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Cuentos Navideños (o no)
El legado de Saragosse Haussmann Enero, 2002 Minicuento Alicia Enero, 2002 Estilo Tropical Paloma Enero, 2002 Por qué no escribí un cuento navideño Bartleby 6-01-2002 Cuento
de Navidad Oberón 5-01-2002
Ese cuento Bardamu 5-01-2002 Mi historia de Reyes Derville 4-01-2002 Madrid City Diane 3-01-2002 Una noche tranquila woman77 1-01-2002 Mi cuento de Fletcher Fletcher Christian 31-12-2001 Nochebuena Christina 28-12-2001 Ishmaela Bioy 28-12-2001 Un minicuento María 27-12-2001 Un mini-cuento Ariadna 25-12-2001 La gran limitación Maturin 15-12-2001 |
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Haussmann
EL LEGADO DE SARAGOSSE ¡Alto ahí! -dijo él, dejando deslizar la mano por las rugosidades uniformes de la canana y alcanzando subrepticiamente, con las yemas de sus dedos, la culata ebanizada (vestigio antiguo de otra forma de vida, dolorosa y nunca manifestada en sincero arrepentimiento) de su revólver-. ¡Alto ahí!, ¡Peter Missing!, -volvió a repetir él, mientras una ráfaga de viento solano atravesaba la calle del Foro, inundando su atmósfera de pesadas partículas de ignominia, como aquellas afrentas que recibió, un día remoto, en las entrañas del tiempo, al saber él que las cartas nunca había llegado, incluso después de la separación, a su destino-. El legado. El legado de Saragosse. Sintió rabia al leer aquellas notas manuscritas. Un halo de ternura cubrió su conciencia, una mueca de satisfacción recorrió su rostro cuando, recordando toda una vida proscrita, pudo ver tan cerca de su fin aquello que siempre había anhelado, aquello por lo que algunos hombres y mujeres habían dado su vida, en humilde sacrificio, retornando al purgatorio de la más inhumana soledad, dando cumplida satisfacción a toda una vida. No, no, el legado no sería nunca para Peter. Otros derechos, camuflados bajo el manto de la sabiduría -resituada en justo lugar- le podrían asistir, pero no ese, no la posesión del legado. Había alcanzado la meta. Creía que no podía haber otro heredero. No cabía más participación en el tesoro que, como santo grial, tanta sangre costó a unos y a otros. Ella pudo saber, más nunca con certeza, la historia de aquella afrenta. Vagas e inciertas noticias llegaron a sus oídos (adormecida como estaba por los vapores narcotizantes de la melancolía que roía, sin freno, su espíritu) en aquella noche, infausta, de enero -la misma en que ella hizo el único ademán realmente valeroso de toda su vida- cuando, recostada sobre la silla de terciopelo, y dejando caer su rizada y dorada melena sobre el escritorio, se dispuso a escribir aquella misiva "a quien corresponda"... Peter Missing, hijo de aquel hombre que, un día de primavera, llegó a la aldea (barrida por los glaciales vientos del olvido más absoluto) y cincuenta y dos años más tarde la abandonó, sin dar noticia de su ser, con la única intención de no regresar nunca más, ni a allí, ni a lugar alguno de la Tierra, -en rápida y serena transustanciación- , cometió el pecado, burló la más alta sensibilidad de aquél que, sin anhelar otra cosa, esperaba un signo de ella. Y cuando esa señal -efímera- llegó, él dijo: ¡YO LO QUIERO!. Un grito falaz que rasgó el éter y hundió su espada en el corazón de él. La afrenta se había producido. Ni siquiera, como hubiera debido corresponder a dama de tan alta cuna, ella consideró las relaciones, arcaicas ya, de vecindad. Los años dorados de la infancia, los juegos en el florido pensil, los tímidos y pubescentes escarceos amorosos de aquel tiempo soñado, nada, nada sirvió para que él, en el momento decisivo de su vida, pudiera alcanzar su iluminado favor. El consentimiento. ¡He aquí la palabra! -pensó él-. Nada pudo hacer por evitarlo. La vorágine de los acontecimientos se apoderaron de él y nada pudo hacer. El destino se adueñó de sus actos -y ciego de impotencia se acobardó aún más-. Él lo sabía. Conocía el precio del consentimiento. Nunca había sido un hombre de excesivo valor. Su hermano, aquél que nació cuando nadie lo había solicitado, conocía las debilidades más inconfesables de él. No dudó, no le tembló la voz -áspera y regurgitante- cuando le comunicó su decisión. Él se desplomó en el sillón atigrado -la vista se le nubló, los oídos le zumbaban, la piel le escocía de dolor- e imaginó, en ese mismo momento las consecuencias de tal decisión: la injuria. Peter Missing no era, recortado su perfil entre las líneas de la calle del Foro, sino una informe figura amedrentada y acosada por la tragedia de su osadía. Él apretó con fuerza las cachas del revólver, haciéndolas sudar, y sin dejar de mirarle a los ojos imaginó, milimétricamente, el devenir de los acontecimientos. Como su padre, Peter no pudo soportar la presión de la mirada, las miradas anónimas. A su entierro, en paupérrima procesión, no acudió ella. Él, por fin, tenía el legado de Saragosse en sus manos. Alicia
MINICUENTO Interrumpió abruptamente su ensoñación al percibir que ella lo miraba, y se puso en guardia esperando una molesta pregunta que no llegó. Ana le sonrió traviesa y le dijo: "Lo único que de verdad nos pertenece son las fantasías que se generan espontáneamente, sin esperarlas ni preverlas, como un regalo sin aniversario o como una premonición". Al principio se sintió libre y tranquilo, "por fin una mujer que no se empeña en conocer mis pensamientos, qué manía tienen de querer saberlo todo de uno". Pero cuando ella se perdía en su mundo intangible, él no paraba de interrumpirla porque no soportaba tenerla tan lejos. Ana contestaba distraída, lo miraba pero él no se sentía escuchado y no podía evitar comportarse como un niño impertinente. Llegó un momento en que todo lo que ella hacía le molestaba, y por muchas atenciones y mimos que le prodigara, siempre le parecía que una parte de ella no estaba. Ana cada vez reía menos, ya no se arreglaba, no desprendía calor, la piel cetrina, de sus ojos no asomaba la vida. Un día desapareció, dejando a Luis como legado una rara y permanente sensación de vacío en el estómago y una nota sobre la mesa: "Qué triste que en dos años nunca te interesaras por mis pensamientos, mis deseos, mis inquietudes". Ana.
