cuando se trate de sujetos “famosos”, requisito indispensable para la jactancia de las coleccionistas y para la relativa aceptación de su comportamiento por parte de las masas televidentes. “Ah, si ha sido con Beckham, o con Clooney, o con Springsteen, o incluso con el anciano Clint Eastwood”, parecen decirse los espectadores, “entonces vale”. Los gañanes que sonsacan a estas cazadoras de cabelleras les exigen “pruebas” de que el coito-con-famoso ha tenido lugar, y les piden detalles sobre las casas en que “consumaron” o incluso sobre la anatomía de los coleccionados, y por supuesto sobre sus performances o prestaciones. No se toleran las falsas medallas, lo cual indica que en estos casos sí se ve la conquista llevada a cabo por una mujer como un trofeo (aparte de un posible pasaporte para su efímera fama).

Tras todo este desparpajo, sin embargo, creo que lo que se está produciendo es un retroceso en los asuntos de esta índole y un triunfo del más rancio puritanismo. La mujer que es promiscua con particulares o desconocidos (es decir, la que no contribuye al espectáculo y al entretenimiento) aún es juzgada en estos programas con severidad parecida a la que se gastaba hace un siglo con las “casquivanas”. Y -lo que es peor, y nuevo- empieza a juzgarse con severidad semejante a los varones infieles o meramente mujeriegos, al menos en los Estados Unidos, y nada de lo que allí sucede debe minimizarse, porque suele acabar llegando también a Europa y sobre todo a España, el país más papanatas y mimético con cuanto proviene del Imperio y no digamos de Nueva York, ciudad admirable que demasiados escritores españoles nos están incitando a detestar, con su permanente baba exageradamente caída. Es bien sabido que en ese país un político no tiene futuro si es pillado en una infidelidad sexual, presente o remota. Algo absurdo que en nuestro continente no entendemos, pero que por lo menos obedece a un razonamiento, por ramplón y traído por los pelos que sea: “Si este tipo es capaz de engañar a su mujer, sin duda nos engañará también a nosotros”, piensan los elementales votantes. Lo que ya no se concibe es que un deportista como Tiger Woods, un personaje sin responsabilidades públicas que tan sólo se dedica a darle mejor que nadie a una bola con un palo de golf, que no está en situación de defraudar a la ciudadanía porque ningún poder tiene sobre ella, caiga en absoluta desgracia por descubrirse que, lejos del marido ejemplar que aparentaba ser, era un empedernido picaflor. Las empresas que utilizaban su imagen como reclamo publicitario han empezado a rescindirle contratos, el pobre hombre se ha visto obligado a anunciar que deja el golf durante tiempo indefinido, como si darle con pericia a la bola dependiera de su fidelidad o algo así, y, estando yo en la babeada Nueva York cuando estalló el “escándalo”, me quedé estupefacto al ver que todas las cadenas, incluidas las de noticias, hablaban obsesivamente de él para condenar sin pausa su “hipocresía” y su “inmoralidad”. Me llamó la atención el conservadurismo exacerbado del célebre showman Jay Leno, cuyos chistes al respecto los podría haber firmado San Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei (si hubiera hecho chistes alguna vez). Quizá no esté ocurriendo lo que creíamos muchos, a saber, que mujeres y hombres se hayan igualado en este campo porque a las mujeres promiscuas o infieles ya no se las juzgue mal. Sino que la igualación consista en que también a los varones ligeros de cascos se los denueste y execre y se los envíe al ostracismo. Si esto no es un triunfo de la pacatería, que venga el susodicho santo y lo diga, aunque en vida no tuviera nunca nada interesante que decir.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de enero de 2010

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