Para superar el vacío en el estómago Luis recurrió a la despensa, donde guardaba -en un lugar secreto- una buena provisión de Sugus. Una vez calmada su ansiedad, tuvo un acceso de esquizofrenia lúcida, viéndose de pronto a sí mismo como un niño perdido en un islote regado de papelitos de colores. La patética aunque dulce imagen le hizo sonreír, y por primera vez desde la lectura de la nota, se sintió bien. "No hay nada como reconocer que uno es un idiota -pensó- ¿a dónde podrá haber ido Ana?". Registró el piso como un loco buscando alguna señal que pudiera inspirarle un destino, pero no lo encontró. Se sumergió en un baño de agua y sal, como hacía Ana a veces para relajarse, y pronto comenzó a flotar, hasta que se sintió rodeado de aire puro, agua cristalina, palmeras, imágenes de arena blanca moteando rocas negras, calor... Qué bien se está aquí -pensó- con la de veces que reproché a Ana tanto gasto de agua y de tiempo ("¿Es que no puedes darte una ducha rápida, como todo el mundo?"), qué estúpido haber perdido la oportunidad de disfrutar esto juntos, de imaginar que estamos... ¡en las Seychelles!. Luis saltó de la bañera con la agilidad del hombre que abre su mente para captar imágenes de ensoñaciones ajenas y recordó las islas que ella había mencionado en alguna ocasión. Recordó también cómo le había molestado que Ana deseara ir tan lejos ("Con lo bonitas que son nuestras playas, qué manía de ir tan lejos, esas absurdas revistas femeninas la están volviendo caprichosa"), tan lejos como su propia mirada de niña abatida, desilusionada por no haber recibido el día de Reyes todos los regalos de su larga lista, escrita con tanto esmero... En el aeropuerto no quisieron darle ninguna información sobre Ana, pero decidió arriesgarse y volar hasta las famosas islas. Una vez allí, preguntándose aún cómo había sido capaz de soportar tantas horas sin poner pie en tierra, comenzó su periplo por los innumerables hoteles, repitiendo con dificultad sus deseos en idioma extraño, apenas lo entendían esos recepcionistas amables pero esquivos, qué difícil resultaba conseguir que consultaran la lista de hospedados, él sólo quería encontrar a Ana. En uno de aquellos hoteles una chica lo miró de forma extraña, pero esa mirada le resultó conocida -"cómo me recuerda a Ana"-, pensaba mientras se dirigía a ella, desesperado, el paso vacilante, qué amable aquella chica que supo reconocer al hombre enamorado en la zozobra de sus ojos. "¿Cómo es Ella?", preguntó la chica de nombre impronunciable. "Como tú, pero más alta", siguió describiendo a Ana en aquel idioma que no dominaba con una facilidad inusitada, a medida que hablaba de ella se le animaban los ojos, su voz se volvía más grave, más dulce, no podía dejar de hablar de Ella, llegó un momento en que todas las personas del hotel dejaron de entrar y salir, para pararse a escuchar al hombre enamorado. Ana no perdía detalle desde la escalera, repentinamente Luis comenzó a oír una risa que era música, dejó de sentir frío, y sus ojos lo llevaron hasta la imagen de su reina morena, que lo miraba, ¡de qué forma lo miraba!. Paloma
ESTILO TROPICAL
Ocurrió en la mañana de Nochebuena, en la línea 32, Ripagoda-Trevillo. A excepción de uno de los cuatro, y al igual que yo, todos completamos el trayecto. La primera pareja, debió montarse antes que yo, estaban sentados delante mía, mostrándome sus perfiles y espaldas. La segunda, se situó casi a mi par y de pie, para entonces, mis vecinos delanteros, ya me habían mostrado lo mejor de ellos mismos, eso creo, pues lo que veía era una continua exaltación de palabras y gestos de amor. Besos en la boca, besos rígidos y nada sonoros, más bien eran golpes de boca contra boca. Eran sus besos y sus bocas. La mujer llevaba la iniciativa, era una tierna gorda y una envolvente mano acariciando todo el tiempo la espada y nuca de su recién estrenada pareja. En el preciso instante en que empezaron los gritos de la pareja en pie, observaba y me familiarizaba con la mano de ella, con sus movimientos cortos y precisos, la mano, carecía de nudillos visibles, hallándose en su lugar, pequeños hoyuelos que le conferían un gracioso aspecto infantil y enternecedor, y él, complacido gordo, aunque menos que ella, se dejaba mimar y se hacia el remolón, mientras, ella le explicaba la bonita plaza de la iglesia de Trevillo. Quería que la viera con la luz del día. En ese momento, se oían: una canción en la radio de José Feliciano y los gritos de ellos. _Ay cariño, no me trates como a un niño_, y él a ella: - Ya te conocen bien conocida, saben como eres desde hace quince años. Tú no vas a poder conmigo, qué te has creído. Y ella a él: - Pero, ¿qué dices?, ¡ven¡, ¡ven por favor ¡ .-Zorra-, resopló entre dientes de espaldas a ella mientras se dirigía a puerta de salida y ante las miradas sorprendidas del pasaje, a excepción de los simbióticos gordos, que continuaban oyendo y dejándose acompañar en sus empalagosas caricias por José Feliciano. _Ay, cariño, tu amor es maternal, y el mío es conyugal_. Él bajó del autobús de un salto y sin mirar atrás, y ella, quedó avergonzada mirando fijamente al suelo del bus. Parecía tuviera ganas de darnos una explicación a los viajeros, la gente en grupo somos muy indiscreta, y continuábamos mirándola. La siguiente parada era Trevillo, todos nos bajamos ordenadamente y en un silencio muy raro para cualquier autobús en esas fechas, menos mis vecinos de adelante, que ajenos a lo sucedido, continuaban con sus juegos de seducción, y Feliciano, concluyendo y repitiendo: _Ay, cariño, porque eres tan sensual, me enloqueces cuando ignoras mi estilo tropical_.
Bartleby
POR QUÉ NO ESCRIBÍ UN CUENTO NAVIDEÑO Contrariamente a lo que se pudiera suponer, no ha sido la falta de voluntad lo que me ha detenido. Aunque lo he intentado y he buscado con denuedo la inspiración navideña, mis esfuerzos han sido baldíos. Veréis que no exagero. Como no se me ocurría nada decidí invocar a un personaje muy representativo de la Navidad: San Nicolás, Papá Noel o -como los norteamericanos estúpidamente dieron en llamarle por asimilación del holandés- Santa Claus. Él me daría una historia para escribir en el foro. "Jo, jo, jo, feliz Navidad", fue todo lo que acertó a balbucear el obeso anciano vestido de rojo antes de marcharse en su absurdo trineo volador. Bueno, eso y la invitación a deleitarme el paladar y al mismo tiempo eliminar la sed con un conocido refresco de cola. Mi primer intento había fracasado, pero no iba a desmoralizarme tan pronto. Se me ocurrió preguntar al Olentzero, opción que descarté con celeridad ante la más que probable posibilidad de que el célebre y generoso carbonero me diera una conferencia sobre la singularidad de su pueblo. Recordé aquella escena de ¡Qué bello es vivir! en la que el muy bondadoso personaje que interpretaba James Stewart era salvado del suicidio por un socarrón ángel que necesitaba ganarse sus alas. O cualquiera de las versiones del Cuento de Navidad de Dickens, donde el cascarrabias por definición era milagrosamente redimido. Por supuesto: el Espíritu de la Navidad podría ayudarme. Cuál no sería mi desilusión cuando el condenado fantasma hizo caso omiso de mis invocaciones y no se presentó a la cita. Los Reyes Magos no podían fallarme. Además eran mi última esperanza de encontrar una mágica inspiración. Como siempre, acudieron prestos a la cita. Majestuosos y afables, y desde luego mucho más elegantes y discretos que su primo el escandinavo, me confesaron lo mucho que de fraude y mitificación había en ellos. "En realidad no somos tres, ni reyes ni magos; pero hombre, ya eres mayorcito, no te parecía mucha coincidencia que seamos un europeo un asiático y un africano? De hecho, ni siquiera..." En ese momento dejé de escucharles, les ofrecí otra copa de coñac, les agradecí efusivamente sus obsequios y comenté lo ocupados que deben estar en estas fechas para seguir perdiendo su tiempo conmigo. Así que desistí y nunca escribí un breve cuento navideño. Oberón
NAVIDAD O VANIDAD El 25 de diciembre de 2001 los calendarios de medio mundo sufrieron una metamorfosis incomprensible para la mayoría de los habitantes del planeta. El número 25 aparecía como de costumbre, en gran tamaño y coloreado de rojo, pero en su parte inferior no era NAVIDAD lo que podía leerse, sino algo muy diferente: VANIDAD. Todos los que fueron testigos de aquel fenómeno se rascaron la cabeza al mismo tiempo, como si de una instrucción genética se tratase, aunque nadie supo hallar una respuesta razonable al enigma, lo cual, por otro lado, era lógico, puesto que nada tiene que ver el mundo de los humanos con el de las letras del abecedario. Todo comenzó a principios de diciembre, cuando la proximidad de las fiestas navideñas impregnaba el ambiente. Durante la primera semana de mes se celebró el último Congreso Alfabético del año, y fue allí donde se gestó el germen de la revolución. "Queridas compañeras", dijo la I cuando le fue otorgado el turno de palabra, "he de manifestar mi más enérgica protesta ante la situación actual. Formo parte de una palabra que ha perdido su contenido, y me niego a seguir el juego. Yo dimito de la palabra NAVIDAD". Las 26 letras asistentes al congreso (la W se encontraba ausente, pues había sido invitada a un congreso de ideogramas japoneses) emitieron murmullos de aprobación las unas y de indignación las otras, mientras que la Z se limitaba a bostezar sonoramente recostada en su sillón. "Para reforzar mi postura y demostrar lo obsoleto del término en cuestión", siguió hablando la I, " propongo como prueba la realización de un desfile de significantes". Fue la N quien inició el desfile: "nochebuena, nieve y Noel", dijo. Continuó la A, que ofreció "alegría, amistad y aguinaldo". La V, por su parte, vociferó: "verano, vacaciones, viajes y villancico". La D, por último, se dirigió al auditorio diciendo: "domingo, descanso, duermevela y dormitar". Terminadas estas intervenciones, la I tomó aire y recitó de carrerilla: "impresentable, idiota, imbécil, inútil, ingenuo, insensible, iletrado, iluso, imperfecto e ignorante". Los asistentes a tan enérgico alegato permanecieron impávidos e inmóviles en sus asientos tras la retahíla de la I, y nadie se atrevió a respirar. "Lo que intento decir", continuó la I, "es que si hay alguna palabra que haya perdido su contenido por el camino esa es NAVIDAD. Además, ¿no les parece contradictorio que una raquítica, escuálida y anoréxica I comparta espacio con la D? Mírenla, toda oronda ella, y, por si fuera poco, por partida doble. Ella sí, con su panzudo vientre, es digna de ocupar el lugar que invade, como representante gráfico de las mesas atiborradas de manjares que abundan en estas fechas. Pero yo, ¿qué pinto?". Las letras se miraban las unas a las otras. La CH hacía corrillo con la LL y buscaban con la mirada a la RR que de tanto en tanto aparecía por allí, por aquello del equilibro de fuerzas. La G con la J, por la simpatía de sonidos; la B y la V mantenían sus tradicionales disputas, y la Ñ aprovechó la ocasión para abandonar sigilosamente la sala y buscar una barra de bar. "Señoras y señores", iba concluyendo la ponente, "es hora de recapacitar y de hacer un examen de conciencia. Hubo un tiempo en el que decir NAVIDAD tenía un significado, era una evocación, suponía una equivalencia clara con la realidad. Pero hoy, por mucho que nos pese, todo eso se ha perdido. Como bien saben, todo viaja hacia su difuminación, y nosotras no íbamos a ser menos. Quizá sea hora de efectuar cambios en el equipo y adaptarnos a los nuevos tiempos. Estoy convencida de que otras letras realizarían nuestra función de mejor manera. Y pienso, por ejemplo, en la P de Playstation, de plazos y de pagar; en la C de compras, cajeros, cabalgatas y centros comerciales. En la R, de Reyes, de regalos y, también, de rebajas. En la G, de gastar y Gameboy. O en la misma V de videojuegos y videoconsolas. ¿Me puede alguien decir dónde está el espíritu navideño? Nadie lo dijo, claro. Y las letras del alfabeto se limitaron a asentir mientras se lamentaban del cariz que habían adquirido los nuevos tiempos, tiempos vanidosos y nada navideños. Y la N y la V pasaron a la acción y decidieron, permutando sus posiciones, dar el primer paso para cambiar el destino. |
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Bardamu
UNA LUZ SOLAMENTE Paró el coche junto al portal. Se besaron durante unos segundos. Esta noche, dijo ella, es la última, ya no habría más noches como ésta. Sí, contestó él, la siguiente será en nuestra casa, juntos por fin, ¿no?. ¿Estás muy nervioso?, preguntó ella mirándolo y sonriendo, con unas palabras que le sonaron muy suaves, como si el cariño ya no fuera tanto una necesidad que se persiguiera como algo definitivamente asumido. Bueno, contestó él mientras pensaba que aquellos ojos que le contemplaban, aquellos ojos en los que habría de verse el resto de sus días, oscilaban como dos gotas de mercurio en la palma de la mano, uno no se casa todos los días, así que algo nervioso sí que estoy porque... Es normal porque yo también lo estoy, añadió ella sin dejarle terminar la frase y con esa misma tranquilidad de lo ya aceptado, aunque no debemos estar nerviosos, porque todo va a salir muy bien, ya lo verás. Y se besaron otra vez. Después ella cogió el bolso y el abrigo del asiento trasero, le dio un beso en los labios, corto, y se dirigió, con pasos largos y apresurados para vencer el frío, hasta el portal. Lo abrió y, como siempre, como así había sido en los últimos dos años, no arrancó el coche hasta que ella encendió la luz de la escalera. Ya está, pensó al ver el destello de la luz, el destello que esperaba, que daba por hecho, el destello que había sido el final de casi todas las noches durante dos años, ya puedo irme. ¿Pero por qué no estoy nervioso?, se dijo no sin cierta rabia, con culpa, mientras pulsaba la palanca del intermitente y tomaba el desvío hacia la carretera general. Me da igual casarme, no es nada que vaya a significar un cambio, y sólo nos ponemos nerviosos ante los cambios, ante aquello que rompe nuestras pautas. Y esto no va a romper nada, al contrario, será lo mismo pero con otra forma, como mucho un cambio sólo aparente. Ahora pasaremos de encender la luz del portal a apagar la luz de la mesilla, y eso será todo. El comienzo o el final, según se mire. Pero de repente, una vibración en su americana le sacó de sus pensamientos. Era su móvil. Será ella, pensó, es para decirme que me quiere, que no esté nervioso. Soltó una mano del volante y sacó el aparato de su chaqueta y contestó. ¿Quién es?. No oyó nada. ¿Quién es?, preguntó de nuevo. Silencio otra vez. ¿Oiga? ¿Hay alguien ahí? Y a lo lejos, muy a lo lejos, como si la voz fuera una voz que no pudiera hablar o que lo hiciera pocas veces, como la voz imposible de un mudo, pensó, pudo escuchar a alguien, o algo, que decía: "Bien. Estoy ahí, sí, he llegado. Estoy a tu lado pero aún no me ves." Por un segundo se asustó, el corazón traqueteó en su pecho con velocidad, pero en seguida pensó que aquello no era serio, que no podía serlo. Será algún chaval haciendo bromas o despistado, creyendo que soy otro, sólo eso. Más tranquilo, al enfilar la carretera hacia casa y ver que apenas había tráfico, miró en la pantalla del teléfono quién le había llamado. El número que allí salía, el número que las pequeñas baterías de la pantalla del móvil iluminaban, era el suyo, su propio número, el de su teléfono móvil. Entonces supo, sin sabe cómo, que al día siguiente no se casaría, y cuando levantó la mirada de aquellos números y vio la luz blanca que se le venía encima y que le dejaba en una oscuridad que olía a quemado y que sonaba como miles de cristales rompiéndose al mismo tiempo, un espejo desgarrado, acertó a pensar, tuvo muy claro que, en efecto, siempre hay una luz que, de una u otra forma, acaba por dar fin a todo. |
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Derville
BALTASAR SE VISTE DE PAISANO Los dos pequeñajos y el perro matan la tarde de invierno mirando por la ventana del comedor. Son todos tan bajitos que para poder ver han tenido que ponerse de pie en el sofá, los bracillos apoyados en el respaldo, las narices pegadas al vidrio dejando tres coronas de vaho que pronto se juntarán. Como otras tantas tardes, miran hacia el quiosco azul del Señor Cheposito y se cuentan historias sobre un marcianito que desde allí les trae palotes, gusanitos y caramelos de miel. De repente ven a su Rey Baltasar que, subido en una Vespa y vestido de paisano, pasa por delante de los Almacenes La Puntual, justo donde ayer se dejó retratar con los enanos envuelto en su mayestático atuendo. -¡Mamá, mamá!- gritan los chavalillos corriendo con el perro hacia la cocina- ¡Ha pasado un negro como el Rey Baltasar montado en una moto! La
madre se vuelve. Sonriente y segura contesta:- Barcelona, 4 de enero de 2002
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Diane
MADRID CITY (...) Edificio Galileo, las diez y media de la noche. Apartamento letra B del séptimo piso. Ella acaba de llegar y enciende todas las luces. Echa un vistazo al correo, por encima, deja los sobres en la mesa y se quita los zapatos. Qué calor, por lo menos hoy tuvimos treinticinco grados a la sombra. Entra en la cocina, descorre las cortinas y deja la ventana abierta, totalmente. Edificio Galileo, séptimo G. Él baja un poco la música y vuelve a la ventana. Ya está aquí, hoy no ha tardado tanto, puede que volvamos a coincidir en el ascensor si decide salir después. ¿Y si ella se quedara en casa como las últimas noches? Enciende otro cigarro y sigue mirando, mirando a la ventana de Ella. No sé por qué trabaja tanto, hay poco que hacer en esta ciudad si uno se lo propone de veras. Él se pone la chaqueta y sale del apartamento. Suena el timbre en el séptimo B.
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woman77
UNA NOCHE TRANQUILA Un hombre de mirada turbia se encuentra en la azotea de uno de los edificios más altos de la ciudad. Contempla en ese caluroso atardecer, entre dos luces, un paisaje inquietante formado con un gran conglomerado de edificios, monumentos históricos, bloques de pisos y ventanas en las que inexorablemente se van encendiendo luces. La oscuridad de va adueñando del paisaje y poco a poco apenas se van distinguiendo siluetas. Se mueve como un tigre enjaulado. Detrás de esas ventanas, piensa, están personas, con sus vidas agitadas o tranquilas, inquietas o sosegadas, que dialogan o están solas, con sus anhelos, sus alegrías, sus tristezas, sus desencantos y sus ilusiones. Mira una y otra vez en rededor. El calor hace que se quite su camiseta y la deje en el suelo. Sólo lleva consigo crema de afeitar, una navaja barbera y un pequeño cuenco con agua. Lentamente y ya en la oscuridad, se afeita, no sin dejar de mirar a su alrededor. Pero no sabemos lo que piensa, mientras nota que la afilada navaja le ha producido algún corte. Una gota de sudor resbala lentamente por su espalda, recogiendo en su fluir otras pequeñas gotas y termina cayendo al suelo de la azotea donde estalla en mil pedazos. En el mismo edificio y varios pisos más abajo una señora se encuentra en su cocina preparando una cena frugal que compartirá con su compañero. El calor de la noche hace que tengan las ventanas abiertas. Se oyen los ruidos de los televisores vecinos. Sin embargo esta aparente tranquilidad se rompe de pronto y un gran grito desgarrador, cual un aullido, estremece la noche. Lo comenta a su compañero y le dice que ha creído oír, en ese grito que le ha puesto los pelos de punta, el nombre de una mujer. Él responde que habrán sido los neumáticos de un coche. Ella lo niega y no se queda tranquila. En un lóbrego cuarto de un hotel a unas manzanas de allí, una mujer, semidesnuda, sentada en la cama, aun no desecha del todo, tiene entre sus manos, desmayadas, un libro que reposa en sus piernas desnudas. A su lado un bolso semiabierto y una maleta, así como unos zapatos, descansan desordenadamente sobre la moqueta. Y sobre una butaca su vestido quizás quitado apresuradamente nos alerta que espera. La mujer tiene la mirada perdida. Mira hacia el libro, pero no lee. Está ensimismada y quizás abismada. A través de la ventana se percibe la oscuridad, quebrada cada cierto tiempo por el relampaguear monótono e inexorable del rótulo del nombre del hotel. La policía es alertada por la señora del edificio próximo. Siguiendo su relato la policía no encuentra rastro alguno salvo, en la azotea, donde aparecen una navaja barbera, crema de afeitar y un cuenco con rastros de espuma y pelos. Y en el suelo, unas microscópicas manchas , casi secas. Toman las muestras para analizarlas y se van. La noche sigue calma. Al día siguiente el dueño del hotel encontrará la habitación vacía. La cama apenas desecha y en el suelo un libro abierto. Ni rastro de la persona que la ocupó. En Stockton, los esperan. Como a todos. |
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Fletcher Christian
ESTRELLA FUGAZ Al principio solo había oscuridad, mas tarde comencé a soñar y de los sueños surgió la luz y con ella llegaron los animales y las plantas, los ríos y los bosques, y todo aquello que alguna vez había conocido y amado en mis nueve años de vida volvió. Soñé durante aquella interminable noche con un mundo que ya no existía, el mundo que dejé atrás cuando vi la estrella. Era la noche de Navidad, yo había salido al jardín a buscar a mi perro. Recuerdo que hacía mucho frío. Miré hacia lo alto y allí estaba. Era una estrella grande y su brillo mayor que el de ninguna otra que yo hubiese visto. Destacaba nítidamente en aquel cielo sin nubes cubierto de luces. Me di cuenta entonces que se movía. La observé fijamente mientras atravesaba el cielo y aunque los ojos comenzaron a dolerme no podía dejar de mirarla. Cuando al final conseguí cerrarlos pedí un deseo y al volverlos a abrir ví que había un hombre en el camino, junto a la cerca. A la luz de la luna pude ver que era alto y que llevaba un gran abrigo largo. No decía nada, solo me miraba fijamente. Al cabo de unos segundos me llamó por mi nombre, su voz me cautivó y aunque sabía que no debía hacerlo me acerqué a él . Era muy mayor. Su rostro estaba arrugado y en sus ojos había tristeza. Me sonrió y agarró mi mano con suavidad. A mi alrededor todo comenzó a difuminarse. La cerca que nos separaba desapareció, todo cambiaba pero no corrí ni grité, por algún motivo no tenía miedo. Le pregunté si venía a concederme mi deseo. - No puedo concederte el deseo, la que viste no era una estrella fugaz. Esa aberración, igual que otras muchas que ahora mismo están atravesando el cielo, ha surgido de la tierra, de alguno de los grandes silos donde estaba guardada esperando su momento. Mira a tu alrededor -. Entonces ví. La tierra tembló, un enorme sol azul salió por el horizonte y sus rayos de fuego acariciaron la llanura. Arboles, rocas, casas, vida, todo desapareció al paso de aquella ola. Todo excepto nosotros. Me volví hacia el hombre. Había lágrimas en mis ojos. Yo quería ver a mi madre pero él me tranquilizó con palabras que he olvidado y acarició mi cabeza hasta que dejé de llorar. No sé cuanto tiempo estuve así pero cuando pude volver a mirar a mi alrededor mi mundo estaba frío y muerto. Empecé a temblar y entonces el hombre se quitó el abrigo, me envolvió con él y me depositó encima de unas rocas. - Quiero que te tumbes y que duermas, no tienes nada que temer, yo velaré tu sueño. No sentirás frío ni dolor. Descansa, duerme, recuerda tu mundo y de la inocencia de tus sueños lo crearé de nuevo. Por eso he venido. Yo no quería dormir pero con su mano comenzó a acariciarme el rostro y un cansancio imposible de vencer me invadió. Mis ojos se cerraron. Reviví todo lo que había conocido. Volví a estar con mi familia, volví a correr por los campos y al final, cuando mis sueños terminaron recordé que aquella última noche había sido la de Navidad y deseé tener regalos por la mañana. Me dí cuenta entonces de que podía despertarme. Que aquel hombre ya tenía todo lo que necesitaba. Y en mis sueños sonreí porque supe que al abrir los ojos estaría de nuevo en mi cama y que mi hermano pequeño intentaría robarme otro año más mis juguetes. Pero este año no me enfadaría. |
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Christina
NOCHEBUENA Fueron mis primeras navidades blancas. La nieve cayó durante toda la noche y por la mañana había cuajado. Mi abuela había venido a vernos. La recogíamos en la estación y entonces empezaba verdaderamente la Navidad. El Belén no se completaba hasta que ella llegaba y competíamos todos en imaginación para los adornos. Aquella Nochebuena yo ayudé a preparar la mesa y la abuela decidió que era la nieta con más gusto para adornar una mesa. La cena transcurrió entre los juegos y aullidos nuestros y la conversación de los mayores. A ratos nos pedían que calláramos y en una de estas pausas escuché la conversación de los mayores. Hablaban del asesinato de un señor. "¿Porqué?" preguntaba mi abuela. Esa era la pregunta que todos los mayores habían repetido una y mil veces en los últimos tiempos "¿Cómo puede hacer alguien una cosa así?" Esa noche yo me sentía muy importante "abuela, yo lo sé". Mi hermana me dió una patada por debajo de la mesa. Ese señor había sido abatido a tiros a la puerta de su casa, delante de su mujer. Por primera vez había visto los lugares conocidos en la televisión. ¿Por qué? En mi cabeza la pregunta había dado muchas vueltas. Cuando pregunté si los pistoleros eran malos obtuve un "no" de mi madre por toda respuesta. En casa no querían hablar de ello; había un silencio tenso que se aguzaba en los telediarios. Casi todos los mayores no me daban respuesta. Solo mi vecina, bajando el tono y haciéndome prometer que no lo comentaría me dijo que le habían matado porque era malo, que había hecho daño a mucha gente. Aquello me tranquilizó, entonces no matarían a mi padre. Él era bueno. Esa noche repetí en la cena lo que mi vecina me había dicho. Mi abuela me dijo que teníamos que hablar muy seriamente, era después de la cena. Me hizo prometerle que nunca más pensaría que a una persona aunque sea mala hay que matarla. Luego siguió hablando hasta tarde con mis padres. Tiempo después mi hermana solía decir para pincharme que nos habíamos ido del País Vasco por mi culpa. |
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Bioy
ISHMAELA La otra noche antes de la tormenta, soñé que estaba en medio del mar. Sólo. Sin ninguna embarcación cerca y sin poder ver tierra por ninguna parte. Flotaba en medio de un mar calmo que comenzaba a ponerse bravo y bajo un cielo gris que empezaba a ponerse plomizo. Sin embargo no tenía miedo. La lluvia comenzó a caer, primero en forma suave para mas tarde hacerlo en forma torrencial. El viento soplaba. Primero en forma de brisa y después lo suficientemente fuerte como para provocar el oleaje. Sin embargo no tenia miedo. De la nada apareció volando la gaviota de una pata. Hacía vuelos rasantes sobre mi cabeza como si fuera un caza bombardeo. Su plumaje blanco parecía no verse afectado por la lluvia y continuó pasando rasante sobre mi cabeza durante un buen rato. Hasta que una ola inmensa me tapó por completo y ya no vi a la gaviota. Cuando desperté me senté en la cama. Tenía la boca seca había comido salmón al horno con una salsa muy rica de roquefort. Así que me levanté para tomar agua esquivando en la oscuridad la cómoda que conservo como recuerdo de mi abuela y la silla donde me siento a ponerme los zapatos en la mañana . Después que tomé agua fui al baño medio dormido, todavía envuelto en el sueño del mar y la gaviota. Mirándome en el espejo pensé: Supongamos que se llama Ishmaela. Otro día por la mañana me encontré en la parada esperando al autobús número 23. Ese me lleva por la rambla hasta la parada 11, allí dobla por la avenida de los olivos hasta la el camino del cerro y luego durante 20 minutos de andar por el camino del cerro llego al cerro propiamente dicho que es donde trabajo, en el hospital psiquiátrico del cerro, "Los olvidos" ¡vaya nombre para un centro de enfermos mentales ¡ pero así se llama y para ese sitio voy ahora que viene el autobús y le hago señas para que se detenga. Cojo el autobús y cojo el boleto que el guarda me da sin ningún entusiasmo, el guarda me conoce, sabe que soy medico psiquiatra y a cada gesto distinto que haga cuando me de el boleto lo iré a categorizar y le pondré él rotulo de: maricón si me lo da suavecito sin firmeza, retrasado mental si se le cae por error al piso, asalariado ignorante si me dice buen día dotor sin pronunciar la c. Todo esto lo digo con autoridad porque ha pasado y se lo he hecho notar, por eso ahora no me habla y sólo me da el boleto sin decir ni mu. Como decía cojo el boleto que el guarda me da sin entusiasmo y me siento a lado de una niña de unos 14 años de edad alumna del colegio Santa María del orden y la buena virtud, la he visto antes, en realidad la veo siempre que cojo el autobús todas las mañanas ella con su jumper escocés de falda corta a la que no cojo como al autobús y al boleto que el guarda me da sin hablarme, no porque no quiera, sino porque no se dejaría y porque seguro se pondría a gritar si lo intentase, otra cosa sería si me la encontrase frente a frente en la oscuridad de la noche en el balneario Sol y sombra al que ella concurre los viernes por la tarde pero se vuelve a la casa justo antes de que caiga el sol, si tardase unos veinte minutos más, lo que tarda este autobús en llegar al cerro, otra sería su suerte. Pasaron los 20 minutos y grito sin levantarme-¡ la parada chofer,!!- grito con voz fuerte de la milicia porque así le pongo los pelos de punta al anciano septuagenario que está sentado en el asiento de enfrente, un pobre viejo que todavía debe trabajar porque la jubilación no le alcanza, pero como el cuerpo ya no le responde como en su juventud siempre que lo encuentro en el autobús está con la cabeza apoyada sobre el cristal de la ventanilla , la boca abierta la baba corriéndole por la comisura, durmiendo como un condenado a muerte que no quiere despertarse más como si ese mínimo acto fuese la última salida para sortear la muerte, una vez que lo he despertado y el viejo me mira con odio, siento que el día está comenzando por donde debe comenzar. ¿Qué es lo que la preocupa tanto, doña Etelvina? Nada, digo .. no sé, me da lástima verla a los saltitos es tan indefensa vio? Si, si, pero no se haga problema doña Etelvina ella sabe como arreglárselas sola, mire. Ya consiguió comida, esa señora le dio un poquito de rabas y más tarde alguna otra mujer o niña o algún pescador le dará más comida, no se aflija, tiene que pensar en usted, doña Etelvina, en usted y en su madre que la necesita y no en la gaviota, me entiende? El lugar es el consultorio del doctor Reverte, donde concurro los martes por la tarde, está ubicado frente a la circunvalación de los morteros, frente al puerto donde están los puestos de pescados y donde mi gaviota que tiene una sola pata, la pobre, se queda parada, estática todas las tardes antes de las cinco y no más de las seis esperando que algún alma caritativa le dé de comer. Yo le doy, me dice el doctor Reverte , no sé si para tranquilizarme, él es tan bueno que seguro le da, pero yo no sufro por que ella se vaya a morir de hambre si no porque es la única gaviota a la que le falta una pata y pienso en lo desgraciada que se debe sentir sin que nadie la quiera, que gaviota macho se le va a acercar doctor ¿eh? Nunca va a tener novio, se da cuenta? Doña Etelvina, doña Etelvina, las gaviotas no sienten como nosotros los seres humanos, no sienten la ausencia de un novio o si la miran raro porque le falta una pata. ¿Usted se da cuenta que hace una transferencia con esa gaviota suya? usted tiene 50 años Etelvina y nunca tuvo novio, deberíamos hablar de eso ¿no le parece? antes de las penurias de ese animalito de Dios. ¿Transferencia? Doctor, la única transferencia que conozco es la que hago del banco a la administradora Velásquez para pagar el alquiler de la casa! No que va!! Que transferencia, pero dígame doctor, no cree que sufra? En definitiva, siempre la veo sola paradita en el paredón de piedra sin que nadie le haga caso, las otras gaviotas no están solas doctor, están con otras o por lo menos otra gaviota haciéndole compañía. El doctor Reverte me mira sin mirar, creo que lo aburro, otras veces pone entusiasmo pero a veces me mira de ese modo que siento que ya no le importo más. Esta bien doña Etelvina, nos vemos el próximo martes. Es tarde de viernes, parece que va a llover, como todos los viernes no abro el consultorio, es un día para mi, mis amigos que no entienden, dicen que adelanté el fin de semana un día Y yo les digo que el viernes por la tarde no es igual a una tarde del sábado o del domingo, ni para los que estén trabajando ni para mi que he decidido tomarme todas las tardes del viernes. Como está por llover no iré al balneario Sol y sombra donde va la niña, para que? Entonces camino por donde nunca acostumbro a hacerlo, por el puerto donde están los puestos de pescado, me siento sobre el paredón de piedra y miro la escollera que se adentra al mar, hay unos cuantos pescadores con sus cañas malgastando su tiempo, si supieran que la vida se les pierde en cada lanzada de línea, en cada hora de espera, ojalá alguno cayera al mar, pienso, entonces tendría sentido el haberse pasado tanto tiempo esperando a la muerte. Dejo a los pescadores con la vista y miro hacia la izquierda, ahí paradita y sin sentido como todo lo que tiene vida y no se mueve, estaba parada sobre el paredón de piedra la gaviota de una pata, que me mira, que encorva el cogote hacia un lado, hacia el otro, como que fijara la vista para ver mejor, como cuando nosotros queremos afinar la vista para ver mejor a alguien que creemos reconocer pero que aún no está lo suficientemente cerca para decir , Allí está Rodrigo!! O allí está Marcela!!, entonces esperamos pacientemente que se acerque a nuestro alcance, pero no es este el caso, la gaviota es una gaviota y por más que yo la reconozca ¿se puede ignorar a una gaviota con una sola pata?, ella no podría hacerlo aunque encorve el cogote de un lado a otro y le tiemble la única pata que la mantiene en equilibrio montada sobre el paredón de piedra, mi mano casi en cámara lenta se estira hacia abajo, la conozco, sé a donde se dirige sé lo que busca, una piedra resto de una baldosa partida, miro a la gaviota de una pata que me mira y sin mirar mi mano que ya cogió la piedra mantengo la vista firme en la gaviota de una pata que me mira, es cuando escucho pasos, es cuando miro hacia donde viene el ruido de pasos y veo al guarda del autobús, el mismo que no me habla cuando me tiende el boleto para que yo lo coja, el mismo que llamo maricón si me lo da suavecito , retrasado mental si se le cae al piso y asalariado ignorante si me llamaba dotor sin pronunciar la c, que hará en el puerto es una incógnita y no voy a averiguarlo con seguridad. La vi con Javier, estaba en la playa donde hay piedras enormes donde comienza la escollera vio? Creo que es el novio doctor, no sé se me ocurre que Javier es el novio, no sé porque será pero me encanta la idea. Su madre tiene novio doña Etelvina? Desde cuándo? No, no doctor jajajaja y me río, entendió mal no es mi madre la del novio. Javier es la gaviota macho con la que vi a Ishmaela. Quien es Ishmaela doña Etelvina?? La gaviota de una pata, mi gaviota, se acuerda la otra noche antes de la tormenta?, le digo, bueno esa noche estaba rara, no sé como explicarlo pero me sentía triste como si me hubieran invitado al cine y se hubiese pasado el horario en que venían a buscarme vio? Algo que me subía y me bajaba, como un presentimiento Y bueno ahí mismo me salió el nombre, usted sabe que yo tengo esa manía de ponerle nombre a todo , no doctor? Pero lo de Ishmaela fue como una iluminación. El doctor Reverte está blanco, su rostro digo, está totalmente blanco, me mira pero no me mira , es decir mira hacia donde estoy yo, pero no me ven sus ojos porque su cabeza está muy lejos de este consultorio, ¿le pasa algo doctor? , le pregunto al doctor Reverte que sale del sopor por un instante y me pregunta ¿la noche antes de la tormenta? Sí, le digo, antes de la tormenta vio que después llovió como para lavarse el pelo con agua de lluvia por 10 años seguidos si una quisiese no? esa misma noche fue cuando me vino el nombre de Ishmaela. El doctor Reverte ya no está aquí, está en otro sitio, se para pasa a mi lado camina hacia la ventana y se queda mirando al océano, luego me dice, está muy bien doña Etelvina, la veo el próximo martes. Todos buscamos algo en la vida, algo como el sentido, pretendemos haberlo encontrado cuando estudiamos una carrera, cuando nos casamos tenemos hijos, nos divorciamos , enviudamos, obtenemos un buen empleo, perdemos un buen empleo y luego esperamos la muerte recordando la vida que tuvimos muy distorsionada de cómo realmente la vivimos. Nos mentimos y mentimos a cuanto ser se nos cruza, por eso estoy en el puerto esta noche, por eso llevo una chaqueta oscura con botones azules pantalones oscuros y zapatos negros sin lustre, por eso camino hacia donde empieza la escollera, el sentido de mi propia vida se pierde en el sentido en sí mismo, puedo curar si quiero y puedo enfermar a un paciente aun más si me da la gana, puedo perderme en cavilaciones que ninguno de mis pacientes reconocería como propia si le contasen, pero no, no es eso a lo que vine, en realidad no tiene sentido tener una pistola de aire comprimido en el bolsillo de la chaqueta y nada más falto de sentido es apuntarle a la gaviota de una pata cuando la veo, como si me estuviera esperando, como si supiera que yo vendría a buscarla, como si ese fuese el sentido de mi propia existencia y analógicamente el sentido de la de ella. le apunto a Ishmaela con la pistola de aire comprimido y ella me apunta con la mirada, me acerco unos pasos, Ishmaela está parada sobre el paredón de piedra y parece no tener miedo, ya no tiembla su pata unánime ya no encorva el cogote a un lado y hacia el otro como afinando la vista como cuando creemos reconocer a alguien a la distancia, se mantiene firme me mira y sigue firme aun después que yo avancé unos pasos, entonces disparo una vez, hay un revuelo de plumitas blancas, el disparo impactó en el pecho pero Ishmaela se mantiene firme ni siquiera amaga a un vuelo abortado por las circunstancias, disparo un segundo tiro vuelvo a impactar en el pecho ahora el blanco comienza a teñirse de rojo y ni miras de escaparse hay un tercer tiro y un cuarto, después algo impacta contra mi, contra mi cabeza y caigo sobre el pavimento, me causa gracia verla también a Ishmaela desgarrada la carne sobre el pavimento, escucho un ruido cerca de mi cara un ruido a metal o no, no es metal es algo sólido compacto pero no metal, cierro los ojos y vuelvo abrirlos ,cierro los ojos y nuevamente los abro, es cuando veo al águila, si, no estoy imaginando es un águila, pienso que la gaviota se transformó en águila y me tranquiliza ver el cuerpo inmóvil de Ishmaela sobre la izquierda en el pavimento, ahora cierro los ojos, me estoy yendo. Espero en la parada que venga el autobús numero 23, es de mañana y es la primera vez que lo tomo, nunca antes había ido al cerro y menos al hospital del cerro, el hospital de enfermos mentales " los olvidos "no hace frío pero tampoco hace calor mamá igual me dijo que lleve el saquito de lana, es verano y ella me pide que lleve el saquito de lana por no contrariarla cojo el saquito y me lo pongo ahora ella me saluda desde la puerta le digo que no tardaré mucho me mira como si fuese a abandonarla para siempre y yo me sonrío porque sé que ella piensa eso y que por más que desee irme en lo más intimo sé que volveré. Hago la seña para que el autobús se detenga y así lo hace, subo el peldaño que separa el autobús del suelo me siento en el único lugar que hay libre al lado del guarda quien me pregunta a donde me dirijo, al hospital del cerro cuánto es? 12 peso señora, cuanto tarda en llegar hasta el hospital señor, le pregunto al guarda, y ma o meno veinte minutos, me dice, va a visitar a algún pariente? No, no sólo a un ami... no en realidad voy a visitar a mi doctor que sufrió una golpiza la otra noche y está internado allí porque es medico del hospital y entonces el pidió especialmente que lo lleven a su hospital vio? Ah ¡! Que bien, dice el guarda, que es moreno, que es alto, que es bien parecido, con su uniforme azul, con su nariz ganchuda, no sé, siempre me gustaron las narices ganchudas será que mi novio de cuando era chica la tenía, a la nariz ganchuda digo, bah!! Novio novio no, porque nunca me besó y para que alguien se diga novio es requisito fundamental que haya habido un beso al menos y con él nunca lo hubo , pero si me tocó, me tocó el seno en un recreo cuando estaba en barra con sus compañeros de clase en un aparte en medio del patio en medio de un recreo, sus compañeros en barra mirándonos y el mirándolos a ellos y entre sonrisas él que dice que tenés acá Etel? porque así me llamaba Etel, que tenés aca? y me mete la mano en el seno y yo sentí que si me hubiese pedido un beso se lo hubiese dado si me hubiese pedido algo más que un beso también se lo hubiese dado por más que sus amigos se riesen con risotadas de no dar más de risa por más que el se pusiera rojo de vergüenza y también se riese retrocediendo hacia sus compañeros y perdiéndose en abrazos con sus amigos que nunca pensó en darme, aún escucho" que tenés acá Etel?" y aunque no lo crean es la frase más dulce que un hombre jamás me haya dicho alguna vez. Usté no es de acá, de la ciudad no? Me pregunta el guarda, si que soy, le digo, vivo en la parada 5 en la avenida de los cedros, ah, claro! Del otro lado, ¿sabe por que le digo? Porque si la hubiese visto aunque sea sólo una vez me acordaría, me dijo y agregó, usté no es una mujer que se pueda olvidar fácilmente, en el edificio los andes, le digo al guarda y casi me paro repentinamente en la tentación de decirle, en el 5 c ahí es donde vivo más exactamente, pero no se lo dije aunque me hubiese gustado decírselo. Que es eso? Le pregunto y señalo hacia el costado del asiento donde está sentado el guarda, ah! Esto? Dice él, es el palo para probar los neumáticos, mire y lo levanta y me lo muestra , yo lo tomo y le digo, que pesado que es no? Si, jejeje se ríe y me muestra todos los dientes blancos como perlas unidos perfectamente por un hilo invisible que los mantienen en línea recta, pasa que está hecho de puro quebracho, quebracho macizo Y esto que es? Un tatuaje? Le pregunto señalando el dibujo en el palo, no para nada es una calcomanía me dice el guarda, y que es? Un cóndor? no señora y alarga el señooooora como regañándome, es un águila nunca había visto un águila me pregunta, si que vi, le miento o no le miento pero hago como si supiera o no me hubiese olvidado que sabía, y que significa la calcomanía del águila?? El águila? Es la reina de todas las aves, me dice el guarda, el águila mira sin temor de cara al sol y lo mira a uno si su corazón es puro y estoy seguro que puede mirarla a usté señora me dice el guarda con mucha dulzura desplazando para siempre el que tenés acá Etel? De Javier mi novio de cuando yo era chica que no fue novio porque no hubo un beso que lo confirmase. Quiere que vayamos al cine le pregunto al guarda, si, me contesta, qué quiere ver? Me pregunta, Moby Dick le digo sin dudar, me encanta Gregory Peck hay una reposición en el cinema uno, pues bien entonces me viene a buscar a la terminal de autobuses yo termino a la 7 de ahí nos vamos caminando hasta el cine , no es lejos y caminar me gusta , a usté? Le gusta caminar? Si, claro me encanta caminar y me gusta la idea de pasarlo a buscar, a propósito como se llama me pregunta el guarda, Etel le digo, me dicen Etel y usted,? Javier, me llamo Javier. |
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María
GÉLIDA ESPERA Era Navidad. Aquel era el último viaje de esa jornada. Apenas pasaban cinco minutos de las diez de la noche. -Hace un frío intenso - pensó. Por una vez el hombre del tiempo había acertado y la ola de frío anunciada había llegado puntualmente. Esta no era su ruta, sustituía a Jorge que se había roto el menisco jugando al fútbol sala. Su ruta habitual era muy concurrida a cualquier hora del día, atravesaba la ciudad pasando por el centro, donde la gente iba de compras, al cine o de copas. Sin embargo, en ésta el número de viajeros disminuía a partir de las ocho de la tarde. Llevaba la mitad del recorrido y tan solo nueve personas habían subido al autobús. Pasado el cruce con la calle Joaquín Beunza, la avenida Marcelo Celayeta estaba cortada por obras en la calzada. Mikel giró a la derecha y detuvo el autobús en la parada provisional. Subió solamente un hombre enfundado en un plumífero, con un gorro de montaña calado hasta las cejas. Ni tan siquiera se quitó los guantes para pagar el billete. El viento del norte soplaba con fuerza y cerró rápidamente la puerta. Realmente hacía frío ahí fuera. Mikel continuó el viaje. El desvío le obligo a girar a la izquierda entrando en la calle Karrikiri. Apenas había tráfico. La próxima parada estaba al final de la calle Provincias. Viró a la izquierda; el viento de nuevo se hizo notar, zarandeando el autobús. La calle bajaba en ligera pendiente hacía la avenida. Estaba desierta exceptuando las tres personas que esperaban el autobús. Eran dos hombres y una mujer. Los tres miraban hacía el inicio de la calle, por donde el autobús debía aparecer. Le llamó la atención la mujer que se veía iluminada por la luz de una de las farolas: tendría unos cuarenta años, con el pelo castaño bastante corto, llevaba unas gafas metálicas pequeñas y ovaladas, y sobre el abrigo de lana beige, una bufanda de color tabaco que rodeaba su cuello y que sujetaba con una de sus manos, cubierta con un guante de piel negro a la altura de su pecho. Su aspecto parecía aterido. Pisó el freno y el autobús fue reduciendo su velocidad hasta detenerse unos metros más allá. Puso la marcha en punto muerto y accionó el freno de mano. Pulsó el botón de apertura de las puertas, imaginando que los tres viajeros estaban preparados para subir. Las puertas se abrieron y Mikel comprobó con asombro que las tres personas permanecían inmóviles en la misma posición, con la mirada fija. Les gritó:- ¿van ha subir ustedes?. Nadie respondió, ninguno volvió la cabeza hacia él. Se levantó, bajó los tres peldaños del autobús y puso su mano sobre el hombro de la mujer, como intentando despertarla de un mal sueño, sintió como el tejido del abrigo endurecido y helado crujía, mientas sus dedos se entumecían y en su rostro se dibujaba el horror.
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Ariadna
GRIS Desde los limites, te saludo gris.... Es
un día como otros. La
sombra se proyecta mortecina, se desplaza, ondula sobre muebles,
zócalos, puertas, quebrándose, alterando la nada blanca
de los muros. Los
pasos cortos, apenas audibles, un dos, un dos, bajan los
cuatro peldaños. |
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Maturin
LA GRAN LIMITACIÓN Fría y brumosa era la mañana mientras temprano paseaba por la Canaleta, a mi izquierda la Ría que exhalaba la niebla de los caños de la marisma a la derecha el océano que levemente se arrugaba con el tímido terral vespertino. Unos bancos más adelante una pareja de adolescentes daban buena cuenta de un brillante cartucho de "calentitos" (localismo de churros), el aceite de los mismos unido a su felicidad producía un brillo en sus labios por cuya receta darían el alma los fabricantes de cosméticos. Solo había paz y al sobrepasarlos no pude evitar una interior sonrisa recordando los tiempos donde solo era un gazpacho de hormonas y mis púlpidos brazos serpenteaban abrazados a ella mientras su codos como impías alabardas mantenían la distancia de un odiado pero inculcado pudor. Continué mi andanza, llenándome de yodo, sal y aire y poco a poco el trajín semanal de mi cerebro se fue relajando, llegando a ese estado dulce donde tendría un encefalograma plano. La tortura del sedentarismo hace que de mi caminar se deduzca que busco pesetillas en el suelo, de este enfoque de vista moderno surgió la imagen de una arrugada lata de Coca-Cola al final del paseo, la imagen era ideal, el banco y la papelera formaban una perfecta portería donde en un púber arrebato pensé en colarla por la onírica escuadra, mientras un poco atrás, la pequeña palmera hacía la ola de mi particular Maracaná. Mi letal zurda estaba lista, y el espanto se adivinaba en los ojos del inexistente portero. La triste civilización de uno mismo me condujo a la realidad y agachando mi curvado lomo recogí la lata-musa para depositarla en la papelera. Aprendizajes sin porqué hicieron que retirara la poca arena que en ella estaba pegada. Mi sorpresa fue mayúscula cuando un genio fue excretado de aquel poco lustroso reducto. El tamaño de mi boca en ese instante sería un cómodo lugar de trabajo para el más torpe de los dentistas, y mis párpados recogidos como persianas automáticas hacían que mi mirada fuese comparable a la brótola. Bajando ya de las 225 pulsaciones observé al genio, no tenía mucho parecido con los observados en dos dimensiones, en vez de un turbante, llevaba una gorra amarilla de Neskuick, la amplia y adornada blusa, se había transformado en una camiseta que ponía algo acerca de un primer cicloturismo, no lucía un empedrado fajín del cual colgara una bruñida cimitarra con empuñadura labrada, sólo un cinturón Lee, del cual colgaba una imitación de Leatherman en funda negra con cierre de velcro. Sus bombachos de seda estaban modificados en unos amplios pantalones con el tallaje suficiente para albergar una pandilla y en sus ya no puntiagudas babuchas envolvía sus pies con unas botas que supongo rellenas de calcetines. En mi interior se fraguaba la pregunta de ¿y ahora qué...? la cual se resolvió al pronunciar con una voz no exenta de gallitos que procedía de una boca donde un ralo mostacho daba techumbre a la boca "gracias, oh Maturin, te concedo un deseo". Aunque las pulsaciones habían bajado, no me encontraba lejano del encefalograma plano previamente alcanzado, y en ese punto de unión de tierra con dos aguas le dije con voz sorprendentemente segura "quiero una autopista hasta Lanzarote" con cierta resignación me explicó que era un genio de tercera con poca experiencia y que esa labor le llevaría mucho tiempo, me confesó que estaba deseando regresar para que en el departamento de Recursos Genianos le concedieran una lámpara de aceite o al menos un quinqué, que es un escalafón superior. Comprendiendo y con sindicalista solidaridad le expuse otro deseo, algo que a causa de limitaciones fisiológicas masculinas no podemos lograr "quiero comprender e interiorizar la forma de pensar, sentir y actuar de las mujeres". Él me respondió sin titubeos "¿de cuantos carriles estamos hablando para la autopista? . |